Hace ya algún tiempo tuve la incierta fortuna de colaborar con la universidad así llamada Francisco de Vitoria, de Madrid. Y es que formaba yo parte, como por casualidad o arte de magia, de un grupo de investigación nietzscheana, y de divulgación del pensamiento de Nietzsche, cuando uno de sus miembros, justo ese, el que casualmente lo dirigía así como disimulando, el inefable Óscar Quejido, me llamó para decirme que «necesitaban» que yo accediera a figurar en un tribunal para una tesis sobre Nietzsche y el problema de la libertad, si mal no recuerdo, escrita por un argentino que había venido a vivir a España y al parecer asistía de vez en cuando a las sesiones de nuestro seminario, cosa que por descontado impresionaba gratamente a Quejido, siendo como era de natural tierno y benevolente.
Así que me «pedían» que presidiera yo el tribunal, porque además no se sabe qué extraños líos enredaban los preparativos académicos del evento, ya se sabe que por causa de su ocio malsano es fácil que el fraile tienda a la complejidad excesiva en la conspiración y en la paranoia. No sabía yo exactamente cómo era el sujeto ni qué nivel tenía de conocimiento del tema, aparte de la acuciante necesidad que las unis privadas tienen de reclutar doctores. Ya se quejaba sanjosemaría en cierta ocasión, según relata uno de sus beneméritos biógrafos, de lo lamentable de que en la intelectualidad del país queden, a decir verdad, pocas cabezas católicas. Por cierto que yo cuando leí esto me acordé alarmado de Robespierre, pero no, en mi experiencia infantojuvenil de doce años con dominicos, pude recordar a muchas cabezas de curas, pero que valieran como intelectuales como mucho dos, y una sin duda porque bebía alcohol excesivamente y entonces le daba por ponerse brillante.
La verdad, yo me resistí como pude, para empezar dando largas, lo más fácil. Es la Francisco de Vitoria bastante conocida en Madrid, esta universidad privada donde se dice que tienen su sede los elementos más descollantes de esa curiosa organización que aquí se denomina «los Kikos», pero quizá pronunciado este nombre con un deje de cariño, en recuerdo de ese maíz inflado salado tan apetecible. Esta organización se decía también que elaboraba las directrices filosófico-teológicas que guían al venerando gobierno de la Comunidad de Madrid, dirigido por esa presidenta tan preocupada por cuestiones de fondo, las netamente filosóficas. La verdad, a mí no se me había perdido nada entre ese tipo de gente, y ya había conocido otros como ellos. Por eso estuve resistiéndome todo lo que pude, poniendo todo tipo de pretextos. Por ejemplo que yo no conduzco, yo vivo muy lejos de donde creo que tiene la sede esta universidad tan augusta. Y entonces, claro, no van a pretender ustedes que yo vaya allí en autobús, en lo que haya que ir o incluso en taxi, un ojo de la cara.
Pensé con alivio que, como dejaron de llamarme, se habían olvidado dela sunto y buscaban un presidente del tribunal que tuviera coche propio, como dios manda y como una persona normal tendría. Pero hete aquí que un día me llamó un señor muy amable diciéndome que el día de la tesis era tal y la hora cual, y que me venía a buscar en coche a mi casa y que me llevaba hasta allí y luego me traía de vuelta. Entonces me quedé impresionado por ser tenido en tan alta estima, y no tuve más remedio que irme mentalizando porque la vanidad es un demonio. Lo primero que hice fue leer la tesis de esta persona, algo confusa, inmadura, pero en fin, qué se le iba a hacer, había otras mucho peores. Tuve que decir que sí, era parte, además, de mi trabajo.
Vinieron a recogerme y me llevaron hasta allí. Lo primero que me impresionó fue que las alumnas, en concreto ellas, parecían estrellas de cine. No tenían el aspecto de la estudiante complutense, ¿no?, ni siquiera del estudiante que va a estudiar un día cualquiera como era aquel. En absoluto. Me refiero a la ropa que llevaban, a lo arregladas que iban, a los tacones que gastaban. Pero sobre todo a los cochazos deportivos que conducían, descapotables de los de melena al viento, de colores chillones. Lo mismo me sorprendió y me admiré cuando me contaron que a un aula de allí delante venía a dar clases o a dar conferencias, prácticamente una semana sí y la otra también, el gran José María Aznar. Eso dicho, el ambiente quedó invadido durante minutos por una especie de temor reverencial.
Me presentaron a la gente del tribunal. Había, recuerdo, un cura alto y delgado, muy nervioso, probablemente de tumultuosa sexualidad ignota; recuerdo también a un profesor de la Universidad Rey Juan Carlos, que desde luego muy de izquierdas no es que fuera, de hablar pausado y agresivo, las palabras salían de su boca como pequeñas cuchillas de afeitar que él intentaba suavizar en el filo. Había también un señor que era el secretario del tribunal y que, al parecer, era la mano derecha del que manda en esto de los Kikos, y además, un notable experto en la obra de René Girard. Como tuve ocasión de comprobar, era el único de aquella extraña reunión que en realidad decía algo relacionado con la filosofía. O una cabeza católica del tipo intelectual, por volver de nuevo al dicho de sanjosemaría.
Luego vino el doctorando, muy buena persona, con su pareja. Y a continuación, de repente, se llenó aquella sala y se llenó hasta los topes. Lo que me había extrañado también al entrar en ella fue que sobre la mesa en la que tenía que sentarse el tribunal, frente a la gente, figuraba un enorme crucifijo, presidiéndolo todo con su imponencia. Bastante más de un metro de alto y de gran envergadura. Pero bueno, como yo sabía que era una universidad regentada por religiosos, vamos a decirlo así, pues no me resultó ta raro.
Me llevaron a una salita anexa donde me ayudaron a ponerme el traje de académico, y es que hubo algún problema para recoser los puños o las puñetas, no sé qué les habría pasado. Pero la verdad es que todo era amabilidad por todas partes. Era una maravilla lo bien que te trataban. Bueno, pues de vuelta a la mesa, nos preparamos y resulta que poco antes de empezar me avisan de que antes de comenzar el acto de defensa de una tesis doctoral hay que rezar, a ver si no. Había que rezar, eso allí era de siempre y lo natural. Además, eso era un cometido del presidente. Tembloroso me hice con el folleto de oraciones encima de la mesa y pude leer una oración al Espíritu Santo. Le dije al secretario, que era ese experto en René Girard, le dije que yo lo de rezar, que no se me daba, ¿no? Que lo había hecho antes, hace mucho, cuando monaguillo yo en eso de los dominicos, pero que se me había olvidado la manera de hacerlo porque no lo practicaba, y me horrorizaba la posibilidad de meter la pata. Me contestó muy comprensivo que no me preocupara, que ya lo hacía él.
Mientras esperábamos a que la gente acabara de llegar y a que fuera la hora, estuve hojeando el folleto donde venía la oración. Y me di cuenta que estaba en castellano pero también en latín, y amo el latín desde mi más tierna infancia. Yo leí aquello por encima, era estupendo. Toda una oración al Espíritu Santo para que descendiera durante la tesis, tuviera a bien descender sobre el doctorando para iluminarlo. Pero también descendiera sobre los miembros del tribunal para iluminarlos a la hora de juzgarlo y evaluarlo. Falta nos hacía a todos, la verdad, así que me pareció una cuestión pintoresca. Recordé mi educación con los padres dominicos y, evidentemente, a mí me apetecía un montón hablarle o rezarle al Espíritu Santo en latín y además en público, y además al lado de un enorme crucifijo y además vestido con el traje académico. Entonces, le dije al secretario que, por favor, me dejara lo de rezar a mí, si podía ser en latín.
Cuando la gente estuvo allí reunida y se cerraron las puertas, me levanté muy serio, solemne, y recé al Espíritu Santo en latín para que bajara sobre todos los allí presentes. Pude ver la cara de satisfacción de todo el mundo. Empezó la tesis. La exposición del doctorando no tuvo nada de particular, pero lo que más me extrañó, evidentemente, fue cuando el tribunal empezó a debatir, a hacerle preguntas. Porque pude comprobar que todos los del tribunal hablaban, no tanto de Nietzsche, casi nada de Nietzsche, nunca nada de Nietzsche en concreto, y con conocimiento mínimo de su obra, de sus textos, de la crítica, de la investigación nietzscheana. No, hablaban de Jesucristo, resulta increíble pero juro que hablaban de Jesucristo, todo el rato hablando de Jesucristo, y comparándolo con Nietzsche. Que si Jesucristo era mucho mejor que Nietzsche, que si tal y si cual. Francamente, a mí ese tema me interesa poco. Casi me vino a la memoria la anécdota, seguramente falsa, de cuando estaba agonizando Voltaire, y vino por enésima vez un cura para confesarlo. Y al decirle a Voltaire, moribundo, que tiene usted ahí al padre no sé qué, que le quiere ver, les dijoa los circunstantes algo como esto: «Por favor, llévense de aquí a este hombre, porque yo ya estoy harto de que me hablen del hebreo ese». En aquel acto académico Voltaire lo hubiera pasado fatal de mal. Para ser franco, yo estoy convencido de que la culpa de todo la había tenido yo, porque había rezado muy muy mal, tan mal, que está clarísimo que el Espíritu Santo no descendió sobre ninguno de los presentes. O si no, ojalá, estaría aquel día muy ocupado.
Había, detecté en alguno de los miembros del tribunal, no en todos, especialmente en uno, el de la Rey Juan Carlos, una especie de resentimiento y de mala leche realmente sorprendente en relación con Nietzsche. También pude comprobar cómo el cura que estaba a mi derecha, muy nervioso, moviéndose continuamente, murmuraba algo así como lo siguiente, y lo murmuraba varias veces: hay que acabar con el Estado porque es el demonio y el origen de todo el mal del mundo. Esto lo repetía sin que viniera muy a cuento, en una tesis sobre Nietzsche aunque en realidad era sobre Jesucristo.
Bueno, aquello terminó como se pudo. Luego me invitaron a comer, estuvo todo muy bien. Me insinuaron una serie de contratos para conferencias, y hasta hubo alguien que me dijo que las pagaban muy bien. Nunca más supe de aquello, para mi tranquilidad de espíritu. Y al final me volvieron a llevar a mi casa en coche con chófer. Lo mejor, que me endulzaron el viaje de vuelta con una caja muy artística repleta de bonitas latas de mermeladas surtidas.
