Archivos Mensuales: noviembre 2017

Markus Gabriel

Cuando compruebo el modo en que Markus Gabriel se esfuerza por aproximar algunos hitos de la contemporánea philosophy of mind angloamericana a la tradición de Kant, Fichte y Hegel, internándonos al hacerlo en la oscuridad o la superficialidad más absolutas y sin acabar de enseñarnos nada concreto como no sea la insistencia en que debemos decir “espíritu” en vez de “mente” para no ser neuromaníacos y librarnos de la atroz darwinitis. Cuando leo que a Donald Davidson es difícil entenderle y que a veces simplemente no se entiende lo que escribe. Cuando veo que argumenta contra Schopenhauer y Nietzsche llamándoles misóginos y ¡antipáticos!. Cuando descubro cómo pone orden en la obra freudiana diciéndonos lo que es y no es aceptable de ella…Entonces sin poderlo evitar me viene a la mente, y al espíritu, aquel comentario hastiado de Wittgenstein sobre esos “caraculos” que se atreven a meterse con los grandes (por cierto que no recuerdo qué palabra alemana se pretendía traducir con “caraculo”).

Décadence

La vida enferma es la que quiere terminar de una vez, irse a otro lugar completamente diferente de su presente, un lugar que por supuesto no existe. Y estaría dominado por la décadence aquel que se comporta de manera que todo lo que hace se vuelve forzosamente contra él, contradiciendo sus condiciones de florecimiento, o aquel en que las sensaciones de dolor y malestar superan con mucho a las de placer y alegría, por una mera cuestión de agotamiento nervioso.

Es decir, la vida decadente es la que va conducida hasta el fin por la voluntad o la gana de nada. En los movimientos y las reacciones sociales de nuestro tiempo es fácil observar estas poderosas proclividades al suicidio de colectivos enteros. Incluso la valoración extrema parece a veces dominar, la que sugiere que es de verdad bueno el suicida.

La mordedura del tiempo

Hoy si hubiera podido no habría salido de casa, fuera reinaba una entropía espantosa. En general, el modo tan violento y tan incesante que tiene el tiempo de morder en nuestras costuras y en las del mundo, cubriéndolo todo de óxido, del óxido de la muerte, sería algo perfectamente notorio, así que la única forma de no verlo es tapándonos los ojos con la venda de la tontería, o haciendo un esfuerzo duro para pensar siempre de nuevo en otra y otra cosa, distraernos como sea. Por eso tal vez las drogas, y el sexo maniático, por eso el calor del debate que nada zanja, y el encono en la tarea del trepar y del competir con quien sea por un quítame allá estas pajas. Parece que hacemos casi todo lo que hacemos para quitarnos la duda de no existir de verdad, a eso es a lo que tenemos miedo mucho más que a la muerte, opinaba Rosset, y puede que no le faltara razón.

No importa la edad de uno, yo la mella del tiempo en las cosas y en las personas la descubría de golpe un buen día ya de bastante joven, hace muchos años. Como también te puede asaltar la sospecha o la sorpresa de que invariablemente vienen treguas, como si la guadaña se retirara también de repente y el brillo y la transparencia de la vida joven tomaran el relevo del óxido de la muerte sobre el mundo. Pero no hay remedio porque de nuevo vuelve la corrosión otro día, y entonces se ve perfectamente lo viejo, lo espantosamente cansado que está el mundo, a ver si no con la de años que van ya, y hasta los niños que juegan en los parques parecen entonces renquear y respirar con un siniestro ritmo de bronquitis.