El colmo de la injusticia es poner a la víctima ante la obligación moral de perdonar. Es lo que hace el cristianismo. De ahí su éxito histórico de milenios.
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PULSIÓN DE MUERTE
Demasiado quehacer me da «mi propia» pulsión de muerte como para tener que hacerme cargo de la pulsión de muerte del otro: «yo no soy psicóloga», le escuché decir hace ya años a la profesora y decana Lucila González Pazos, unas palabras liberadoras en una época como la nuestra en la que todo imbécil se cree en el derecho y en la obligación de gobernar al prójimo espetándole trivialidades psicológicas.
NUESTRA IMPOTENCIA
Hace unos días, un viejo amigo de juventud, respetado profesor universitario, y brillante escritor, me contó que hacía seis años que había decidido no leer ningún periódico, ni ver informativos en televisión ni radio, ni por supuesto tener nada que ver con las redes sociales. Y que había dado instrucciones a su compañera de que le dosificara la información si llegaba a la conclusión de que había ocurrido algo necesario de conocer. Si al principio pensé que se trataba de una más de sus graciosas excentricidades, luego recordé lo que le había oído decir a aquella psiquiatra experta en Lacan: la mayoría de los pacientes llegan hoy a la consulta verdaderamente traumatizados por las noticias. Ya el mismo Jung nos había advertido, en uno de sus seminarios sobre el Zaratustra de Nietzsche, que el ser humano se halla psicológicamente capacitado para enterarse de lo que ocurre, como mucho, a setenta kilómetros a la redonda de donde reside. Más allá de ese radio se acabará volviendo loco, con seguridad, si se empecina en conocer lo que les ocurre a las gentes en lo tocante a desgracias naturales y matanzas. A mí, por ejemplo, me han seguido amargando, haciendo polvo, las últimas memeces de Ayuso y la renovada impunidad de Aguirre y su banda, para no decir nada, claro, de las difícilmente conmensurables atrocidades putinescas, o de los crímenes de la Iglesia Católica con los niños y las niñas canadienses (y esa grotesca «petición de perdón» del Papa bueno: ¿cómo se puede «pedir perdón» por violar y asesinar a cientos, a miles de niños?). Pero si eso se ha sumado a la desesperación ya producida en mí por algunas de las noticias anteriores, desde hace años y años, es por la sencilla razón de que sé perfectamente que yo no puedo hacer NADA para cambiar toda esta porquería, que no podemos hacer NADA para arreglar esta situación. A los niños y las niñas torturados en Canadá no les va a ayudar nuestra indignación ni nuestra compasión, como tampoco les ayudará a las víctimas ciertas del futuro. Ni tampoco evitaremos la impunidad de la madrina en cuestión, ni nos libraremos de las tonterías que ganan votos, yendo a votar nosotros cada cuatro años. Así que, ¿para qué seguir las noticias? ¿No es de tontos? ¿No es de cobardes? ¿De cobardes que no se atreven a plantarle cara a la realidad? La realidad de nuestra impotencia.
OXÍMORON
Un cardo delicado es un «delicardo».
ESPAÑA HOY
De Málaga a Coruña y de Coruña a Barcelona: camareros y tapas. (O «vale quien vende»).
DECOLONIAL
Los dos venenos que Europa introdujo en el mundo fueron para Nietzsche el alcohol y el cristianismo. Pero de ningún modo la ciencia. Antes al contrario, el Logos griego tal vez fuera el modo que tuvo Europa de pagar por sus pecados. La teología (cristiana) de la liberación no tiene en absoluto nada de perspectiva «otra»: «no conocerás, y el resto se sigue de ahí», esto es cristiano, o sea, europeo de cabo a rabo. Liberarse sería liberarse del crucifijo, no de la ciencia
EL MOJIGATO
Ser revolucionario, en el sentido nietzscheano de la palabra, no es otra cosa que «oponerse a toda situación [política, social] en la que predomine el mojigato».
EL PROBLEMA DEL MAL
Siempre he dudado de la sensatez del que reflexiona en nuestros días sobre el famoso «problema del mal». Más o menos como si lo hiciera sobre «el problema del hombre lobo». Pero más que propio de supersticiosos puede parecer algo característico de narcisistas extremos. Por qué iba a figurar en el programa de la vida la atención al bienestar humano?
ÍÑIGO DE LOYOLA, SANTO
«Diante unha imaxe de Íñigo de Loyola
A místeca alegría no sembrante,
no peito a ira, o sono na mirada,
ben te conezo, Euménide sagrada,
trenca virtú, católico bergante.
Treidora do Evanxelio á lei amante,
a Esposa dos Cantares, desleigada,
tivo tratos co demo e desta allada
naciches ti, ¡parásito trunfante!
Mais ¿que fas nese altar roubando preces,
xenio da intolerancia soberano,
ti que tan sólo maldiciós mereces?
¿Ti, que trocache a Cristo nun tirano,
ós saiós i ós verdugos en xueces,
i en fouce a Dios do pensamento humano?«
(Manuel Curros Enríquez)
¡A MACERARSE!
De Foucault: Las confesiones de la carne:
«Cuando el demonio, con sus sutiles ardides, ha insinuado en nuestro corazón el recuerdo de la mujer, empezando por nuestra madre, nuestras hermanas, nuestras familiares o algunas mujeres piadosas, debemos expulsar de nosotros ese recuerdo cuanto antes, por miedo a que, si nos demoramos demasiado en él, el tentador aproveche la oportunidad para subrepticiamente hacernos pensar en otras mujeres (77).»
“Por último, respecto de los otros vicios la fornicación tiene cierto privilegio ontológico, que le confiere una importancia ascética particular. En efecto, sus raíces, como las de la gula, están en el cuerpo. Es imposible vencerla sin someterse a maceraciones. Mientras la ira y la tristeza se combaten «mediante la sola industria del alma», la fornicación no puede arrancarse de raíz sin «la mortificación corporal, las vigilias, los ayunos, el trabajo que quebranta el cuerpo» (76)”
«El santo es el castrado ideal» (Nietzsche).
