Recuerdo la aportación de un biólogo (neo)darwinista, claro, en un debate filosófico sobre el tema de la verdad. Cuando alguien bastante escéptico argumentaba la imposibilidad de que ningún criterio de verdad estuviera garantizado, el biólogo respondió con toda la tranquilidad del mundo: el que obra desde premisas erróneas será ajusticiado tarde o temprano por la realidad contra la que se estrelle porque que se estrellará eso es seguro.
Pero el problema está en que «la naturaleza gusta de esconderse», y mucho, muchísimo más, la realidad social. Si la biosemiótica confunde tantísimas veces, más allá del «este organismo está enfermo o está sano», no digamos ya la sociosemiótica, con el arte que nos damos los humanos para engañar al prójimo hasta cuando no es necesario. Ni siquiera el mono es sincero cuando llega a la «frontera» con lo semihumano.
Lo cual llega hasta la literatura. En una de sus novelas, no recuerdo cuál, Camilo J. Cela hablaba de «las cinco señales del hijoputa». Probablemente esto respondería a una tradición galaica inmemorial, verdadero precipitado en forma de sabiduría de urgencia de una turbia experiencia histórica de ese pueblo tan avezado en ser estafado que es el gallego, incluso en lo que respecta a su condición de pueblo. Porque ni siquiera del hecho de que, en efecto, haya «cinco señales del hijo puta» que hagan posible la benéfica prevención, se podrá nunca deducir, en absoluto, porque es una falacia de tomo y lomo, que el que no tenga ninguna de esas señales puramente bio-bio, no vaya a ser el mayor «hijo puta» de todos.


