Bolsonaro (et hoc genus omne)

“El pueblo, que a menudo es vil y cobarde e insensato, nunca se atreven los políticos a criticarlo, nunca lo riñen ni le afean su conducta, sino que invariablemente lo ensalzan, cuando poco suele tener de ensalzable, el de ningún sitio. Es sólo que se ha erigido en intocable y hace las veces de los antiguos monarcas despóticos y absolutistas. Como ellos, posee la prerrogativa de la veleidad impune, no responde de lo que vota ni de a quién elige, de lo que apoya, de lo que calla y otorga o impone y aclama. ¿Qué culpa tuvo del franquismo en España, como del fascismo en Italia o del nazismo en Alemania y Austria, en Hungría y Croacia? ¿Qué culpa del stalinismo en Rusia ni del maoísmo en la China? Ninguna, nunca; siempre resulta ser víctima y jamás es castigado (naturalmente no va a castigarse a sí mismo; de sí mismo se compadece y se apiada). El pueblo no es sino el sucesor de aquellos reyes arbitrarios, volubles, sólo que con millones de cabezas, es decir, descabezado. Cada una de ellas se mira en el espejo con indulgencia y alega con un encogimiento de hombros: ‘Ah, yo no tenía ni idea. A mí me manipularon, me indujeron, me engañaron y me desviaron. Y qué sabía yo, pobre mujer de buena fe, pobre hombre ingenuo’. Sus crímenes están tan repartidos que se desdibujan y se diluyen, y así los autores anónimos están en disposición de cometer los siguientes, en cuanto pasan unos años y nadie se acuerda de los anteriores”

(Javier Marías, Berta Isla, pp. 324-325)

Desvergüenza nacionalista

Todo nacionalista es un ladrón, lo que te roba es tu país, simplemente. Empieza sustituyendo la realidad de tu país por un simbolismo delirante y maligno, el suyo, que exhibe una identidad nacional artificial para acabar implantándola como obligatoria.

Cuando los franquistas nos acosaban para formarnos el “espíritu nacional”, decían, lo que al final lograban, lógicamente, era que vomitáramos cada vez que veíamos sus banderas o escuchábamos sus arengas mitológicas. Pero entonces ya nos la estábamos jugando porque en ese momento se dejaba de ser “español”, o sea, se dejaba de ser lo que ellos habían impuesto como español, esa caricatura aberrante que era la suya. En ese momento quedábamos fuera de la ley y podíamos ser perseguidos por cualquier “buen español”, o sea, por cualquier franquista. 

Este mecanismo, esta trampa, es la misma en todos los nacionalismos, el franquista era solo un nacionalismo triunfante, pero por supuesto también es la trampa de los nacionalismos que aspiran a triunfar porque de momento están “oprimidos”. Es simplemente el mecanismo o el arte de robar, de robarte tu país. El nacionalista tiene el santo cuajo de presentarse a sí mismo y a su familia y a su banda como dueños de tu país.

“Patos sentados”

La educación cristiana, en una época de la vida en la que la gente es escasamente crítica, le formaría a uno en el supuesto amor universal, sobre todo amor a tus enemigos. De modo que le convierte en un “pato sentado” completamente indefenso ante el ataque de cualquier depredador, también porque ese amor le hace ser sincero y transparente con todos los que le rodean, asesinos de almas incluidos.

Así que, si uno no consigue quitarse de su cuerpo, llegada la razón a su madurez, ese género de educación que ha asimilado en carne y sangre y le habría constituido, y sin embargo quisiera seguir vivo y más o menos cuerdo en la edad adulta, entonces habrá de convertirse necesariamente en un hipócrita de tomo y lomo, abrazando la santurronería.

Misantropía

La verdad es que no se sabe bien a qué viene todo ese despliegue incesante de teorías psicológicas y sociológicas, puesto que estaría meridianamente claro en torno a qué dos elementos ha girado siempre el mundo de los humanos en todas las épocas de que tenemos noticia: la envidia y el afán de venganza. La primera se disfraza cristiana y modernamente con las galas del ideal rousseauniano de la igualdad, e incluso del amor universal (Rousseau, “la tarántula de la humanidad”); y el segundo, claro está, pasa por ser sed de justicia.

(Pero la misantropía nos viene en momentos o accesos, además parece haber conocidos que la anulan y la desmienten con su ejemplo, menos mal)

En cualquier caso, ya se sabe que el hombre al fin y al cabo no importa, es algo que tiene que ser superado.