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EL CRISTIANISMO ES ATEO, DEDUCIMOS DE NIETZSCHE

La creencia fanática es simplemente aquella que cree en lo increíble. Y el cristiano, en efecto, cree lo increíble: «proveniente del Cristianismo tenemos que escuchar también una gran protesta popular contra la filosofía». En el sentido de que la virtud era para el sabio la victoria de la razón sobre los afectos. Pero es típicamente cristiana, frente a la sabiduría antigua, la condena de la racionalidad con la consiguiente entrega personal y colectiva a una manifestación intensa y extrema de los afectos (p. e. amor a Dios, compasión hacia su Hijo). Una descarga pasional tan potente, tan desenfrenada, fue en realidad la que iba a hacer posible creer lo increíble, o sea, la fe fanática. Por la distorsión afectiva del entendimiento. Se trata de creer, pero ya no aquello que de verdad se cree, sino lo que se quiere creer a toda costa, incluso o sobre todo lo propiamente increíble, pues eso da prueba de la omnipotencia de la voluntad del creyente, que es lo que aquí se afirma. La creencia fanática sería, en definitiva, una creencia en nada, una no-creencia. En la fe cristiana está contenida desde el mismo principio la muerte de Dios, ella es esa muerte o asesinato.

Comentario de Aurora 58.

EL PECADO

«¡Oh, cuánta crueldad superflua y cuánta crueldad hacia los animales han salido de esas religiones que inventaron el pecado! Y del hombre que quería tener el máximo disfrute de su poder a través de ellas!»

Nietzsche: Aurora 53.

HOFFER

«Hoffer fue uno de los primeros en reconocer la importancia central de la autoestima para el bienestar psicológico. Mientras muchos escritores recientes se enfocan en los beneficios de una autoestima elevada, Hoffer se concentraba en las consecuencias de tener una baja autoestima. Preocupado por el surgimiento de los gobiernos totalitarios, especialmente los de Adolf Hitler y Iósif Stalin, intentó hallar sus raíces en la psicología humana. Descubrió que el fanatismo y la hipocresía están enraizadas en la duda, el odio hacia sí mismo y la inseguridad. Según lo describe en The True Believer, una obsesión con el exterior o con la vida privada de otras personas es sencillamente un intento cobarde del individuo por compensar su sentimiento de vacío existencial.

Los movimientos de masas analizados en The True Believer incluyen a los movimientos religiosos (con extensas discusiones sobre el Islam y el Cristianismo), así como los movimientos políticos. También incluyen a los aparentemente benignos movimientos de masas que no son ni políticos ni religiosos. Un principio clave en el libro es el agudo razonamiento de que los movimientos de masas son intercambiables: Hoffer notó que algunos nazis fanáticos luego se tornaron fanáticos comunistas; que algunos comunistas fanáticos luego se convertían en fanáticos anti-comunistas; o que Saúl, perseguidor de los cristianos, luego se convirtió en Pablo, cristiano fanático. Para el verdadero creyente la sustancia del movimiento de masas no es tan importante como el hecho de que él o ella es parte de ese movimiento. Hoffer incluso sugiere que es posible detener el auge de un movimiento de masas indeseable al sustituirlo por un movimiento de masas benigno, el cual le daría a aquellos predispuestos a unirse a un movimiento un desfogue para sus inseguridades.»

EL PLACER ES EL CRITERIO (NIETZSCHE CONTRA KANT)

«Una palabra más contra Kant como moralista. Una virtud debe ser nuestra invención, nuestra más personal defensa de emergencia y necesidad: en cualquier otro sentido es simplemente un peligro. Lo que no condiciona nuestra vida la perjudica: una virtud simplemente por un sentimiento de respeto al concepto de «virtud», como Kant lo quería, es perjudicial. La «virtud», el «deber», el «bien en sí mismo», el bien con el carácter de impersonalidad y validez universal – fantasías (Hirngespinnste) en las que se expresa la decadencia, la extenuación final de la vida, la chinería königsberguense. Lo contrario es exigido por las leyes más profundas de conservación y de crecimiento: que cada uno invente su propia virtud, su propio imperativo categórico. Un pueblo perece si confunde su deber con el concepto de deber en general. Nada arruina más profundamente, más interiormente que el deber «impersonal», que el sacrificio ante el Moloch de la abstracción. – ¡Que el imperativo categórico de Kant no se haya sentido como algo que amenaza la vida!… ¡Sólo porque el instinto de los teólogos lo tomara bajo su protección! – Una acción que el instinto de la vida obliga a llevar a cabo tiene en el placer la prueba de su corrección: y ese nihilista con entrañas dogmáticas cristianas entendió el placer como objeción… ¿Qué destruye más rápidamente que trabajar, pensar, sentir sin necesidad interior, sin una elección profundamente personal, sin placer… como un autómata del «deber»? Es casi la receta misma de la decadencia, incluso de la idiotez… Kant se convirtió en un idiota. – ¡Y ese fue el contemporáneo de Goethe! Esa fatalidad de araña fue considerado el filósofo alemán por excelencia, – ¡todavía lo sigue siendo!!… Me abstengo de decir lo que pienso de los alemanes… ¿No vio Kant la transición de la forma inorgánica del Estado a la orgánica en la Revolución Francesa? ¿No se preguntó si había un acontecimiento que no podía explicarse de otra manera que por una disposición moral de la humanidad, de modo que con él, de una vez por todas, se demostrara la «tendencia de la humanidad hacia el bien»? La respuesta de Kant: «Eso es la revolución». El instinto falaz en todo y en todos, la contra- naturaleza como instinto, la décadence alemana como filosofía, ¡eso es Kant! —»

AC 11

EL JESÚS DE NIETZSCHE

«67. Jesús de Nazaret amaba a los malvados, pero no a los buenos: la simple visión de la indignación moral de los buenos hacía que incluso él maldijera. Dondequiera que se juzgaba, tomaba partido contra los que juzgaban: quería ser el destructor de la moral.
68. Jesús dijo al pueblo: «Amad a Dios como yo le amo, como su Hijo: ¡qué nos importa a los Hijos de Dios la moral!»

NF-1882,2[41]

NIETZSCHE Y LA COMODIDAD

«Cuanto más espíritu, más sufrimiento (como demuestran los griegos). Así que también: cuanta más estupidez, más comodidad»

NF-1875, 3 [65]

NIETZSCHE SOBRE LA INTEGRIDAD

«Toda virtud tiende a la estupidez, toda estupidez a la virtud; «estúpido hasta la santidad» es lo que dicen en Rusia, – ¡asegurémonos de no terminar convirtiéndonos en santos y aburridos por integridad! ¿No es la vida cien veces demasiado corta para aburrirse en ella? Uno tendría que creer en la vida eterna para…»

MBM 227

DEBILIDAD

Pasados los sesenta se comienza a notar, de vez en cuando, la legendaria debilidad de la vejez que paulatinamente irá cercándole a uno, cada vez más estrechamente en cada vez más facetas de su vida, es un suponer. Pero por el momento y en mi caso, la noto, a veces, a esa astenia, no tanto en algún desvencijamiento más o menos físico, como algún achaque de las piernas, Dios sea loado, sino en que mi capacidad para sufrir las idioteces y las insensateces del prójimo se va aproximando a cero absoluto. Las que dijo alguien que se pueden encontrar incluso en premios Nobel, y no digamos en políticos majaderos. Solo me sucede en contadas ocasiones, pero ya empiezo a notar la famosa debilidad de la edad invernal, sobre todo cuando detecto a un imbécil abordándome para contarme una imbecilidad de las suyas, y así darme un sablazo de mi preciso tiempo, del que me queda. Porque entonces pienso que voy a caer de repente fulminado sobre el pavimento, o que me hundo en el más negro abatimiento. Y se tarda en recuperarse del ataque. El idiota nos mata mucho más que el malvado. Incluso llega a ocurrir que nos imaginamos rompiéndole la crisma a la estupidez del mundo, una pura neurosis imposible.

Helpless people

En las redes sociales todos nos convertimos inevitablemente en helpless people, y lo que habría que preguntar es quién se beneficia de lo que nos quitan

EL MOJIGATO

En castellano denominamos «mojigato» al que afecta humildad o cobardía para lograr sus propósitos poco confesables. Ese hipócrita pudo ser entendido en un principio, sobre todo, en el sentido religioso de afectar devoción y escrúpulos de conciencia para obtener lo que codiciaba, de manera taimada y oculta, escondiéndose en la fachada de la buena reputación.

Haciendo memoria de sus años más juveniles, Nietzsche escribió que tanto Wagner como él habían sido revolucionarios, y que ser revolucionario, en la Alemania de los años cincuenta del XIX, significaba esencialmente «negarse a aceptar toda situación en que el mojigato predomine».

Con toda su extraordinaria crueldad, nuestra época sería extremadamente mojigata: todo el que quiere algo, sobre todo poder, ha de afectar unción y devoción ante ideas como «la Justicia», «el Pueblo», la «Igualdad»… ¡Como si los sufridos oyentes y los lectores de todos esos mojigatos pensáramos lo contrario!, ¡como si estuviéramos en contra de todos esos ideales! Pues sería característico del mojigato situarse en una irrisoria superioridad moral para culpar a todos los que no son como él.

Si la cogemos por el lado bueno, que es por donde hay que cogerla, la declaración de Javier Marías según la cual hoy «vivimos en la época del triunfo de las monjas» acertaría a denunciar gráficamente el absoluto dominio del mojigato de nuestro presente.