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Catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid "SO VIEL MISSTRAUEN, SO VIEL PHILOSOPHIE"

TontoFascismo

Hay motivos para pensar que, inmersos en la situación trágica en que el mundo se halla, los análisis sucintamente políticos, si no estériles del todo, sí que darían síntomas de impotencia o falta de penetración en una circunstancia tan coriácea como la nuestra.

Igual el ansia de generalidad de la filosofía no es más que otro doble defensivo, otra burbuja para evadirnos del horror de lo cotidiano puro y duro. Pero no sería por ello en absoluto despreciable. Así que en el párrafo siguiente ofrezco la abstracción salvadora en mi caso, pues iría de la mano de la experiencia trágica de la vida.

Como cité en mi libro contra la estupidez, es muy importante no olvidar lo que llamo la paradoja, consistente en que es muy difícil precisar criterios tendentes a diagnosticar al tonto de remate, para eludir la acusación de que «PARA TI ES TONTO EL QUE NO PIENSA COMO TÚ». Y sin embargo a todo tonto llega un momento en que se le nota que lo es. Y además, hay algo democrático o estadístico en esto, pues si alguien arrastra una sólida reputación de gilipollas es que es gilipollas, seguro.

En fin, a lo que me quería referir con our craving for generality, to be honest, es a que para mí la actual situación política tendría, y esto sirve para dar un stop a las pajas mentales, la siguiente clave de comprensión, citada en mi libro contra la tontería:

«Son tontos todos los que lo parecen, y la mitad de los que no lo parecen»

Cuyo corolario es que la salvación no es otra que el despotismo ilustrado, ya que la democracia, antes de mudarse en fascismo, tiene que reconocer derechos a los tontos. Y de ahí, inexorable, el fascio redentor (de tontos, siempre mayoría)

LA BIBLIA Y YO

La verdad es que este conocido libro, y conste que siempre fue mi preferencia para la versión en verso, tendría su aquel. Y en este momento me viene a la memoria aquella dedicatoria de Enrique Jardiel Poncela redactada poco antes de dar a la imprenta su La tournée de Dios, «A Dios que cae muy simpático». Por mucho que lo lean los evangélicos esos, lo cual resulta sin duda paradójico habida cuenta de lo que voy a decir ahora mismo, hay en la Biblia por lo menos dos verdades incontestables y sumamente relevantes para la orientación en la vida humana. Y apuesto a que con independencia de la época y la cultura.

La primera, tan evidente como el 2 + 2 = 4, aunque verdad de diferente tipo, es que «Hominis vita supra terram militia est«. Incluso sin Trump. La segunda, creo que asimismo del Antiguo Testamento, la de que «Stultorum numerus infinitus est«, lo que cualquiera de mi edad ve claramente incluso sin Trump.

Pero es que, por si esto fuera poco como escuela para la vida, lo que tiene la Biblia es que te hace pensar un montón, evangélicos aparte. Porque tampoco nos cabrá la menor duda de la conclusión a la que se llega del modo más suave a partir de este ínfimo apunte: que la razón de que la vida sea para los humanos una continua guerra, siempre y en todo lugar, no es sino que el número de estúpidos y de estúpidas (con toda la gama entre unos y otras) es de hecho infinito. Incluso sin Trump y sus imitadores.

VIRUS FASCISTAS

Los fachas y los virus jodidos tienen el mismo origen: el abaratamiento de los billetes de avión, en primer lugar, y de todos los transportes en general. Lo cual, dicho sea de paso, igual refuta el marxismo, o igual todo lo contrario. Así que cualquiera sabe.

TRUMPISMO

Como solo hay una verdad indudable en la actualidad, sea cual sea la cultura planetaria en la que nos situemos, la verdad que asegura que el cliente siempre tiene la razón,  o el que paga manda, o sea, que si se invierte dinero y el dinero retorna centuplicado, ahí está la verdad y otra no hay, y eso es lo único que sabemos de universalmente válido hoy, entonces ya hemos descubierto que no solo Dios no habría muerto, qué va qué va, sino que hay alma, y hay alma inmortal, la humana. Justo por eso, precisamente, porque el cliente, el que paga, siempre tiene la razón. Donde esté la libertad de mercado que se quite la murga de la verdad, soberanamente improductiva. Esa es la definitiva derrota nuestra, y no solo la del ateísmo sino también de la crítica de la razón pura, con toda la ciencia detrás.

Como no podía ser de otro modo, el que sirve el pedido neomeapilas al cliente es esta vez el neurocientífico de vanguardia, ejerciendo además de showman o payaso por un pequeño suplemento.





HAY QUE REÍRSE PORQUE SI NO…

Por mucho que llegue a admirar a Fichte, sobre todo en comparación con Schelling, a quien pone a caer de un burro, no puede contener Heine las ganas de reírse que le caracterizaron siempre, y reírse, además, con esa «divina maldad» sin la que Nietzsche era incapaz de concebir la perfección no solo estética, diría yo. El problema del filósofo idealista es que el gran público no lo habría entendido bien; y es que todos pensaron que cuando afirmaba Fichte que la realidad material ni más ni menos era el producto del Yo que, como Tathandlung, para empezar, se pone a sí mismo, a lo que se estaba refiriendo era a un Yo que en realidad sería el yo de Fichte. Con esto estaba sembrada la semilla del escándalo y de la persecución.

Porque los varones se preguntaban que cómo se atreve ese señor Fichte a pensar e incluso a llegar a decir, por implicación, que yo no soy más que un producto de su yo, cuando es el caso que yo soy superior a él, porque yo soy el alcalde, pongamos por caso. Por lo que hace a las damas, continúa el poeta burlón, no dejaban de extrañarse, por descontado, de que Fichte pensara que su mujer era un producto de su yo… («pero ¿lo sabe su mujer? ¿cómo se lo permite su mujer?»).

Cómo señalando Heine de este modo las cosas que había tras la denuncia por ateísmo, es decir, la limitación intelectual de las fuerzas vivas, y no tan vivas, de su época en Alemania.

SED DE JUSTICIA Y NIETZSCHE

Tuve una vez lo que parecía un gran amigo del que me quedó un recuerdo importante: esa persona no soportaba la injusticia, las injusticias del mundo, que incluso vienen a ser “el mundo” que es enemigo del alma. Para decirlo como Kant, el escándalo absoluto es que el sabio, el justo, sea desgraciado, sufra injusticias de todo cariz, mientras que el tonto de baba, el idiota, el malvado, sea feliz a costa de él. Era eso con lo que no podía el doctor Moraledo, Iñaki, mi gran amigo, él, más justo que un ocho; e iba a dar pruebas de ello más que de sobra. En compañía siempre de su fidelérrima e inquietante partenaire, cuya misión en la vida, según declaración propia, no era sino esperarle a él en las diferentes esquinas de los recintos académicos, la licenciada Isabel Cronopio. Sobre todas las demás instancias de su sabiduría, memorables todas y cada una de ellas, sería memorable la que más esta sentencia: «Yo, las injusticias nunca las he podido aguantar».

Yendo por lo menudo, el caso es que habían montado entre tres filósofos, entre tres pensadores sobremanera graves, la licenciada ya mencionada, el propio don Iñaki, y un tercero añadido out of the blue, el doctor Montaraz, habían montado, digo, entre tres cabezas semejantes, coquitos de envergadura, una institución cultural docente, dedicada a la difusión, a la alta divulgación de las artes y las humanidades de la parte occidental del planeta Tierra, mayormente, y tal vez con ciertas ventajas fiscales. ¡Pero hete aquí que surgió la discordia entre los pertenecientes a membresía tan ilustre! Al parecer se debió a algunas de estas cosas que pasan en la vida y que se atribuyen normalmente a la casualidad, pero vaya usted a saber. El doctor Moraledo y el doctor Montaraz concurrían a una misma plaza en una conocida universidad madrileña en la que se sirven muy buenas tapas (o se servían hasta que una nueva contrata les cedió la cosa a una empresa, según el rumor, vinculada al Ministerio de Defensa, con lo que los camareros se vieron obligados a trabajar luciendo la enseña rojigualda, lo que por azar coincidió con el deterioro gastronómico).
El caso es que me hallaba yo reposando de los rigores de la docencia en un verano español cualquiera, de esos que estás que ardes todo el santo día de dios, cuando recibí la llamada angustiada de don Iñaki. Me hablaba muy traumatizado de la última que le había hecho el doctor Montaraz, no sé por qué hasta los más sabios llegan a la navaja, si se trata de arañar un crédito docente o un punto en un concurso. El doctor Montaraz alegaba, entre los méritos para concurrir a esa plaza, el haber realizado ciertas estancias allá donde hoy Trump manda e impone su falta de ley, nada fuera de lo normal. Pero el caso es que el doctor Moraledo, llevado por su pulsión de justicia, en él como digo innata, examinó con escrúpulo, sin duda asistido por las dotes de su querida compañera la Cronopio, los méritos expuestos, supongo yo que públicamente, por el antedicho Montaraz. Y descubrió, no sé muy bien cómo, que una de esas estancias entre los descendientes de los cowboys aquellos de antaño venían a coincidir en el tiempo pero no en la forma con un día de verano en que fue visto el doctor Montaraz nada menos que en Sevilla, paseándose requetechulo por la calle de las Sierpes como si tal cosa. Así que la injusticia estaba servida, una vez más, porque había alegado el tal como mérito una estancia falsa. Eso fue lo que me comunicó mi amigo el Iñaqui por teléfono, y con los visos de un ataque de ansiedad.

Intenté tranquilizarle porque no veía que ir un día a Sevilla, y hay aviones que sin duda harán el trayecto Boston-Sevilla de alguna manera que ignoro por completo pero igual no muy difícil, pudiera constituir una falta de peso en la documentación presentada relativa a la estancia. Justo en ese punto fue donde escuché la sentencia que me llegó al alma, como suele ocurrir con las perlas de la sabiduría: «Yo no puedo, nunca he podido con las injusticias». Así quedó la cosa de imponente, sumido yo en el éxtasis de la admiración moral, hasta que me llegó la segunda llamada del entonces mi gran amigo, todavía más impactante. Estaba yo pensando justo en aquel momento cómo es posible que a alguien lo vean un día de verano paseándose por la calle de las Sierpes en Sevilla y se entere el doctor Moraledo que a la sazón estaba paseando por la playa de Gijón, si mal no recuerdo. Pero que ocurre de todo, eso lo sabemos todos. Ya decía mi bisabuela, me decía mi abuela cada dos por tres, que haivos cada cousa!
En esta segunda llamada, el tono del Iñaqui se revestía de un matiz de resuelta determinación, tanto que no era posible resistirse a ella. “Se me ha ocurrido algo y te lo voy a contar, a ver qué te parece”. El doctor Moraledo es tan justo que cuando toma una decisión de este tipo, enseguida se la consulta a alguien al que atribuye un sentido de la justicia por lo menos parejo. “¿Y si abro o se abre, mejor el impersonal, una cuenta de correo y se avisa a todas las instancias de la universidad del fraude cometido por Montaraz al pasearse ese día por la calle de las Sierpes, en vez de estar en algún villorrio de Ohio (Ohio)?” Inmediatamente le pregunté: «Pero bueno, ¿de verdad que harías eso?» Y él me contestó para tranquilizarme, como se tranquiliza a un cómplice en una fechoría: «Es una cuenta falsa y el correo electrónico sería anónimo en cualquier caso». Yo me quedé estupefacto y muy alarmado. Pero me dio por pensar que se trataba de una broma, pensé que tal vez se había pasado en el consumo de cerveza. Y ahí quedó la cosa. No le hice caso, no tenía ganas de meterme en camisas de once varas, no tenía ganas de tomarme en serio lo que no podía ser serio, porque una supuesta amistad nada tiene que ver con delinquir a medias. «¿Qué vas a ganar con eso?», le pregunté. «Una estancia, poniéndonos en lo peor, de dos meses, tampoco es para tanto». Pero me repitió con arrebatado sentimiento parecido al del prota de Solo ante el peligro: «Yo no he podido nunca con las injusticias».
Acabado el verano y de vuelta al trabajo, casualmente me entero de que todas las personas que iban a tener algo que ver en la resolución del concurso al que se presentaban mis dos amigos de entonces habían recibido un correo electrónico anónimo en el que se denunciaba el fraude del doctor Montaraz. Me quedé literalmente horrorizado y cuando me encontré al doctor Moraledo por el pasillo de siempre le dije a la cara y sin contemplaciones: «¡no habrás mandado tú por fin ese correo electrónico!» Y él repuso, haciéndose el sueco: «¡Venga hombre! yo de eso nada sé». Se fue como ofendido, y ahí quedó la cosa, dejándome con un palmo de narices.
El caso es que, andando el tiempo, al doctor Montaraz se le dejaría de ver por aquellos espacios, tampoco por aquella universidad, y me cuentan que apareció, también de repente, dando clase en otra nada distante.
Esto me recuerda a un alumno que tuve en un máster, un sujeto francamente preocupante que se dedicaba a seguirme cuando salía yo de la Facultad en dirección al Metro. Un tipo larguirucho y con una barba negra hasta más abajo del pecho, medio calvo aunque joven, que me seguía a todas partes y cuando yo me paraba, se paraba, y cuando yo tomaba café en la cafetería de profesores, se ponía a mi lado mirándome de reojo. Ese hombre, en la discusión de su trabajo de fin de máster, empezó a cargar contra el cine de Almodóvar llamándole canalla inmoral que instrumentalizaba a las mujeres y sacaba partido de ellas. Nos quedamos todos estupefactos. Yo intenté suavizar el tema, pero no había manera. «No aguanto las injusticias. A todos esos cabrones habría que matarlos, y de eso me voy a encargar yo», iba a rematar su perorata a modo de conclusión hablando solo conmigo en el pasillo.
Alguna vez había escuchado yo a algún colega que enseñar a Nietzsche podría ser peligroso. Y la verdad es que nunca me lo tomé en serio, pero el pensador alemán más que para todos es para nadie, o no es ni mucho menos para todo el mundo. Su misma escritura pone barreras procurando seleccionar al tipo de lector adecuado, porque hay gente especialmente idiota o especialmente malvada, para la cual Nietzsche proporcionaría una coartada absolutamente indecente, como lo fue en algún momento para los nazis. Al precio de malentenderlo, sin duda, pero el ejercicio de la comprensión en algunos casos llega a ser prácticamente imposible.

¡QUE SE MUERAN LOS VIEJOS!

Encima que no tenemos tiempo para nada, porque, aparte de lo nuestro vocacional, lo de ir al médico se ha convertido para todos nosotros, y eso con mucha suerte, en un trabajo a media jornada cuando no a tiempo completo, no dejan de meterse todos ellos, semiviejos ya, contra nosotros los viejos, mayormente por falta de paciencia porque más bien pronto que tarde nos va a llegar lo que a todos llega sin excepción. Están los que no son viejos, los semijóvenes están que trinan con nosotros porque dicen que nos lo comemos todo, y ellos y ellas en la miseria, y muchas sin cotizar ná de ná o casi ná. Como esa joyita de escritorzuela, una que pusieron pingando en el periódico, que arremete contra los viejos en un libro reciente, recuperando el lenguaje aquel de la SS, cuando nos llamaba a cada uno de nosotros «unidad de gasto», se sobreentiende que improductivo. En la prehistoria, se conoce, a la vieja o viejo que se quedaba del todo sin dientes, no pudiendo ya ofrecer a la comunidad transhumante el servicio de reblandecer los pellejos de vacuno para eso del cuero, muerde que te muerde y bien mezclado con las babas añejas tan corrosivas, allá que nos dejaban tirados en un recodo del monte, que la tribu no está para lujos ni en la prehistoria ni menos ahora. Como lo de la Ayuso en Madrid, vamos, pero sin paripé moralista porque ya se sabe que para los posmodernos hay que decir adiós a la verdad, a todas las verdades menos a una que es la suya sin duda, la verdad de la pasta gansa del trepa que te trepa.

Pero justo por lo del parné nos vamos salvando del garrote buenista de los trepas tan verdugos, hemos reactivado el turismo de temporada baja, reatas de viejos danzando por Europa, y el espacio aéreo español me dijeron que colapsado en invierno por vejestorios pululando de aquí para allá, porque nada como oficiar de itinerante perpetuo para alejar de ti, en vano a la larga, la idea de que uno de esos es tu viaje último y sanseacabó. Dos horas y media esperando todos sentados en un avión en Roma porque ni diós cabía ya en la península ibérica de tanto anciano como iba por los cuatros costados del aire (claro que a los curas rollizos de sotana cara se les daba una higa pues iban embelesados viendo en sus móviles de última generación eso del fútbol que tanto les pone a todos ellos como distracción, menos al padre Ángel, que iba como en la quinta fila rezumando vapor de pura santidad).

El turismo de rancios contrarresta los excesos del progreso médico que a tantos le hacen seguir viviendo más allá de los ochenta. Así que como nos han encontrado lo de la rentabilidad social que te permite escapar a la sentencia de muerte, o sea, el valor para los bancos y los que apañan el negocio de las mascarillas, y para las empresas conectadas con la medicina y la farmacia, viagra etc., entonces nos salvamos aunque solo sea de momento, porque todo en la vida es de momento. De tu ser viejo vive gran parte de la industria.

Y en lo laboral te cagas por las bragas con lo de los viejos, porque lo laboral se halla como preñado de trepas de fuerte carga viral edípica, todos contra el viejo que no tiene derecho a nada aunque sobre el papel si puede y quiere aún trabajar tiene derecho a trabajar. Porque mientras tanto, los no viejos aquí pasándolas putísimas, apegotonados los unos contra los otros por causa del tapón, y pongamos por caso la uni envejecida, y por eso justamente, a ver si no: todos esos cerebros requetemarchitos diciendo tonterías al estudiantado, no como los profes de mediana edad, que todo lo iluminan con su caída de ojos. ¿Qué se habrá creído este viejo de mierda? Claro que le seguimos queriendo, somos buena gente, pero en su casa, o si no contemplando una obra ayusil de tantas que hay en una plaza madrileña, con sus zapatos de rejilla.

Está la expresión esta tan elegante para designar la táctica de bandadas de mediojóvenes edípicos tarados y de mala baba: «hacerle la cama a X», siendo X el viejuno de turno, el pollavieja, en el fondo cualquiera que sea su edad cronológica porque lo que cuenta es el odio al padre, se ve que matarle no lo mataron en su día, por mucho que lo internaran en el psiquiátrico cuando le dio por decir lo que pensaba, que ya lo dice Lacan, que si das importancia a lo que se te ocurre, por ejemplo tanta que vas y lo cascas, estás como Trump y entonces al manicomio directo con él o ella porque das mucha lata de dios a tus descendientes también laborales con esas verdades tan intempestivas. Colaboran entonces los semijóvenes de izquierda con las políticas vaciadoras de viejos de las diferentes trilaterales.

«¿Quién manda aquí?», dice el que llega de nuevo al grupo, henchido de ambiciones de mejorar el mundo. «¿Ese manda?. ¡Pues a cortarle el cuello!», le pasó hasta a Pablo Iglesias, pasaron por alto que aún se puede defender. Viene a consistir la estratagema de hacerle la cama a X, siendo X un vejestorio con cáncer, es un suponer, en irle haciendo el trato con ellos tan absolutamente insoportable que al cabo se tiene que ir o se vuelve loco o simplemente va y la espicha, de ahí lo de hacerle la cama que viene a ser como dejarle espacio para deitarse e irle poniendo la mortaja. Todo el problema es su prisa, su impaciencia, y voy a terminar con un ejemplo, una anécdota graciosísima. Me cuenta un colega que al final de una conferencia los integrantes de un Seminario nietzscheano allá que se fueron a cenar porque además había que celebrar algo, no recuerdo bien el qué. Allí toda la plana mayor de los triunfadores, y los que mandaban al máximo nivel (el que reservaba aulas y la que oficiaba de informática mayor). Y aconteció que un viejo doctor quedó frente al doctor Liebre, como recién salido del horno, y ya conocido por sus osadas iniciativas, todas por el bien del grupo y de la humanidad en general. Pues hete aquí que el viejo doctor departía muy amigablemente con el tal Liebre, a lo que ayuda la cerveza, cuando este, de repente y de forma absolutamente impertinente, le clavó en la mirada sus ojos de roedor servil al mismo tiempo que le susurraba de modo que solo él se apercibiera: «¡Pero qué hijo de la gran puta estás hecho tú, cabronazo!». Claro que estas cosas a los ancianos quieras que no les pueden sumir en la desorientación porque empiezan a dudar del estado más bien decadente de sus facultades mentales. Así que acaban pidiendo la baja o jubilándose. Y casi lo peor le llega al decrépito cuando descubre que las autoridades colaboran encantadas en esto con los trepas mediojóvenes, porque se deben a su rector. Pero no hay que dramatizar ni ser tan egoísta, así la uni se renueva y donde antes se hablaba de Kant, de Nietzsche o de Dennett, supongamos, ahora, liquidado el vetusto, se empezará hablar de cosas a la altura de los tiempos, por ejemplo de que las que sí saben son las plantas del tipo cardo borriquero, y no los seres humanos con su Logos ese de mierda, o de que yo soy sabio porque me acuesto con quien me apetece, sea sujeto animado o inanimado, y no como tú, que andas siempre con las mismas manías, so imbécil. Así que no hay mal que por bien no venga, se trata de la astucia de la razón haciendo la Historia para el bien de todos, el colectivo del espíritu, se entiende.

UNIVERSIDAD PRIVADA

Hace ya algún tiempo tuve la incierta fortuna de colaborar con la universidad así llamada Francisco de Vitoria, de Madrid. Y es que formaba yo parte, como por casualidad o arte de magia, de un grupo de investigación nietzscheana, y de divulgación del pensamiento de Nietzsche, cuando uno de sus miembros, justo ese, el que casualmente lo dirigía así como disimulando, el inefable Óscar Quejido, me llamó para decirme que «necesitaban» que yo accediera a figurar en un tribunal para una tesis sobre Nietzsche y el problema de la libertad, si mal no recuerdo, escrita por un argentino que había venido a vivir a España y al parecer asistía de vez en cuando a las sesiones de nuestro seminario, cosa que por descontado impresionaba gratamente a Quejido, siendo como era de natural tierno y benevolente.

Así que me «pedían» que presidiera yo el tribunal, porque además no se sabe qué extraños líos enredaban los preparativos académicos del evento, ya se sabe que por causa de su ocio malsano es fácil que el fraile tienda a la complejidad excesiva en la conspiración y en la paranoia. No sabía yo exactamente cómo era el sujeto ni qué nivel tenía de conocimiento del tema, aparte de la acuciante necesidad que las unis privadas tienen de reclutar doctores. Ya se quejaba sanjosemaría en cierta ocasión, según relata uno de sus beneméritos biógrafos, de lo lamentable de que en la intelectualidad del país queden, a decir verdad, pocas cabezas católicas. Por cierto que yo cuando leí esto me acordé alarmado de Robespierre, pero no, en mi experiencia infantojuvenil de doce años con dominicos, pude recordar a muchas cabezas de curas, pero que valieran como intelectuales como mucho dos, y una sin duda porque bebía alcohol excesivamente y entonces le daba por ponerse brillante.

La verdad, yo me resistí como pude, para empezar dando largas, lo más fácil. Es la Francisco de Vitoria bastante conocida en Madrid, esta universidad privada donde se dice que tienen su sede los elementos más descollantes de esa curiosa organización que aquí se denomina «los Kikos», pero quizá pronunciado este nombre con un deje de cariño, en recuerdo de ese maíz inflado salado tan apetecible. Esta organización se decía también que elaboraba las directrices filosófico-teológicas que guían al venerando gobierno de la Comunidad de Madrid, dirigido por esa presidenta tan preocupada por cuestiones de fondo, las netamente filosóficas. La verdad, a mí no se me había perdido nada entre ese tipo de gente, y ya había conocido otros como ellos. Por eso estuve resistiéndome todo lo que pude, poniendo todo tipo de pretextos. Por ejemplo que yo no conduzco, yo vivo muy lejos de donde creo que tiene la sede esta universidad tan augusta. Y entonces, claro, no van a pretender ustedes que yo vaya allí en autobús, en lo que haya que ir o incluso en taxi, un ojo de la cara.

Pensé con alivio que, como dejaron de llamarme, se habían olvidado dela sunto y buscaban un presidente del tribunal que tuviera coche propio, como dios manda y como una persona normal tendría. Pero hete aquí que un día me llamó un señor muy amable diciéndome que el día de la tesis era tal y la hora cual, y que me venía a buscar en coche a mi casa y que me llevaba hasta allí y luego me traía de vuelta. Entonces me quedé impresionado por ser tenido en tan alta estima, y no tuve más remedio que irme mentalizando porque la vanidad es un demonio. Lo primero que hice fue leer la tesis de esta persona, algo confusa, inmadura, pero en fin, qué se le iba a hacer, había otras mucho peores. Tuve que decir que sí, era parte, además, de mi trabajo.

Vinieron a recogerme y me llevaron hasta allí. Lo primero que me impresionó fue que las alumnas, en concreto ellas, parecían estrellas de cine. No tenían el aspecto de la estudiante complutense, ¿no?, ni siquiera del estudiante que va a estudiar un día cualquiera como era aquel. En absoluto. Me refiero a la ropa que llevaban, a lo arregladas que iban, a los tacones que gastaban. Pero sobre todo a los cochazos deportivos que conducían, descapotables de los de melena al viento, de colores chillones. Lo mismo me sorprendió y me admiré cuando me contaron que a un aula de allí delante venía a dar clases o a dar conferencias, prácticamente una semana sí y la otra también, el gran José María Aznar. Eso dicho, el ambiente quedó invadido durante minutos por una especie de temor reverencial.

Me presentaron a la gente del tribunal. Había, recuerdo, un cura alto y delgado, muy nervioso, probablemente de tumultuosa sexualidad ignota; recuerdo también a un profesor de la Universidad Rey Juan Carlos, que desde luego muy de izquierdas no es que fuera, de hablar pausado y agresivo, las palabras salían de su boca como pequeñas cuchillas de afeitar que él intentaba suavizar en el filo. Había también un señor que era el secretario del tribunal y que, al parecer, era la mano derecha del que manda en esto de los Kikos, y además, un notable experto en la obra de René Girard. Como tuve ocasión de comprobar, era el único de aquella extraña reunión que en realidad decía algo relacionado con la filosofía. O una cabeza católica del tipo intelectual, por volver de nuevo al dicho de sanjosemaría.

Luego vino el doctorando, muy buena persona, con su pareja. Y a continuación, de repente, se llenó aquella sala y se llenó hasta los topes. Lo que me había extrañado también al entrar en ella fue que sobre la mesa en la que tenía que sentarse el tribunal, frente a la gente, figuraba un enorme crucifijo, presidiéndolo todo con su imponencia. Bastante más de un metro de alto y de gran envergadura. Pero bueno, como yo sabía que era una universidad regentada por religiosos, vamos a decirlo así, pues no me resultó ta raro.

Me llevaron a una salita anexa donde me ayudaron a ponerme el traje de académico, y es que hubo algún problema para recoser los puños o las puñetas, no sé qué les habría pasado. Pero la verdad es que todo era amabilidad por todas partes. Era una maravilla lo bien que te trataban. Bueno, pues de vuelta a la mesa, nos preparamos y resulta que poco antes de empezar me avisan de que antes de comenzar el acto de defensa de una tesis doctoral hay que rezar, a ver si no. Había que rezar, eso allí era de siempre y lo natural. Además, eso era un cometido del presidente. Tembloroso me hice con el folleto de oraciones encima de la mesa y pude leer una oración al Espíritu Santo. Le dije al secretario, que era ese experto en René Girard, le dije que yo lo de rezar, que no se me daba, ¿no? Que lo había hecho antes, hace mucho, cuando monaguillo yo en eso de los dominicos, pero que se me había olvidado la manera de hacerlo porque no lo practicaba, y me horrorizaba la posibilidad de meter la pata. Me contestó muy comprensivo que no me preocupara, que ya lo hacía él.

Mientras esperábamos a que la gente acabara de llegar y a que fuera la hora, estuve hojeando el folleto donde venía la oración. Y me di cuenta que estaba en castellano pero también en latín, y amo el latín desde mi más tierna infancia. Yo leí aquello por encima, era estupendo. Toda una oración al Espíritu Santo para que descendiera durante la tesis, tuviera a bien descender sobre el doctorando para iluminarlo. Pero también descendiera sobre los miembros del tribunal para iluminarlos a la hora de juzgarlo y evaluarlo. Falta nos hacía a todos, la verdad, así que me pareció una cuestión pintoresca. Recordé mi educación con los padres dominicos y, evidentemente, a mí me apetecía un montón hablarle o rezarle al Espíritu Santo en latín y además en público, y además al lado de un enorme crucifijo y además vestido con el traje académico. Entonces, le dije al secretario que, por favor, me dejara lo de rezar a mí, si podía ser en latín.

Cuando la gente estuvo allí reunida y se cerraron las puertas, me levanté muy serio, solemne, y recé al Espíritu Santo en latín para que bajara sobre todos los allí presentes. Pude ver la cara de satisfacción de todo el mundo. Empezó la tesis. La exposición del doctorando no tuvo nada de particular, pero lo que más me extrañó, evidentemente, fue cuando el tribunal empezó a debatir, a hacerle preguntas. Porque pude comprobar que todos los del tribunal hablaban, no tanto de Nietzsche, casi nada de Nietzsche, nunca nada de Nietzsche en concreto, y con conocimiento mínimo de su obra, de sus textos, de la crítica, de la investigación nietzscheana. No, hablaban de Jesucristo, resulta increíble pero juro que hablaban de Jesucristo, todo el rato hablando de Jesucristo, y comparándolo con Nietzsche. Que si Jesucristo era mucho mejor que Nietzsche, que si tal y si cual. Francamente, a mí ese tema me interesa poco. Casi me vino a la memoria la anécdota, seguramente falsa, de cuando estaba agonizando Voltaire, y vino por enésima vez un cura para confesarlo. Y al decirle a Voltaire, moribundo, que tiene usted ahí al padre no sé qué, que le quiere ver, les dijoa los circunstantes algo como esto: «Por favor, llévense de aquí a este hombre, porque yo ya estoy harto de que me hablen del hebreo ese». En aquel acto académico Voltaire lo hubiera pasado fatal de mal. Para ser franco, yo estoy convencido de que la culpa de todo la había tenido yo, porque había rezado muy muy mal, tan mal, que está clarísimo que el Espíritu Santo no descendió sobre ninguno de los presentes. O si no, ojalá, estaría aquel día muy ocupado.

Había, detecté en alguno de los miembros del tribunal, no en todos, especialmente en uno, el de la Rey Juan Carlos, una especie de resentimiento y de mala leche realmente sorprendente en relación con Nietzsche. También pude comprobar cómo el cura que estaba a mi derecha, muy nervioso, moviéndose continuamente, murmuraba algo así como lo siguiente, y lo murmuraba varias veces: hay que acabar con el Estado porque es el demonio y el origen de todo el mal del mundo. Esto lo repetía sin que viniera muy a cuento, en una tesis sobre Nietzsche aunque en realidad era sobre Jesucristo.

Bueno, aquello terminó como se pudo. Luego me invitaron a comer, estuvo todo muy bien. Me insinuaron una serie de contratos para conferencias, y hasta hubo alguien que me dijo que las pagaban muy bien. Nunca más supe de aquello, para mi tranquilidad de espíritu. Y al final me volvieron a llevar a mi casa en coche con chófer. Lo mejor, que me endulzaron el viaje de vuelta con una caja muy artística repleta de bonitas latas de mermeladas surtidas.

ZARATUSTRA EL QUE RÍE

«¿Cuál ha sido, hasta ahora, el mayor pecado en la tierra? ¿No fue la palabra de quien dijo: ‘ay de los que ríen aquí’. ¿Es que no encontró en la tierra motivos para reír? Entonces buscó mal. Hasta un niño encuentra aquí motivos. Él—no amaba bastante: ¡de lo contrario nos hubiera amado también a nosotros, los que reímos! Pero nos odió y nos insultó, nos prometió llanto y rechinar de dientes» (Del hombre superior, 16, pp. 255-256).

De manera inevitable se me viene a la cabeza, al leer este pasaje, el enigmático comentario nada menos que de Esperanza Aguirre, la hipercristiana, cuando dijo a los periodistas de repente, en una especie de rueda de prensa improvisada y sin que viniera a cuento, que ¡es en verdad maravillosa «la alegría que nos trae Jesucristo»! Así que habría una alegría que no ríe, que no se ríe, y mucho menos de sí misma, que es la alegría específicamente cristiana, una curiosa modalidad de alegría. Según Zaratustra, atribuíble a un déficit de amor, a una constitutiva incapacidad para amar el mundo, la tierra y la vida, al contrario de lo que explícitamente asegura el sacerdote cristiano en la misa. Ahora bien, según Eugene O’Neill, Lázaro reía, y reía al percatarse al regresar de ella de que tras la muerte no hay nada de nada, estupenda noticia sin duda porque nos permite dejar de lado el cuidado. Entonces la alegría cristiana no sería amor completo o más allá del bien y del mal, justamente por esto, porque la creencia en la resurrección y en el ascenso a otro mundo («solo una cosa necesaria») determina necesariamente que el cristiano de verdad no ame este mundo, la tierra y la vida.

MULTICULTURALISMO

Gracias al progreso en lucidez del pensamiento occidental hoy se conoce que no podemos seguir pretendiendo que la occidental sea la única cultura en el planeta Tierra, representando ella por razón de excelencia lo más propiamente humano del homo sapiens. Es más, ahora ya se conoce que no hay que ser para nada sapiens, ni mucho menos sapiens sapiens, y a lo mejor habría que admitir ya al Homo insapiens al mando.

En algunos lugares de España se han sabido adelantar a nuestro tiempo multicultural. Por ejemplo, los médicos de ahora mismo en la ciudad de Toledo, según me contaba el otro día un erudito de allí, aparte de tener un buen nivel en medicina científica “convencional”, no se limitarían a ella por causa de  su tradición visigoda, ese factor diferencial respecto del resto de comunidades hispanas, porque saben aprovechar del mejor modo una serie de preciosos conocimientos, heredados, sobre todo, por la vía del gran compilador de la medicina visigoda, Bamba Tricotoso. Su “libro” o lo que eso sea sobre medicina y plantas aromáticas, a no dudarlo, es un antecedente muy importante de la actual práctica médica multicultural, y así va siendo reconocido.
Se conoce que de todos los bárbaros del norte que se fueron instalando por la Península, los visigodos eran los menos tarugos, sin duda porque anduvieron vagando más de 200 años por el Imperio Romano, y algo se les pudo pegar del latín, así que no eran lo mismo de mulas germánicas puras y duras que los demás.

Me llegó a contar el mencionado sabio que un conocido suyo también de esas tierras, uno que sufría una hipercolesterolemia rayana en lo inverosímil, llegaría a estar tan trágicamente sumergido en el pozo amargo de los triglicéridos, que le habían pronosticado un ictus en un plazo de unos dos meses todo lo más, por supuesto según los criterios puramente cuantitativos y groseramente mecanicistas de la medicina convencional. Ahora bien, sin arredrarse en absoluto, impávidos como son ellos y ellas, los médicos de la imperial ciudad, los más veteranos, los más expertos, le recomendaron el remedio que ya habría previsto hace muchos siglos el bueno Bamba Tricotoso para estos casos extremos, remedio consistente básicamente en una dieta absolutamente inflexible, absolutamente rígida, tiránica.
Dieta a base de agua del Tajo pero a buches directos en la orilla tomados en cuclillas (la diarrea crónica resultante aligera el peso de los tapones de grasa en las arterias), y Conejo y Pistachos. Pues bien, habiéndose sumado aquel pre-moribundo, se conoce que a la desespeada, a la Dieta ATCP, si bien es verdad que un poco a la manera escéptica, a los dos meses comprobó que todo había cambiado en él, y fue a que se lo miraran y su estado ya no era crítico. Desde entonces cría él mismo sus conejos y cultiva el pistacho en sus macetas, en el alquiler a la orilla del Tajo. A los conejos los va sacrificando día a día, no hay otra para hacerse con su necesario sustento, y por eso los guarda y los cría, amorosamente pero sin ponerles nombre, eso sí que no, en el cuartucho que la antigua familia dueña de la vivienda, de lo mejorcito, de la aristocracia genuina del Casar de Escalona, reservaba tradicionalmente para que viviera la chacha que los servía, allí encerrada y sin rechistar, pobre ella si no. Especie de trastero sin ventanas, se conoce, a la que aquel hombre se refería con el simpático nombre de “chachería”.
Pues en la chachería, desalojada de sus funciones trasteriles, se crían ahora los conejos y se cultivan los pistachos que le han salvado de un ictus prácticamente seguro. Dando ejemplo, sí señor.