Violencia sacerdotal otra vez

Sin duda que me dan mucha pena los niños que se mueren de hambre en el Congo, como a cualquier persona sensible, y por descontado que me gustaría hacer lo posible por remediarlo, aunque no tanto por compasión como por justicia, racionalidad y sentido de lo humano. Pero eso no tiene nada que ver con el hecho de que también me gustaría pasearme algún día no lejano por fuera y por dentro de una Notre Dâme reconstruida y devuelta a su belleza original. Los que ahora mismo plantean que aquí habría una incompatibilidad, una contradicción, hacen algo tan disparatado que su conducta solo se puede explicar pensando que se trata de los resentidos de siempre que vuelven a atacarnos con la moralina más salvaje y demente. “Me duelen hasta reventar la mente y el cuerpo al ver el dinero que se destina a la catedral. Ojalá se queme el Louvre, ojalá arda el Prado”, decía una enferma mental de tantas como hay en las redes sociales, en un auténtico éxtasis de violencia sacerdotal. Eso son, frailes y monjas fanáticos con una rabia descomunal, frailes y monjas violentos y laicos, que te pueden cortar el cuello por atreverte a ser feliz en un mundo como este en el que vivimos, lleno de niños moribundos.

El yo como “perla anímica”

De Dennett aprendemos también a no respetar en absoluto a los que aparentan entender lo que en realidad no entienden en absoluto (a los que no saben lo que dicen), probablemente porque lo que dicen entender es de todo punto ininteligible.

Aunque claro está que siempre cabe la posibilidad de que a uno las entendederas no le den para entender esas doctrinas tan sublimes. Pero con toda seguridad los que creen o fingen entenderlas se amparan justamente en esa posibilidad siempre reconocida como tal por el que es intelectualmente honrado, esa duda que siempre le acompañará y que le motiva a seguir intentando ir por encima de sí mismo.

La mujer

En una cadena televisiva populista dedicaron más de media hora a concienciar al televidente, llamándole a la empatía, que hoy es la idea misma del bien, con la tremenda tristeza, la comprensible desesperación, de unas turbas de fanáticos del fútbol malencarados y rotos de dolor por haber perdido su equipo del alma un partido, y, con él, una competición de las importantes. Estaban aquellos hombretones de la clase trabajadora llorando a moco tendido, nunca habían sufrido tanto en la vida, decían. Y los fanáticos ricos correspondientes, ejecutivos del fútbol como barriles de colesterol del malo, llegaron a insinuar ideas de suicidio rondándoles por la cabeza, en el colmo de la melancolía cuando rememoraban ante la cámara cómo el día presente contrastaba de manera horrible con el día lejano, el más feliz de su vida, en que consagraron a su pequeño hijo varón como socio del club futbolero de marras. Era para el telespectador sensible y sensato algo así como la pura náusea de lo humano que llevó a Zaratustra a sus discursos sobre el Übermensch.

De repente caí en la cuenta de que entre aquellos cientos o miles de fanáticos que salieron llorando del partido y que la cámara mostraba NO HABÏA NINGUNA MUJER, ni rica ni trabajadora, ni joven ni mayor, ni culta ni ignorante. Lo cual me reafirmó en mi convicción de que las mujeres son humanamente superiores a los varones, por término medio. Los fluidos testiculares parecen esparcir un ambiente opresivo de mentecatez pura y dura, y no encontramos aroma de testosterona más intenso que entre los fanáticos del fútbol. Aunque haya algún feminismo reivindicando un “derecho al mal” para las mujeres, espero que no se llegue a reivindicar lo mismo con un supuesto derecho a la estupidez. El estúpido lo es con derecho o sin él, por la gracia de Dios.

Morirse

Lo único seguro e inalterable con lo que contamos para poder vivir es el morirse sin excepción, a rajatabla. Aquí tenemos nuestro único punto de referencia, aquello que convierte al cambio incesante en un viaje con una trayectoria de sentido. Por eso, los que siguen dando la murga con el deseo de la inmortalidad (la tecnotrascendencia, por ejemplo), en realidad no saben lo que hacen, no han caído en la cuenta de que son ellos los únicos, verdaderos suicidas

El miedo

Ni el sexo ni el poder ni el dinero, es el miedo el motivo más poderoso de la humanidad, el que nos puede hacer enloquecer del todo, si cuadra, y convertirnos en criminales o en perfectos canallas, o en absolutos disminuidos. Y todo miedo es en el fondo miedo a la muerte, por mucho que se ponga la máscara de miedo a esta o aquella persona.

Contra el miedo, además, solo vale lo más difícil, lo más elitista, lo menos “popular”, o sea, la razón y la sabiduría. Contra el miedo solo vale Séneca, pongamos por caso. No vale en el fondo el amor, que sí que es cosa asequible a todos, porque, al contrario de lo que pensaba el archicatólico Urs von Balthasar, el amor no es necesariamente creíble. Por ejemplo, no es creíble, en primer lugar, si ya estás poseído por el miedo.