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Acerca de marrodri57

Catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid Interesado principalmente en Nietzsche y la Filosofía de la Mente (Psicoanálisis, María Zambrano, Wittgenstein, Posthumanismo, Historia del Pensamiento)

EL MOJIGATO

En castellano denominamos “mojigato” al que afecta humildad o cobardía para lograr sus propósitos poco confesables. Ese hipócrita pudo ser entendido en un principio, sobre todo, en el sentido religioso de afectar devoción y escrúpulos de conciencia para obtener lo que codiciaba, de manera taimada y oculta, escondiéndose en la fachada de la buena reputación.

Haciendo memoria de sus años más juveniles, Nietzsche escribió que tanto Wagner como él habían sido revolucionarios, y que ser revolucionario, en la Alemania de los años cincuenta del XIX, significaba esencialmente “negarse a aceptar toda situación en que el mojigato predomine”.

Con toda su extraordinaria crueldad, nuestra época sería extremadamente mojigata: todo el que quiere algo, sobre todo poder, ha de afectar unción y devoción ante ideas como “la Justicia”, “el Pueblo”, la “Igualdad”… ¡Como si los sufridos oyentes y los lectores de todos esos mojigatos pensáramos lo contrario!, ¡como si estuviéramos en contra de todos esos ideales! Pues sería característico del mojigato situarse en una irrisoria superioridad moral para culpar a todos los que no son como él.

Si la cogemos por el lado bueno, que es por donde hay que cogerla, la declaración de Javier Marías según la cual hoy “vivimos en la época del triunfo de las monjas” acertaría a denunciar gráficamente el absoluto dominio del mojigato de nuestro presente.

LO QUE NO QUEREMOS VER

“Esto quiere decir que todo lo que es, es uno, y que no hay doble de lo único: por tanto, hay que decidirse entre ser ‘individuo’ o no ser, y cualquier otra opción queda excluida”

Clément Rosset: Lo real y su doble. Ensayo sobre la ilusión, p. 94

NIETZSCHE RELIGIOSO

A comienzos de Junio de 1882 Nietzsche está preparando por correspondencia un verano con Lou Salomé, y en un momento determinado decide dejar fuera del plan a su hermana, a quien en un principio había pensado invitar (en estas cosas él siempre fue muy torpe, pero no iba a llegar a ese extremo de locura).

Es entonces cuando le escribe a Overbeck para decirle que habría asumido una actitud de “devoción o fidelidad a Dios” (Gottergebenheit). Más precisamente, de “rendición” a la voluntad de Dios. Todo entrecomillado, por supuesto, porque a esa actitud, radicalmente religiosa, de rendición a la voluntad de Dios, en la versión nietzscheana hay que llamarla amor fati. Es decir, esa actitud consiste en dejarse llevar, o abandonarse al destino de uno, incluso hasta el extremo de “caminar por dentro de la garganta de un león”, como llegará a decir el filósofo literalmente, y hacerlo tan tranquilo. De lo que aquí se trataría entonces es del abandono o de la conformidad de la voluntad propia al juego cósmico del azar, de la divinización del azar. O sea, de llegar a amar el azar, de manera que se convierta en destino.

(Como iba a apuntar más adelante Wittgenstein, la función esencial de cualquier religión no es sino lograr la conformidad del individuo con lo que le ha tocado en la vida, con su “lote”, con su suerte. Apaciguar el ánimo, en definitiva. Pero se equivocaba al referir este apaciguamiento necesariamente al cristianismo, y entonces ver a Nietzsche como alguien que habría renunciado a ser feliz de la manera más directa).

LO QUE EL SOBREHUMANO ES (¡Y PUNTO!)

El tipo de hombre en que piensa Zaratustra es sobrehumano en relación con el hombre bueno. Es justamente lo contrario del hombre bueno, o sea, el tipo de hombre fuerte y seguro de la vida, el que (ya)no sufre-de-sí-mismo.

Ahora bien, “allí donde el animal de rebaño brilla en el esplendor de la virtud más pura, el hombre de excepción tiene que haber sido degradado hasta representar el Mal. Allí donde la mendacidad reivindica a toda costa la palabra verdad para su óptica, al hombre genuinamente veraz habrá que reencontrarlo bajo los peores nombres”. (…)

“En este pasaje [Za, II, «De la cordura respecto a los hombres»], y en ningún otro, hay que apoyarse para comprender qué es lo que quiere Zaratustra: esta especie de hombre ideada por él concibe la realidad tal como es: es lo bastante fuerte como para ello—, no es una especie extraña y alejada de la realidad, es la realidad misma, encierra en sí todo lo terrible y problemático de ella, pues solo así puede el hombre tener grandeza

(Ecce Homo, “Por qué soy un destino” 5).

LOS ALEMANES, SEGÚN NIETZSCHE (2)

“(…) los alemanes, con sus ‘guerras de independencia’, han frustrado el sentido, la maravilla de sentido que en Europa suponía la existencia de Napoleón, — de ahí que tengan sobre la conciencia todo lo que vino, lo que hoy existe, esa enfermedad y sinrazón, la más nociva para la cultura que existe, el nacionalismo, esa névrose nationale de la que Europa está enferma, esa perpetuación de los pequeños Estados en Europa, de la pequeña política: ellos han metido a Europa, su sentido, su razón en un callejón sin salida. — ¿Conoce alguien, a excepción mías, un camino para salir de este callejón?… ¿Una tarea lo bastante grande como para volver a unir a los pueblos? …”

Ecce Homo, “El caso Wagner” 2

LOS ALEMANES, SEGÚN NIETZSCHE

“Lutero, esa fatalidad de monje, restauró la Iglesia y, lo que es mil veces peor, el cristianismo, en el momento en que este sucumbía…¡El cristianismo, esa negación de la voluntad de vivir convertida en religión!…Lutero, un monje imposible, que, debido a esa su propia “imposibilidad”, atacó a la Iglesia y —por consiguiente— la restauró…Los católicos tendrían motivos para celebrar festividades en honor de Lutero, para componer piezas dramáticas en su honor…¡Lutero — y el “renacimiento moral”! ¡Al diablo toda psicología! —Sin duda, los alemanes son idealistas. — En dos ocasiones ya, cuando, con enorme coraje y autosuperación, se había alcanzado una manera de pensar honesta, sin ambigüedades, totalmente científica, los alemanes han sabido hallar sendas furtivas para regresar al antiguo ideal, conciliaciones entre la verdad y el “ideal”, en el fondo fórmulas para tener derecho al rechazo de la ciencia, para tener derecho a la mentira ¡Leibniz y Kant — esos dos obstáculos máximos para la honestidad intelectual de Europa!”

(Ecce Homo, “El caso Wagner” 2)

ZARATUSTRA: MENSAJE FINAL

La canción del noctámbulo:

Los hombres superiores han sanado, los han curado definitivamente la palabra de Zaratustra y el aire que les trae Zaratustra. Están viejos y con el corazón cansado cuando salen a encontrarse con el misterio de la noche, pero se sienten “consolados” y “valientes”, y sobre todo “se sienten admirados en su interior de SENTIRSE BIEN EN LA TIERRA”. Parece que ha venido siendo propio de los hombres superiores el no sentirse bien en la Tierra, ¿o acaso ha sido propio, hasta hoy, de todos los hombres, del hombre? Descubren de repente que merece la pena vivir en la Tierra, y sienten que gracias al día que acaban de vivir junto a Zaratustra están felices de haber vivido una vida completa. Descubren, en fin, que aman la vida. A lo que enseña Zaratustra (a lo que les enseña a los suyos) sería a amar la vida: “¿Era esto la vida? (…) ¡Pues bien! ¡Otra vez!”. Es solo Zaratustra el que nos enseña a decirle a la muerte que, si esto era la vida, entonces ¡que venga otra vez! El pensamiento del eterno retorno de lo mismo no sería otra cosa que la expresión rigurosa del amor a la vida, es decir, aquello que nos sucede filosóficamente cuando el amor a la vida llega a ser amor verdadero. Es decir, cuando se hace incondicional o propiamente dionisíaco (el amor cristiano sería solo amor demediado, a la mitad de la vida). Por eso, porque son conscientes de que le deben su transformación y su sanación, los hombres superiores se lo agradecen a Zaratustra acariciándolo y besándole las manos, unos riendo y otros llorando.

Se hace el silencio porque va a hablar la profunda medianoche, y el hombre debe prestar atención. Parece que la profunda medianoche pregunta quién debe ser señor de la Tierra. Respuesta enigmática: “el que quiera decir: ¡así debéis correr, corrientes grandes y pequeñas!” Parece que esto podría significar que debe ser señor de la Tierra el que dé forma al tiempo con su voluntad, determinando cómo deben correr las horas, las corrientes grandes y pequeñas. “Imprimir en el devenir el carácter del ser es la máxima voluntad de poder”, escribió Nietzsche en otro lugar. Como el individuo soberano surgido por pura casualidad de la mala conciencia y del ideal ascético era en cierto modo el hombre capaz de disponer del futuro, el Superhombre o señor de la Tierra debe ser el capaz de redimir el pasado queriendo la repetición o el círculo, aprobando lo sido. “Los más puros deben ser señores de la Tierra, los más desconocidos, los más fuertes, las almas de medianoche, que son más claras y más profundas que cualquier día”.

¿Cómo se redime el pasado, a los muertos? ¿Cómo se redime el azar? La respuesta no es difícil de comprender, tiene que ver esencialmente con el dolor y el sufrimiento de los hombres, pero, sobre todo, tiene que ver con el placer. El humano rumia en su interior, casi siempre, su propio dolor, el sufrimiento que ha sido su vida. Y es esa rumia lo que le ha dado alma, lo que le ha hecho profundo. Ahora bien, es esencial considerar lo siguiente: el placer es más profundo aún que el sufrimiento. El dolor no se quiere a sí mismo, quiere pasar, quiere hijos y herederos que sientan alegrías y nostalgias. “El dolor dice: ‘¡pasa!’”.

Pero el placer sí que se quiere a sí mismo, es egoísta, no quiere pasar. Y ocurre, por si esto fuera poco, que el placer lo quisiera propiamente todo, es decir, quiere el dolor. Aprobar un instante de placer vivido significa aprobar la totalidad de la existencia, del mundo, porque “todas las cosas están encadenadas, entrelazadas, enamoradas”. Por eso el filósofo que siente placer sabe que al aprobarlo está aprobando y justificando todo el dolor que ha sentido en su vida, pues es condición de su placer e iría entreverado con él inextricablemente. En una palabra, todo placer quiere eternidad, la única posible que es la repetición del instante. “Pues todo placer se quiere a sí mismo, por eso quiere también el sufrimiento”, y por eso su egoísmo riguroso nos instalaría en la perspectiva de todas las perspectivas que es la eternidad.    

NIETZSCHE Y LA VERDAD

“No soy un hombre, soy dinamita.– Y, pese a todo, nada hay en mí de fundador de una religión; las religiones son cosas de la plebe, yo tengo necesidad de lavarme las manos después de haber tenido contacto con hombres religiosos…No quiero ‘creyentes’, pienso que soy demasiado malicioso como para creer en mí mismo, nunca le hablo a las masas…tengo un miedo terrible a que algún día se me declare santo (…) No quiero ser ningún santo, preferiría ser un bufón…Quizá yo sea un bufón…Y a pesar de ello, o, más bien, no a pesar de ello–pues no ha habido hasta ahora nada más mentiroso que los santos–por mi boca habla la verdad. –Pero mi verdad es terrible: pues hasta ahora a la mentira se la ha llamado verdad. —Transvaloración de todos los valores: esta es mi fórmula para un acto de supremo autoconocimiento de la humanidad, que en mí se ha hecho carne y genio. Mi suerte quiere que yo deba ser el primer hombre decente, que me sepa en contradicción con la mendacidad de milenios…He sido el primero en descubrir la verdad, al ser quien primeramente ha sentido–que ha olfateado–la mentira como mentira. Mi genio está en mi nariz…Yo contradigo como jamás se ha contradicho y, a pesar de ello, soy la antítesis de un espíritu negador. Soy un alegre mensajero, como no hubo ningún otro (…)”

Ecce Homo, “Por qué soy un destino” I

Pero es evidente que la verdad y la mentira “en sentido extramoral” no pueden quedar al margen de esta práctica de la verdad en que Nietzsche condensa al final todo su pensamiento. Lo que huele a falso muy probablemente es falso también en ese sentido “extramoral”.