Archivo por meses: febrero 2026

NENIA

«Nenia

Ouveaban os cas.

A chuvia

caeu do esluido

ceo do teu ollar no máis adentro

de min.

Eu inda como o pan que ti mollabas

no brancor da mañá e nos teus beixos

pra desnoitar ó neno

que fun, que son, agora que somente

podería partir, con quén, o pan,

o mesmo pan que ti me tiñas dado.»

(José Ángel Valente: Cántigas de alén)

¡CUALQUIERA SE RÍE DE UN NAZI!

Tres años después de acabada la Segunda Guerra Mundial, Wittgenstein iba a
tener el acierto de partir del hecho recordado, pero evidente, de que en la Alemania
nazi fuera extirpado todo rastro de humorismo de la vida pública y privada, para
llegar a la conclusión de que, con el humorismo, no se trataría en absoluto de una
actitud o una disposición anímica, ni mucho menos de un estado de ánimo, sino de
algo mucho más serio porque va más allá de la mera psicología individual o colectiva: el humorismo sería una genuina visión del mundo, toda una Weltanschauung.

Durante los años en que los nazis habían estado en el poder, los alemanes, es de suponer, habrían seguido poniéndose a veces de buen humor con las cosas de la vida.
Pero del humorismo como tal no quedó ni la sombra. Lo cual nos desvela también lo terrible del Nazismo, capaz de destruir de raíz algo de lo más importante y profundo del ser humano, la visión humorística del mundo.

HOGAR EN NINGUNA PARTE

«¡Nosotros, hijos del futuro, cómo podríamos estar en casa en este hoy! Tenemos aversión a todos los ideales en referencia a los cuales alguien podría aún sentirse en su hogar en este tiempo de transición frágil y ya roto; pero por lo que hace a sus “realidades”, no creemos que tengan duración. El hielo que hoy aún los sustenta se ha vuelto ya muy delgado: sopla viento de deshielo, nosotros mismos, nosotros apátridas,
somos algo que rompe el hielo y otras “realidades” demasiado delgadas… No conservamos nada, tampoco queremos volver a ningún pasado, no somos de ninguna manera “liberales”, no trabajamos para el “progreso”, no necesitamos tapar primero nuestros oídos contra las sirenas de futuro del mercado —¡lo que ellas cantan, “igualdad de derechos”, “sociedad libre”, “no más señores ni siervos”, no nos seduce! —
consideramos que no es en absoluto deseable que se instaure en la tierra el reino de la justicia y la armonía (porque en cualquier circunstancia sería el reino de la más profunda mediocrización y chinería), nos deleitamos con todos los que, como nosotros, aman el peligro, la guerra, la aventura, que no se dejan conformar, capturar, reconciliar y castrar, nosotros mismos nos contamos entre los conquistadores…» (Nietzsche: GC 377, OC III, I, p. 889)

Pourquoi nous ne sommes pas nietzschéens

En el que fuera famoso libro Por qué no somos nietzcheanos, André Comte-Sponville, aparte de criticar después a su amigo, entre comillas, Clément Rosset y por lo tanto al pensamiento trágico y dionisíaco, eso va a venir luego y si va a ser coherente solo lo será porque el conjunto es absurdo, nos escribe con la intención de resumir su rechazo de Nietzsche, eso sí, después de haber sido educado por todos los nietzscheanos franceses desde los alrededores del 68. Y entonces señalará que lo definitivo contra los nietzscheanos es que no se entiende en absoluto lo del inmoralismo. Aparte queda constancia de la ironía de André consignando aquí que los que él conocería son buenas personas y entonces no se los distingue de los que para nada son nietzscheanos o «malos», sino todo lo contrario.

Entonces, lo que no es capaz de ver Comte-Sponville es que el inmoralismo de Nietzsche, como se puede ver en el prólogo a la segunda edición de Aurora, simplemente consiste en el descubrimiento de que la moral no existe, que lo que existen son diversas morales históricas. Pero sobre todo no es capaz de ver que, en concreto, la que le queda al espíritu libre o a la filosofía trágica, y ahí lo dice Nietzsche con toda claridad, es la de la Redlichkeit o la moral de no engañar y no engañarse, y además tener valor, esta la virtud nietzscheana fundamental,el valor de reconocer la situación tal y como es (lo que solo quiere decir tal y como la ves) en vez de ceder al autoengaño que nos evita el sufrimiento al encerrarnos en una burbuja cualquiera.

La Redlichkeit es la moral que nos queda a los nietzschanos, y por consiguiente el criterio que pone fuera a los impostores y los aprovechados. Y no otra cosa significa el inmoralismo: lo primero, reconocer que no hay la moral, ni siquiera la de Comte-Sponville, que fundamentalmente es la moral esta del valor absoluto, la del cristianismo secularizado o el disparate de la moral cristiana atea, diga el francés lo que diga, por mucho que hable de Spinoza con toda unción.

Como también se sabe, Comte-Sponville es el firmante de todos aquellos juicios de valor referidos al libro de Zaratustra, «esa quincallería, esa cosa kitsch de Nietzsche», lo peor de lo peor, tan malo tan malo “que no se pué aguantá”, para decirlo como Lola Flores, la que me consta era gran lectora de don André. Y todos esos temas filosóficos como la transvaloración, el superhombre, la voluntad de poder, el eterno retorno y toda la gaita, bueno, no vale para nada, hay que tirarlo a la basura.

Comte-Sponville tiene sin duda razón, porque desde el punto de vista de alguien que fue profesor de instituto en Francia, supongo que en París, es posible que a lo mejor en un barrio lleno de problemas, incluso evidentemente, Nietzsche no es la mejor de las herramientas de un profesor de Filosofía. Estoy casi seguro de ello ya que yo mismo fui profesor de instituto en lugares así, y cuando tenía que explicar a Nietzsche era seguramente lo peor, como hablar de la Postmodernidad en Cáceres en los años ochenta del siglo pasado, cosa que también hice. No entiendo tampoco que Nietzsche sea utilizado en la llamada batalla o lucha cultural contra los imbéciles por parte de los otros imbéciles. No sé qué rendimiento se le puede sacar a Nietzsche para luchar contra los idiotas. Los idiotas no le pueden entender, menos mal, y ahí tenemos otro criterio para identificarlos.

Entonces, siendo más filósofos y menos educadores de una juventud echada a perder por las redes sociales, nos daríamos cuenta de que, efectivamente, el inmoralismo nietzscheano es justo eso, un inmoralismo, simplemente porque representa la última moral posible para el espíritu libre, como aparece en el prólogo de 1886 a Aurora, y esa moral, la única posible, es la moral de la sinceridad, la veracidad, la probidad, la honestidad intelectual sobre todo con nosotros mismos. Dejar de engañarnos, dejar de escapar, dejar de huir de lo real para buscarnos el refugio de un doble más o menos disparatado. Y aquí estoy utilizando un lenguaje que Comte-Sponville conocería muy bien, porque es el de su “amigo”, entre comillas, Clément Rosset, a quien ni merece llevarle la cartera.

La moral del espíritu libre, la última y única que nos queda, la de la Redlichkeit, es la moral nietzscheana, decididamente inmoral entonces, casi por definición. Y es que Nietzsche se presenta al final como el que tiene una nariz muy especial, una nariz que detecta la mentira, la falsedad, detecta la moralina que todo político de la lucha cultural, todo activista, de un lado o de otro, viene a necesitar más que el aire que respira. Lo nietzscheano consiste, sobre todo como política, en no tolerar ningún estado de cosas en que predomine el santurrón, en que predomine el mojigato, lanzándonos entonces contra todo hipócrita trepa de mierda que se encuentre a un lado o a otro de la “lucha cultural”.

Entonces, yo entiendo que Comte-Sponville no puede o no podía, a principios de los noventa o en los ochenta, explicarle esto a los chicos y a las chicas de instituto de instituto en París o donde fuera, tampoco en Madrid. Eso lo entiendo muy bien, pero llevarlo a la filosofía para adultos, la filosofía propiamente dicha, me parece una impostura de Comte-Sponville, que por tanto de nietzscheano no tiene nada.

¿Por qué no somos (ya) nietzscheanos? Porque ya no tenemos el valor que para ello haría falta.