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Acerca de marrodri57

Catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid Interesado principalmente en Nietzsche y la Filosofía de la Mente (Psicoanálisis, María Zambrano, Wittgenstein, Posthumanismo, Historia del Pensamiento)

CONSEJO PATERNO

Me recomendaba mi padre, ante audiencias públicas o en escritos no privados, no tratar de religión ni de política, por lo menos si quería evitar problemas serios con la gente. Ahora caigo en la cuenta de que no se estaba refiriendo con ello solo a una estrategia válida para sobrevivir como escritor en aquellos tiempos de franquismo (y desde luego no solo en ellos). Lo que me estaba comunicando, sin duda, era que religión y política vienen a ser esencialmente lo mismo.

Erasmo y Nietzsche

Con su idea crucial de la ciencia gaya, jovial, alegre, Nietzsche parece haber apuntado al centro mismo del pensamiento de Erasmo de Rotterdam, destrozándolo. Ambos genios parecen trabarse en una lucha de gigantes, porque el de Rotterdam es sin duda lo que se puede llamar el cristiano noble, extremadamente culto e inteligente. La vida del deleite y del placer (¿y qué sería de la vida sin ellos?) es para Erasmo la estulticia pura, del mismo modo que el pene y el coño, a diferencia de las partes serias y decentes del cuerpo humano, solo mueven a risa, siendo como son la fuente de toda vida, incluida la de los filósofos y los prelados con toda su sublime seriedad. Cuanto más tonto, más despreocupado y feliz es uno, a imagen de los niños o los viejos. La sensatez nos llevaría por el contrario al desprecio del mundo, a una insoportable incomodidad en él, que nos deja el vigor extenuado. Comprobamos con esto, una vez más, que el testimonio de todos los sabios que en el mundo han sido, los de la escondida senda, fue siempre el mismo: esta vida no vale nada. Hasta que llegó la gaya ciencia, claro, una radical subversión de los valores milenarios.

EL LIBRO II DE AURORA

AURORA. LIBRO II (Cátedra “Nietzsche” del Ateneo de Madrid, 25 de noviembre de 2020, 19-21 h.) (Réplica a Víctor Conejo).

        El libro Aurora tiene la intención de desmontar nuestros prejuicios morales, de carácter cultural, o sea, la cultura básicamente cristiana, aunque no solo cristiana. Nietzsche emprende desde este momento el trazado de una auténtica psicología moral de la cultura europea, de índole genealógica y, por lo mismo, intensamente crítica, que culminará, en su obra de madurez, en la propuesta de una transvaloración de todos los valores.

Esta psicología nietzscheana, ya desde sus comienzos, se instala en el plano afectivo (instintos, pasiones, afectos) puesto que es ahí donde se generarían las valoraciones, las tasaciones o apreciaciones del valor, solo desde las cuales se diseñan nuestras concepciones de la vida y del mundo, o de las relaciones sociales intra- y extra-psíquicas. La mente afectiva, o el cuerpo nietzscheano, constituye entonces, como esencialmente valorativo o interpretativo, el núcleo vivo de toda moral y de toda cultura históricas. En ese cuerpo se anudan lo psicológico y lo moral, en una consideración psicológico-cultural, crítica, que es la de la genealogía.

El topo que es el filósofo genealógico va horadando el suelo y el subsuelo de nuestra humanidad, hasta llegar a la última capa a la que podemos descender (MBM), que es la constituida por los Triebe, esos impulsos o pulsiones que serían anteriores, incluso, a los meros instintos. Lo primero que hay que especificar, entonces, es la naturaleza de esos impulsos que conforman la raíz última de lo humano (cultural). Son actividades, modos de actuar que se van a entender en este libro segundo desde el modelo más primitivo que es el de la asimilación de alimento. Necesitan los impulsos nutrirse de los sucesos que constantemente tienen lugar a nuestro alrededor. Pero ese comer que es propio de las pulsiones acontece como interpretación, como valoración consistente en el intento de adueñarse del sentido de lo que sucede. Nietzsche descubrirá que, en esa su valoración interpretativa de los sucesos del mundo, lo que de verdad se cumple es que los innumerables y diferentes impulsos ajustan o pretenden ajustar el sentido de eso que sucede en cada caso a las condiciones de su crecimiento de potencia (la unidad de todos los Triebe, se nos dirá más tarde con toda claridad, es justamente la voluntad de poder). El aumento de potencia se experimenta corporalmente, nada más y nada menos, como felicidad. Y al final de este libro segundo, el filósofo reconocerá que lo que va a pretender él, al criticar los valores morales dominantes, no es sino aumentar el poder de la humanidad, es decir, nuestra felicidad.

En segundo lugar (cfr. el crucial 119) va a descubrir Nietzsche que, en su valorarlo, las pulsiones ponen en el acontecimiento muchísimo más de lo que en él en sí mismo hay. Y es que las pulsiones fabulan, inventan, poetizan: son una verdadera dichtende Vernunft (nos acordamos en este punto de la razón poética de Zambrano). De manera que, si alguien, al modo metafísico tradicional que el mismo filósofo impugna y neutraliza con su empresa genealógica, quisiera hablar de una “esencia” de la vida, tendría que decir entonces que la tal es poetización o ficcionalización, la vida como fuerza afirmativa que pone las interpretaciones. La voluntad de poder, en suma, como fuerza cósmica incesante e inconscientemente creativa.

Pero además, ocurre que las pulsiones se relacionan entre sí, se valoran (moralmente) unas a otras. Es lo que sucede sobre todo con el trabajo cultural de las mismas, cuando por ejemplo unas veces se nos enseña a despreciar a una de ellas llamándola “cobardía”, al modo griego, o se nos enseña a ensalzarla denominándola “humildad”, a la manera cristiana (las pulsiones no tienen un estado de naturaleza, sino que nos las enseña el Estado, leeremos en un apunte). De esta interacción pulsional modulada cultural e históricamente surge y se desarrolla la conciencia humana, que es lenguaje. Las diversas culturas históricas proceden a podar las pulsiones como si fueran bonsáis, a unas las hartan de comida y a otras las dejan agonizar de hambre y de sed.

Con los referentes de Schopenhauer y, cómo no, del Cristianismo, se procederá a examinar críticamente en este Libro II el origen de la valoración fundamental en la época del filósofo, y sin duda en la nuestra: es bueno el autosacrificio, la abnegación, en definitiva, es bueno el que se entrega al cuidado del otro y se identifica con su sufrimiento, compasivamente. La compasión como valor fundamental y el yo como lo odioso en sí (Cioran, Zambrano…). A lo largo de su historia tan compleja, el movimiento cristiano habría alternado entre esta valoración, que es la que al final se impuso, o sea, la del amor al prójimo o al vecino, y aquella más primitiva en que solo una cosa es importante: la salvación eterna de uno mismo. Cuando la fe en los dogmas cristianos se debilitó a consecuencia de la ilustración y del consiguiente escepticismo ante todo lo increíble, entonces se desarrolló la valoración de la compasión y del autosacrificio como núcleo de ese movimiento político y cultural. Se trata de una valoración fundamental que habría colonizado todos los ámbitos de nuestra cultura, los seculares incluidos (por ejemplo, ese verdadero catecismo de la humanidad de Auguste Comte). Para todos nosotros, los más revolucionarios incluidos, y ellos aun exagerándolo, el mandato moral indiscutible es el del altruismo y la compasión: “vivir para el otro”.

Pero leemos aquí que la compasión es un término general que más que nada enmascara la realidad de unas pulsiones en ebullición que quieren cosas muy diferentes. Unas veces, esa palabra oculta un sentimiento de superioridad sobre el compadecido; otras, un remedio infalible contra el aburrimiento; en ocasiones, hasta una venganza contra alguien a quien admirábamos; y en el caso del santurrón una puesta en escena absolutamente necesaria para medrar en la política. En cualquier caso, lo cierto es que los compasivos multiplican la miseria humana. Todo el que de verdad siente el dolor del otro quedará destruido por la proliferación inmisericorde de ese dolor en los medios de comunicación actuales. Recordamos entonces a Jung cuando consideraba que el ser humano está capacitado para enterarse solo de lo que ocurre a setenta kilómetros a la redonda. O a una psiquiatra lacaniana contando que a su consulta llegaban los pacientes verdaderamente traumatizados por las noticias de cada día. Por otra parte, en las éticas helenísticas ya se decía que si no te soportas a ti mismo, porque eres feo y odioso, entonces haces muy bien en dedicarte al otro: la compasión como huida. En suma, la compasión debilita y destroza si es genuina, y podríamos concluir, aludiendo a Spinoza, ese predecesor de Nietzsche, que la ayuda a los demás y la solidaridad las exige propiamente la razón concebida como utilidad propia: nada es más útil a un ser humano que otro ser humano. Pero no ese sentimiento de la compasión, que nos puede hundir y que, por otra parte, generalmente humilla al que es compadecido. Porque ¿a quién le gusta que le compadezcan?     

GENEALOGÍA DE LA MORAL (CRISTIANA)

SEGUNDA SESIÓN DE LECTURA DE AURORA. SNC-CÁTEDRA NIETZSCHE EN EL ATENEO DE MADRID (ONLINE). 28 de octubre de 2020, 19-21 h.

-SEGUNDA SESIÓN: Carlos Sancho Vich: Incursiones de un Matadragones (Comentario al Libro I).

COMENTARIO:

Nietzsche acierta al descubrir que la manera más efectiva de cuestionar la moral, o incluso de deshacernos de la moral (la moral cristiana en su pretensión universalista, porque hoy podemos ser ateos, pero nuestra moral sigue siendo la cristiana), o de invertirla (esto es el comienzo de la transvaloración), no sería en absoluto la de entrar en la argumentación y en el debate señalando ciertas incoherencias o sinsentidos de los dogmas de fe de esa religión (básicamente, se me ocurre a mí, que son incomprensibles; y que, por lo tanto, cuando decimos que creemos en realidad no creemos en nada o no sabemos en qué creemos: en suma, que no creemos). Sino que el nuevo ateísmo (?) hará mucho mejor, para lograr sus objetivos, en usar el método genealógico. En efecto, se trata en este primer libro de situarnos en los orígenes del cristianismo: Pablo de Tarso es el primer cristiano, desvinculado de la importante figura de Jesús de Nazareth, ese Pablo que va a fundar un movimiento de masas esencialmente político cuyas creencias medulares nada tendrían que ver con el mensaje de Jesús. Si no fuera por el talento y la astucia de Pablo todo el mensaje de la vida de Jesús no habría pasado de ser un insignificante suceso local de una pequeña secta, en medio del gigantesco Imperio Romano. Pero Pablo supo aprovechar maravillosamente las necesidades sentimentales populares, ya presentes en los cultos mistéricos del Mundo Antiguo. Y sobre todo, supo aprovechar la ridícula idea, para Nietzsche, de la inmortalidad personal, ajena por completo a Jesús, pero especialmente el miedo a las penas del infierno concebidas por supuesto como castigo (“metafísica del verdugo”). Para lograr con este disparate la sumisión y la obediencia de la amplia capa de la población de más bajo nivel social, los desheredados del mundo romano. Porque los únicos capaces de liberar al pueblo cristiano del sufrimiento y del miedo en el que viven, por razones diversas (y Nietzsche apunta a las dolencias del sistema nervioso, apunta a lo psiquiátrico, sufrimientos interpretados absurdamente como pecado), eran los sacerdotes de la nueva fe, solo ellos tenían el poder de atar y desatar. Lo cual se convierte en un mecanismo de poder realmente imbatible, que tiene como consecuencia la conversión del mundo terrenal en un auténtico valle de lágrimas, a fuerza de contemplarlo como un valle de lágrimas. Puso Pablo el listón tan alto para salvarnos del sucio mundo del pecado, y para librarnos de las penas del infierno, que la conclusión fue la incapacidad humana de lograrlo a no ser por la gracia de Cristo. Una gracia que por supuesto administraban los sacerdotes. Y este sería el origen, el nacimiento propiamente dicho del cristianismo (Jesús no era cristiano).

A mi juicio, Nietzsche nos muestra ya, en este primer libro, su objetivo de hacer que el lector se enajene del Evangelio, es decir, que consiga ver el cristianismo como algo ajeno, radicalmente extraño a él, incluso, extremadamente raro e inopinado. Nos saca el filósofo del humus de la moral cristiana, en el que todos nosotros habríamos sido socializados, para que podamos percibir que el cristianismo es antinatural hasta lo inverosímil. Aunque él solo atienda de pasada a lo más extraño que yo, personalmente, encuentro en esa doctrina: que un Dios padre manda a un Dios su hijo para que los hombres lo humillen, lo torturen salvajemente, y lo acaben asesinando de una muerte infamante; y, sobre todo, que por esta pasión de Cristo todos los seres humanos que crean en él han sido ya perdonados, se han salvado del pecado o de la muerte. Tras milenios de teología cristiana, yo no diría filosofía, se podría preguntar hoy si aquí hay alguien que de verdad comprenda esto. Yo desde luego que no, por mucho que lo he intentado. Hace falta que una educación sistemática nos haya acostumbrado a tomar por obvio lo incomprensible. Pero a fuerza de repetirlas, las creencias no se hacen comprensibles, aunque sí nos adhiramos a ellas por la fe. En fin, ya dijo Pablo el fundador que Cristo había venido para confundir a los sabios y para entenderse con los necios, y habló incluso de la locura de la cruz. Es lo que se está diciendo aquí, básicamente: Nietzsche le toma la palabra a Pablo.

Por lo demás, en este inicial esbozo de la genealogía de la moral (cristiana) se señalarían importantes valoraciones cristianas que a juicio del filósofo se fueron añadiendo de un modo, esta vez sí, genealógicamente coherente. Por ejemplo, el característico desprecio del mundo que se traduce necesariamente en descuido de lo corporal, al colocar el supremo valor en la pura espiritualidad (contra el mundo, el demonio y la carne). Algo así como odio a sí mismo, auto-odio. O que también se traduciría en la importancia desmedida, obsesiva, que se da a la relación sexual, un énfasis cristiano en las cosas del sexo que rayaría en lo delirante y ridículo, y que habría inundado toda la cultura occidental, pero que en el fondo es visto por Nietzsche como un dispositivo de poder. Sencillamente: puesto que todos vamos a tener que luchar constantemente, a lo largo de toda nuestra vida, contra el deseo sexual, que es al fin y al cabo invencible, a no ser cuando nos incineren, como observó una vez Javier Sádaba, nos vamos a sentir siempre inevitablemente corrompidos, impotentes, desgraciados, sedientos de la gracia que viene de fuera, o sea, de la intercesión salvífica del sacerdote. El cristianismo inventa torturas psicológicas que se resumirán por supuesto en el sentimiento de culpabilidad injustificable, y en el rencor hacia la vida. De ahí la afirmación, posterior a este libro pero en línea con él, de que es una religión que triunfa al precio de ponernos enfermos. Como alguien dijo del psicoanálisis, nos pone enfermos para luego curarnos, pero en el caso del cristianismo nos curamos “a condición de que”, o sea, siempre y cuando nos sometamos al sacerdote….

En suma, se trata de ver el cristianismo como una formación religiosa cultural y epocal, una como todas, una entre muchísimas otras. Y dejar de verlo como la moral absoluta y definitiva, universal, válida para todos los humanos. No habría nada natural en él: no es cierto aquello de que anima naturaliter christiana.  

Mariano Rodríguez González (27 de Octubre de 2020)

FRIVOLIDAD

Cada vez da más la impresión de que la sola actitud que nos queda adoptar en la época que vivimos es la frivolidad, que nuestra única salida es ser frívolos por voluntad propia: insustanciales, superficiales, inconsecuentes. Pero los filósofos, con certeza, la tendrían bloqueada. Esa sería su tragedia.

Porque ser frívolo es una de las formas de ser estúpido, quizás la más inteligente, y el que de verdad es filósofo estaría en guerra contra la estupidez, y en una guerra sin cuartel.

RELIGIÓN Y SENTIMIENTO DE PODER

Se entendería aquí la virtud a la manera nietzscheana, o sea, en su sentido antiguo y renacentista, pero además en tanto manifestándose subjetivamente en uno de sus respectos como sentimiento de poder. Pero claro está que “poder” ha de tomarse sobre todo como poder sobre uno mismo. Entonces se pasa a contemplar el servicio prestado por las grandes religiones históricas como consistente en hacer del hombre un hombre virtuoso. Después podremos comparar entre sí a dos de las más importantes:

“Hay recetas para el sentimiento de poder, por un lado, para los que saben dominarse a sí mismos y, por lo tanto, ya son competentes en un sentimiento de poder, y por el otro, para los que carecen precisamente de eso. De las personas del primer género se ha hecho cargo el brahmanismo, de las personas del segundo, el cristianismo” (Aurora 65).

El virtuoso es el dueño o señor de sí mismo, por lo tanto, y ocurre que el autodominio se experimenta (subjetivamente) como sentimiento de poder. El cristianismo tiende a inducir este sentimiento en personas que carecen de auto-control, y por tanto no son competentes en el verdadero poder que es el poder virtuoso. El hinduismo habría que entenderlo, en cambio, como conjunto de recetas destinadas al mantenimiento o el aumento del sentimiento de poder en hombres que ya eran dueños de sí mismos, y que por tanto sí saben del tema. Contraposición entre llegar a ser virtuoso, y mantenerse tal o incluso llegar a serlo más.

EL CRISTIANISMO ES ATEO, DEDUCIMOS DE NIETZSCHE

La creencia fanática es simplemente aquella que cree en lo increíble. Y el cristiano, en efecto, cree lo increíble: “proveniente del Cristianismo tenemos que escuchar también una gran protesta popular contra la filosofía”. En el sentido de que la virtud era para el sabio la victoria de la razón sobre los afectos. Pero es típicamente cristiana, frente a la sabiduría antigua, la condena de la racionalidad con la consiguiente entrega personal y colectiva a una manifestación intensa y extrema de los afectos (p. e. amor a Dios, compasión hacia su Hijo). Una descarga pasional tan potente, tan desenfrenada, fue en realidad la que iba a hacer posible creer lo increíble, o sea, la fe fanática. Por la distorsión afectiva del entendimiento. Se trata de creer, pero ya no aquello que de verdad se cree, sino lo que se quiere creer a toda costa, incluso o sobre todo lo propiamente increíble, pues eso da prueba de la omnipotencia de la voluntad del creyente, que es lo que aquí se afirma. La creencia fanática sería, en definitiva, una creencia en nada, una no-creencia. En la fe cristiana está contenida desde el mismo principio la muerte de Dios, ella es esa muerte o asesinato.

Comentario de Aurora 58.

EL PECADO

“¡Oh, cuánta crueldad superflua y cuánta crueldad hacia los animales han salido de esas religiones que inventaron el pecado! Y del hombre que quería tener el máximo disfrute de su poder a través de ellas!”

Nietzsche: Aurora 53.

HOFFER

“Hoffer fue uno de los primeros en reconocer la importancia central de la autoestima para el bienestar psicológico. Mientras muchos escritores recientes se enfocan en los beneficios de una autoestima elevada, Hoffer se concentraba en las consecuencias de tener una baja autoestima. Preocupado por el surgimiento de los gobiernos totalitarios, especialmente los de Adolf Hitler y Iósif Stalin, intentó hallar sus raíces en la psicología humana. Descubrió que el fanatismo y la hipocresía están enraizadas en la duda, el odio hacia sí mismo y la inseguridad. Según lo describe en The True Believer, una obsesión con el exterior o con la vida privada de otras personas es sencillamente un intento cobarde del individuo por compensar su sentimiento de vacío existencial.

Los movimientos de masas analizados en The True Believer incluyen a los movimientos religiosos (con extensas discusiones sobre el Islam y el Cristianismo), así como los movimientos políticos. También incluyen a los aparentemente benignos movimientos de masas que no son ni políticos ni religiosos. Un principio clave en el libro es el agudo razonamiento de que los movimientos de masas son intercambiables: Hoffer notó que algunos nazis fanáticos luego se tornaron fanáticos comunistas; que algunos comunistas fanáticos luego se convertían en fanáticos anti-comunistas; o que Saúl, perseguidor de los cristianos, luego se convirtió en Pablo, cristiano fanático. Para el verdadero creyente la sustancia del movimiento de masas no es tan importante como el hecho de que él o ella es parte de ese movimiento. Hoffer incluso sugiere que es posible detener el auge de un movimiento de masas indeseable al sustituirlo por un movimiento de masas benigno, el cual le daría a aquellos predispuestos a unirse a un movimiento un desfogue para sus inseguridades.”