MARIO CONDE FILÓSOFO

Eran los años ochenta cuando reapareció el debate de la problemática utilidad social de la Filosofía, que por descontado, porque para eso volvía, iba a repercutir en los planes de estudio de la enseñanza media y, por lo tanto, de la universidad. Fue en ese momento cuando se publicó la traducción española del libro de Badiou, Manifiesto por la filosofía. Un pequeño escrito que enseguida leí, y del que solo puedo recordar ahora la pregunta a la que traducía Badiou toda la cuestión que se planteaba entonces de para qué sirve la filosofía.

Badiou la aclaraba decisivamente, en realidad como cuestión para bobos, traduciéndola o reduciéndola a la proporción decente y a la vez real: ¿Se puede vender la filosofía? Naturalmente, esa es la pregunta, no hay otra en lo que respecta a nuestro asunto. Esta gente tiene como dogma de fe que lo que no se pueda vender no tiene derecho a existir, tampoco en la esfera pública, se supone que tampoco ni su madre ni su hija. Si a ti te apetece iniciarte en la filosofía, estudiar filosofía, entonces págatelo y no tengas tanta cara dura. Esto es lo que dijo exactamente Sarkozy en aquel momento, más o menos, cuando se debatía el futuro de los estudios de filosofía en Francia y, evidentemente, no solo en Francia. 

Recuerdo muy bien a Óscar Núdler, el filósofo argentino, conocedor a fondo del auténtico significado de la obra no escrita de Sócrates, y el significado de su figura como inauguración auténtica de la filosofía en tanto género occidental o griego de pensamiento. Óscar Nudler, subrayando la verdadera obsesión o por lo menos la verdadera presencia de Sócrates en la obra de Nietzsche, me comentó en una ocasión, hace años, que Nietzsche era un autor que le caía bien porque permitía ganarse la vida a los profesores de filosofía cuando estaban sin trabajo, porque él, él mismo, había ganado cierto dinero cuando más lo necesitaba, y además había sido muy bien tratado por algún que otro ricacho que estaba encantado de escuchar las ideas básicas del filósofo alemán.

Eso, evidentemente, yo no me lo creí. Es decir, le contesté a Oscar Nudler que, sin duda, los ricos ociosos que se aburren, y es posible que no consigan dormir por las noches, no interpretan correctamente a Nietzsche sino como a ellos les viene bien. Algo parecido le volví a escuchar en un debate al crítico de arte español Fernando Castro. Castro afirmó que, evidentemente, el Nietzsche de los nazis era una falsificación, esto cualquiera que sepa un poco lo tiene como indudable. Pero como se trataba de una discusión con nietzscheanos, y él es tan aficionado a epatar, inmediatamente añadió a esto que lo que a él le parecía, sin embargo, es que Nietzsche sí servía muy bien para el fomento del neoliberalismo más salvaje y para la revolución de las clases pudientes.

Inmediatamente, claro, yo le contesté que no tendría mucho que ver el superhombre nietzscheano con Amancio Ortega, con Elon Musk, ni muchísimo menos con el individuo que nos manda en el mundo a todos, Donald Trump. Es el Übermensch todo lo contrario. No es un vendedor de humo, sin escrúpulos, no es la lógica del comercio llevada al límite. No es Ronald Reagan, no es Margaret Thatcher, no es el novio del Ayuso, no es la Ayuso.

Bueno, Fernando Castro se refirió en ese momento a sus grandes maestros de filosofía como Ángel Gabilondo, como Juan Manuel Navarro Cordón. Basándose en esa base filosófica tan propia suya, de verdad castrista, él se atrevía, o mejor, se veía en la obligación de advertir que Nietzsche podía alimentar ese tipo de pensamiento del supermegarrico, empresario sin demasiados escrúpulos, triunfante y aplastante. 

Evidentemente, el pensamiento filosófico ha de sobrevivir en la época que le toca vivir. Y no habría motivos convincentes que nos lleven a pensar que esta época nuestra es peor o mejor que muchas del pasado y, sobre todo, de ninguna manera, que las que vendrán en el futuro.

No se trata tanto de ajustarse al espíritu de los tiempos para promocionar ahora la filosofía por todos los medios, publicitarla en las redes, siempre todo en el escaparate de Internet, sino más bien de la cuestión ética del vendedor. Si en la actualidad vivimos en un mundo de vendedores, de traficantes, mundo que, por otra parte, tanto repugnaba a Nietzsche, como se sabe, si bien a veces en nombre de un cierto espíritu aventurero y guerrero que la lógica del contrato vendría a arrumbar… también es cierto que, por ejemplo en HDH, el filósofo llegaba a alabar la lógica del contrato, porque para él tenía enormes ventajas en comparación con muchas de las anteriores.

El problema no es vender o no vender la filosofía. El problema es cómo se vende. Si se vende como se vende humo, como se vendía el reino de los cielos, o se vende de otra manera, como algo que tiene contenido y relevancia para orientar nuestra vida. Si el medio es el mensaje, si lo único que importa es hacerse con un público cuanto más numeroso mejor, si se trata de gustar a toda costa, entonces, evidentemente, se acabó la filosofía. Y es que entonces habría que apuntarse a cualquier moda vigente, a la moda de turno, como se veía en los hegelianos que le eran coetáneos. Modas filosóficas ha habido muchísimas, incluso desde que yo tengo memoria, ya que se quiere ignorar que por lo común la verdad entristece y revienta los nervios. Su coartada es la de que la filosofía que no se apunta a la moda de turno no responde a las preocupaciones y a las necesidades de la época en la que vive, y entonces merece ser dada de baja. Pero esto es una trampa de truhanes. Recuerdo un congreso en Murcia que fue inaugurado por el presidente de aquella Comunidad con unas palabras memorables: «De antemano me disculpo de mi ignorancia de la filosofía, pero comprenderán ustedes que yo no soy de ese ramo».

Si lo que buscamos es el formalismo abstracto, es decir, prescindir de todo contenido para centrarnos en el marco, y el único marco justificable hoy es de la venta y la compra, muy al modo postmoderno que desmiente la verdad o el valor de uso, entonces de la filosofía no queda ya nada. Porque la filosofía, desde Heráclito, desde Sócrates, es la obsesión de la verdad, es la lucha contra los idiotas, contra los estúpidos que fomentan la tendencia natural de todos nosotros a no querer ver lo que hay o lo que ocurre, a no querer ver lo que de hecho vemos y no quererlo ver como lo estamos viendo. A todos estos les viene de perlas ese apunte de Nietzsche tan mal interpretado según el que, ya se sabe, no hay hechos, sino solo interpretaciones, tan mal interpretado que viene a representar el lema y santo y seña de todo trilero.

Entonces sí que hay una coartada. Hay una coartada nietzscheana o tomada de un Nietzsche falsificado con el solo fin de traficar con la filosofía. Es decir, lo que ocurre es que en realidad se enmascara el único objetivo que hay, la única teleología que hay, la única realidad que hay, ni perspectivista ni collóns de mico: de lo que se trata es de ganar dinero, ganar prestigio, se trata de trepar a toda costa, aunque no se tenga obra, aunque se tenga una obra vacía, aunque se tenga una obra que discurre como un viaje que a nada conduce, como una especie de recreo sin sentido ninguno pero que nos recompensa con la ilusión de que somos diferentes, de que tenemos algo de inspirado en nosotros, de que somos creativos, ahora se dice innovadores porque los creativos son los de los anuncios.

El que vende humo nunca puede ser creativo. Lo que sirve de contenido al vendedor de humo en su marco empresarial sin escrúpulos, nunca puede ser creativo, por definición. Lo creativo no vende. Lo creativo nada más aparecer, espanta. No viene nadie, no lo entienden. 

El problema, en conclusión, no es el problema de vender el saber, de vender el pensamiento, de vender el arte. Es el problema de vender humo, como pensamiento, como arte, como lo que quiera que sea. En esto, evidentemente, en lo de vender humo, el precedente son las religiones.

Pero curiosamente, el adiós a la verdad posmoderno, lo de que no hay hechos sino solo interpretaciones, sacado de contexto e interpretado como los intereses de los vendedores dictan, eso es el final de la filosofía. Eso no es filosofía. Eso es otra cosa. Otra cosa de los charlatanes, de los vendedores, de los trileros. No tiene nada que ver con la filosofía. Es la peor de todas sus perversiones.

Lo único indiscutible para esta gente es el dinero. Y, entonces ello, los que van por este camino de traficar con el pensamiento sin ningún escrúpulo, sin honestidad, evidentemente no tienen nada que ver con el filósofo, porque lo suyo es la más brutal afirmación de una certeza metafísica en el mundo. Comparado con el interés del dinero, no hay absolutamente nada. Nada en absoluto.

Esto lo sabe cualquiera, es lo indiscutible, lo cierto, el absoluto, la ganancia, el beneficio, el derecho al lucro devenido sacrosanto. Esto es lo que quieren obtener saqueando la tradición del pensamiento occidental. 

NENIA

«Nenia

Ouveaban os cas.

A chuvia

caeu do esluido

ceo do teu ollar no máis adentro

de min.

Eu inda como o pan que ti mollabas

no brancor da mañá e nos teus beixos

pra desnoitar ó neno

que fun, que son, agora que somente

podería partir, con quén, o pan,

o mesmo pan que ti me tiñas dado.»

(José Ángel Valente: Cántigas de alén)

¡CUALQUIERA SE RÍE DE UN NAZI!

Tres años después de acabada la Segunda Guerra Mundial, Wittgenstein iba a
tener el acierto de partir del hecho recordado, pero evidente, de que en la Alemania
nazi fuera extirpado todo rastro de humorismo de la vida pública y privada, para
llegar a la conclusión de que, con el humorismo, no se trataría en absoluto de una
actitud o una disposición anímica, ni mucho menos de un estado de ánimo, sino de
algo mucho más serio porque va más allá de la mera psicología individual o colectiva: el humorismo sería una genuina visión del mundo, toda una Weltanschauung.

Durante los años en que los nazis habían estado en el poder, los alemanes, es de suponer, habrían seguido poniéndose a veces de buen humor con las cosas de la vida.
Pero del humorismo como tal no quedó ni la sombra. Lo cual nos desvela también lo terrible del Nazismo, capaz de destruir de raíz algo de lo más importante y profundo del ser humano, la visión humorística del mundo.

HOGAR EN NINGUNA PARTE

«¡Nosotros, hijos del futuro, cómo podríamos estar en casa en este hoy! Tenemos aversión a todos los ideales en referencia a los cuales alguien podría aún sentirse en su hogar en este tiempo de transición frágil y ya roto; pero por lo que hace a sus “realidades”, no creemos que tengan duración. El hielo que hoy aún los sustenta se ha vuelto ya muy delgado: sopla viento de deshielo, nosotros mismos, nosotros apátridas,
somos algo que rompe el hielo y otras “realidades” demasiado delgadas… No conservamos nada, tampoco queremos volver a ningún pasado, no somos de ninguna manera “liberales”, no trabajamos para el “progreso”, no necesitamos tapar primero nuestros oídos contra las sirenas de futuro del mercado —¡lo que ellas cantan, “igualdad de derechos”, “sociedad libre”, “no más señores ni siervos”, no nos seduce! —
consideramos que no es en absoluto deseable que se instaure en la tierra el reino de la justicia y la armonía (porque en cualquier circunstancia sería el reino de la más profunda mediocrización y chinería), nos deleitamos con todos los que, como nosotros, aman el peligro, la guerra, la aventura, que no se dejan conformar, capturar, reconciliar y castrar, nosotros mismos nos contamos entre los conquistadores…» (Nietzsche: GC 377, OC III, I, p. 889)

Pourquoi nous ne sommes pas nietzschéens

En el que fuera famoso libro Por qué no somos nietzcheanos, André Comte-Sponville, aparte de criticar después a su amigo, entre comillas, Clément Rosset y por lo tanto al pensamiento trágico y dionisíaco, eso va a venir luego y si va a ser coherente solo lo será porque el conjunto es absurdo, nos escribe con la intención de resumir su rechazo de Nietzsche, eso sí, después de haber sido educado por todos los nietzscheanos franceses desde los alrededores del 68. Y entonces señalará que lo definitivo contra los nietzscheanos es que no se entiende en absoluto lo del inmoralismo. Aparte queda constancia de la ironía de André consignando aquí que los que él conocería son buenas personas y entonces no se los distingue de los que para nada son nietzscheanos o «malos», sino todo lo contrario.

Entonces, lo que no es capaz de ver Comte-Sponville es que el inmoralismo de Nietzsche, como se puede ver en el prólogo a la segunda edición de Aurora, simplemente consiste en el descubrimiento de que la moral no existe, que lo que existen son diversas morales históricas. Pero sobre todo no es capaz de ver que, en concreto, la que le queda al espíritu libre o a la filosofía trágica, y ahí lo dice Nietzsche con toda claridad, es la de la Redlichkeit o la moral de no engañar y no engañarse, y además tener valor, esta la virtud nietzscheana fundamental,el valor de reconocer la situación tal y como es (lo que solo quiere decir tal y como la ves) en vez de ceder al autoengaño que nos evita el sufrimiento al encerrarnos en una burbuja cualquiera.

La Redlichkeit es la moral que nos queda a los nietzschanos, y por consiguiente el criterio que pone fuera a los impostores y los aprovechados. Y no otra cosa significa el inmoralismo: lo primero, reconocer que no hay la moral, ni siquiera la de Comte-Sponville, que fundamentalmente es la moral esta del valor absoluto, la del cristianismo secularizado o el disparate de la moral cristiana atea, diga el francés lo que diga, por mucho que hable de Spinoza con toda unción.

Como también se sabe, Comte-Sponville es el firmante de todos aquellos juicios de valor referidos al libro de Zaratustra, «esa quincallería, esa cosa kitsch de Nietzsche», lo peor de lo peor, tan malo tan malo “que no se pué aguantá”, para decirlo como Lola Flores, la que me consta era gran lectora de don André. Y todos esos temas filosóficos como la transvaloración, el superhombre, la voluntad de poder, el eterno retorno y toda la gaita, bueno, no vale para nada, hay que tirarlo a la basura.

Comte-Sponville tiene sin duda razón, porque desde el punto de vista de alguien que fue profesor de instituto en Francia, supongo que en París, es posible que a lo mejor en un barrio lleno de problemas, incluso evidentemente, Nietzsche no es la mejor de las herramientas de un profesor de Filosofía. Estoy casi seguro de ello ya que yo mismo fui profesor de instituto en lugares así, y cuando tenía que explicar a Nietzsche era seguramente lo peor, como hablar de la Postmodernidad en Cáceres en los años ochenta del siglo pasado, cosa que también hice. No entiendo tampoco que Nietzsche sea utilizado en la llamada batalla o lucha cultural contra los imbéciles por parte de los otros imbéciles. No sé qué rendimiento se le puede sacar a Nietzsche para luchar contra los idiotas. Los idiotas no le pueden entender, menos mal, y ahí tenemos otro criterio para identificarlos.

Entonces, siendo más filósofos y menos educadores de una juventud echada a perder por las redes sociales, nos daríamos cuenta de que, efectivamente, el inmoralismo nietzscheano es justo eso, un inmoralismo, simplemente porque representa la última moral posible para el espíritu libre, como aparece en el prólogo de 1886 a Aurora, y esa moral, la única posible, es la moral de la sinceridad, la veracidad, la probidad, la honestidad intelectual sobre todo con nosotros mismos. Dejar de engañarnos, dejar de escapar, dejar de huir de lo real para buscarnos el refugio de un doble más o menos disparatado. Y aquí estoy utilizando un lenguaje que Comte-Sponville conocería muy bien, porque es el de su “amigo”, entre comillas, Clément Rosset, a quien ni merece llevarle la cartera.

La moral del espíritu libre, la última y única que nos queda, la de la Redlichkeit, es la moral nietzscheana, decididamente inmoral entonces, casi por definición. Y es que Nietzsche se presenta al final como el que tiene una nariz muy especial, una nariz que detecta la mentira, la falsedad, detecta la moralina que todo político de la lucha cultural, todo activista, de un lado o de otro, viene a necesitar más que el aire que respira. Lo nietzscheano consiste, sobre todo como política, en no tolerar ningún estado de cosas en que predomine el santurrón, en que predomine el mojigato, lanzándonos entonces contra todo hipócrita trepa de mierda que se encuentre a un lado o a otro de la “lucha cultural”.

Entonces, yo entiendo que Comte-Sponville no puede o no podía, a principios de los noventa o en los ochenta, explicarle esto a los chicos y a las chicas de instituto de instituto en París o donde fuera, tampoco en Madrid. Eso lo entiendo muy bien, pero llevarlo a la filosofía para adultos, la filosofía propiamente dicha, me parece una impostura de Comte-Sponville, que por tanto de nietzscheano no tiene nada.

¿Por qué no somos (ya) nietzscheanos? Porque ya no tenemos el valor que para ello haría falta.

LO DE LAS DOS ESPAÑAS

Las dos Españas. Como nací en el último periodo del franquismo, fui educado de una manera muy curiosa. No solamente estaban los curas y los falangistas, también estaban las series de aquella televisión recién estrenada. Y recuerdo una serie que a mí me causaba perplejidad, siendo yo prácticamente un niño, se llamaba «Diego de Acevedo». Era la historia de un tipo muy digno, más bien estirado de un modo algo alarmante, y que algo tenía que ver con el ejército español.
Se me quedó en la cabeza una frase que decían en la presentación de todos y cada uno de los episodios. Hablaban de cómo era el héroe, y se acababa con la siguiente frase: «Le tocó vivir momentos trascendentales (o cruciales) para España». Esta al parecer era su historia, con la que se pretendía transmitirnos por la televisión única en blanco y negro, y de manera «histórica» pero con emocionantes aventuras, los valores de aquello que llamaban en los colegios la formación del espíritu nacional. De manera que no solamente fueron los falangistas que daban aquella maría o asignatura, sino también la televisión y en concreto la serie Diego de Acevedo.

Claro que esto tenía mucho que ver con la repercusión de la Revolución Francesa en España, y es que estaba al lado. Todo lo de las dos Españas. Porque si la Virgen del Pilar no quiere ser francesa, sobre todo debe ser porque, si hubiera sido francesa,  ya en aquel momento de finales del XVIII, habría tenido que leer un montón de libros, nada menos que toda la literatura del Siglo de las Luces, lo cual representaría un esfuerzo excesivo, cosa que no viene a cuento de nada en una virgen. Se explica entonces que prefiriese ser capitana de la tropa aragonesa.

Siempre se nos había dicho a los niños de aquella época que la guerra de la independencia fue la triunfante consagración de la España real, verdadera, sobre todos esos demonios de los nuevos tiempos que querían falsear la manera de ser de los españoles, quitándoles su independencia y su libertad. No iba a ser mi sorpresa pequeña, muchísimo tiempo después, cuando pude leer una de las dos o tres vidas de Napoleón escritas por Stendhal. Porque el escritor le había acompañado en algunos lances de envergadura, por ejemplo la campaña italiana, y defendía a Napoleón por lo menos en alguno de sus momentos, que no en todos.


Habla también Stendhal de España y de la guerra que aquí se llamó de la independencia, reconociendo la proverbial valentía de su pueblo. Pero además, y en concreto, trata de dos cuestiones de las que nosotros, los niños del franquismo tardío, no teníamos ni pajolera idea, y que fueron para mí causa de perplejidad. En primer lugar, descubrir que Pepe Botella tampoco era tan botella, ni mucho menos, tampoco idiota, sino que, movido por su hermano, quiso reunirse con los españoles más o menos «progresistas», si es que hubiera habido alguno, o con la parte más progresista de los representantes políticos españoles, para, en la misma frontera con Francia, redactar entre todos una constitución democrática para el país, que a su juicio le garantizaría disfrutar de la democracia más avanzada de la época durante doscientos años.
Napoleón creo que en persona llegó a esa comisión y se quedó muy perplejo de que a los españoles les importara un pimiento todo el asunto. Sacó la conclusión siguiente después de ser informado: pero qué gente más rara, no le importa nada lo que pasa en Europa. «Solo les interesan los curas y los toros», dijo con profundo desaliento.
Otra cosa interesante que cuenta Stendhal es que, en lo que iba a estallar en Madrid tras la sublevación contra los soldados franceses, no pocas mujeres, las modistillas así llamadas, salían de sus casas con agujas y tijeras cuando detectaban soldados franceses tirados en el suelo agonizando, y entonces se complacían entre risas en clavárselas por todas partes para amenizarles su morir.
Aquí nació el tema de las dos Españas. Hay un momento en que los españoles que quieren despedir al antiguo régimen son tachados de «afrancesados». Es decir, si has leído a los ilustrados, automáticamente ya no eres español, eres francés. Solo eres español si eres un carca, pero bien acompañado por la Virgen del Pilar.

FASCISMO COMO TRAGEDIA

El artículo que sale hoy en «El País» sobre el trumpismo, y la pregunta de si hay que utilizar ya abiertamente, porque además conviene, o no, la palabra «fascismo», «fascista», etcétera, en vez de «populismo de derechas», extrema derecha, o cualquier otra cosa, es sin duda oportuno. Y más interesante aún cómo se responde en él afirmando o diciendo que sí, y además que es muy importante asumirlo ya. Pues reconoce una serie de rasgos constitutivos del fascismo y del fascista y del fascismo global. Y evidentemente, Trump encaja en todos estos rasgos como una mano en un guante, en concreto a partir de la toma del Capitolio, que es el preciso momento del paso de un populismo de extrema derecha al fascismo puro y duro.

En ese sentido, a mí me gustaría añadir que la condición discursiva sine qua non de que se desate un movimiento fascista a nivel global no es sino la extensión y la efectividad de la labor antiintelectual previa, consistente en eliminar toda posible diferencia entre verdad y mentira, se entiende, entre verdad y mentira en sentido sobre todo moral. Porque entonces, cuando ya no hay ningún criterio reconocible, mucho menos para el hombre medio, la mujer media, para distinguir entre hechos y fabulaciones, para distinguir entre verdades y mentiras, entonces ya está preparado todo el terreno para que surja el fascismo, a mi juicio no puede ocurrir otra cosa. Cuando no hay diferencia ni posibilidad de distinguir entre verdad y mentira, ya la argumentación, la palabra, el razonamiento no valen para nada. Nadie se pliega a ninguna conclusión crítica objetiva ni evidente, nadie está dispuesto a plegarse a las verdades, a lo que hay, a lo que dijo el otro y está requetegrabado. Como afirmó MAR el impúdico, sí, yo mentí, ¿y qué?  Esto conlleva que la única solución para dirimir los conflictos sean las hostias, a eso incita MAR. Es la única manera. Eso es lo que se estaba preparando desde hace mucho tiempo. Ya no se puede hablar, con esta gente ya no se puede hablar.

En el sentido, no de que no te vayan a dejar hablar, eso era antes cuando les hacía falta censura, sino en el de que cualquier cosa que digas, por definición, la van a categorizar de mentira y la van a sustituir por una verdad hecha a su medida. Entonces, está claro que ya no vale para nada la argumentación y por eso es esencial al fascismo el odio y la lucha contra el intelectual, contra la universidad, porque el exterminio de la inteligencia es lo que les da a ellos patente de corso. No es que dé lo  mismo un asno que un buen profesor,  es que ahora el que vale es el asno, y el buen profesor alguien ridículo, o sea, pobre, ¡y encima se cree superior al animal, el muy canalla!

Entonces, la consecuencia de toda esta preparación, que es la llegada al poder de un movimiento fascista global en prácticamente todo el planeta, llevará consigo la ulterior eliminación de toda distinción. Ya no hay ninguna distinción entre ser imbécil y no serlo, y entre ser imbécil y ser una persona inteligente y culta, porque como además los cretinos tienen en sus manos la inteligencia artificial, se hacen la ilusión de que esta diferencia es completamente absurda y carece de sentido. Luego, tampoco hay ninguna diferencia entre ser un canalla y ser una persona decente, porque bueno, si se le deja rienda suelta al canalla, igual arregla los problemas del mundo, ya que es incapaz de reconocer sus errores, así que lleva el delirio hasta sus últimas consecuencias.

Y el problema o lo perturbador de esta eliminación de todas las diferencias, que en definitiva es una eliminación de cualquier matiz de diferencia entre lo bueno y lo malo, es que trae consigo inevitablemente la guerra generalizada, porque no hay otra alternativa. Con esta eliminación sistemática de todas las diferencias, en resumidas cuentas, los que asumen el poder con el fascismo son los resentidos, el más resentido, el más idiota, el cabrón. Tienen aquí su oportunidad, sin ninguna barrera.

Hay que restablecer el sentido de lo verdadero y lo falso, el sentido del contraste entre la mentira y la verdad. Pero esto solo se puede lograr por la acción directa, porque si no sería la pescadilla que se muerde la cola, y a eso nos llevan los fascistas, pero si te dejas llevar les estás dando lo que ellos querían. ¿Y qué otros medios hay que no sean los argumentativos? Esa es la tragedia del fascismo, el arrastre brutal de la pulsión de muerte.

MIEDO A LA MUERTE

Le sorprende a uno comprobar con qué frecuencia ocurre que los que (más) temen a la muerte son los que menos vivos están, los ya medio muertos, los obtusos, los que no quieren saber de nada, y solo chillan sensaciones o sentimientos, y a veces ni eso

ABOA

Escoita, mai, voltei.

                                    Estou no adro

onde aquel día o grande corpo

de meu abó ficou.

Inda oio o pranto.

Voltei. Nunca partira.

Alongarme somente foi o xeito

de ficar para sempre.

José Ángel Valente: «Cántigas do alén»

EL FINAL

El final de toda democracia, y muchas veces se nos antoja inevitable, no sería otro que la conjura de los necios