El día de hoy, 25 de agosto de 2026, he podido leer un anuncio en la web de una institución de las que se autodenominan “culturales”, y que navegan por el mar del mercado proceloso, por supuesto “sin ánimo de lucro”. Una institución privada que trabaja lo cultural bajo la nada pomposa enseña de Instituto Europeo de Artes y Humanidades, ouséase INEAH. Me parece recordar que fuera fundada tan benemérita empresa por Sergio Antoranz; por Isabel o Laura Samperio, no recuerdo bien el nombre; y por Óscar Quejilgo o así, no recuerdo bien el apellido; e incluso no sé si además no había por allí un tal doctor Iñaki Moraleda, pero en eso me lío. Fue hace ya algunos años, habiendo pasado desde entonces esa academia por diversos avatares, como por ejemplo la misteriosa desaparición complutense del primero de los mencionados, el Antoronz, perteneciente al núcleo duro del proyecto empresarial de marras, se llegó a decir que por un tema algo turbio.
Pues henos aquí a día de hoy con que en ese INEAH, de perfil fiscal más bien opaco, según las lenguas, y del que ya ni me acordaba yo para nada, pero que todavía parece funcionar, si bien algo mermado su inicial impulso en comparación con el les trajo su esplendor pasado, se acaba de anunciar, o por lo menos yo me acabo de enterar ahora, un curso cantidá de simpático organizado por el mencionado Quejido, algo así como «Nietzsche contra la superstición», si mal no recuerdo, que cualquiera sabe. A mí me parece estupenda esta «investigación nietzscheana» incesante de que estamos ahora gozando, de parte de todos los entrepeneurs de su talla. Mi única objeción sería, pero conste que si la digo es con la única pretensión de ayudar, pues ya se sabe que la memoria del ciudadano vetusto es a menudo tan clara en lo distante como confusa en lo inmediato, que en ese curso tan interesante se le presenta a este profesor encargado de impartirlo, Quejilgo, como director del «Seminario Nietzsche Complutense» desde 2012. Dejando aparte el hecho de que ya no pertenece a él porque se mandó mudar inopinadamente con sus acólitos, me gustaría decir, en pro de la verdad y porque sé que no ocultarla al final siempre trae cuenta, que esto que señalo es un completo error, una errata a no dudar bienintencionada, y me apresuro a corregírsela como un servicio más que presto a tan grandes pensadores y amigos míos de tantos años, o por lo menos así lo representaban. En 2012, si no estoy confundido, este hombre ni siquiera era profesor aunque se las compusiera para dar cursos, sino uno de los que andan por los pasillos haciéndose el encontradizo, ofreciéndose para asistir en lo que fuera, por ejemplo reservando espacios, y aceptando de entrada “estructuras de mando de tipo piramidal porque soy nietzscheano” (como me dijo literalmente una tarde sin venir a cuento de nada, dejándome sumido en el más absoluto desconcierto, próximo al estupor). Como estarán superocupados, no debe recordar esa patulea que el único director del «Seminario Nietzsche Complutense», en aquel momento de su nacimiento, era yo, aunque no esté bien el decirlo y suene a autoritario, hasta con ínfulas napoleónicas, pero qué le voy a hacer si es la verdad, sencillamente porque fui además el que lo fundó y el más veterano del lugar. Es más, ni siquiera se veía aún por allí merodear a Germán y su proverbial benevolencia. Por supuesto que me la quiero tomar en el mejor sentido, esta errata, para nada veo en ella una falsedad ni mucho menos una mentira ni una infracción más de la ley de la propiedad intelectual, sobre todo porque para estas cosas de los Seminarios Universitarios, por lo menos en la UCM, no habría normativa ninguna, sino que funciona el mercado absolutamente libre, donde surge lo creativo tal cual. Solo quiero hacer una llamada a la corrección de errores, porque conviene corregir los errores, digan lo que digan Trump, Netanyahu, Bolsonaro y gente así, tan creativos, de tanto mercado libre. Así que ahí lo dejo para que lo corrijan, y de buena fe, no espero agradecimiento ninguno porque me he apuntado, como ellos, a la virtud que hace regalos, justo ahora que me queda poco para jubilarme, y entonces va llegando la hora de ajustar las cuentas.
Recuerdo la celebración del décimo año de actividad y de éxito del Seminario Nietzsche Complutense, supongo que el 2022, que casualmente, y sin que yo tuviera ni la menor idea, iba a coincidir con la fundación de la RIEN, (Red Iberoamericana de Estudios Nietzscheanos), algo así como algo promovido asimismo por Quejilgo en su incansable afán de crecer propio del nietzscheano que se toma muy en serio la voluntad de poder, que ya se sabe que es relacional, como estableció sin lugar a duda en su tesis doctoral. Al principio yo lo llevaba mal, la verdad sea dicha, porque algo me olía raro en todo aquello, pero estos días veraniegos de asueto me han servido para cambiar mi forma de pensar en este punto y en otros similares. He acabado por fin reparando en lo importante que es, en los tiempos que corren en la universidad pública, hacer versiones o duplicados proporcionales de cualquier función pública como función privada que sea rentable. Por ejemplo, ¡el Seminario Nietzsche Complutense se duplica con el INEAH, el grupo de investigación CLEPO se dobla con la RIEN! Eso, eso es visión emprendedora y no otra cosa: a cada ente público le da la réplica un ente privado que se engarza a él como el líquen al árbol centenario, hasta que poco a poco el ente privado va adoptando una independencia absoluta de lo público, anulándolo, en el límite suplantándolo, cuando en realidad ha sido posible y ha medrado, e incluso se podría pensar que haya recibido fondos del ente público. En eso los nietzscheanos complutenses hemos sido verdaderos máquinas, y ahora caigo del todo en la cuenta de que es por ahí por donde va el futuro, y nosotros abriendo camino, porque se hace camino al andar.
Ignoro la razón, será que de nuevo irrumpe en mí el síndrome de envejecimiento cerebral, pero esto me recuerda lo buenísimos que eran los cómics del franquismo, esos que leíamos las niñas y los niños «boomers», aunque yo sea más bien pre-«boomer» porque nací en el 57. Eran unos tebeos formidables. Algunos nos llegaban de Latinoamérica, sobre todo de Argentina, recuerdo sobre todo «La pequeña Lulú» y ese Toby. Otros eran españoles, y de alguna manera los dibujantes y humoristas del país, con sus viñetas, se las arreglaban para organizar una especie de risueña resistencia antifranquista, casi evidente al más parvo en aquellas historietas para niños y niñas. Recuerdo que había en ellas, por diferentes que fueran las publicaciones, «El Pulgarcito», «El Tío Vivo» o el tal y el cual, algunos tópicos que se reiteraban una y otra vez. Por ejemplo, cuando aparecían delincuentes, cuando aparecía una banda organizada de ladrones, ladrones de lo que fuera, de dinero, del trabajo ajeno, de ideas… no solo acababan siendo descubiertos, de esto hay que convencer siempre a las niñas y a los niños por mucho que sea mentira tantas veces, sino que al final de la historieta el jefe de los gángsters proclamaba solemne: “¡Vámonos a Pernambuco!”. Era un tema muy recurrente en aquella época lo de irse allí tan lejos en aquellas viñetas de los cómics, menudeaba el tema del ladrón, del que te lo quita todo, del que para ello te miente sistemáticamente. Curiosa aquella educación para los niños, sin duda ninguna, cuando la otra educación, la entregada por el franquisto a los curas y a las monjas, era absolutamente repugnante y te enseñaban a José Antonio al lado de Jesús, como si algo tuvieran que ver. Pues el tópico de los tebeos era que las bandas de golfos en España, cuando habían robado, habían estafado o habían delinquido de cualquier otra manera, una vez que los pillaban, antes de que fuesen llevados a la prisión, decían que había que irse a “Pernambuco», y a toda prisa, «poniendo los pies en polvorosa», «¡tierra trágame!» Pernambuco está en Brasil, supimos niñas y niños. Y en aquella época, lo que ocurría es que no había tratado de extradición con Brasil. Es decir, cualquier falcatrúa (termo galego), cualquier robo, estafa, cualquier delito perpetrado en España, sus responsables podían vivir en la impunidad porque se largaban a Brasil a disfrutar de los bienes robados, fueran directamente económicos o intelectuales. Imaginábamos los niños, claro, lo de Río y la playa, la caipirinha, las mulatas y mulatos. Me ha contado alguien que de esto sabe que sigue pasando ahora, pero no me lo quiero creer.


