HAY QUE REÍRSE PORQUE SI NO…

Por mucho que llegue a admirar a Fichte, sobre todo en comparación con Schelling, a quien pone a caer de un burro, no puede contener Heine las ganas de reírse que le caracterizaron siempre, y reírse, además, con esa «divina maldad» sin la que Nietzsche era incapaz de concebir la perfección no solo estética, diría yo. El problema del filósofo idealista es que el gran público no lo habría entendido bien; y es que todos pensaron que cuando afirmaba Fichte que la realidad material ni más ni menos era el producto del Yo que, como Tathandlung, para empezar, se pone a sí mismo, a lo que se estaba refiriendo era a un Yo que en realidad sería el yo de Fichte. Con esto estaba sembrada la semilla del escándalo y de la persecución.

Porque los varones se preguntaban que cómo se atreve ese señor Fichte a pensar e incluso a llegar a decir, por implicación, que yo no soy más que un producto de su yo, cuando es el caso que yo soy superior a él, porque yo soy el alcalde, pongamos por caso. Por lo que hace a las damas, continúa el poeta burlón, no dejaban de extrañarse, por descontado, de que Fichte pensara que su mujer era un producto de su yo… («pero ¿lo sabe su mujer? ¿cómo se lo permite su mujer?»).

Cómo señalando Heine de este modo las cosas que había tras la denuncia por ateísmo, es decir, la limitación intelectual de las fuerzas vivas, y no tan vivas, de su época en Alemania.

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