Pourquoi nous ne sommes pas nietzschéens

En el que fuera famoso libro Por qué no somos nietzcheanos, André Comte-Sponville, aparte de criticar después a su amigo, entre comillas, Clément Rosset y por lo tanto al pensamiento trágico y dionisíaco, eso va a venir luego y si va a ser coherente solo lo será porque el conjunto es absurdo, nos escribe con la intención de resumir su rechazo de Nietzsche, eso sí, después de haber sido educado por todos los nietzscheanos franceses desde los alrededores del 68. Y entonces señalará que lo definitivo contra los nietzscheanos es que no se entiende en absoluto lo del inmoralismo. Aparte queda constancia de la ironía de André consignando aquí que los que él conocería son buenas personas y entonces no se los distingue de los que para nada son nietzscheanos o «malos», sino todo lo contrario.

Entonces, lo que no es capaz de ver Comte-Sponville es que el inmoralismo de Nietzsche, como se puede ver en el prólogo a la segunda edición de Aurora, simplemente consiste en el descubrimiento de que la moral no existe, que lo que existen son diversas morales históricas. Pero sobre todo no es capaz de ver que, en concreto, la que le queda al espíritu libre o a la filosofía trágica, y ahí lo dice Nietzsche con toda claridad, es la de la Redlichkeit o la moral de no engañar y no engañarse, y además tener valor, esta la virtud nietzscheana fundamental,el valor de reconocer la situación tal y como es (lo que solo quiere decir tal y como la ves) en vez de ceder al autoengaño que nos evita el sufrimiento al encerrarnos en una burbuja cualquiera.

La Redlichkeit es la moral que nos queda a los nietzschanos, y por consiguiente el criterio que pone fuera a los impostores y los aprovechados. Y no otra cosa significa el inmoralismo: lo primero, reconocer que no hay la moral, ni siquiera la de Comte-Sponville, que fundamentalmente es la moral esta del valor absoluto, la del cristianismo secularizado o el disparate de la moral cristiana atea, diga el francés lo que diga, por mucho que hable de Spinoza con toda unción.

Como también se sabe, Comte-Sponville es el firmante de todos aquellos juicios de valor referidos al libro de Zaratustra, «esa quincallería, esa cosa kitsch de Nietzsche», lo peor de lo peor, tan malo tan malo “que no se pué aguantá”, para decirlo como Lola Flores, la que me consta era gran lectora de don André. Y todos esos temas filosóficos como la transvaloración, el superhombre, la voluntad de poder, el eterno retorno y toda la gaita, bueno, no vale para nada, hay que tirarlo a la basura.

Comte-Sponville tiene sin duda razón, porque desde el punto de vista de alguien que fue profesor de instituto en Francia, supongo que en París, es posible que a lo mejor en un barrio lleno de problemas, incluso evidentemente, Nietzsche no es la mejor de las herramientas de un profesor de Filosofía. Estoy casi seguro de ello ya que yo mismo fui profesor de instituto en lugares así, y cuando tenía que explicar a Nietzsche era seguramente lo peor, como hablar de la Postmodernidad en Cáceres en los años ochenta del siglo pasado, cosa que también hice. No entiendo tampoco que Nietzsche sea utilizado en la llamada batalla o lucha cultural contra los imbéciles por parte de los otros imbéciles. No sé qué rendimiento se le puede sacar a Nietzsche para luchar contra los idiotas. Los idiotas no le pueden entender, menos mal, y ahí tenemos otro criterio para identificarlos.

Entonces, siendo más filósofos y menos educadores de una juventud echada a perder por las redes sociales, nos daríamos cuenta de que, efectivamente, el inmoralismo nietzscheano es justo eso, un inmoralismo, simplemente porque representa la última moral posible para el espíritu libre, como aparece en el prólogo de 1886 a Aurora, y esa moral, la única posible, es la moral de la sinceridad, la veracidad, la probidad, la honestidad intelectual sobre todo con nosotros mismos. Dejar de engañarnos, dejar de escapar, dejar de huir de lo real para buscarnos el refugio de un doble más o menos disparatado. Y aquí estoy utilizando un lenguaje que Comte-Sponville conocería muy bien, porque es el de su “amigo”, entre comillas, Clément Rosset, a quien ni merece llevarle la cartera.

La moral del espíritu libre, la última y única que nos queda, la de la Redlichkeit, es la moral nietzscheana, decididamente inmoral entonces, casi por definición. Y es que Nietzsche se presenta al final como el que tiene una nariz muy especial, una nariz que detecta la mentira, la falsedad, detecta la moralina que todo político de la lucha cultural, todo activista, de un lado o de otro, viene a necesitar más que el aire que respira. Lo nietzscheano consiste, sobre todo como política, en no tolerar ningún estado de cosas en que predomine el santurrón, en que predomine el mojigato, lanzándonos entonces contra todo hipócrita trepa de mierda que se encuentre a un lado o a otro de la “lucha cultural”.

Entonces, yo entiendo que Comte-Sponville no puede o no podía, a principios de los noventa o en los ochenta, explicarle esto a los chicos y a las chicas de instituto de instituto en París o donde fuera, tampoco en Madrid. Eso lo entiendo muy bien, pero llevarlo a la filosofía para adultos, la filosofía propiamente dicha, me parece una impostura de Comte-Sponville, que por tanto de nietzscheano no tiene nada.

¿Por qué no somos (ya) nietzscheanos? Porque ya no tenemos el valor que para ello haría falta.

LO DE LAS DOS ESPAÑAS

Las dos Españas. Como nací en el último periodo del franquismo, fui educado de una manera muy curiosa. No solamente estaban los curas y los falangistas, también estaban las series de aquella televisión recién estrenada. Y recuerdo una serie que a mí me causaba perplejidad, siendo yo prácticamente un niño, se llamaba «Diego de Acevedo». Era la historia de un tipo muy digno, más bien estirado de un modo algo alarmante, y que algo tenía que ver con el ejército español.
Se me quedó en la cabeza una frase que decían en la presentación de todos y cada uno de los episodios. Hablaban de cómo era el héroe, y se acababa con la siguiente frase: «Le tocó vivir momentos trascendentales (o cruciales) para España». Esta al parecer era su historia, con la que se pretendía transmitirnos por la televisión única en blanco y negro, y de manera «histórica» pero con emocionantes aventuras, los valores de aquello que llamaban en los colegios la formación del espíritu nacional. De manera que no solamente fueron los falangistas que daban aquella maría o asignatura, sino también la televisión y en concreto la serie Diego de Acevedo.

Claro que esto tenía mucho que ver con la repercusión de la Revolución Francesa en España, y es que estaba al lado. Todo lo de las dos Españas. Porque si la Virgen del Pilar no quiere ser francesa, sobre todo debe ser porque, si hubiera sido francesa,  ya en aquel momento de finales del XVIII, habría tenido que leer un montón de libros, nada menos que toda la literatura del Siglo de las Luces, lo cual representaría un esfuerzo excesivo, cosa que no viene a cuento de nada en una virgen. Se explica entonces que prefiriese ser capitana de la tropa aragonesa.

Siempre se nos había dicho a los niños de aquella época que la guerra de la independencia fue la triunfante consagración de la España real, verdadera, sobre todos esos demonios de los nuevos tiempos que querían falsear la manera de ser de los españoles, quitándoles su independencia y su libertad. No iba a ser mi sorpresa pequeña, muchísimo tiempo después, cuando pude leer una de las dos o tres vidas de Napoleón escritas por Stendhal. Porque el escritor le había acompañado en algunos lances de envergadura, por ejemplo la campaña italiana, y defendía a Napoleón por lo menos en alguno de sus momentos, que no en todos.


Habla también Stendhal de España y de la guerra que aquí se llamó de la independencia, reconociendo la proverbial valentía de su pueblo. Pero además, y en concreto, trata de dos cuestiones de las que nosotros, los niños del franquismo tardío, no teníamos ni pajolera idea, y que fueron para mí causa de perplejidad. En primer lugar, descubrir que Pepe Botella tampoco era tan botella, ni mucho menos, tampoco idiota, sino que, movido por su hermano, quiso reunirse con los españoles más o menos «progresistas», si es que hubiera habido alguno, o con la parte más progresista de los representantes políticos españoles, para, en la misma frontera con Francia, redactar entre todos una constitución democrática para el país, que a su juicio le garantizaría disfrutar de la democracia más avanzada de la época durante doscientos años.
Napoleón creo que en persona llegó a esa comisión y se quedó muy perplejo de que a los españoles les importara un pimiento todo el asunto. Sacó la conclusión siguiente después de ser informado: pero qué gente más rara, no le importa nada lo que pasa en Europa. «Solo les interesan los curas y los toros», dijo con profundo desaliento.
Otra cosa interesante que cuenta Stendhal es que, en lo que iba a estallar en Madrid tras la sublevación contra los soldados franceses, no pocas mujeres, las modistillas así llamadas, salían de sus casas con agujas y tijeras cuando detectaban soldados franceses tirados en el suelo agonizando, y entonces se complacían entre risas en clavárselas por todas partes para amenizarles su morir.
Aquí nació el tema de las dos Españas. Hay un momento en que los españoles que quieren despedir al antiguo régimen son tachados de «afrancesados». Es decir, si has leído a los ilustrados, automáticamente ya no eres español, eres francés. Solo eres español si eres un carca, pero bien acompañado por la Virgen del Pilar.

FASCISMO COMO TRAGEDIA

El artículo que sale hoy en «El País» sobre el trumpismo, y la pregunta de si hay que utilizar ya abiertamente, porque además conviene, o no, la palabra «fascismo», «fascista», etcétera, en vez de «populismo de derechas», extrema derecha, o cualquier otra cosa, es sin duda oportuno. Y más interesante aún cómo se responde en él afirmando o diciendo que sí, y además que es muy importante asumirlo ya. Pues reconoce una serie de rasgos constitutivos del fascismo y del fascista y del fascismo global. Y evidentemente, Trump encaja en todos estos rasgos como una mano en un guante, en concreto a partir de la toma del Capitolio, que es el preciso momento del paso de un populismo de extrema derecha al fascismo puro y duro.

En ese sentido, a mí me gustaría añadir que la condición discursiva sine qua non de que se desate un movimiento fascista a nivel global no es sino la extensión y la efectividad de la labor antiintelectual previa, consistente en eliminar toda posible diferencia entre verdad y mentira, se entiende, entre verdad y mentira en sentido sobre todo moral. Porque entonces, cuando ya no hay ningún criterio reconocible, mucho menos para el hombre medio, la mujer media, para distinguir entre hechos y fabulaciones, para distinguir entre verdades y mentiras, entonces ya está preparado todo el terreno para que surja el fascismo, a mi juicio no puede ocurrir otra cosa. Cuando no hay diferencia ni posibilidad de distinguir entre verdad y mentira, ya la argumentación, la palabra, el razonamiento no valen para nada. Nadie se pliega a ninguna conclusión crítica objetiva ni evidente, nadie está dispuesto a plegarse a las verdades, a lo que hay, a lo que dijo el otro y está requetegrabado. Como afirmó MAR el impúdico, sí, yo mentí, ¿y qué?  Esto conlleva que la única solución para dirimir los conflictos sean las hostias, a eso incita MAR. Es la única manera. Eso es lo que se estaba preparando desde hace mucho tiempo. Ya no se puede hablar, con esta gente ya no se puede hablar.

En el sentido, no de que no te vayan a dejar hablar, eso era antes cuando les hacía falta censura, sino en el de que cualquier cosa que digas, por definición, la van a categorizar de mentira y la van a sustituir por una verdad hecha a su medida. Entonces, está claro que ya no vale para nada la argumentación y por eso es esencial al fascismo el odio y la lucha contra el intelectual, contra la universidad, porque el exterminio de la inteligencia es lo que les da a ellos patente de corso. No es que dé lo  mismo un asno que un buen profesor,  es que ahora el que vale es el asno, y el buen profesor alguien ridículo, o sea, pobre, ¡y encima se cree superior al animal, el muy canalla!

Entonces, la consecuencia de toda esta preparación, que es la llegada al poder de un movimiento fascista global en prácticamente todo el planeta, llevará consigo la ulterior eliminación de toda distinción. Ya no hay ninguna distinción entre ser imbécil y no serlo, y entre ser imbécil y ser una persona inteligente y culta, porque como además los cretinos tienen en sus manos la inteligencia artificial, se hacen la ilusión de que esta diferencia es completamente absurda y carece de sentido. Luego, tampoco hay ninguna diferencia entre ser un canalla y ser una persona decente, porque bueno, si se le deja rienda suelta al canalla, igual arregla los problemas del mundo, ya que es incapaz de reconocer sus errores, así que lleva el delirio hasta sus últimas consecuencias.

Y el problema o lo perturbador de esta eliminación de todas las diferencias, que en definitiva es una eliminación de cualquier matiz de diferencia entre lo bueno y lo malo, es que trae consigo inevitablemente la guerra generalizada, porque no hay otra alternativa. Con esta eliminación sistemática de todas las diferencias, en resumidas cuentas, los que asumen el poder con el fascismo son los resentidos, el más resentido, el más idiota, el cabrón. Tienen aquí su oportunidad, sin ninguna barrera.

Hay que restablecer el sentido de lo verdadero y lo falso, el sentido del contraste entre la mentira y la verdad. Pero esto solo se puede lograr por la acción directa, porque si no sería la pescadilla que se muerde la cola, y a eso nos llevan los fascistas, pero si te dejas llevar les estás dando lo que ellos querían. ¿Y qué otros medios hay que no sean los argumentativos? Esa es la tragedia del fascismo, el arrastre brutal de la pulsión de muerte.

MIEDO A LA MUERTE

Le sorprende a uno comprobar con qué frecuencia ocurre que los que (más) temen a la muerte son los que menos vivos están, los ya medio muertos, los obtusos, los que no quieren saber de nada, y solo chillan sensaciones o sentimientos, y a veces ni eso

ABOA

Escoita, mai, voltei.

                                    Estou no adro

onde aquel día o grande corpo

de meu abó ficou.

Inda oio o pranto.

Voltei. Nunca partira.

Alongarme somente foi o xeito

de ficar para sempre.

José Ángel Valente: «Cántigas do alén»

EL FINAL

El final de toda democracia, y muchas veces se nos antoja inevitable, no sería otro que la conjura de los necios

Debilidad del intelectual

Es un tema muy viejo que viene, por lo menos, reconocido con claridad desde Schopenhauer, cuando el filósofo alemán, en su apolillada jerga romántica, hablaba de genio y locura en un importante añadido a la segunda edición de su obra capital. Se trata simplementr de lo que no es extraño que le suceda al que llamaríamos «el intelectual». Aquel o aquella que, como está mucho tiempo pendiente de su mundo de ideas, un mundo de lecturas, de reflexión, aunque desde luego los artistas también entran aquí, entonces se hallaría a merced de algún listo o lista, dispuesto a aprovecharse de esa desatención sostenida que muestra el intelectual respecto de las cuestiones siempre urgentes de la vida cotidiana, de la vida práctica.

En resumidas cuentas, el desinterés de fondo del intelectual de pura sangre hacia el dinero, no es raro que lo vaya a convertir en víctima del primer o del segundo zorro que atisbe o vea claro el negocio o el valor de mercado de la producción de una intelectual o de una artista. Pues si se introduce un sujeto con visión empresarial, de los que van buscando rentabilidad y negocio en todo lo que miran, porque para eso miran, si se introduce a un elemento así de repulsivo en un medio intelectual, es probable que vaya a terminar explotando a alguien o a muchos de los pardillos de pululan por allí.
Creo que fue, por otra parte, Jean-Paul Sartre, aunque tal vez aquí el recuerdo se me confunda, el que habló en alguna ocasión, largo y tendido, de la característica debilidad sentimental y la dependencia emocional del intelectual. El intelectual es una persona extremadamente vulnerable, dice Sartre, creo que fue Sartre, en sus relaciones afectivas con el otro. Y por eso también suele ser desgraciada, desgraciado, en ese terreno.
Su característica falta de concentración en todos los asuntos cotidianos de la vida práctica, y no solo en la cuestión del dinero, eso lo somete a una debilidad constitutiva para, como se diría hoy en ese lenguaje empresarial de mierda, gestionar su vida, su vida cotidiana. Por lo que aumenta de modo alarmante la probabilidad de caer en manos de un explotador, como aquellos marchantes de antaño en el caso de los pintores, y también en el aspecto sentimental de su utilización en las garras de alguna pareja que se le haya presentado con la piel de cordero siendo un lobo.

De tontos tenebrosos



¿Habéis visto
nada más tenebroso
que un tonto?
Un tonto tiene vastas
concavidades donde
sólo  hay noche y arañas,
lentas arañas tristes.

Y el tonto viene a tumbos
de pajiza desgracia,
a tropezones negros,
dándose en las paredes
de sí mismo, cayendo
en lo más hondo.

                           Encuentra
cosas:  —¿Es esto amor?
¿es lluvia esto? ¿así es el mundo?
Él no lo sabe. Anda
a lo largo de un túnel
sordo.

José Ángel Valente: Punto cero, pp. 117-118.

VOTO DE ABSTINENCIA

Pertenece a la esencia de la imbecilidad estar completamente segura de que no necesita el baculum, el bastón para caminar por la vida. El tonto definitivamente no se deja ayudar y experimenta como ofensa cualquier intento de ayuda. Porque lo ve como un menoscabo de su libertad y su espontaneidad.

Como decía una estudiante: «¿A mí qué me importa Platón si yo tengo mis ideas?».

Dado todo esto, he decidido no volver a hacer por escrito ningún comentario sobre lo que ocurre en la política española o casi en la mundial.

CANTARES GALLEGOS, IV

Probe Galicia, non debes 

Chamarte nunca española. 

Qu’ España de ti s’ olvida 

Cando eres ay! tan hermosa.

Cal si na infamia naceras 

Torpe, de ti s’ avergonza, 

Y á nay qu’ un fillo despreça 

Nay sin coraçon se noma. 

Naide por que te levantes 

Ch’ aIarga á man bondadosa. 

Naide os teus prantos enxuga, 

Y homilde choras e choras.

Galicia, ti non tés patria, 

Ti vives no mundo soya, 

Y á prole fecunda tua 

S’ espalla en errantes hordas, 

Mentras trist’ e solitaria 

Tendida na verde alfombra 

O mar esperanzas pides 

De Dios á esperanza imploras. 

Por eso anqu’ en son de festa 

Alegre á gaitiña s’ oya 

Eu podo decirche 

Non canta que chora.