Archivos Mensuales: abril 2016

Lo filosófico

El problema esencial es que no se entiende lo filosófico. Por lo menos desde un punto de vista muy importante, consiste lo filosófico en estar en guerra contra uno mismo–bien es verdad que con acuerdos de paz transitorios que son una verdadera felicidad–, siendo capaces los filósofos de no cejar y mantenerse en ese estado de guerra interior casi permanente. Pero entonces consiste también lo filosófico, lógicamente, en llevar esta guerra a todas partes a las que se va, en extenderla a las conciencias y los cuerpos.
El rendimiento social de lo filosófico es por lo tanto la movilización más íntima. Lo que se logra es que todo lo que se expone al influjo del filósofo evita el estancamiento, lo que se consigue es que nunca coagulen los procesos o rematen en el uno definitivo, o mejor, que nunca puedan creerse a sí mismo coagulados. Lo filosófico nos afecta haciéndonos cobrar conciencia de que envejecer, en sentido estricto, no sería inevitable, al contrario que morir. De lo que se trata es de morir joven devorado por el tiempo.

La enfermedad de Nietzsche

Me llegan el mismo día dos documentos sobre la enfermedad de Nietzsche. Los dos ofrecen pruebas para descartar el tradicional diagnóstico de sífilis, en el sentido de que hay demasiadas cosas que no cuadran. El uno, sobre la base de observaciones practicadas en la clínica de Jena, la atribuye entonces a un pretendido síndrome de amargura (embitterment) y resentimiento (como un hipotético trastorno límite de mala leche), que por supuesto simplemente no existe pero que con todo y con eso estaría relacionado con trastornos del ánimo como del tipo bipolar, concluyendo así que la enfermedad de Nietzsche habría sido puramente mental o psicológica. El otro, mucho más documentado, sin duda científico en el mejor sentido, de unos médicos de un Departamento de Neurología de una Universidad belga, encuentra en cambio que todos los síntomas de Nietzsche encajarían perfectamente con el hoy llamado CADASIL, siglas en inglés de una enfermedad neurológica hereditaria que probablemente ya habría sufrido el padre del filósofo, igual que él lleno de síntomas y de muerte prematura.

Lo cual me lleva a pensar otra vez lo que siempre había pensado siguiendo a no pocos pensadores, que el concepto mismo de enfermedad meramente psicológica o mental es un completo absurdo, de todo punto ininteligible. Sin duda como ocurrir ocurre de todo, por ejemplo que cada uno de nosotros es como es, o como lo ha hecho una educación que en muchos casos no tiene nada que ver con la realidad del mundo, y que el mundo es como es, o sea, muchas veces insoportable, y entonces acaba contigo sobre todo si has recibido una educación de ese tipo. O que uno es demasiado tonto o demasiado listo y se mete en líos infernales sin saber o poder luego salir de ellos. Las inexistentes enfermedades “puramente” mentales habría que tratarlas por lo tanto como lo que son, problemas existenciales o sociales, o sea, habría que tratarlas cambiando el medio o cambiando la forma de vida, o sea, política o filosóficamente. Como por lo demás se ha hecho durante milenios, antes de que llegaran los que quieren ser médicos sin estudiar medicina.

«Lo que uno descubre como ‘psicología’ de la locura no es más que el resultado de las operaciones con que se la ha tratado. Toda esa psicología no existiría sin el sadismo moralizador en que la encerró la ‘filantropía’ del siglo XIX con las apariencias de ‘una liberación’»
(Maladie mentale et psychologie, 1954)

Juan Arnau

No concuerdo con Juan Arnau en su opinión de que a la filosofía “hoy nadie le hace caso” porque los filósofos académicos, tanto más si son “analíticos”, escriben cosas exclusivamente para ellos que solo ellos entienden. Lo que pasa sobre todo es que en todo barrio y todo pueblo sale hoy un tonto que no sabe hacer la O con un canuto pero que, a falta de algo mejor, se va anunciando por ahí como “filósofo”, disertando por doquier sobre lo malísimamente mal que escribía Hegel, no como Bergson, sin ir más lejos, que además era sensible a las necesidades de la gente digamos normal. Todos sabemos que un astrofísico ha tenido que estudiar mucho y duro, ha tenido que estudiar cosas difíciles porque en eso se mezclan las matemáticas nada menos. Pero la filosofía la hace cualquiera, entre la Wikipedia y una rápida lectura a fragmentos de filósofos reunidos. El humano es por naturaleza filósofo, no digamos Esperanza Aguirre.

A este elemento que hoy tanto prolifera no le haría ninguna falta haber estudiado filosofía para triunfar (filosofía, no me refiero a budismo fofo), en realidad se abren paso simplemente revolviendo unos cuantos libros y sobre todo con técnicas de marketing fenicio. Que si hoy lo que la gente compra es la libertad, el alma, etc. etc., y otro humo semejante, pues es eso lo que se lleva al mercado. Lógicamente esta vocación de mercader de humo no es compatible con una carrera en las ciencias serias. Y si es verdad que la filosofía hay que vivirla, eso no es lo mismo que convertirla en mercancía barata.

Dionisos = Hades

Le cuenta a sus alumnos la Julieta de Almodóvar la historia de la bellísima ninfa Calypso queriendo retener a Ulises con ella por siempre en su isla prometiéndole, además de su cuerpo, algo del todo natural y razonable, nada menos que la inmortalidad, el más ignorante de los sueños humanos, esa manía unamuniana. Pero como no puede ser de otra manera, en su sabiduría sin igual, Ulises rechaza la inmortalidad, pensamos que por pura fidelidad.
Por fidelidad no tanto a Penélope y a su propia humanidad constitutivamente mortal, sino sobre todo a la Tierra y a la vida, que eternamente danza anillándose con la muerte (la vida inmortal es el nombre de la nada pura y dura).
Porque vida es matadero, por esencia o lógica del lenguaje.