Hay motivos para pensar que, inmersos en la situación trágica en que el mundo se halla, los análisis sucintamente políticos, si no estériles del todo, sí que darían síntomas de impotencia o falta de penetración en una circunstancia tan coriácea como la nuestra.
Igual el ansia de generalidad de la filosofía no es más que otro doble defensivo, otra burbuja para evadirnos del horror de lo cotidiano puro y duro. Pero no sería por ello en absoluto despreciable. Así que en el párrafo siguiente ofrezco la abstracción salvadora en mi caso, pues iría de la mano de la experiencia trágica de la vida.
Como cité en mi libro contra la estupidez, es muy importante no olvidar lo que llamo la paradoja, consistente en que es muy difícil precisar criterios tendentes a diagnosticar al tonto de remate, para eludir la acusación de que «PARA TI ES TONTO EL QUE NO PIENSA COMO TÚ». Y sin embargo a todo tonto llega un momento en que se le nota que lo es. Y además, hay algo democrático o estadístico en esto, pues si alguien arrastra una sólida reputación de gilipollas es que es gilipollas, seguro.
En fin, a lo que me quería referir con our craving for generality, to be honest, es a que para mí la actual situación política tendría, y esto sirve para dar un stop a las pajas mentales, la siguiente clave de comprensión, citada en mi libro contra la tontería:
«Son tontos todos los que lo parecen, y la mitad de los que no lo parecen»
Cuyo corolario es que la salvación no es otra que el despotismo ilustrado, ya que la democracia, antes de mudarse en fascismo, tiene que reconocer derechos a los tontos. Y de ahí, inexorable, el fascio redentor (de tontos, siempre mayoría)
