Por mucho que hoy nos intenten confundir los «expertos», en este caso como en tantos lacayos de la corrección política indispensable al poder, los niños españoles de la época en absoluto estaríamos enamorados de Marisol, como los malintencionados propalaban, sino de la bípeda implume doña Carmen Polo (de Franco), bien conocida entre los industriales de la joyería fina de Galiza, incluida Pontevedra y provincia. Bien cierto es que, como pibón en sentido estricto, no era que destacase tan alta dama, pero interesante a tope sí que era manifiesto a todos nosotros, agudos por no ir a la EGB sino a otra cosa educacional de cuyo nombre no quiero acordarme. De ahí que nuestra generación tendiera siempre después al enamoramiento por mor del alma más que del cuerpo.
Por fin pude cumplir el día de ayer, el primero de agosto de 2026, uno de mis sueños más persistentes, recónditos e inconfesables, visitar el Pazo de Meirás antes de que la turba comunista acabara de poner coto al legítimo acopio de propiedades adquiridas por los Franco como comprensación de haber creado lo que es España. Supe que el día anterior un par de tremendos camiones habían arribado a las ocho de la mañana para empaquetarse cerca de 500 piezas de arte tanto del diseño como propiamente suntuario. Se marcharon en un plís plás tras asegurar que volverían más pronto que tarde para cargar los cientos de cabezas disecadas de pobres animales con cuernos decapitados por el taxidermista de la rapaz familia, que allí tuvo su residencia.
Mientras los servidores de los rojos que hoy mandan nos colocaban las mentiras de siempre, aproveché para sentarme en una de las preciosas sillas verde-oscuras que rodean la mesa para tertulia de merienda bajo imponente árbol de gentil sombra, y al cabo de un rato mi cuerpo tembló al cruzárseme por el magín la idea tremenda de que con seguridad en esa misma preciosa silla había depositado sus patricias posaderas ELLA, y es que si las del caudillo eran más prominentes a mí nunca me interesaron tanto. Es verdad, he de confesar que, en mi ignorancia infantil, nunca le reconocí mucho valor a la obra del Caudillo aquel, mi desinterés por él acrecentado al parecer por su vocecilla de Mariloli (así le llamaban algunos compañeros burlones), Mariloli monotesticular.
Fue al columbrar desde la verja protectora el sin par oratorio altar de la augusta familia cuando una vez más las neuronas del estómago se me alteraron con la emoción. Era en ese santo lugar donde, según dice, el dios de las alturas haabía colaborado con el de las bajuras, para completar la obra de Mariloli.


