Archivos Mensuales: diciembre 2015

Ética del Yoga

Dos de los principios esenciales del código ético yóguico son los de que en ti se asiente la no violencia y que en ti se asiente la verdad.

Lo cual es sin duda muy sabio, porque la única manera de mantenerse alejado de la violencia es decir la verdad. Es en la medida en que nos callamos lo que pensamos que nos volvemos violentos. El silencio  envenena al reprimido.

Dignísimos

A la mafia se le dice una verdad, solo una, alguien les llama por su nombre, y entonces toda la mafia se revuelve ofendida, tan educada y sensible, exquisita, dignísima pero vomitando veneno como es su estilo, salen puras hienas de voraces fauces, en ese vocabulario de gangster que es el suyo, gangster que va a misa los domingos.
La condición existencial del mafioso es la mentira, y también la sistemática desfiguración del lenguaje que le es inseparable. “España” llaman, han llamado siempre, a su cosa nostra.

Delirio de grandeza con máscara paradójica

Más que rabino debía ser santo aquel muy venerable anciano de barba blanca hasta el pecho. Introducía al judaísmo en el programa multicultural de las religiones del mundo (monoteísta) del que presume la televisión pública española.
Pero el santo la tomó de repente contra la filosofía: la filosofía es manifestación de la soberbia humana porque surgiría solamente de la mente (humana), mientras que lo nuestro, lo suyo, era la Biblia, que viene “de fuera”, y por eso educa en la humildad. Uno pensaba entonces en lo de que no somos nadie.

Buena lección aquella de humildad, la del representante del único pueblo elegido por Dios, ahí es nada.

“No conocerás”: el resto se sigue de ahí.

(La inquina contra la filosofía mostrada en su raíz religiosa, secularizada como hostilidad política al pensamiento crítico)

Legionarios romanos

Cuando los legionarios que llevaban más de quince años de servicio ininterrumpido y se caían de viejos iban a llorarle a Germánico para que los protegiera del crudelísimo y cobarde Tiberio, después de la muerte de Augusto, le enseñaban sus piernas y brazos retorcidos por las enfermedades óseas de la vejez; y más de uno, aprovechando que Germánico les dejaba que le besaran las manos, se llevaba un dedo del general a la boca para que se diera cuenta de que ya no tenía ningún diente.
Sin medicina, sin tecnología, sin dentistas, y sin justicia, el mundo humano sí que es, literalmente, un valle de lágrimas, un infierno en el que sería preferible no haber nacido.

Autodestrucción

El primer paso en el camino de la autodestrucción es perder definitivamente la confianza en el prójimo, en todo prójimo. Porque a la misantropía le sigue inevitablemente la pérdida de confianza en uno mismo, cuando no es esta la raíz de aquella, y más allá sólo quedaría el autodesprecio.

Casta Sacerdotal

La verdad es que uno no tiene ni idea de ser un pecador, y por tanto necesitar redención, hasta que un cura o una monja no le informa de ello del modo usual (siempre sutilmente, apuntándolo, como seduciéndote). (Dicen algunos que los psicoanalistas hacen en realidad lo mismo, curarte de la enfermedad que te han inoculado).

Pero llegamos al colmo cuando los teólogos actuales hacen consistir la dignidad del hombre, esencialmente, en esta necesidad de redención. Porque la llaman libertad, nada menos. Ulrich Willers, por ejemplo, lamenta hoy el que llama “delirio de inocencia” del hombre contemporáneo, y es que resulta delirante para él que no podamos ver que el pecado es todo un Faktum, un hecho puro y duro, como que a veces los volcanes entran en erupción. Por cierto que a ese delirio, degradándolo a manía, se refería también María Zambrano.

(Wittgenstein caracterizaba la religiosidad, entre otras cosas, por la conciencia que tiene el que es religioso de que “hay algo que no va bien conmigo”. A Wittgenstein le preguntaron una vez: “¿No querrá usted ser perfecto?”–a lo que contestó: “¡Naturalmente!”. Wittgenstein de repente se iba a casa de un conocido y le contaba todos sus pecados de un tirón, quedándose más ancho que largo. El conocido, perplejo, no podía por menos que considerar que los tales pecados eran simples bobadas.)

En fin, esa obsesión de la “pureza”, el pecado, es a fin de cuentas el negocio de la casta sacerdotal, y se teme por encima de todo el paro.  El pecado, esa gran mariposa negra que revolotea sobre los adolescentes y los convierte en anémicos, segando su inteligencia, como decía Pío Baroja. ¿La religión en la escuela? ¿Propagación del delirio?

Porque además hoy no son solo diez mandamientos, son miles, incluyendo la prohibicion de tirar colillas en la calle (tu hijo te puede sacar entonces “tarjeta roja” y te expulsa de casa).

 

 

El Bien

Dice Savater que “el bien no está tan mal”, lo cual a mi modo de ver es muy cierto. Pero tiene el bien sus peligros, me refiero al bien limpio de todo mal, entre otros adormecerse o aburrirse, como probablemente ocurriría en todos los paraísos. En cualquier caso el mal sigue resultando de ayuda en la lucha, particularmente la lucha contra la estupidez (sobre todo la propia). Y es que el bien a palo seco se toca con ella.