LA FENOMENOLOGÍA, A FIN DE CUENTAS

Se puede ya resumir en lo esencial el método fenomenológico, por sus resultados, de la siguiente sencilla manera en tres pasos la mar de algorítmicos:

  1. Coleccionar trivialidades sin reparar en escrúpulo ninguno, porque cuanto más triviales más radicales, del estrato más profundo.
  2. Traducirlas a un lenguaje cuanto más estrambótico mejor, imposible de someter a análisis gramatical alguno, en el sentido de la gramática filosófica. Lenguaje contundente, casi truculento, que pretende imponerse al hacer impensable cualquier tipo de respuesta.
  3. Terminar afirmando que todo lo anterior va a poner el fundamento filosófico del sentido común y además de una lista de ciencias cuanto más larga mucho mejor. Una propaganda sorprendente, inverosímil.
  4. Pero todo sigue siendo lo mismo.

CULTURA FINA

Primer premio de poesía Isabel Díaz Ayuso al poema titulado «Cachirulo, cachirulo, cachivaca, las espinacas se machacan».

Primer premio Isabel Díaz Ayuso a la creatividad en el pensamiento al ensayo que lleva por título «En esta mano tengo cinco dedos y en esta otra, dos y tres».

NIETZSCHE CONTRA EL CRUCIFICADO

Sin duda ninguna, no hay mediación posible: Dionisos contra Cristo, y si Hölderlin llegó a pensar lo contrario era por iluso. Y lo peor es que la constitución cultural y epocal de las pulsiones que harían nuestro cuerpo al trabajarlo abren mundos cerrando otros. De manera que la impronta judeocristiana, el troquelado de Tomás de Aquino y Lutero, para no decir nada del mismísimo Jehová…hace imposible que muchos filósofos entiendan a Nietzsche, incluso hoy tras tantos años ya de investigación nietzscheana. Y entonces seguimos leyendo los disparates de siempre sobre su pensamiento; que son disparates, claro está, para los que no entendemos nada de la dialéctica del pastor y el rebaño, ni sabemos nada del espíritu santo ni del cielo ni el infierno, una colección de absurdos para nosotros. Por ejemplo, viva Kierkegaard, que tener conciencia de culpa es lo que nos hace de verdad ser más que animales (esa atrocidad del masoquismo moral según la cual solo en el remordimiento más brutal me experimento como yo mismo: nunca soy más yo que cuando me siento un miserable absoluto). Por ejemplo, que el Übermensch no sería sino un regreso al animal, o al narcisismo invulnerable del padre de la horda primitiva (que al parecer vendría a ser lo contrario del pastor de las ovejitas, como bien ilustran Torquemada y Netanyahu). De modo que, concluye el filósofo siempre teólogo, incluso el teólogo ateo, lo de Nietzsche tuvo que ir a parar en Hitler de manera impepinable. Como no te sientas culpable, como para ti carezca de sentido la idea de pecado, ni siquiera eres de la especie humana…eres un desecho porque vas a ponerle la mano encima al cuerpo del primero o la primera que pase por tu lado para violarlo o torturarlo si es que nadie te ve. Esto es justo contra lo que luchaba Nietzsche precisamente: contra el animal enfermo…(por el Cristianismo o por el alcohol, las dos aportaciones al mundo de la cultura europea)-

Por cierto que esto de que hablo ahora era lo esperable, según el propio Nietzsche. La verdad es que tenemos el cuerpo cristiano perdido, tan cristianísimo es nuestro cuerpo, incluso el de los que se consideran ateos, que en el fondo todos llegamos a pensar que el que no se siente un cabrón con pintas de cuando en vez no es sino un nazi de mierda. Cuando a un cura se le habla de los casos de pederastia se encoge de hombros observando que al fin y al cabo todos somos solo humanos, con lo cual se puede sospechar que la conciencia del pecado sí que es una estratagema de malvados que necesitan considerar normal y universal lo que les pasa a ellos.

Hasta Freud y Lacan entrarían en el disparate. En su Seminario 7, este último llega a dar por hecho que el decálogo del tal Yahvé bajando del monte aquel es ni más ni menos que la moral eterna, pura y dura, necesaria, universal…lo que hay que hacer para ser bueno tanto entonces como ahora nos lo sirvió el dios del pueblo elegido. Pero su presunto maestro había ido mucho más al fondo: el pecado, sentirse culpable, no es para Freud nada sublime, en absoluto, sino simplemente la consecuencia de nuestra situación trágica en tanto seres necesitadamente sociales: ante las salvajadas y los roces que antes o después te va a deparar la vida en común, o le pegas al otro una bofetada o bien te la pegas a ti. No hay salida. Y no me vayan a venir con la historia de lo bonita que es la saña con la que arremete contra nosotros el Über-Ich. Ese sí que es un cabrón con pintas.

HEIDEGGER SOBRE ATEÍSMO Y FILOSOFÍA

Yendo directo hacia Ser y Tiempo, Heidegger asienta la verdad evidente de que a la altura de nuestra época resulta inconcebible un genuino filosofar que no sea ateo. Si quieres ser feliz lo mejor que puede hacer es creer, pero si quieres investigar la verdad entonces habrás de huir de toda creencia porque si no eres un impostor, a sabiendas de tu excepcionalidad ya que la inmensa mayoría de la gente no quiere la verdad sino el consuelo:

«La investigación filosófica es y sigue siendo ateísmo. Por eso puede permitirse la arrogancia de pensar. Y no solo se lo va a permitir, sino que esta arrogancia es la necesidad íntima de la filosofía y la verdadera fuerza, y justamente en el ateísmo llega a ser lo que en una ocasión dijo uno de los grandes: una gaya ciencia«

(Para la Historia del Concepto de Tiempo, p. 107 de la trad. de Jaime Aspiunza en Alianza, apud J.L. Villacañas, Tierra o Ser, 191-192).

DOÑA CARMEN POLO Y EL AMOR

Por mucho que hoy nos intenten confundir los «expertos», en este caso como en tantos lacayos de la corrección política indispensable al poder, los niños españoles de la época en absoluto estaríamos enamorados de Marisol, como los malintencionados propalaban, sino de la bípeda implume doña Carmen Polo (de Franco), bien conocida entre los industriales de la joyería fina de Galiza, incluida Pontevedra y provincia. Bien cierto es que, como pibón en sentido estricto, no era que destacase tan alta dama, pero interesante a tope sí que era manifiesto a todos nosotros, agudos por no ir a la EGB sino a otra cosa educacional de cuyo nombre no quiero acordarme. De ahí que nuestra generación tendiera siempre después al enamoramiento por mor del alma más que del cuerpo.

Por fin pude cumplir el día de ayer, el primero de agosto de 2026, uno de mis sueños más persistentes, recónditos e inconfesables, visitar el Pazo de Meirás antes de que la turba comunista acabara de poner coto al legítimo acopio de propiedades adquiridas por los Franco como comprensación de haber creado lo que es España. Supe que el día anterior un par de tremendos camiones habían arribado a las ocho de la mañana para empaquetarse cerca de 500 piezas de arte tanto del diseño como propiamente suntuario. Se marcharon en un plís plás tras asegurar que volverían más pronto que tarde para cargar los cientos de cabezas disecadas de pobres animales con cuernos decapitados por el taxidermista de la rapaz familia, que allí tuvo su residencia.

Mientras los servidores de los rojos que hoy mandan nos colocaban las mentiras de siempre, aproveché para sentarme en una de las preciosas sillas verde-oscuras que rodean la mesa para tertulia de merienda bajo imponente árbol de gentil sombra, y al cabo de un rato mi cuerpo tembló al cruzárseme por el magín la idea tremenda de que con seguridad en esa misma preciosa silla había depositado sus patricias posaderas ELLA, y es que si las del caudillo eran más prominentes a mí nunca me interesaron tanto. Es verdad, he de confesar que, en mi ignorancia infantil, nunca le reconocí mucho valor a la obra del Caudillo aquel, mi desinterés por él acrecentado al parecer por su vocecilla de Mariloli (así le llamaban algunos compañeros burlones), Mariloli monotesticular.

Fue al columbrar desde la verja protectora el sin par oratorio altar de la augusta familia cuando una vez más las neuronas del estómago se me alteraron con la emoción. Era en ese santo lugar donde, según dice, el dios de las alturas haabía colaborado con el de las bajuras, para completar la obra de Mariloli.

EL GENIO M. RAXOI

En España nos sigue pasando lo mismo de siempre: no sabemos lo que tenemos, minusvaloramos a lo que aquí se cría. Y es un hecho que aquí medran los genios.
Por ejemplo, ese tan difícil  problema que torturó a Ludwig Wittgenstein en el «Tractatus», el problema de la forma general de la proposición, lo resolvió de un plumazo, en una célebre entrevista, el entonces presidente del Gobierno español, M. Raxoi, cuando, ante las preguntas diversas y tumultuosas de los periodistas, se limitó a sentenciar tras mirarlos de izquierda a derecha desde lo alto de su estatura: «Pasan cosas».




LA VERGÜENZA

El triunfo futbolero, conquistar el mundo esta vez a patadas, no rebaja un ápice la vergüenza infinita que nos han causado Raxoi el cretino y la inconcebible sentencia contra el hermano del presidente. Las manos limpias llenas de mietda franquista, y el que trotaba por la Moncloa y por Pontevedra fardando de primo de Zumosol, más tonto imposible.

Ni la Iglesia ni la corona: el pegamento de las Españas es ahots el fútbol, manda caralho!!

AHORRO Y SALUD

Los regidores de lo público a nivel municipal, en la imperial capital manchega, no se puede negar que se hallarían ahora mismo en la vanguardia de la innovación en materia de cultura. Y este avance tan notorio, la canalla oposición, como es tan sólito en este país cainita, no se lo pueden perdonar. Han llegado al punto de atreverse a reprocharle a la mismísima concejala de cultura, una jubilada médica de familia, haber confundido El Greco con Las Grecas, dicen que un dúo musical de su época al que al parecer era ella muy aficionada. ¡A qué extremos no llegará la envidia!

Se propone la acción cultural del municipio plantarle cara a la deshumanización que el uso continuo del móvil y demás pantallas inevitablemente conlleva, y es que ya nadie le mira a la cara a nadie, ni mucho menos conoce al vecino…

Así que el otro día dio comienzo, en el imponente auditorio, el Segundo Congreso de Juegos de Mesa. Yo por la mañana, lo digo con orgullo, asistí a la conferencia inaugural, a cargo del catedrático de Teoría del Parchís y la Oca, el doctor Geyper, don Nicola, y he de decir que sus palabras me ha han abierto los ojos al fin, han cambiado la manera de ver el mundo de los allí presentes que aún no conocíamos su copiosa obra. Y, con ello, mi vida.

Nicola Geyper no se para como tantos en reflexiones estériles, apoyando sin ambages este plan del concejo toledano de introducir los juegos de mesa en la asistencia psiquiátrica, pública, claro, en calidad de mero complemento, pero esto solo sería al principio. Así que los bipolares, los deprimidos mayores, los psicóticos siempre y cuando no haya luna llena, podrían ser remitidos, y por qué no, a los bares de su entorno, convenientemente advertidos los propietarios, para poco a poco pasar de un tratamiento psicofarmacológico, que a la larga los va a mermar si es que no los ha mermado ya o tan vez aniquilado, al dominó, el mus, las damas, etc., como técnicas de socialización terapéutica.

El problema, eso sí, es que los humanos somos los que somos, y se conoce que ya se han hecho jugadas muy feas entre los partidarios del dominó y los de la oca, llegándose a las manos y en dos ocasiones, que se sepa, al manejo de las armas blancas tradicionales de aquí, de dimensiones nada pequeñas. (El doctor Geyper, menos mal, parece haber adoptado una postura integradora entre las facciones).

LEYENDO TIERRA O SER (1)

Una incomprensión de Nietzsche typical Spanish, presente por ejemplo en Zambrano y la llamada Escuela de Madrid, es la de que el Übermensch sería algo así como la visión profética del anthropos deificado, tras la «muerte de Dios». Lo cual es no solo de un simplismo abraiante sino sin duda absolutamente falso, y estaría inspirado en la reacción paracristianoide de figuras secundarias como Scheler o Plessner. El Übermensch es lo humano que ya no tendría necesidad ninguna de venerar ni de arrodillarse ni de pasar el tiempo perdiéndolo, navegando por mundos imaginarios de una psicología moral absolutamente alucinatoria, como la que habla del pecado que hay que pagar con la moneda del sufrimiento, y delirios así (delirios cristianoides en los que estaba aún cogido Schopenhauer el ateo, para el que si sufrimos, y todos sufrimos en esta mierda de SU mundo, era, no nos quepa duda, porque nos lo merecemos, ya que de lo contrario no sufriríamos, y por eso estaba Schopenhauer tan poseído de la famosa «necesidad metafísica», de la que justamente Nietzsche nos liberó).

Por eso la condición de posibilidad de querer el Übermensch, no es sino la náusea ante el homo (el humano por definición servil, o necesitado de eso que denomina esta gente «la gracia», caerle bien a su Papá, o vaya usted a saber qué demonios es). Dejar de ser humano es dejar abajo esa patológica necesidad de investir con poderes divinos a entidades puramente imaginarias que compensan el sufrimiento del humano con la sumisión, atándonos a los dictados de la casta sacerdotal y la de los guerreros que se sirven de ella. Para entender la cuestión del Übermensch hay que saber entender al «último hombre» cuando dice «nosotros hemos inventado la felicidad», mientras parpadea. Es el que compra bienestar con la moneda de la sumisión que implica por fuerza, hoy en día, seguir creyendo sinsentidos. Es absurdo pensar que el Übermensch le robe la creatividad a dios, porque dios es un producto más bien lamentable de la creatividad torturada de los homines que hacen de la Tierra el «planeta enfermo». El malentedido del Übermensch, sobre todo en el pensamiento español, se halla determinado por la raíz cristiana de ese pensamiento, que les incapacita para entender las cosas sin embarullarse con conceptos absolutamente vacíos de contenido real, como el de la gracia. La ética de Nietzsche es la de cualquier filósofo auténtico que no sea un impostor charlatán: entregarse solo a (la creencia) que se pueda entender, o que «yo» pueda entender.

LO MÍO CON LAS MONJAS

Gracias a dios que he tratado muchos años con psicólogos en formación y con psicólogos ya formados, mayormente en las comidas o en las reuniones, y entonces me siento ahora capaz de examinar con calma qué coño me pasa a mí con las monjas. Hasta cuando todas mis conocidas empezaron a hablar de la «sororidad» yo tenía que ir al baño porque se me descangallaba el tránsito: en mi época a las monjas había que llamarlas sor Tal o sor Cual. Y con toda su talla humana e intelectual, ni siquiera Teresa de Jesús me hacia puta gracia. (También es verdad que algo oí en los momentos más gallegos de mi infancia sobre lo jodidamente nefasto que es encontrarse con un grupo de monjas dándote la espalda, no tanto con una solo, o dos, casi igual de chungo que un sombrero encima de la cama, si es la tuya sobre todo). Ver una monja y turbarme hasta sentirme poco firme, infirmus, enfermo, todo es uno y lo mismo, para mí. Y claro, en ese extremo lo de vivir en Toledo o en Santiago o en Roma, puede ser del todo un valle de lágrimas.

También leí como dos veces las obras completas de Freud, y no solo en alemán sino también en castellano y en argentino, para ver si entonces me enteraba. Y me sé de sobra lo del «carretel», que debe ser como el esqueleto de un rollo de hilos o de lanas o algo. Me refiero a ese «niño»infantito» prendido de la pulsión de muerte que se regodea en el sufrimiento de su experiencia de abandono, de «neglecting», traumática donde las haya. Con lo cual no me queda más remedio que hablar de mi madre, y de la primera vez en mi vida que noté que me habían dado gato por liebre, yo tenía cuatro años y casi aún me muero de pena pensando en aquel niño, yo, al que sacan de casa a primera hora, lo llevan a un extraño edificio con una enorme cruz adherida a la fachada frontal y lo dejan allí, hala, con una señora rara y retaca a la que otra dama estrambóticamente vestida, como todas las del lugar, llaman «madre superiora» (!). (Pero no quiero detenerme en la sensación de que todo era rarísimo, que ya me visitaba todos los días a los cuatro años, y que poco a poco se fue transformando en mi afición a la crítica cultural, pero es que hoy todo sigue siendo rarísimo: pasé de Jesucristo y José Antonio a Trump y Jesucristo).

Cuando comprobé, en un acceso de pánico, que la fresca de mi madre se disponía a largarse por el morro, yo no sabía que fuese así, dejándome allí plantado con la madre superiora y otra monja menos fea y retaca que se llamaba Victoria, las pobres, empecé a luchar denodadamente, braceando. La retaca me agarró con una fuerza soprendente, mientras intentaba comunicar a mi madre con unos ojillos de mochuelo que se fuera ya, porque era mucho mejor dejar al infantito solo como una rata con cosas como esta del destete y sus derivados. Recuerdo como si fuese ayer que le propiné una buena dentellada a la jefa del monjerío aquel en el hueco que hay entre el dedo pulgar y el índice, y recuerdo muy muy bien el sabor salado del líquido vermello que brotó como por ensalmo, sea dicho que nunca más volví a morder a ninguna monja. Me arrastraron entre las dos, a duras penas, hasta cruzar una siniestra puerta como de cristal oscuro, y aquí solo sé que me di perfecta cuenta de que tras esa puerta solo había oscuridad y crujir de dientes. Pero todo lo demás se me ha olvidado, ya se sabe por qué y si no se puede suponer.

Mi pareja me había comentado el otro día, antes de que me pusiera yo casi a las puertas de la muerte, que en los vagones del Metro madrileño solo había monjas, monjas atiborrando los trenes de la línea X del Metro, porque había llegado un Papa que hay ahora, que dicen que es buena gente aunque más moderado o astutillo el hombre que el que había antes. ¡Entras en un vagón del Metro y solo hay monjas que proceden a estrujarte!

Bueno, también tuve una experiencia de abandono de las desoladoras una vez que me quedé solo en una lancha repleta de japoneses que me miraban fijamente a la luz de unas antorchas cruzando un negro lago subterráneo cerca de Viena. Aquello fue espantoso, casi peor que lo de mi madre y las monjas, hace falta ser fresca (probablemente porque mi madre tenía otras cosas buenas que compensaban aquella cosa casi imperdonable que me hizo). Pasé momentos de verdadera angustia con los japoneses, y yo no supe lo que era un trauma hasta que muchos años después, en una clase, me puse hablar, no se sabe a cuento de qué, de los japoneses y su cultura de un modo poco o nada caritativo. Un estudiante destacado de la segunda fila, con esa cara de listo del que va a ser profesional de campanillas en lo de las terapias diversas, me supo llevar a la cordura con la pregunta: «Pero Mariano, ¿a ti qué te han hecho los japoneses?». Me frené en seco, me puse meditabundo, pero solo pude contestar que cualquiera sabe.