I. Notas sobre las referencias de Nietzsche a Heine.
Las referencias que encontramos a Heine en la obra de Nietzsche se redactan en dos tiempos completamente diferentes. En primer lugar hay una serie de citas de los años 1873 y 1874, en las que sin duda predomina una valoración abiertamente negativa, tal vez en buena parte debido a que coloca al poeta por lo general al lado de Hegel: Heine und Hegel.
La primera referencia es el póstumo de primavera-otoño de 1873 que lleva el número 27[29]. El editor de la versión española (FP I, Luis E. de Santiago Guervós, en p. 442) se sorprende del ataque que N. dirige contra Heine, porque contrasta con los elogios entusiastas, por ejemplo, de EH. Aquí abre Nietzsche la lista de sus reflexiones sobre la obra de Heine, sobre todo la poética, comparando su estilo multicolor (como una chaqueta de arlequín) con el gris del estilo hegeliano: pero los dos coinciden en hacer daño a la vista. El problema de Heine sería que coge de aquí y de allá elementos heterogéneos e incoherentes que por supuesto no sabe conjuntar bien, no sabe organizar. Heine sería un farceur, domina todos los estilos y busca el efecto estético de mezclarlos todos sin ton ni son. Hay que notar que todos estos apuntes iniciales o juveniles de Nietzsche sobre Heine están referidos a cuestiones puramente estéticas, y hacen hincapié sobre todo en el estilo poético del autor.
En otro póstumo de las mismas fechas se afirma que Hegel y Heine han influido al mismo tiempo sobre un autor judío llamado Auerbach, al que le resultaba extraña la lengua alemana. Y entonces el resultado es una jerga detestable.
Y en otro momento del mismo 29[65], comentando un texto de Grillparzer, crítico con la literatura moderna, y vinculándolo con su propia crítica del historicismo y la inflación del sentido histórico (2ª Intempestiva), Nietzsche dirá que a ver quién va a creer en la veracidad de los sentimientos de la poesía de Heine (— Wer wird an die Wahrheit der Empfindung eines Heine glauben! Etwa so wenig ich an die eines E. von Hartmann glaube). Tanto Heine como Hartmann se limitan a reproducir el estilo de los grandes (respectivamente: Goethe y Schopenhauer), pero añadiéndoles un giro irónico y satírico, con lo cual se burlan de sus contemporáneos, que hasta les llegan a considerar “los nuevos genios”. Por ejemplo, un poco más abajo, en 29[67], leeremos: «Hartmann y Heine son irónicos inconscientes, pícaros contra sí mismos: Kant niega, ciertamente, que alguien se pueda engañar a sí mismo» (p. 478).
Pero a partir de JGB todo va a cambiar. En el número 254 Nietzsche ya se interna en la comparación de la alemana con la superior la cultura francesa (de alguna cultura francesa, porque las masas que se congregaron en el entierro de Víctor Hugo hicieron una auténtica exhibición de mal gusto, fue todo una “orgía de mal gusto”). Y en este contexto de afirmación de los buenos europeos (del Sur: mediterráneos) que hasta saben encontrar el sur en el norte, en este encomio de Stendhal y de Bizet, brilla también Heine como el poeta francés: «(…) por no hablar de Heinrich Heine, que desde hace tiempo se ha convertido ya en cuerpo y sangre de los poetas más exigentes y más refinados de París» (p. 409). Nietzsche insiste en que la mejor cultura francesa se resiste siempre, afortunadamente, a la germanización espiritual. De ahí que concluya que Schopenhauer (el pesimismo de Baudelaire), incluso Wagner, incluso Hegel (el mejor historiador actual H. Taine) no serían auténticamente alemanes.
En otro apunte (1887, 9[53], p. 247) exaltará Nietzsche la significación de la música de Offenbach diciendo que, como se atiene a la gran tradición, el compositor ha rozado el genio en la esfera del arte al liberarnos de los músicos sentimentales y en el fondo degenerados del romanticismo alemán. Pues lo mismo le ocurriría a Heine, otro judío de los que “han rozado el genio en la esfera del arte”. Y a ese apunte añade otro que contiene una reflexión en francés: «Rien de plus charmant, de plus exquis que l’esprit français des étrangers, l’esprit de Galiani, du prince de Ligne, de Henri Heine» (1887, 11[296]).
Hay también un fragmento, también de 1888, en el que Nietzsche coloca uno junto al otro a Heine y Wagner:
1888,16[41]: Wagner ist ein capitales Faktum in der Geschichte des „europäischen Geistes“, der „modernen Seele“: wie Heinrich Heine ein solches Faktum war. Wagner und Heine: die beiden größten Betrüger, mit denen Deutschland Europa beschenkt hat. [Probablemente, el matiz en que hay que entender aquí la palabra Betrüger sea el que nos refiere al que necesita la ilusión en su vida].
En definitiva, ni el parisino más castizo y más culto, ni los Goncourt, tendría el menor reparo en considerar a Heine como una de las tres cumbres más elevadas del espíritu parisino (pues er theilt die Ehre mit dem prince de Ligne und dem Neapolitaner Galiani). Heine tenía el gusto suficiente como para no poderse tomar en serio a los alemanes, y justo por esa razón, los alemanes se lo tomaron en serio a él, por ejemplo Schumann al ponerle música a algunos de sus poemas (¡¡música schumannesca a Heine!!) (188, 18[13]). Y continúa este fragmento de una manera muy interesante:
Mit Offenbach, mit Heinrich Heine ist die Potenz der europäischen Cultur wirklich überboten; in dieser Weise steht es den andren Rassen noch nicht frei, Geist zu haben. (…) — Die älteste und späteste Cultur Europa’s stellt jetzt ohne Zweifel Paris dar; l’esprit de Paris ist deren Quintessenz.
. — Heute macht man Heine in Deutschland ein Verbrechen daraus, Geschmack gehabt zu haben — gelacht zu haben: die Deutschen selbst nämlich nehmen sich heute verzweifelt ernst. —
En definitiva, Heine, en cuanto judío sobre todo, forma parte de la cultura verdaderamente europea, y de lo mejor de ella, siendo capaz hasta de reír y de hacernos reír, mientras que los provincianos alemanes están casi desesperados por no ser capaces de reír y por tomárselo todo tan en serio. Heine es para los alemanes casi un criminal porque se ha atrevido a ser una persona de gusto en Alemania, y porque se ha reído en Alemania. Hay en estas líneas una curiosa e interesante identificación entre tener gusto o estilo y reírse o saber reírse.
Por otra parte, hay una carta a Avenarius que resulta reveladora, aunque algo reiterativa. Heine aparece en ella como el antídoto para una época que volvería a ser del germanismo más arrogante: «BVN-1888,1065 — Carta a Ferdinand Avenarius: 20/07/1888
Toda mi tarea exige de mí, mi gusto me exige, un extrañamiento, un volverse indiferente, un olvido de lo presente…
Lo otro es que realmente estaba de mal humor — a causa del abandono de H. Heine; precisamente ahora, cuando sopla un viento maldito de germanismo, no tengo indulgencia para tales condescendencias.
En Turín he leído expresamente el libro del maldito Hehn con ese propósito: a ese señor, que recientemente ha resumido su concepto de lo alemán con un aparato de ejemplos muy reducido (por ejemplo, simplemente ha olvidado a los alemanes como músicos), probablemente no se le ha ocurrido que el valor cultural de un artista o pensador en relación con su pueblo no coincide en absoluto con su valor en sí — y que, por ejemplo, los alemanes pueden deber más a Lessing y a Heine que, por ejemplo, a Goethe — los han necesitado más.
Esto no dice nada contra Goethe (al contrario) — pero dice algo contra la miseria y la ingratitud que ahora se ensañan contra Lessing y Heine.
Estoy acostumbrado a la otra manera en que se trata el recuerdo de Heine en Francia: donde, por ejemplo, los Goncourt le rinden el honor de presentarlo, junto con el abate Galiani y el príncipe de Ligne, como la forma más sublime del esprit parisino (¡— tres extranjeros!).
Ahora bien, si el uso que hasta aquí hace Nietzsche de Heine, o sea, fustigar a la cultura alemana reivindicando la espiritualidad francesa, y subrayando que el predominio militar, económico, industrial, etc. siempre va a sustraerle muchísimo al “capital cultural” de un pueblo, hay un pasaje de la obra nietzscheana (EH-klug-4) donde su parentesco filosófico y estético con Heine queda resaltado al máximo y con toda evidencia: es el concepto de “divina maldad”, envuelto con la idea de perfección:
EH-Klug-4 — Ecce homo: Warum ich so klug bin, § 4. Druckfertig 02/01/1889.
Den höchsten Begriff vom Lyriker hat mir Heinrich Heine gegeben. Ich suche umsonst in allen Reichen der Jahrtausende nach einer gleich süssen und leidenschaftlichen Musik. Er besass jene göttliche Bosheit, ohne die ich mir das Vollkommne nicht zu denken vermag, — ich schätze den Werth von Menschen, von Rassen darnach ab, wie nothwendig sie den Gott nicht abgetrennt vom Satyr zu verstehen wissen. — Und wie er das Deutsche handhabt!
Man wird einmal sagen, dass Heine und ich bei weitem die ersten Artisten der deutschen Sprache gewesen sind — in einer unausrechenbaren Entfernung von Allem, was blosse Deutsche mit ihr gemacht haben. —
II. HEINE, la matización sin fin como técnica satírica
Mi examen de Heine lo voy a abordar desde el punto de vista del título Heine o la matización sin fin. Es decir, me centraría sobre todo en la época de Heine, pues de lo que se trata es del debate de Ilustración vs. Romanticismo; de la Edad Media vs. la Revolución, y en general la Modernidad tras la Reforma protestante y la imprenta; de Alemania frente a Francia; del nacionalismo frente al cosmopolitismo. Está Heine siempre del lado de la Revolución, amigo de los revolucionarios franceses y por supuesto también de Hegel, pero eso sí, siempre solo relativamente, siempre con muchísimos matices, con reservas, una especie de matización sin fin que va a abrir la puerta invariablemente a la ironía a veces llegando al sarcasmo puro y duro. Esto se ve, entre muchísimos otros casos, en su juicio sobre Goethe en comparación con Schiller, que es algo que probablemente fuera a tener un enorme reflejo en Nietzsche.
Y además, esto en primer lugar: el nacionalismo alemán frente al cosmopolitismo republicano. Ante todo, es un amigo de Francia y la cultura francesa que ha debido exiliarse porque le persigue la censura (llegará a decir que los prusianos acaban de implantar una ley de censura que está diseñada para aplicársela justamente a él, en exclusiva). Y entonces pretende oficiar como introductor de la nueva cultura alemana, por ejemplo romántica, en el país galo. Y también, cómo no, unas críticas muy duras a Alemania, que sin duda nos recuerdan las de Nietzsche.
Y luego, en relación también con esto, porque no se puede separar, el tema del cristianismo, que es, digamos, el tema fundamental. No cabe ninguna duda de que en los ensayos de Heine el foco se fija en la diferencia entre cristianismo y paganismo, o lo que viene a ser para él casi lo mismo, entre espiritualismo y materialismo. Es el problema de la relación de lo mental y lo físico, es el problema, en fin, de la materia y la autoconciencia, igual que en Schopenhauer, “el nudo del mundo”. Y aquí la posición del poeta es singular, aunque poco extraña entre alemanes de su época: cae rendido ante Spinoza y su panteísmo. Porque como crítico cultural basado en la más profunda filosofía, Heine se compromete con la empresa de equilibrar la balanza entre las exigencias del cuerpo y las del espíritu. Hay que centrarse en la Tierra para ser felices en ella, pero ese cuidado de la corporalidad, igual que en Nietzsche, para nada nos ha de llevar al materialismo ilustrado ramplón de ese tal Nicolai del que tanto se mofa. Heine es un ilustrado que jamás va a negar el “misterium tremendum” de los antiguos griegos poetas y de algún que otro romántico idealista. O sea, es un revolucionario liberal que no aprueba la ilustración vulgar y cateta de los que no tienen ni idea del misterium tremendum, de ahí sus golpes a Voltaire, por superficial. Cristianismo, catolicismo, jesuitismo, protestantismo, la Ilustración, espiritualismo versus materialismo. Contra todos se bate porque está muy clara cuál es para Heine la clave o la idea nuclear del cristianismo, y cómo, contra él, habría llegado la hora de disfrutar de la vida terrena, de dedicarse al trabajo de la vida terrena: y la idea que hay que propagar es la de ser felices aquí y no tener que esperar a morirse. Eso sería un poco lo fundamental, continuar la línea cartesiana de que no se sabe por qué no vamos a poder disfrutar de las pasiones o por qué Séneca iba a tener razón en esto (“si el alma no fuera a tener ya pasión alguna, no querría seguir unida al cuerpo ni un minuto más”, le dice a Isabel de Bohemia). Entonces Heine busca un equilibrio entre espiritualismo y materialismo; entre atención al espíritu y cuidado del cuerpo y del placer; por tanto, según le dicta su criterio, su conclusión va a ser la del panteísmo y Spinoza. Nos recuerda a Nietzsche cuando escribió en El Anticristo que Kant wurde Idiot (porque el placer es el guía seguro cuando no estamos en plena decadencia).
De este núcleo deriva toda su crítica cultural: por ejemplo, Goethe (y Schiller); por ejemplo Auguste y Friedrich Schlegel, es verdad que contra el primero no habría matiz ninguno. Por esta misma razón se entienden muy bien sus alabanzas (casi) sin matices al ilustrado Lessing, que no descuidó en absoluto lo que se debe al espíritu.
También conscientemente se aprestó desde el comienzo el poeta y el pensador a vivir al margen, o mejor dicho en la grieta justa de la tensión entre los dos mundos, el medieval y el moderno. Porque a su entender la Revolución Francesa era el acontecimiento que separaba estos dos grandes periodos de la Historia Occidental. El Ancient Régime, a pesar del despertar del nuevo mundo que ya con Luis XIV se apreciaba en Francia, era simplemente la Edad Media del oscurantismo y la explotación del hombre por el hombre, de la ignorancia potenciada a fondo por la casta sacerdotal, de la injusticia y la ignominia. Y la nueva era, la de la Ilustración de su admirado Lessing, para él mucho menos superficial que Voltaire. Esa gran diferencia, si simplificamos lo que no se puede simplificar, se encuentra en el cristianismo rampante que sujeta los espíritus a los intereses de la Iglesia Católica (los jesuitas) frente a la crítica cristiana iniciada por la Reforma y la imprenta, y la actitud crítica de la filosofía científica. En ese quicio tan peligroso habita el poeta, condenado de por vida a luchar contra la amenaza de la censura sobre todo alemana, que o te mataba sin más o te mataba de hambre. No en poca medida esta iba a ser la clave de la maestría absoluta de Heine en el arte de la ironía y el sarcasmo. La sátira, en fin, tal y como la cultiva él a borbotones, la sátira de tipo áspero y no pocas veces de efecto devastador, apabullante, casi cruel o definitivamente cruel, poco parecida a la suave y hasta encantadora del gran Horacio.
Aun así, sobre todo, Heine es el gran filósofo del matiz, de lo que yo llamaría esa matización infinita suya en la que se viene a verter lo que alguna vez he llamado “lógica dionisíaca”, y que no es lo mismo, por supuesto, que la lógica dialéctica, por mucho que anduviera con Hegel y yendo a sus clases en Berlín. De lo que se trata es de impartir justicia a la realidad distinguiendo unas cosas de otras, una labor en último término imposible, pero que el crítico de la cultura ha de llevar tan lejos como pueda.
El cosmopolita Heine, que a tantos alemanes aborrecía, y que en tantas cosas prefería con mucho la cultura de Francia por su amplitud espiritual, por supuesto que, si bien en primer lugar como europeo, también amaba Alemania y el idioma alemán. Lo cual queda patente en el primero de los excelentes poemas de Deutschland. Ein Wintermärchen (Alemania. Un cuento de invierno). Libro escrito cuando ya vivía en París, pero a la vuelta un viaje puntual que hizo a Alemania en 1843. Libro publicado el 17 de septiembre de 1844 en Hamburgo, casi un mes antes de que naciese Friedrich Nietzsche. Libro que por supuesto enseguida prohibiría la censura.
Este primer poema daría expresión, con toda claridad, no solo al fondo del pensamiento de Heine, volcado en la circunstancia que le tocó vivir a su “yo”; sino además en todo el ambiente cultural y político general de la Europa de entonces, desgarrada por las guerras napoleónicas entre la causa de la libertad y el nacionalismo más reaccionario.
Aparece aquí el poeta emocionándose al volver a escuchar su idioma materno nada más entrar en territorio alemán procedente de París. Lo que oye por casualidad es el cantar de una muchacha, muy sentimental y auténtico, oye una canción que celebra el amor del reencuentro con los que ya se han ido al cielo, allí arriba, en lo alto. Porque no duda la niña que, llegados a su fin los sacrificios y sufrimientos de los que nadie se va a librar en este valle de lágrimas, seremos todos felices en aquel mundo mejor que nos aguarda, el mundo del que se hallaría excluido todo sufrimiento. Como siempre, se trata de un debate acerca de la temporalidad, según la historia de la salvación aquí abajo la alegría dura muy poco, mientras que en lo alto el alma se transfigura al eternizarse. El tiempo es la muerte o la destrucción, a ver quién lo negaría, pero no es nada en el fondo real sino solo una escalera extremadamente molesta que lleva a lo que es en sentido estricto. Otra vez el tiempo, porque eso es lo que desde hace mucho tiempo cree el pueblo, la vieja canción de renuncia a la vida, esa que Heine va a denominar, de una manera en su idioma muy chocante, pero con toda intención satírica: Das Eiapopeia vom Himmel, o sea, el arrorró del cielo o la nana del cielo, un mantra que nos hace niños porque quiere que nos durmamos si ya no lo fuéramos. Y la pincelada poética del escritor germano se tornará corrosiva de repente, al comentar el poeta que esta nana es la que nos cantan desde la cuna aquellos señores que acostumbran a beber vino del país mientras no dejan de predicarnos a nosotros el agua de las fuentes.
Y entonces siguen las dos estrofas decisivas que llevan la atención del lector, definitivamente, a la revolucionaria transformación de Europa, a la vez filosófica y sangrienta:
Ein neues Lied, ein besseres Lied,
O Freunde, will ich Euch dichten!
Wir wollen hier auf Erden schon
Das Himmelreich errichten.
Wir wollen auf Erden glücklich sein,
Und wollen nicht mehr darben;
Verschlemmen soll nicht der faule Bauch
Was fleissige Hände erwarben.
Es wächst hienieden Brot genug
Für alle Menschenkinder,
Auch Rosen und Myrten, Schönheit und Lust,
Und Zuckererbsen nicht minder.
(Queremos dicha sobre la tierra,
no más miseria ni padecer;
que el vientre ocioso no malbarate
lo que otras manos logran hacer.
Brotará trigo aquí en el mundo
para los hombres en igualdad;
rosas y mirtos, gozo y belleza,
y dulces frutos en cantidad)
Tendríamos aquí en la tierra todo lo que nos hace falta para vivir felizmente con tal de que nos olvidáramos de esa vieja canción cuyo único sentido es el que le han dado los poderosos del mundo (quieren seguir bebiendo vino del mejor a cambio de que nosotros nos contentemos con el agua). Pero es importante notar que Heine está cargando contra los poderosos que mienten porque solo ocultando, tergiversando o invirtiendo la verdad consiguen conservar el poder en las manos. Heine critica al que ejerce el poder en falso, o sea, sin ser de verdad poderoso. En cambio, el héroe moderno, ese héroe tan parecido a Odiseo, que ya podemos encontrar de vuelta en la reacción de Descartes contra Séneca, cuando el filósofo le escribe a Isabel que “Séneca no nos dice las razones por las que no debemos desear ni apasionarnos”, ese héroe moderno del progreso y de las luces capaz de domar la suerte tendría el poder del género humano, un poder de verdad, genuino, no impostado, el poder de su razón y de sus sentimientos a la par.
Ya veremos, enseguida, lo de la matización sin fin tan constitutiva de la devastadora especie de su ironía satírica, pero para Heine lo que está claro es cuál es la esencia del cristianismo, más allá de todo el caos de las sectas cristianas enfrentadas entre sí, incluso más allá de la oposición de catolicismo y protestantismo como formas de existencia, que diría nuestro Aranguren como si a alguien le interesara el asunto en la época en la que lo escribiera. El cristianismo es la doctrina de que nuestra salvación está en el mundo y en la vida verdaderos, que por supuesto no son ni este ni esta del valle de lágrimas. Aunque desde luego muchas veces es cierto que vivimos en un valle de lágrimas, también lo es que a fuerza de pensar que esta nuestra vida es eso, acaba y acabará siendo eso, como apuntaría Nietzsche. Prometeo con su atrevimiento y su astucia, y nosotros con nuestro esfuerzo y nuestro trabajo, vamos a desmentir del todo la condenación del mundo, el demonio y la carne. Claro que, eso sí, llevará tiempo, porque unas generaciones habrán de ponerse al servicio de las siguientes, pero con ello se hará real la grandiosa idea de la comunidad humana.
Entusiasmado, y llegando ya casi al final del primer poema, Heine exclama: “Das Miserere ist vorbei,/ Die Sterbeglocken schweigen“ (p. 15). Es decir, que el miserere se ha acabado y por fin callan las campanas que tocan a muerto. Es la irrupción de la creencia en la temporalidad semieterna de la especie humana, de la moral que supera la preocupación individualista, en el peor sentido de la palabra, por la inmortalidad personal (Nietzsche: la ridiculez de “este Pedro”, “este Pablo”).
Las matizaciones como impartición de justicia: el pensador crítico, el literato satírico cuya arma de combate es la pluma, lo que busca no es sino dar a cada uno los suyo, por mucho que muchas veces se trate de una buena bofetada, pero al parecer merecida, o sea, impartir justicia. Elogios totales y definitivos se encuentran tan poco en su obra de crítica cultural como descalificaciones globales y definitivas.
Veamos unos pocos ejemplos. Empezando por la referencia tan despectiva y críptica que hará a Jakob Böhme, recordaremos unas cuantas, muy pocas opiniones de Heine, aunque a veces serían verdaderos juicios de valor casi sin apelación posible, sobre los tres grandes idealistas alemanes: Fichte, Schelling, Hegel, que podemos encontrar en su célebre escrito sobre la Escuela Romántica. En primer lugar, la referencia al místico alemán nos va a servir de muestra de condena sin matiz alguno, que roza el sarcasmo más absoluto llegando a la burla. Con ello Heine aprovecha para añadir una crítica más y sin paliativos contra la que él denomina Escuela Romántica, porque no tiene duda de que las alabanzas de los románticos alemanes a ese Böhme constituyen uno de sus disparates más característicos, y yo diría que delatores de su fondo más o menos absurdo, medieval. El nombre de Jakob Böhme era una verdadera señal por la que se identificaban en su país los integrantes del movimiento romántico, tenerle por el más profundo de los filósofos llegaba a tomarse como símbolo de pertenencia a este grupo de los románticos en Alemania. Ahora bien, el más bien enrevesado juicio de Heine sobre el valor de la obra del místico alemán es digno de ser considerado despacio, porque resulta asimismo muy típico de su modo de ejercer la crítica:
[El] tal Jakob Böhme era un zapatero que vio la luz del mundo en 1575 en Görlitz (Oberlausitz) y nos legó un montón de escritos teosóficos. Los redactaba en alemán, de suerte que fueron tanto más accesibles para nuestros románticos. Si aquel zapatero estrambótico era un filósofo tan excelente como sostienen muchos místicos alemanes, es algo que no puedo confirmar, puesto que no lo he leído; sin embargo, estoy convencido de que no hacía botas tan buenas como el señor Sakoski. En general, los zapateros desempeñan cierto papel en nuestra literatura: Hans Sachs, zapatero que nació en 1454 en Núremberg y pasó su vida allí, fue celebrado por la escuela romántica como uno de nuestros mejores poetas. A este sí lo he leído y debo confesar que dudo que el señor Sakowski haya compuesto jamás versos tan primorosos como nuestro viejo y excelente Hans Sachs. (p. 226)
Aquí se pone de manifiesto de modo solapado, excesivamente solapado (lo que avisa de que hay que temer la reacción de no pocos lectores de su tiempo, dada la unanimidad con que los románticos adoraban lo sagrado revelado por la poesía de Böhme), el desprecio de Heine, y queda además claro que ese desprecio en absoluto se debe a la circunstancia absolutamente aleatoria de que su trabajo fuese el de zapatero, porque bien se ocupa de valorar positivamente la obra de otro zapatero también poeta.
Sobre Fichte, en cambio, Heine viene por lo general a manifestar su admiración en Sobre la Historia de la religión y la Filosofía en Alemania. Destaca en este escrito virtudes personales de este filósofo como la determinación y el coraje de los que iba a hacer gala ante todas las persecuciones a las que se le sometiera cuando la célebre acusación de ateísmo contra él. Se solidariza también con la entereza con que supo sobrellevar su pobreza, su situación general de necesidad, que le habría llevado, al parecer, a pedirle dinero al mismísimo Kant, que por cierto no le pudo prestar nada porque tampoco tenía lo que se dice ni un duro. Por otra parte, da muestras también Heine de entender el núcleo del pensamiento fichteano[1], pero no deja de permitirse tratar de la cuestión planteada por Fichte casi de manera frívola, o por lo menos despacharla de manera sumaria, como si al hablarnos de su carácter ya nos hubiera dicho lo esencial (lo cual encajará perfectamente en los recorridos efectuados por el mismo Nietzsche a través de los filósofos preplatónicos de la época trágica de Grecia). Al fin y al cabo, como se sabe bien, precisamente desde Fichte, la clase de filosofía que uno tenga depende de la clase de ser humano que se sea. Pero también nota Heine, para solaz del lector y de la lectora, lo curioso que resulta el hecho de que el pensamiento de Fichte tan a menudo haya sido blanco de la sátira.
“Una vez vi una caricatura que representaba un ganso fichteano[2]. Tenía un hígado tan enorme que no se sabía si era un ganso o un hígado y en su panza llevaba escrito: Yo = Yo. En su obra titulada Clavis Fichteana Jean-Paul se ha burlado de la manera más despiadada de la filosofía de Fichte. Al gran público le pareció una broma demasiado pesada que el idealismo llevado a sus últimas consecuencias acabase negando hasta la realidad de la materia. Nos reíamos mucho del yo fichteano que producía todo el mundo sensible con su mero pensamiento. Nuestros socarrones se beneficiaron de un malentendido que se ha hecho demasiado popular para que pueda pasarlo por alto. Pues el vulgo creía que el yo fichteano era el yo de Johann Gottlieb Fichte y que ese yo individual negaba todas las demás existencias.
–Qué descaro—clamaba la buena gente–. Este hombre no cree que existamos, nosotros, que somos mucho más gordos y hasta superiores a él, siendo como somos alcaldes y actuarios. Las damas preguntaban:
–¿No cree, por lo menos, en la existencia de su mujer? ¿No? ¿Y madame Fichte se lo permite? (p. 110)
Que madame Fichte le vaya a permitir o no dudar de la existencia de madame Fichte daría por hecho, sin duda, la falsedad del sistema filosófico de su marido, por lo menos desde el punto de vista de la gente corriente y moliente, lo que implica otra cosa: que el idealismo alemán no tiene nada interesante que decirle a la gente práctica que usa su inteligencia en la resolución de los problemas de la vida cotidiana.
Cosa diferente parece la discusión a que se procede del significado de la filosofía de Schelling, pues en realidad, para Heine, no pasaría de ser un poeta bastante limitado que busca recrearse un día de vacaciones con una excursión a la campiña de tan agobiado que se encuentra por los rigores de la Filosofía. Se limitó Schelling a darle la vuelta a Fichte: su filosofía de la naturaleza no sería otra cosa que una reacción de poetillas o poetastros contra de la filosofía del espíritu de Fichte, de modo que quedaría reducida a ser un eco del pensamiento de este último. Pero lo peor de todo es la clase de gente que uno podría encontrar entre los seguidores de Schelling: «La filosofía de la naturaleza nos brinda la ocasión de apreciar cómo lo más importante y sublime puede convertirse en puras mojigangas y tonterías y cómo un tropel de pícaros cobardes y de mamarrachos melancólicos es capaz de comprometer una gran idea» (Sobre la historia de la religión y la filosofía en Alemania, p. 131). Pero la evaluación heineana del pensamiento de Schelling vendría a concluir, como podemos comprobar en su examen de la escuela romántica, denunciando cómo a partir de él la filosofía alemana, antes sutilmente abstracta y por lo tanto inofensiva aunque incomprensible para la mayoría, se haya acabado por convertir en la empresa de justificar y en el fondo aplaudir lo que es y cómo es en cada momento histórico. Y esto es lo que nuestro poeta y crítico no puede soportar de la filosofía alemana:
Mientras que nuestros filósofos de otrora, pobres y abnegados, estaban en sus miserables buhardillas ideando sistemas, nuestros filósofos modernos se han vestido con la resplandeciente librea del poder y, convertidos en filósofos del Estado, inventan justificaciones filosóficas para los intereses del Estado de los que son servidores. Por ejemplo: Hegel, catedrático en el protestante Berlín, ha acogido en su sistema toda la doctrina del protestantismo evangélico, mientras que el señor Schelling, profesor en la católica Múnich, justifica en sus clases hasta los dogmas más extravagantes de la Iglesia católica apostólica romana. (Escuela Romántica, p. 232).
En esto los filósofos alemanes habrían venido a aliarse, muchas veces sin saberlo, con los jesuitas, dispuestos siempre a pactar con los poderosos, aún al precio de renunciar al núcleo mismo del cristianismo. Como bien se sabe, este motivo para despreciar a los hegelianos iba a ser compartido por Nietzsche.
Por último, tan solo apuntar que el ejercicio de la matización sin fin se detecta fácilmente en la discusión tan típica sobre los méritos respectivos de Goethe y Schiller; o tal vez menos en la comparación entre sí de los dos hermanos Schlegel: el mayor, Auguste, sería para Heine repulsivo, no habría nada en su obra de recuperable. Al compararlo con Molière, pues el mayor de los dos hermanos se había atrevido a despreciar públicamente al genio francés, sin duda pariente espiritual de Heine, y bien pudiera ser que el más íntimo, la crueldad con la que procederá a despellejarlo, en una de las sátiras más contundentes que he leído, nos vuelve a traer a la memoria esa idea tan de Nietzsche, según la cual nada hay de perfecto en lo que no podamos encontrar a la divina maldad.
[1] “He aquí la tarea que se propuso Fichte: ¿por qué razones suponemos que nuestras representaciones de las cosas corresponden a las cosas que están fuera de nosotros? Y resolvió esta pregunta afirmando que todas las cosas no tienen realidad sino en nuestro espíritu.” (p. 109)
[2] Nos dice aquí el profesor Rafael Carrión que el padre de Fichte era pastor de gansos.
