Eran los años ochenta cuando reapareció el debate de la problemática utilidad social de la Filosofía, que por descontado, porque para eso volvía, iba a repercutir en los planes de estudio de la enseñanza media y, por lo tanto, de la universidad. Fue en ese momento cuando se publicó la traducción española del libro de Badiou, Manifiesto por la filosofía. Un pequeño escrito que enseguida leí, y del que solo puedo recordar ahora la pregunta a la que traducía Badiou toda la cuestión que se planteaba entonces de para qué sirve la filosofía.
Badiou la aclaraba decisivamente, en realidad como cuestión para bobos, traduciéndola o reduciéndola a la proporción decente y a la vez real: ¿Se puede vender la filosofía? Naturalmente, esa es la pregunta, no hay otra en lo que respecta a nuestro asunto. Esta gente tiene como dogma de fe que lo que no se pueda vender no tiene derecho a existir, tampoco en la esfera pública, se supone que tampoco ni su madre ni su hija. Si a ti te apetece iniciarte en la filosofía, estudiar filosofía, entonces págatelo y no tengas tanta cara dura. Esto es lo que dijo exactamente Sarkozy en aquel momento, más o menos, cuando se debatía el futuro de los estudios de filosofía en Francia y, evidentemente, no solo en Francia.
Recuerdo muy bien a Óscar Núdler, el filósofo argentino, conocedor a fondo del auténtico significado de la obra no escrita de Sócrates, y el significado de su figura como inauguración auténtica de la filosofía en tanto género occidental o griego de pensamiento. Óscar Nudler, subrayando la verdadera obsesión o por lo menos la verdadera presencia de Sócrates en la obra de Nietzsche, me comentó en una ocasión, hace años, que Nietzsche era un autor que le caía bien porque permitía ganarse la vida a los profesores de filosofía cuando estaban sin trabajo, porque él, él mismo, había ganado cierto dinero cuando más lo necesitaba, y además había sido muy bien tratado por algún que otro ricacho que estaba encantado de escuchar las ideas básicas del filósofo alemán.
Eso, evidentemente, yo no me lo creí. Es decir, le contesté a Oscar Nudler que, sin duda, los ricos ociosos que se aburren, y es posible que no consigan dormir por las noches, no interpretan correctamente a Nietzsche sino como a ellos les viene bien. Algo parecido le volví a escuchar en un debate al crítico de arte español Fernando Castro. Castro afirmó que, evidentemente, el Nietzsche de los nazis era una falsificación, esto cualquiera que sepa un poco lo tiene como indudable. Pero como se trataba de una discusión con nietzscheanos, y él es tan aficionado a epatar, inmediatamente añadió a esto que lo que a él le parecía, sin embargo, es que Nietzsche sí servía muy bien para el fomento del neoliberalismo más salvaje y para la revolución de las clases pudientes.
Inmediatamente, claro, yo le contesté que no tendría mucho que ver el superhombre nietzscheano con Amancio Ortega, con Elon Musk, ni muchísimo menos con el individuo que nos manda en el mundo a todos, Donald Trump. Es el Übermensch todo lo contrario. No es un vendedor de humo, sin escrúpulos, no es la lógica del comercio llevada al límite. No es Ronald Reagan, no es Margaret Thatcher, no es el novio del Ayuso, no es la Ayuso.
Bueno, Fernando Castro se refirió en ese momento a sus grandes maestros de filosofía como Ángel Gabilondo, como Juan Manuel Navarro Cordón. Basándose en esa base filosófica tan propia suya, de verdad castrista, él se atrevía, o mejor, se veía en la obligación de advertir que Nietzsche podía alimentar ese tipo de pensamiento del supermegarrico, empresario sin demasiados escrúpulos, triunfante y aplastante.
Evidentemente, el pensamiento filosófico ha de sobrevivir en la época que le toca vivir. Y no habría motivos convincentes que nos lleven a pensar que esta época nuestra es peor o mejor que muchas del pasado y, sobre todo, de ninguna manera, que las que vendrán en el futuro.
No se trata tanto de ajustarse al espíritu de los tiempos para promocionar ahora la filosofía por todos los medios, publicitarla en las redes, siempre todo en el escaparate de Internet, sino más bien de la cuestión ética del vendedor. Si en la actualidad vivimos en un mundo de vendedores, de traficantes, mundo que, por otra parte, tanto repugnaba a Nietzsche, como se sabe, si bien a veces en nombre de un cierto espíritu aventurero y guerrero que la lógica del contrato vendría a arrumbar… también es cierto que, por ejemplo en HDH, el filósofo llegaba a alabar la lógica del contrato, porque para él tenía enormes ventajas en comparación con muchas de las anteriores.
El problema no es vender o no vender la filosofía. El problema es cómo se vende. Si se vende como se vende humo, como se vendía el reino de los cielos, o se vende de otra manera, como algo que tiene contenido y relevancia para orientar nuestra vida. Si el medio es el mensaje, si lo único que importa es hacerse con un público cuanto más numeroso mejor, si se trata de gustar a toda costa, entonces, evidentemente, se acabó la filosofía. Y es que entonces habría que apuntarse a cualquier moda vigente, a la moda de turno, como se veía en los hegelianos que le eran coetáneos. Modas filosóficas ha habido muchísimas, incluso desde que yo tengo memoria, ya que se quiere ignorar que por lo común la verdad entristece y revienta los nervios. Su coartada es la de que la filosofía que no se apunta a la moda de turno no responde a las preocupaciones y a las necesidades de la época en la que vive, y entonces merece ser dada de baja. Pero esto es una trampa de truhanes. Recuerdo un congreso en Murcia que fue inaugurado por el presidente de aquella Comunidad con unas palabras memorables: «De antemano me disculpo de mi ignorancia de la filosofía, pero comprenderán ustedes que yo no soy de ese ramo».
Si lo que buscamos es el formalismo abstracto, es decir, prescindir de todo contenido para centrarnos en el marco, y el único marco justificable hoy es de la venta y la compra, muy al modo postmoderno que desmiente la verdad o el valor de uso, entonces de la filosofía no queda ya nada. Porque la filosofía, desde Heráclito, desde Sócrates, es la obsesión de la verdad, es la lucha contra los idiotas, contra los estúpidos que fomentan la tendencia natural de todos nosotros a no querer ver lo que hay o lo que ocurre, a no querer ver lo que de hecho vemos y no quererlo ver como lo estamos viendo. A todos estos les viene de perlas ese apunte de Nietzsche tan mal interpretado según el que, ya se sabe, no hay hechos, sino solo interpretaciones, tan mal interpretado que viene a representar el lema y santo y seña de todo trilero.
Entonces sí que hay una coartada. Hay una coartada nietzscheana o tomada de un Nietzsche falsificado con el solo fin de traficar con la filosofía. Es decir, lo que ocurre es que en realidad se enmascara el único objetivo que hay, la única teleología que hay, la única realidad que hay, ni perspectivista ni collóns de mico: de lo que se trata es de ganar dinero, ganar prestigio, se trata de trepar a toda costa, aunque no se tenga obra, aunque se tenga una obra vacía, aunque se tenga una obra que discurre como un viaje que a nada conduce, como una especie de recreo sin sentido ninguno pero que nos recompensa con la ilusión de que somos diferentes, de que tenemos algo de inspirado en nosotros, de que somos creativos, ahora se dice innovadores porque los creativos son los de los anuncios.
El que vende humo nunca puede ser creativo. Lo que sirve de contenido al vendedor de humo en su marco empresarial sin escrúpulos, nunca puede ser creativo, por definición. Lo creativo no vende. Lo creativo nada más aparecer, espanta. No viene nadie, no lo entienden.
El problema, en conclusión, no es el problema de vender el saber, de vender el pensamiento, de vender el arte. Es el problema de vender humo, como pensamiento, como arte, como lo que quiera que sea. En esto, evidentemente, en lo de vender humo, el precedente son las religiones.
Pero curiosamente, el adiós a la verdad posmoderno, lo de que no hay hechos sino solo interpretaciones, sacado de contexto e interpretado como los intereses de los vendedores dictan, eso es el final de la filosofía. Eso no es filosofía. Eso es otra cosa. Otra cosa de los charlatanes, de los vendedores, de los trileros. No tiene nada que ver con la filosofía. Es la peor de todas sus perversiones.
Lo único indiscutible para esta gente es el dinero. Y, entonces ello, los que van por este camino de traficar con el pensamiento sin ningún escrúpulo, sin honestidad, evidentemente no tienen nada que ver con el filósofo, porque lo suyo es la más brutal afirmación de una certeza metafísica en el mundo. Comparado con el interés del dinero, no hay absolutamente nada. Nada en absoluto.
Esto lo sabe cualquiera, es lo indiscutible, lo cierto, el absoluto, la ganancia, el beneficio, el derecho al lucro devenido sacrosanto. Esto es lo que quieren obtener saqueando la tradición del pensamiento occidental.
