EL MOJIGATO

En castellano denominamos “mojigato” al que afecta humildad o cobardía para lograr sus propósitos poco confesables. Ese hipócrita pudo ser entendido en un principio, sobre todo, en el sentido religioso de afectar devoción y escrúpulos de conciencia para obtener lo que codiciaba, de manera taimada y oculta, escondiéndose en la fachada de la buena reputación.

Haciendo memoria de sus años más juveniles, Nietzsche escribió que tanto Wagner como él habían sido revolucionarios, y que ser revolucionario, en la Alemania de los años cincuenta del XIX, significaba esencialmente “negarse a aceptar toda situación en que el mojigato predomine”.

Con toda su extraordinaria crueldad, nuestra época sería extremadamente mojigata: todo el que quiere algo, sobre todo poder, ha de afectar unción y devoción ante ideas como “la Justicia”, “el Pueblo”, la “Igualdad”… ¡Como si los sufridos oyentes y los lectores de todos esos mojigatos pensáramos lo contrario!, ¡como si estuviéramos en contra de todos esos ideales! Pues sería característico del mojigato situarse en una irrisoria superioridad moral para culpar a todos los que no son como él.

Si la cogemos por el lado bueno, que es por donde hay que cogerla, la declaración de Javier Marías según la cual hoy “vivimos en la época del triunfo de las monjas” acertaría a denunciar gráficamente el absoluto dominio del mojigato de nuestro presente.

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