Archivos Mensuales: octubre 2016

Freud

“Si quieres la vida prepara la muerte” (adaptando el dicho latino sobre la guerra).

(Si lo que quieres es vivir plenamente cada momento en su preciosa fugacidad, ten en cuenta siempre esa fugacidad de todos y de todo, empezando por la tuya)

Contra Spinoza

Solo el que ha aprendido a morir ha aprendido a ser libre.
En cambio el vulgo, instalado en la estupidez animal, pretende superar el miedo a la muerte simplemente no pensando nunca en ella. (Por lo demás es algo imposible, una impostura ante sí mismo).
Por eso los egipcios hacían traer un esqueleto a sus fiestas y a sus banquetes.

Nos dice Montaigne.

Afán de distinción

Ayer lo contó la locutora de la CNN, la línea 1 del Metro de Santiago de Chile llevaba una hora cortada entre La Moneda y Universidad Católica, o entre ésta y Salvador, no lo recuerdo bien, porque un señor de sesenta años se había tirado al paso del tren. Venciendo el escrúpulo de penetrar con la fantasía en el alma de un individuo, no digamos en la de un suicida, recinto más que sagrado, me atrevo a apostar a que fue un caso de intolerancia a la insignificancia.
Aquí en Santiago, a casi todas las horas del día, te barren literalmente de la calzada cientos y miles de personas de toda condición, la mayoría juveniles y enérgicas, peatones y ciclistas. Son multitudes que se apresuran en todas las direcciones y que te hacen sentir la absoluta indistinción en que todos vivimos, te hacen notar que no eres nadie, que nadie es nadie.
Un suicidio por afán de distinción, tal es mi conjetura, porque si no el hombre se habría tirado al Mapocho. Y no se tiró al Mapocho sino a la vía del Metro de la línea 1.
Lo que no sabía el reciente sexagenario, ingresado en la edad en que la insignificancia se agrava porque se empieza a estar de más, sobre todo en Santiago, lo que el sesentón ignoraba es que la locutora de la CNN, tras participarnos el incidente por la única razón del trastorno colectivo que causó, pasó como si tal cosa a comentar las cosas de la actualidad futbolística santiaguina.

Impostores

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Aunque parezca algo así como la lógica de las cosas, simplemente el paso del tiempo nos acaba poniendo a todos en nuestro lugar. O sea, en ningún lugar en absoluto, pero ni mucho menos el lugar que nos habíamos querido figurar como real cuando el delirio del que habíamos partido todos en el comienzo.
Por eso no tiene vuelta de hoja: a medida que nos aproximamos a la conclusión de la vida van cediendo las imposturas hasta esfumarse en la plaza pública.
Aunque muchos, erigiéndose en sucesores o discípulos de los viejos impostores, se dediquen a prolongar en el tiempo la impostura de aquéllos como impostura propia, fingiendo además que el tiempo no se ocupó de destrozarla en su momento.
Pero toda prolongación mimética de la impostura termina doblemente cortada en seco, o al contrario, de modo paulatino. Porque el tiempo siempre sigue pasando, nunca hay “siempre” que valga.
Los más lúcidos son los que más sufren porque saben de la impostura que los constituye, y van notando cómo se va astillando a los ojos de todos. O si no porque son honestos e intentan no caer en ninguna, lo cual es realmente doloroso, tal vez sobrehumano.
Parece que solo se puede vivir pasablemente administrándose periódicamente pequeñas dosis de autoengaño. Pero hay que andarse con ojo, porque el autoengaño a dosis masivas produce un asco invencible, asco de sí mismo o de los demás.