EL JESÚS DE NIETZSCHE

“67. Jesús de Nazaret amaba a los malvados, pero no a los buenos: la simple visión de la indignación moral de los buenos hacía que incluso él maldijera. Dondequiera que se juzgaba, tomaba partido contra los que juzgaban: quería ser el destructor de la moral.
68. Jesús dijo al pueblo: “Amad a Dios como yo le amo, como su Hijo: ¡qué nos importa a los Hijos de Dios la moral!”

NF-1882,2[41]

NIETZSCHE SOBRE LA INTEGRIDAD

“Toda virtud tiende a la estupidez, toda estupidez a la virtud; “estúpido hasta la santidad” es lo que dicen en Rusia, – ¡asegurémonos de no terminar convirtiéndonos en santos y aburridos por integridad! ¿No es la vida cien veces demasiado corta para aburrirse en ella? Uno tendría que creer en la vida eterna para…”

MBM 227

DEBILIDAD

Pasados los sesenta se comienza a notar, de vez en cuando, la legendaria debilidad de la vejez que paulatinamente irá cercándole a uno, cada vez más estrechamente en cada vez más facetas de su vida, es un suponer. Pero por el momento y en mi caso, la noto, a veces, a esa astenia, no tanto en algún desvencijamiento más o menos físico, como algún achaque de las piernas, Dios sea loado, sino en que mi capacidad para sufrir las idioteces y las insensateces del prójimo se va aproximando a cero absoluto. Las que dijo alguien que se pueden encontrar incluso en premios Nobel, y no digamos en políticos majaderos. Solo me sucede en contadas ocasiones, pero ya empiezo a notar la famosa debilidad de la edad invernal, sobre todo cuando detecto a un imbécil abordándome para contarme una imbecilidad de las suyas, y así darme un sablazo de mi preciso tiempo, del que me queda. Porque entonces pienso que voy a caer de repente fulminado sobre el pavimento, o que me hundo en el más negro abatimiento. Y se tarda en recuperarse del ataque. El idiota nos mata mucho más que el malvado. Incluso llega a ocurrir que nos imaginamos rompiéndole la crisma a la estupidez del mundo, una pura neurosis imposible.

EL MOJIGATO

En castellano denominamos “mojigato” al que afecta humildad o cobardía para lograr sus propósitos poco confesables. Ese hipócrita pudo ser entendido en un principio, sobre todo, en el sentido religioso de afectar devoción y escrúpulos de conciencia para obtener lo que codiciaba, de manera taimada y oculta, escondiéndose en la fachada de la buena reputación.

Haciendo memoria de sus años más juveniles, Nietzsche escribió que tanto Wagner como él habían sido revolucionarios, y que ser revolucionario, en la Alemania de los años cincuenta del XIX, significaba esencialmente “negarse a aceptar toda situación en que el mojigato predomine”.

Con toda su extraordinaria crueldad, nuestra época sería extremadamente mojigata: todo el que quiere algo, sobre todo poder, ha de afectar unción y devoción ante ideas como “la Justicia”, “el Pueblo”, la “Igualdad”… ¡Como si los sufridos oyentes y los lectores de todos esos mojigatos pensáramos lo contrario!, ¡como si estuviéramos en contra de todos esos ideales! Pues sería característico del mojigato situarse en una irrisoria superioridad moral para culpar a todos los que no son como él.

Si la cogemos por el lado bueno, que es por donde hay que cogerla, la declaración de Javier Marías según la cual hoy “vivimos en la época del triunfo de las monjas” acertaría a denunciar gráficamente el absoluto dominio del mojigato de nuestro presente.

LO QUE NO QUEREMOS VER

“Esto quiere decir que todo lo que es, es uno, y que no hay doble de lo único: por tanto, hay que decidirse entre ser ‘individuo’ o no ser, y cualquier otra opción queda excluida”

Clément Rosset: Lo real y su doble. Ensayo sobre la ilusión, p. 94

NIETZSCHE RELIGIOSO

A comienzos de Junio de 1882 Nietzsche está preparando por correspondencia un verano con Lou Salomé, y en un momento determinado decide dejar fuera del plan a su hermana, a quien en un principio había pensado invitar (en estas cosas él siempre fue muy torpe, pero no iba a llegar a ese extremo de locura).

Es entonces cuando le escribe a Overbeck para decirle que habría asumido una actitud de “devoción o fidelidad a Dios” (Gottergebenheit). Más precisamente, de “rendición” a la voluntad de Dios. Todo entrecomillado, por supuesto, porque a esa actitud, radicalmente religiosa, de rendición a la voluntad de Dios, en la versión nietzscheana hay que llamarla amor fati. Es decir, esa actitud consiste en dejarse llevar, o abandonarse al destino de uno, incluso hasta el extremo de “caminar por dentro de la garganta de un león”, como llegará a decir el filósofo literalmente, y hacerlo tan tranquilo. De lo que aquí se trataría entonces es del abandono o de la conformidad de la voluntad propia al juego cósmico del azar, de la divinización del azar. O sea, de llegar a amar el azar, de manera que se convierta en destino.

(Como iba a apuntar más adelante Wittgenstein, la función esencial de cualquier religión no es sino lograr la conformidad del individuo con lo que le ha tocado en la vida, con su “lote”, con su suerte. Apaciguar el ánimo, en definitiva. Pero se equivocaba al referir este apaciguamiento necesariamente al cristianismo, y entonces ver a Nietzsche como alguien que habría renunciado a ser feliz de la manera más directa).

LO QUE EL SOBREHUMANO ES (¡Y PUNTO!)

El tipo de hombre en que piensa Zaratustra es sobrehumano en relación con el hombre bueno. Es justamente lo contrario del hombre bueno, o sea, el tipo de hombre fuerte y seguro de la vida, el que (ya)no sufre-de-sí-mismo.

Ahora bien, “allí donde el animal de rebaño brilla en el esplendor de la virtud más pura, el hombre de excepción tiene que haber sido degradado hasta representar el Mal. Allí donde la mendacidad reivindica a toda costa la palabra verdad para su óptica, al hombre genuinamente veraz habrá que reencontrarlo bajo los peores nombres”. (…)

“En este pasaje [Za, II, «De la cordura respecto a los hombres»], y en ningún otro, hay que apoyarse para comprender qué es lo que quiere Zaratustra: esta especie de hombre ideada por él concibe la realidad tal como es: es lo bastante fuerte como para ello—, no es una especie extraña y alejada de la realidad, es la realidad misma, encierra en sí todo lo terrible y problemático de ella, pues solo así puede el hombre tener grandeza

(Ecce Homo, “Por qué soy un destino” 5).