¡A MACERARSE!

De Foucault: Las confesiones de la carne:

«Cuando el demonio, con sus sutiles ardides, ha insinuado en nuestro corazón el recuerdo de la mujer, empezando por nuestra madre, nuestras hermanas, nuestras familiares o algunas mujeres piadosas, debemos expulsar de nosotros ese recuerdo cuanto antes, por miedo a que, si nos demoramos demasiado en él, el tentador aproveche la oportunidad para subrepticiamente hacernos pensar en otras mujeres (77).» 

“Por último, respecto de los otros vicios la fornicación tiene cierto privilegio ontológico, que le confiere una importancia ascética particular. En efecto, sus raíces, como las de la gula, están en el cuerpo. Es imposible vencerla sin someterse a maceraciones. Mientras la ira y la tristeza se combaten «mediante la sola industria del alma», la fornicación no puede arrancarse de raíz sin «la mortificación corporal, las vigilias, los ayunos, el trabajo que quebranta el cuerpo» (76)”

«El santo es el castrado ideal» (Nietzsche).

CASTITAS / CONTINENTIA

Tiene toda la razón nuestro buen Casiano al contraponer con sutil dialéctica los combates de la continencia a la paz de la castidad. Los primeros son siempre de resultado incierto (y tanto!), y en ellos estaban ya curtidos los filósofos paganos. En cambio, solo la perfección del alma cristiana, con la ayuda de Cristo, puede acceder al bendito jardín de la castidad, esa virginidad del que ya es como si habitara en el reino de los cielos. La castidad, nos cuenta Foucault que subraya Casiano, es un verdadero estado terminal. Nosotros, con nuestra mente corrompida y sarcástica del siglo XXI, estaríamos completamente de acuerdo en que la castidad es «un estado terminal».

EL CASO DEL EDITOR, O HECHOS E INTERPRETACIONES

En un reciente congreso nietzscheano celebrado en Valencia, el profesor Helmut Heit aclaró el significado del apunte-fragmento póstumo (NF-1887, 7[60]) en el que Nietzsche escribió eso de que hechos, precisamente hechos, eso no hay, lo que hay son interpretaciones. Algo que urgía sobremanera hacer, y que sin duda otros habrían hecho ya, pero en lo que hay que insistir las veces que haga falta, puesto que de aquí han surgido interpretaciones ignorantes e incluso locas, como por ejemplo aquella del jerarca nazi que afirmaba es verdadero lo que me gusta. Para empezar, hay que atender, hay que leer la totalidad del texto, o sea, hay que saber leer, con pericia de filólogo, porque de lo contrario la famosa frasecilla nietzscheana no dice absolutamente nada. Contra el Positivismo de su época, es decir, para que la fe positivista no se convierta en un sustituto de las fes metafísicas que pretende ingenuamente abolir, lo que el filósofo alemán establece es que no hay hechos como tales, hechos absolutos, aislados. Entendiendo de entrada lo que significa eso que dice Nietzsche de que “no es el subjetivismo lo que yo quiero defender”. Para que se dé un hecho hay que considerar el contexto que le da su sentido porque si no, sencillamente, carece de todo sentido especificable, o sea, no es ningún hecho.   

Sean las dos personas G.E. y M.R.: la primera es un editor que quiere ser profesor; la segunda, un profesor que quiere que le publiquen su libro. Hará unos cuantos meses (situándose en el punto temporal T), M.R. le propuso a G.E. la publicación de su libro y este aceptó enseguida la propuesta, y además como con cierto entusiasmo, puesto que al parecer le agradaron tanto el título como la temática. La cosa quedó ahí, y tal vez haya que mencionar además que algún mes después G.E. asistiría a una conferencia en la que M.R. hacía una introducción al libro en cuestión. El punto temporal T acaece más de tres meses más tarde de esta conferencia, cuando se celebra una comisión para seleccionar al candidato o candidata a una plaza que sale a concurso de méritos. Es el puro azar el que quiere que el profesor M.R. forme parte de la citada comisión y también, se supone, que G.E. se haya presentado como uno de los candidatos a la plaza. M.R. por supuesto que ignoraba, cuando tiempo atrás le propuso a G.E. la publicación de su libro, que él iba a presentarse a la plaza (es más, ni siquiera tenía idea de que iba a salir esa plaza, ni mucho menos que formaría parte de la comisión evaluadora). Hete aquí, entonces, que G.E. no sale elegido por el tribunal o la comisión, y sin duda hubiera sido un verdadero escándalo lo contrario: el fallo de la comisión fue justo a todas luces. Unos cuantos días después ya era noche avanzada cuando G.E. le escribe un correo electrónico a M.R. en el que le dice que finalmente no va a publicar su libro. La razón que esgrime el editor para haber tomado esa decisión sería que M.R. censura o ataca en su libro a los antivacunas, hecho ante el que G.E. decide ejercer su derecho a “la objeción de conciencia” porque él no es partidario de la sumisión sin resistencia al discurso oficial. En realidad, lo que M.R. había escrito en su libro es que los manifestantes vieneses que salieron violentamente a la calle con carteles en los que se leía VACUNACIÓN = ASESINATO merecían ser tomados por mentecatos no relativos, y además peligrosos.   

En este caso, ¿de qué hechos se estaría hablando? Si tenemos en cuenta los hechos como tales, simplemente tendríamos un acuerdo verbal de publicación, y el posterior rechazo del editor a publicar la obra, bastantes meses más tarde, llevado además por su “progresista” opción a favor de la libertad de expresión y por la defensa del derecho a disentir de los dictados del poder oficial (al que por otra parte se sometería como un borrego el sumiso profesor, claro, igual es profesor justo por eso, ¡ajajá!: todo esto quedaría implicado). Dejo en manos del lector la decisión entre las “interpretaciones” en conflicto, decisión que en cualquier caso no dudo que servirá para entender la verdadera complejidad del apunte nietzscheano que discutió Heit en aquel congreso memorable.

(Por cierto, cabe una tercera alternativa, pero esta, además de involucrar a una tercera persona bastante siniestra, nos llevaría al puro terreno imaginativo de la especulación).

LOS MUY PERVERSOS

Los Padres de la Iglesia fueron a colegir, con el sudor de su mucho pensar, que la causa de «la caída» por supuesto que no fue otra que esa atracción que es propia del placer, y que resulta frecuente en el comercio sensorial y sensual del alma con el cuerpo y con el mundo. Apartándose de ese placer diabólico, ellos soltaban hacia lo alto su imaginación en dirección a los placeres celestiales. Los cuales, en la opinión bien informada de un Papa contemporáneo, «los hombres ni siquiera se figuran». La clave está en que los placeres sensuales van siempre con la compañía de la muerte o del pecado. Su prototipo, el sexual, nos mete en el ciclo de la generación, que es decir lo mismo. Por contra, los indecibles (y tanto!) arrobos celestiales se despliegan en la eternidad del mundo verdadero. Como un orgasmo que nunca decae y por tanto nunca comienza. Y sin embargo es, es de verdad, por siempre.

«Un epicureísmo tardío crecido sobre suelo mórbido», comentó Nietzsche con tino.

ENSEÑA FOUCAULT

Pensar que lo esencial del cuidado de sí, de la relación contigo, no es sino tu relación con tu propia sexualidad, es una chocante innovación cristiana que le hubiese parecido disparatada a un griego o a un romano de la época sana. Y todos los que lo siguen pensando hoy son productos de esa bizarra subjetividad forjada alrededor del siglo IV.

BASILIO

Viene a decirnos el tal Basilio, nos lo enseña Foucault, que muchas veces «el que se castra a sí mismo» es un sinvergüenza que lo hace para disimular y engañarnos, como si dijésemos para presumir de arrojo. Y es que lo haría para que lo consideráramos puro, santo, cuando en realidad sigue cometiendo adulterio con toda la que pasa, pero en la intención, y es en la intención del alma donde está propiamente el pecado de la carne, como todo el mundo sabe. Basilio era un anormalazo de primera.

JERGA PEDAGÓGICA

En la línea norteamericana que adoran, los pedagogos hace mucho que no hablan de «saber», ni mucho menos de «sabiduría». Lo que hoy nos llena de fervor a los que participamos del proceso de enseñanza/aprendizaje, es, en cambio, la transmisión de destrezas y/o habilidades, pero sobre todo de competencias. A lo que me permito añadir «mañas», para darle a la cosa un toque castizo y sobre todo realista. Odiseo de las muchas mañas.

«LA MANO DEL QUE SABE»

De vez en cuando vuelven a mi mente algunas magníficas anécdotas del excelente Agustín García Calvo. En una de sus composiciones poéticas, «la mano del que sabe», interpretada por Amancio Prada, Agustín rozaba el tema lacaniano de la voz del amo. Al que manda, al que da órdenes a la gente, desde siempre se lo habría colocado en la categoría del sabio, sacerdote-filósofo-científico. Darse cuenta de esto críticamente, por supuesto que implicaba corroer el estatuto mismo del conocimiento, para declararse en contra de la dictadura de los expertos. Claro está que la tecnocracia resulta muy cuestionable políticamente.

Pero creo que todo lo que ha venido sucediendo desde entonces nos lleva a la rotunda conclusión de que es preferible que mande el que sabe que no el ignorante y el tonto. Porque convengamos que hay alguna diferencia entre saber y no saber, y en el supuesto de que, al fin y al cabo, alguien tiene que mandar.