UN RECUERDO DE VIEJO

Hace poco más de medio siglo las niñas y niños españoles lo primero que escuchaban en el colegio eran inmisericordes charlas acerca de Jesucristo y de Franco. (Era todo increíblemente increíble, sumamente extraño, demasiado sospechoso). No mucho más tarde, los que tenían la suerte de leer los diálogos de Platón y familiarizarse con el método socrático, por lo menos algunos de ellos, iniciaron la bendita senda que les condujo al olvido de esos dos personajes. Porque llegaron a la conclusión, sencillamente, de que no está nada bien creer lo que es absurdo: no solo es inmoral sino también de mal gusto y peor educación.

NIETZSCHE Y EL MECANICISMO

«Pero lo indiscutiblemente valioso de la consideración mecanicista del mundo, para Nietzsche, lo tenemos en su condición de principio metodológico regulador de la investigación. Porque se trata, con el mecánico, del método más honrado, recto o sincero (die redlichste), esto es, el que daría cuerpo al máximo rigor, con la exclusión de todo sentimentalismo. Incluso, cuando al filósofo le da alguna vez por pensar en su particular genealogía filosófica, inmediatamente nos menciona el movimiento antiteleológico moderno, o «spinozista», asimismo en definitiva el movimiento mecanicista, ese que retrotrae o reduce todo lo moral y lo estético a lo fisiológico, y todo lo fisiológico a lo químico, y finalmente todo lo químico a lo mecánico. Ese sería el gran precedente del pensar nietzscheano. Pero con la crucial diferencia de que Nietzsche no creerá en absoluto en la “materia”, dando por descontado que Boscovich representa un gran punto de inflexión en la teoría física moderna con sus “puntos de fuerza” (KSA 11, 26 [432], 266). Y una vez más se reivindicará esa filosofía mecanicista, pero únicamente en cuanto regulador provisional de la investigación, y en absoluto en cuanto «dogma» metafísico.

Con el Mecanicismo atomístico hemos intentado construirnos un mundo que fuera intuible y calculable, construirlo por y para nuestro intelecto numerador y aritmético. Y lo que Nietzsche va a denunciar, y a criticar implacablemente, no sería otra cosa que la conversión de este ensayo tan honroso del sujeto moderno en falsa y peligrosa creencia metafísica. En suma, la confusión del construir con el encontrar, que se halla preñada de funestas consecuencias. Porque aquí, como en todas partes, nos las habemos con maneras de pensar (Denkweise), cuyos criterios supremos no incluyen en absoluto la adecuación, o la verdad en sentido metafísico. Por ejemplo, en la doctrina del eterno retorno lo que se habría intentado es pensar hasta el final la cosmovisión mecanicista, con el resultado final de contradecirla frontalmente, pero “nada más que” en busca de la manera de pensar que nos proporcione la alegría más loca (übermütigste), o sea, en busca de la manera de pensar más viva, más afirmadora del mundo. Y no, en absoluto, en persecución de la única correcta o verdadera, en el sentido de la adecuación a la realidad en sí.

Porque en el momento en que pensamos la cosmovisión mecanicista con su carga metafísica, en ese mismo instante nos damos cuenta de que tal mundo mecánico es de verdad un mundo indeseable para nosotros, en tanto se hallaría completamente vacío de sentido. E incluso una auténtica degradación de la existencia, porque la despoja de todo rastro de aventura, degradación cuya clave psicológica no sería otra que el miedo humano como afecto básico, la acuciante necesidad de estabilidad, de seguridad, de hacerlo todo calculable. Pensada con toda la carga metafísica, la cosmovisión mecanicista representaría el ensayo siniestro de aproximar el hombre a la Máquina Universal, de hacer de la existencia humana algo calculable que ya no nos va a dar ninguna sorpresa, algo así como el perfecto funcionario del imperativo categórico kantiano. Con la pretensión de que sólo sería posible una interpretación correcta del mundo, los señores mecanicistas, «matemáticos sedentarios», transforman los instintos humanos en meros hombres-fórmula robotizados. Y ya sabemos los calificativos que para Nietzsche merecería este ensayo de transformación maquínica: idiotez, torpeza, enfermedad mental…El contramovimiento, precisamente, sería el Übermensch, un contramovimiento que exige haber llegado antes a lo más bajo, a la extrema degradación, a la imposición incondicionada de la consideración mecanicista como dogma»

Mariano Rodríguez González: Nietzsche como última palabra. Estudios de Filosofía de la Mente (207-209).

HERACLITISMO DE NIETZSCHE

En apariencia, o sea, en la opinión del común de los mortales (que están dormidos, que son estúpidos o idiotas en el sentido preciso de incapaces de atender al Logos), la amistad es lo contrario de la enemistad justamente de manera que no tiene nada que ver con ella. Y por supuesto que la amistad es buena y la enemistad es mala, así que la tarea ética de la vida humana consiste en convertirse ella misma en amistad pura, o en destruir completamente la enemistad entre nosotros. Por el contrario, el sabio (lo contrario del idiota, esto es, el que no se escucha a sí mismo sino al Logos) sabe la verdad: que la amistad ha de darse siempre en un contexto para serlo, y este contexto, invariablemente, no es otro que la lucha o la enemistad. De modo que ser de verdad amigos solo se puede cumplir en oposición a un enemigo, igual que la hermandad solo es posible como tal en la lucha contra la adversidad, o bien, la única igualdad concebible entre los humanos se da en el enfrentamiento con el enemigo, o bien la verdadera libertad solo es libertad ante la muerte o contra la muerte. Aunque Heráclito no llegara a ser dionisíaco del todo, a juicio de Nietzsche, con esto recogió el dionisismo en los fragmentos que de él nos han llegado: la vida y la muerte, Dionisos y Hades, son el mismo dios (DK 15). Y con el dionisismo, plasmó lo que habría que denominar las valoraciones originarias (o lo que Severino llamaría “el sentido griego del devenir”), que Nietzsche iba a intentar restablecer en su carácter verdadero de justicia cósmica. Su transvaloración de todos los valores, como momento del mayor autoconocimiento de la Humanidad y santo y seña de toda su misión, no sería en el fondo sino un restablecimiento de esta situación inicial sagrada, tras la perversión que de la misma habrían llevado a cabo platonismo, cristianismo y modernidad.  

“Broma, astucia y venganza”. Preludio en rimas alemanas.

41. HERACLITISMO

Toda la felicidad en la tierra,
Amigos, ¡la lucha da!
Sí, para ser amigos
¡Se necesita pólvora!
Uno de cada tres son amigos:
Hermanos ante la adversidad,
Iguales ante el enemigo,
¡Libres – ante la muerte!

Nietzsche (LA GAYA CIENCIA)

41.

Heraklitismus.

Alles Glück auf Erden,

Freunde, giebt der Kampf!

Ja, um Freund zu werden,

Braucht es Pulverdampf!

Eins in Drei’n sind Freunde:

Brüder vor der Noth,

Gleiche vor dem Feinde,

Freie — vor dem Tod!

VENGANZA Y EQUILIBRIO MENTAL

Escribía Nietzsche en un aforismo de Aurora que los antiguos griegos admiraban en el héroe Odiseo tres cosas. La primera, su costumbre de llevar a cabo venganzas absolutamente terribles contra todos los malandrines que le hubieran atacado no de cualquier forma sino de mala manera. En especial, diría yo, abusando de su poder sobre él o sacando provecho de la situación sin el menor escrúpulo (nos basta con recordar el final de la Odisea, y no particularmente la matanza de los pretendientes de Penélope, eso fue rápido y limpio, sino sobre todo lo que vino después en relación con todos los que le habían traicionado apoyando o uniéndose a los brutales desmanes de aquellos: atrocidades que disgustan mucho al lector moderno). En segundo lugar, su divina destreza en el truco, en la argucia: Ulises el de las mil mañas, le llama Homero, una virtuosa excelencia en la falsedad que hacía sonreír al mismísimo Zeus. Odiseo es el genio de la mentira, pero de la mentira creativa, artística, sobre todo la mentira moralmente justificada, la que desmiente la insistencia kantiana en que es en la mentira donde se plasma por encima de todo el mal en el mundo humano. Dicho brevemente, y para terminar, Odiseo es el actor esencial, y eso sería lo que el pueblo de actores que eran los antiguos griegos adoraba en él. En el mundo terrible de la violencia y la destrucción cotidianas, hay que ser un gran actor para salir adelante. De lo que podemos estar seguros es de que Odiseo estaba completamente exento de “trastornos mentales”, por lo menos en el concepto exclusivamente psicológico o psico-social de los mismos.

El actor consumado Odiseo sabe ocultar su verdad a la perfección, su verdad que es la venganza “justiciera”, en cualquier caso por lo menos justificada. En nuestro mundo cristiano-burgués los desmanes que nos destruyen se entregan para su dilucidación y reparación al estado de derecho. Pero este funciona tan solo relativamente, en caso de que siquiera funcione. Entonces, o nos vamos de cabeza al psicoanalista, es una solución potencialmente eficaz, no me cabe duda, o practicamos de una manera mucho más sutil y santurrona que la de el héroe griego, por supuesto, aquella máxima de Maquiavelo dirigida al príncipe: “hay que saber ser no-bueno cuando hace falta“.

FRANQUISMO

La verdad es que, por mucho que lo intento, sigo sin poder comprender que uno pueda ser franquista y demócrata, para mí algo así como pretender mezclar el agua y el aceite porque no hay un franquismo democrático. Claro que, según he oído, hubo muchos que operaron el prodigio de una noche dormirse franquistas y por la mañana despertarse demócratas. Pero eso es otra cosa muy diferente. Aquellos que piensan que la defensa del franquismo la debe amparar la libertad de expresión, exclusiva de las democracias, inexistente en el franquismo, a mi juicio pueden estar pecando de fundamentalismo democrático, algo muy peligroso para la democracia misma. (Incluso hay quien piensa que lleva indefectiblemente a la destrucción de la democracia).

PEDERASTAS

La verdad es que por mucho que lo intento sigo sin poder comprender que uno pueda prescindir de la vida sexual impunemente (como si pretendiera no beber y no comer sin que le suceda nada). Y no solo viene esto a cuenta de la pederastia en los colegios galileos, como el de Vigo que hoy hemos leído en el periódico, sino por supuesto también de muchas otras deformidades, como por ejemplo el fanatismo.

SER REVOLUCIONARIO

Ser revolucionario, en un sentido nietzscheano, significa oponerse a toda situación de la sociedad en la que predomine el santurrón (mojigato, hipócrita). (Como le oí decir a un antiguo amigo mío, el que hace gala de moralismo para imponerse juzgando a los demás es siempre el más peligroso, el más canalla).

PRINZ VOGELFREI

Vernunft? — das ist ein bös Geschäfte:

Vernunft und Zunge stolpern viel!

Das Fliegen gab mir neue Kräfte

Und lehrt’ mich schönere Geschäfte,

Gesang und Scherz und Liederspiel.

¿La razón? — es un mal asunto:

¡La razón y la lengua tropiezan mucho!

El volar me dio nuevas fuerzas

Y me enseñó mejores maneras

Cantar y bromear y tocar canciones

NIETZSCHE

AYUSO Y LA MUERTE: AUTOANÁLISIS

Una conocida mía me muestra su convencimiento de que todo el que se dedica a la Filosofía tiene que haber superado el miedo a la muerte. Hasta se podría decir, según ella, que para poder de verdad enseñar filosofía, un requisito importante sería este, en la tradicional idea del sabio estoico capaz de “digerir piedras”. Pero es evidente que yo, por lo menos, no digiero piedras si están demasiado duras, y lo de la muerte es muy duro. Más o menos manejamos el asunto, pero dentro de ciertos límites, casi como cualquiera que no se dedique a la Filosofía.

Esto vendría a cuento de que me sucede algo que no entiendo por mucho que lo intento. Y es que cada vez que veo a IDA en televisión, o me la recuerdan los periódicos y las redes sociales, inmediatamente me pongo a pensar en la muerte, con la consiguiente incomodidad que va subiendo de tono a veces de modo alarmante. Al principio esto se traducía en la aparición en mi mente de la imagen de Ayuso Legionaria (¡Viva la muerte!, novia de la muerte). Una imagen que se alternaba con la de la Dolorosa tras la pasión de su Hijo, en la versión más barroca y siniestra de la religiosidad tradicional española. Luego, los cuadros de Julio Romero de Torres repletos de mujeres silenciosas que te miran absortas con abanico en las manos, como ansiosas de asistir a velatorios. Y mantillas negras, y peinetas y procesiones de Semana Santa, y toreros entrando a matar…En fin, todo un jolgorio verdaderamente patriótico en el más viejo de los sentidos.

Evidentemente, este síndrome que me aqueja no encuentra explicación suficiente, aunque sí refuerzo, en los datos objetivos de la pandemia en Madrid, sobre todo en lo acontecido en las residencias de ancianos de la comunidad. Ni tampoco en las célebres incoherencias del discurso ayusiano, si bien para mí, particularmente, sigue valiendo la idea aristotélica de que la Inteligencia es la pura vida en su más intensa expresión. Hay que mirar en otra parte.

Lo que me fascina de manera muy azorante es la mirada de la presidenta, su mirada prodigiosa. Hasta el punto de que ha llegado un momento en que ya no puedo centrarme en lo que dice, de eso que me libro, sino en las evoluciones espaciales, no euclidianas, tan chocantes de su mirada. Una mirada turbia e impredecible en sus recorridos, como si se posara una nube blanca, nunca vista, entre sus ojos y los míos.

La clave podría estar en José Antonio Primo de Rivera. ¡Como lo oyen!, y no se crean que deliro. En las fotos del fundador de la Falange creo reconocer la misma mirada, mirada turbia de nube que no se centra en un punto (los ojos del que tiene delante) sino que parece que abarca el horizonte en que ambos están enmarcados. Un antiguo falangista decía no hace mucho que Ayuso cuando joven había estado entregada a la figura de José Antonio con verdadera devoción

Pero ¿por qué he ido a parar a esto? Por algo que me contó un viejo profesor ya fallecido, una vez que hablábamos de Ortega y Gasset en su casa. Yo le había preguntado si Ortega había tenido alguna relación con José Antonio alguna vez, si se habían conocido personalmente, porque en una vieja Historia de la Filosofía publicada en Londres se describía al filósofo madrileño como “joven fascista español”, algo que me había dejado completamente atónito y escandalizado. El viejo profesor me contó entonces la anécdota de que una vez alguien arregló una cena para que José Antonio y Ortega se conocieran y pudieran hablar. Al parecer nada resultó ni trascendió de aquella entrevista gastronómica. Pero más tarde le preguntaron al filósofo qué le había parecido el fundador de la Falange. Y Ortega se limitó a decir algo como lo siguiente: “¡No quiero volver a ver a ese hombre! ¡Lleva la muerte en los ojos!”

“Llevar la muerte en los ojos”, esa es la frase perturbadora ¿Cómo es posible llevar la muerte en los ojos? Esta es la clave de mi neurosis ayusil, no me cabe la menor duda. Lo de menos, por supuesto, es saber si la anécdota que me contaron refleja lo en realidad sucedido. Y también pudiera ser que esto lo sepa casi todo el mundo, no lo sé, el caso es que yo no lo sabía.