SED DE JUSTICIA Y NIETZSCHE

Tuve una vez lo que parecía un gran amigo del que me quedó un recuerdo importante: esa persona no soportaba la injusticia, las injusticias del mundo, que incluso vienen a ser “el mundo” que es enemigo del alma. Para decirlo como Kant, el escándalo absoluto es que el sabio, el justo, sea desgraciado, sufra injusticias de todo cariz, mientras que el tonto de baba, el idiota, el malvado, sea feliz a costa de él. Era eso con lo que no podía el doctor Moraledo, Iñaki, mi gran amigo, él, más justo que un ocho; e iba a dar pruebas de ello más que de sobra. En compañía siempre de su fidelérrima e inquietante partenaire, cuya misión en la vida, según declaración propia, no era sino esperarle a él en las diferentes esquinas de los recintos académicos, la licenciada Isabel Cronopio. Sobre todas las demás instancias de su sabiduría, memorables todas y cada una de ellas, sería memorable la que más esta sentencia: «Yo, las injusticias nunca las he podido aguantar».

Yendo por lo menudo, el caso es que habían montado entre tres filósofos, entre tres pensadores sobremanera graves, la licenciada ya mencionada, el propio don Iñaki, y un tercero añadido out of the blue, el doctor Montaraz, habían montado, digo, entre tres cabezas semejantes, coquitos de envergadura, una institución cultural docente, dedicada a la difusión, a la alta divulgación de las artes y las humanidades de la parte occidental del planeta Tierra, mayormente, y tal vez con ciertas ventajas fiscales. ¡Pero hete aquí que surgió la discordia entre los pertenecientes a membresía tan ilustre! Al parecer se debió a algunas de estas cosas que pasan en la vida y que se atribuyen normalmente a la casualidad, pero vaya usted a saber. El doctor Moraledo y el doctor Montaraz concurrían a una misma plaza en una conocida universidad madrileña en la que se sirven muy buenas tapas (o se servían hasta que una nueva contrata les cedió la cosa a una empresa, según el rumor, vinculada al Ministerio de Defensa, con lo que los camareros se vieron obligados a trabajar luciendo la enseña rojigualda, lo que por azar coincidió con el deterioro gastronómico).
El caso es que me hallaba yo reposando de los rigores de la docencia en un verano español cualquiera, de esos que estás que ardes todo el santo día de dios, cuando recibí la llamada angustiada de don Iñaki. Me hablaba muy traumatizado de la última que le había hecho el doctor Montaraz, no sé por qué hasta los más sabios llegan a la navaja, si se trata de arañar un crédito docente o un punto en un concurso. El doctor Montaraz alegaba, entre los méritos para concurrir a esa plaza, el haber realizado ciertas estancias allá donde hoy Trump manda e impone su falta de ley, nada fuera de lo normal. Pero el caso es que el doctor Moraledo, llevado por su pulsión de justicia, en él como digo innata, examinó con escrúpulo, sin duda asistido por las dotes de su querida compañera la Cronopio, los méritos expuestos, supongo yo que públicamente, por el antedicho Montaraz. Y descubrió, no sé muy bien cómo, que una de esas estancias entre los descendientes de los cowboys aquellos de antaño venían a coincidir en el tiempo pero no en la forma con un día de verano en que fue visto el doctor Montaraz nada menos que en Sevilla, paseándose requetechulo por la calle de las Sierpes como si tal cosa. Así que la injusticia estaba servida, una vez más, porque había alegado el tal como mérito una estancia falsa. Eso fue lo que me comunicó mi amigo el Iñaqui por teléfono, y con los visos de un ataque de ansiedad.

Intenté tranquilizarle porque no veía que ir un día a Sevilla, y hay aviones que sin duda harán el trayecto Boston-Sevilla de alguna manera que ignoro por completo pero igual no muy difícil, pudiera constituir una falta de peso en la documentación presentada relativa a la estancia. Justo en ese punto fue donde escuché la sentencia que me llegó al alma, como suele ocurrir con las perlas de la sabiduría: «Yo no puedo, nunca he podido con las injusticias». Así quedó la cosa de imponente, sumido yo en el éxtasis de la admiración moral, hasta que me llegó la segunda llamada del entonces mi gran amigo, todavía más impactante. Estaba yo pensando justo en aquel momento cómo es posible que a alguien lo vean un día de verano paseándose por la calle de las Sierpes en Sevilla y se entere el doctor Moraledo que a la sazón estaba paseando por la playa de Gijón, si mal no recuerdo. Pero que ocurre de todo, eso lo sabemos todos. Ya decía mi bisabuela, me decía mi abuela cada dos por tres, que haivos cada cousa!
En esta segunda llamada, el tono del Iñaqui se revestía de un matiz de resuelta determinación, tanto que no era posible resistirse a ella. “Se me ha ocurrido algo y te lo voy a contar, a ver qué te parece”. El doctor Moraledo es tan justo que cuando toma una decisión de este tipo, enseguida se la consulta a alguien al que atribuye un sentido de la justicia por lo menos parejo. “¿Y si abro o se abre, mejor el impersonal, una cuenta de correo y se avisa a todas las instancias de la universidad del fraude cometido por Montaraz al pasearse ese día por la calle de las Sierpes, en vez de estar en algún villorrio de Ohio (Ohio)?” Inmediatamente le pregunté: «Pero bueno, ¿de verdad que harías eso?» Y él me contestó para tranquilizarme, como se tranquiliza a un cómplice en una fechoría: «Es una cuenta falsa y el correo electrónico sería anónimo en cualquier caso». Yo me quedé estupefacto y muy alarmado. Pero me dio por pensar que se trataba de una broma, pensé que tal vez se había pasado en el consumo de cerveza. Y ahí quedó la cosa. No le hice caso, no tenía ganas de meterme en camisas de once varas, no tenía ganas de tomarme en serio lo que no podía ser serio, porque una supuesta amistad nada tiene que ver con delinquir a medias. «¿Qué vas a ganar con eso?», le pregunté. «Una estancia, poniéndonos en lo peor, de dos meses, tampoco es para tanto». Pero me repitió con arrebatado sentimiento parecido al del prota de Solo ante el peligro: «Yo no he podido nunca con las injusticias».
Acabado el verano y de vuelta al trabajo, casualmente me entero de que todas las personas que iban a tener algo que ver en la resolución del concurso al que se presentaban mis dos amigos de entonces habían recibido un correo electrónico anónimo en el que se denunciaba el fraude del doctor Montaraz. Me quedé literalmente horrorizado y cuando me encontré al doctor Moraledo por el pasillo de siempre le dije a la cara y sin contemplaciones: «¡no habrás mandado tú por fin ese correo electrónico!» Y él repuso, haciéndose el sueco: «¡Venga hombre! yo de eso nada sé». Se fue como ofendido, y ahí quedó la cosa, dejándome con un palmo de narices.
El caso es que, andando el tiempo, al doctor Montaraz se le dejaría de ver por aquellos espacios, tampoco por aquella universidad, y me cuentan que apareció, también de repente, dando clase en otra nada distante.
Esto me recuerda a un alumno que tuve en un máster, un sujeto francamente preocupante que se dedicaba a seguirme cuando salía yo de la Facultad en dirección al Metro. Un tipo larguirucho y con una barba negra hasta más abajo del pecho, medio calvo aunque joven, que me seguía a todas partes y cuando yo me paraba, se paraba, y cuando yo tomaba café en la cafetería de profesores, se ponía a mi lado mirándome de reojo. Ese hombre, en la discusión de su trabajo de fin de máster, empezó a cargar contra el cine de Almodóvar llamándole canalla inmoral que instrumentalizaba a las mujeres y sacaba partido de ellas. Nos quedamos todos estupefactos. Yo intenté suavizar el tema, pero no había manera. «No aguanto las injusticias. A todos esos cabrones habría que matarlos, y de eso me voy a encargar yo», iba a rematar su perorata a modo de conclusión hablando solo conmigo en el pasillo.
Alguna vez había escuchado yo a algún colega que enseñar a Nietzsche podría ser peligroso. Y la verdad es que nunca me lo tomé en serio, pero el pensador alemán más que para todos es para nadie, o no es ni mucho menos para todo el mundo. Su misma escritura pone barreras procurando seleccionar al tipo de lector adecuado, porque hay gente especialmente idiota o especialmente malvada, para la cual Nietzsche proporcionaría una coartada absolutamente indecente, como lo fue en algún momento para los nazis. Al precio de malentenderlo, sin duda, pero el ejercicio de la comprensión en algunos casos llega a ser prácticamente imposible.

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