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NOTICIAS DE REVOLUCIÓN (8.4.1931)

“Revolucionario o reformador–el error es el mismo. Impotente para dominar y reformar su propia actitud para con la vida, que es todo, o su propio ser, que es casi todo, el hombre huye para querer modificar a los otros y el mundo externo. Todo revolucionario, todo reformador es un evadido. Combatir y no ser capaz de combatirse. Reformar y no tener alma para ser.

El hombre de sensibilidad justa y recta razón, si se halla preocupado con el mal y la injusticia del mundo, busca naturalmente enmendarla, primero, en aquello en que ella se manifiesta más de [cerca]; y encontrará eso en su propio ser. Esa obra le llevará toda la vida.”

(Fernando Pessoa/Bernardo Soares: Livro do Desassossego)

PROVINCIANIZACIÓN

“Si hubiésemos de buscar una característica especial por la que distinguiésemos nuestra época, no seríamos simples huéspedes de la verdad si dijésemos que esa característica es la incapacidad de grandeza. Nunca hubo en el mundo, creemos, época tan apocada y mezquina. Somos incapaces de pensamiento profundo, de emoción intensa, de acción coordinadamente superior. Somos los artificiales y los provincianos de nosotros mismos. Ni se podría describir mejor lo que está aconteciendo, en las almas y en el mundo, que dándole el nombre de provincianización de Europa”

(Fernando Pessoa/Bernardo Soares: Livro do Desassossego)

¡LO MÍO!

Me dice uno de los pocos sabios que van quedando que, como todos tenemos demasiados problemas para poner a raya a su narcisismo, que cada palo aguante su vela. Lo peor es dejarse enredar en el narcisismo ajeno, siempre tan ávido, insaciable.

IMPOTENCIA

El análisis contextual del pensamiento de los filósofos que remite incluso cada fragmento escrito al conjunto o a la totalidad de su obra, igual que su constante desmenuzamiento crítico, en lo histórico-social y en lo político, es sin duda una aportación valiosa y bienvenida. Pero por lejos que lleguen nunca alcanzarán lo esencial, ese nivel profundo y recóndito en el que se disponen los problemas cuasi eternos de la condición humana, los innumerables desgarros inevitables en la vida de unos animales auto-conscientes que necesitan los unos de los otros pero que tantas veces ni siquiera se soportan. Hoy más que nunca se desprecia “lo profundo” desde una posición pretendida, seductoramente superior que lo habría dejado atrás como lamentable residuo de una actitud infantil de ridícula inocencia, por fortuna ya superada. Pero todo esto muchas veces se debe, sencillamente, a que a muy pocos les quedaría todavía la capacidad o la paciencia o ni siquiera el interés de profundizar en nada. En una palabra, a casi nadie se le da hoy el don del pensar, teniéndose entonces que limitar sus comentaristas forzosamente al comentario de lo pensado cuando todavía nos era dado ese don.

ÜBERMENSCH

Significa, simplemente, instalarse más allá y por encima de la lógica universal del intercambio: deshacerse regalando es el supremo poder.

“Donde acaba tu soledad empieza el mercado”. Y la moral es la apoteosis del mercado, del intercambio, de las equivalencias de precios: la culpa es originariamente y en esencia la deuda, ya se sabe. Lo que se debe, el deber. Y la venganza y su ansia es la exasperación del comerciante que todavía no se ha cobrado lo que por contrato le corresponde, el contrato con Dios que es el contrato con los hombres; igual que la envidia y la igualdad a toda costa no son, desde esta perspectiva, sino la autocomplaciente exigencia de saldar cuentas de una vez por todas (exigencia de “justicia”). “Der Mensch”, en definitiva: el animal que calcula equivalencias, que ajusta precios, pero el hombre es algo que tiene que ser superado.

UMWERTUNG

La nula lucidez constitutiva de nuestro tiempo, la estulticia del que se siente a gusto sólo en el rebaño, nunca podrá ver que si hay algo que sea bueno no es sino porque hay mal, y que si algo es bello es porque hay fealdad, y si algo sublime porque hay estupidez y vileza. De manera que, si pretendiéramos eliminar completamente a los malvados, los ontológicamente feos y los tontos, nos lo cargaríamos todo, nos hundiremos en la nada absoluta, destruimos la vida humana en su raíz. (Se trata del miope y fatal prejuicio cristiano, evidentemente, por mucho San Agustín que se esgrima con su problema del mal, y por mucho que nos impresione la potencia colosal de Leibniz). La única opción que nos queda a nosotros es sortear el horror como mejor podamos, y acertar a manejarlo, superar mal que bien el asco, incluso jugar con él, porque todo moralismo, fanático como es, mata más que fumar.

Como dijera el sabio castizo, si prescindimos de la parte maldita, entonces “apaga y vámonos”, de eso no hay la menor duda. Ahora bien, la parte maldita como tal, sin penitencia, sin redención. Dependemos del mal para ser buenos, pero del mal como tal, sin la delirante pretensión de que sólo será admitido en el recinto de lo respetable si se transforma en bien, si se purifica.