«Quien aborrece o desprecia la sangre extranjera no es todavía un individuo, sino una especie de protoplasma humano»
FP-1881, 11 [296]
«Quien aborrece o desprecia la sangre extranjera no es todavía un individuo, sino una especie de protoplasma humano»
FP-1881, 11 [296]
Tienen la familia Pujol la típica cara de nacionalista (catalán) que sale muy listo. La de Mas es la del que sale listillo. El nuevo presidente tiene la típica cara del que sale memo (a lo que se añade que se sopla el flequillo).
Da la impresión de que él sí se lo cree.
El odio del hombre a la animalidad, esencia del ideal ascético, es el odio del hombre a sí mismo. El hinduismo como excepción, la más profunda de todas las religiones.
Quien controla tu sexualidad te lo controla todo, del cura al psicoanalista.
Dos de los principios esenciales del código ético yóguico son los de que en ti se asiente la no violencia y que en ti se asiente la verdad.
Lo cual es sin duda muy sabio, porque la única manera de mantenerse alejado de la violencia es decir la verdad. Es en la medida en que nos callamos lo que pensamos que nos volvemos violentos. El silencio envenena al reprimido.
A la mafia se le dice una verdad, solo una, alguien les llama por su nombre, y entonces toda la mafia se revuelve ofendida, tan educada y sensible, exquisita, dignísima pero vomitando veneno como es su estilo, salen puras hienas de voraces fauces, en ese vocabulario de gangster que es el suyo, gangster que va a misa los domingos.
La condición existencial del mafioso es la mentira, y también la sistemática desfiguración del lenguaje que le es inseparable. «España» llaman, han llamado siempre, a su cosa nostra.
Más que rabino debía ser santo aquel muy venerable anciano de barba blanca hasta el pecho. Introducía al judaísmo en el programa multicultural de las religiones del mundo (monoteísta) del que presume la televisión pública española.
Pero el santo la tomó de repente contra la filosofía: la filosofía es manifestación de la soberbia humana porque surgiría solamente de la mente (humana), mientras que lo nuestro, lo suyo, era la Biblia, que viene «de fuera», y por eso educa en la humildad. Uno pensaba entonces en lo de que no somos nadie.
Buena lección aquella de humildad, la del representante del único pueblo elegido por Dios, ahí es nada.
«No conocerás»: el resto se sigue de ahí.
(La inquina contra la filosofía mostrada en su raíz religiosa, secularizada como hostilidad política al pensamiento crítico)
Sabemos de sobra hasta qué punto dependemos de las personas que queremos, y eso es algo que nunca les vamos a poder perdonar.
Cuando los legionarios que llevaban más de quince años de servicio ininterrumpido y se caían de viejos iban a llorarle a Germánico para que los protegiera del crudelísimo y cobarde Tiberio, después de la muerte de Augusto, le enseñaban sus piernas y brazos retorcidos por las enfermedades óseas de la vejez; y más de uno, aprovechando que Germánico les dejaba que le besaran las manos, se llevaba un dedo del general a la boca para que se diera cuenta de que ya no tenía ningún diente.
Sin medicina, sin tecnología, sin dentistas, y sin justicia, el mundo humano sí que es, literalmente, un valle de lágrimas, un infierno en el que sería preferible no haber nacido.
El primer paso en el camino de la autodestrucción es perder definitivamente la confianza en el prójimo, en todo prójimo. Porque a la misantropía le sigue inevitablemente la pérdida de confianza en uno mismo, cuando no es esta la raíz de aquella, y más allá sólo quedaría el autodesprecio.