TIRAR DE LA MANTA

Cuando tiras de la manta o dices la verdad (cuando «faltas al respeto»), claro está que te van a calificar de «cruel» todos los sinvergüenzas. Pero también esos a los que les importa un bledo que los sinvergüenzas sigan campando a sus anchas, los defensores de la mentira piadosa, representantes o descendientes directos de la casta sacerdotal que insisten en la barbaridad de que hay que cuidar del rebaño. Era lo simpático y grande de Jesús, cuando anuncia que él trae la espada, o sea, que viene a tirar de la manta (pero eso de que, al hacerlo, se nos tendría reservado un lugar «en la casa del Padre» francamente no lo entiendo).

NUESTRA DECADENCIA IMPARABLE

Desde que irrumpiera el cristianismo en nuestra cultura occidental, esa extrañísima planta de invernadero oriental, con esa su pujanza incomprensible, la perversión de la autodenigración sadomasoquista no deja de llevarnos de la manera más insaciable, más viciosa, al fondo del fondo en todos los caminos de la vida. Esta brutal expresión de la pulsión de muerte nos habría echado a perder completamente al persuadirnos de que puede haber una vida otra, mejor, del todo feliz, más allá de esta. Cuando la única vida otra es la nada pura y dura.

EL SECRETO DE LA VIDA

Para llevar una vida medianamente alegre, la medida estratégica esencial sería hablar de verdad exclusivamente con aquellas personas a las que puedas comprender y que te puedan comprender. O sea, solo ser sincero con tus iguales. Con todos las demás, y como resulta que dios ha muerto, ya se sabe que «todo» estaría permitido. Cuando digo «todo», claro está que me refiero a la mentira y al disimulo, siempre que sean necesarios como medida defensiva. Y es que hay que atenerse estrictamente a la regla de no mostrar tu «alma» a quien no te pueda comprender, porque de lo contrario te va a acabar destrozando, queriéndolo o sin quererlo.

NAPOLEÓN

Napoleón se dedicó a reforzar la escuela pública francesa al principio, mientras defendía la república, siempre amenazada, con sus increíbles hazañas militares. Pero cuando se volvió un tirano hizo todo lo posible por debilitarla. Y es que la escuela pública francesa de aquella época era terriblemente exigente en Lógica, y ya se sabe, la Lógica es muy peligrosa para el poder. Nos lo cuenta Stendhal.

HOSPITALES CATÓLICOS DE MADRÍS

Hasta aquel momento había sido ella, la bella Jarifa, la más aplicada estudiante del Colegio de la Jesuitinas de la Ribera del Manzanares. Pero no solo eso, también de las más devotas, casi lo era ardientemente, nunca se perdía un Ángelus, una sabatina, el rosario del recreo, lo que fuese. Escuchaba sin perder ripio las reflexiones tan santas del Padre Floro, con verdadera fruición, como sorbiendo una a una sus palabras. Como es lógico, las hermanas estaban sencillamente prendadas de ella, y ya imaginaban cosas grandiosas para su futuro en sus mentes calenturientas. Pero un día, en mitad de la clase de finanzas y emprendimiento, hete aquí que empezó a gritar incoherencias haciendo extraños gestos y como babeando. La profesora, muy alarmada, mandó avisar enseguida a la madre superiora, y esta, tras comprobar que aquello no era nada normal, decidió llamar al Padre Floro. Algo hizo este hombre de recursos, cosa no reñida en su caso con la santidad, que en un santiamén se ponía en acción el potente músculo sanitario de la Comunidad. Acabaría ingresada la infeliz en la planta de Psiquiatría de uno de los Hospitales Católicos de Madrís; en concreto, y si mal no recuerdo, el «Beato Genaro» de Moralzarzal. Iba a ser diagnosticada Jarifa, tras los pocos días que quedó allí en observación, de DBC (Desorden Blasfematorio Compulsivo). Naturalmente, aplicaron los médicos del centro el protocolo a seguir en estos casos cada vez más frecuentes, el tratamiento de exorcismos puesto a punto por aquel célebre dominico tan experto, cuyo nombre en este momento no me viene. (Ya se sabe, o pasar por eso o el exilio para la pobre Jarifa).

SAVATER KIKO

Para Monseñor Savater ocurre lo que ya se sabe: esos que los señorones denominan “los débiles” (y que tantas veces los aterrorizan, dicho sea de paso, así que muy débiles no serán) son objeto de nuestra inquietud o caridad cristiana. Porque nuestra cultura es cristiana, menos mal, y entonces nos preocupamos por “los excluidos del gran banquete capitalista” pero solo en la medida en que nos queda algo de cristianos. Si no fuera porque (aún) es la nuestra la moral cristiana, a “los débiles” se los podría llevar el diablo, porque está claro que sin cristianismo no hay humanidad ninguna (ya se sabe, los griegos y los romanos antiguos, esos monstruos). Exactamente lo mismo, casi palabra por palabra, como si fuese doctrina entre ellos, le escuché decir este año a un sacerdote filosófico de los llamados “kikos”, según dicen la extrema derecha que gobierna en Madrid. En fin, se empieza como pilarista revoltoso y se acaba oficiando de monseñor. Pero para eso, ya lo dijo Schopenhauer, se podía haber ahorrado uno todo lo que hizo entre medias.

EL SENTIDO DE LA FILOSOFÍA

No se ha avanzado tanto por causa de los de siempre. El sentido de la Filosofía hoy, la puramente defensiva, en una buena medida, sería muy parecido al que fuera en la época de la Crítica de la razón pura. Es decir, y eso en el idealismo trascendental, blindar “nuestra sagrada religión” contra las arremetidas del “Materialismo” (fenómeno / noúmeno). En la época que vivimos, sobre todo, es el materialismo o fisicismo rematado y entronizado por las neurociencias y las ciencias de la mente en general. Con una singular sinceridad nada común en su terreno, Teresa de Calcuta supo confesarnos un episodio de duda cruel, al plantearse una vez, con toda claridad, lo problemático de la existencia del alma. Porque no se puede creer en lo incomprensible. Y si no hay alma, por supuesto, toda mi fe carecería por completo de sentido, se dijo ella. Pero las actuales ciencias de la mente, si es que algo nos enseñan, es que, en efecto, no hay alma.

Por mucho que la mayoría de los filósofos y filósofas, por la vía supuestamente escéptica ante lo que vuelven a considerar la tan dañina «tiranía» de la ciencia, o si no por el camino moral o estético (puesto que no van a poder jamás los científicos “decir el mal”, ¡qué cosas!), nos vayan a insistir una y otra vez en lo contrario, incansablemente. Desde las grandes místicas altamente neuróticas de María Zambrano, Simone Weil y Edith Stein, hasta pensadores más de andar por casa que han estado también muy de moda en otro terreno en apariencia diferente, muy emparentado con el business filosófico y tecnológico, como David Chalmers y todos los de su chiringuito. Ya se sabe, esos que parecen sugerir, provocando nuestro pasmo, que si es imposible describir con palabras el aroma del café entonces es que el alma existe, y de ahí estaremos solo a un paso de aseverar que entonces Dios existe, y por lo tanto, como decía aquello del Glorioso Tercio, hasta podría ser que la muerte no fuera el final. Honestos filósofos como Varela o Metzinger han tenido que pagar caro su atrevimiento de introducir la meditación más o menos budista en el ámbito de la investigación más o menos científica de la mente/cerebro, puesto que dieron ocasión a la legión de los vendedores de humo religioso a introducir de rondón, una vez más, su huera mercancía.  

Me preguntaba el otro día un viejo amigo, profesor de Filosofía en el País Vasco, qué nos pasa en la Complutense. “Alguna vez algún alumno nuestro ha ido a estudiar allí, algún que otro joven que era ‘rojo’ en el sentido de normal o de natural, y a la vuelta nos ha llegado con la Fenomenología en una mano y estampitas de santos en la otra”. Siempre fue exagerado y guasón este excelente muchacho.