Moral unánime

Se ha tenido siempre a sí misma toda moral por la única verdadera, la única de personas decentes, considerando a sus alternativas bien como desviaciones bien como inventos del diablo. Ahora se nos dice que cada uno ha de responsabilizarse de su propia salud, y que esto sería un auténtico imperativo moral. En un primer momento hasta nos parece bien, resulta lógico y sobre todo beneficioso. Pero luego cae uno en la cuenta de que en realidad se trata de la única moral que reina indiscutible en nuestros días, la moral del ahorro heredada de los inversores calvinistas.
Así que fumadores, bebedores, obesos en general, el caso es que no se puede negar que cuestan una pasta al erario público, a la sociedad nada menos, y es que les tendremos que acabar sufragando todos los carísimos tratamientos más que otra cosa paliativos de sus futuras enfermedades terminales.
Así que cuando consideramos que el no atracarse de torreznos y ponerse ciego de sobrasada, el abstenerse hasta el día de la muerte de toda suerte de habanos, y el huir del carajillo y el gin-tonic como de la peste, en el fondo hay que tomarlos por imperativos de índole moral, lo que estamos suscribiendo es el único imperativo moral que hoy todos entienden, «no despilfarres, por lo demás haz lo que quieras».
De templo del espíritu santo a alma de la Caixa. Pero entonces nos invade una cierta tristeza, parecida a esa de llamar al jubilado «unidad de gasto», la amargura en la que se siempre se ha desarrollado la vida del contable. El cabrón del contable.

Falsedad, impudicia

Lo único que queda, al final, es la honradez para contigo mismo, la  voluntad de no engañarte nunca, a ser posible, no caer en la impostura, en la farsa, en las despreciables autocomplacencias siempre mentirosas por definición.

No hay nada más que valga en este baile universal de máscaras que no ponerte ninguna ante ti mismo, costumbre que es lo más fácil de perder del mundo. Pero cuando la pierdes todo lo has perdido y está perdido todo, desde ese momento nada vale nada porque tú no vales nada, es como si estuvieras muerto o mucho peor porque ni siquiera puedes estar seguro de estar vivo. Simplemente eres un falso, alguien que puede pretender solo de este modo serlo todo.

Lo que menos vale entonces es tu nombre, tu imagen, tu reputación, lo que menos vale es pretender tenerla como si eso fuese algo, tuviera algún sentido, porque los demás se te han vuelto también entonces rotundamente falsos.

Sindiós

Darse perfecta cuenta de que todos tienen razón, absolutamente todos sin excepción (¿también los del Opus?), de que a fin de cuentas no hay ningún mortal que si hace falta no sea capaz de dar cuenta de lo que piensa y dice y hace (por supuesto según grados en la escala de la destreza raciocinante), eso es lo que a uno le llevaría a volverse majara perdido si no tuviera en él algo de lo que Nietzsche llamó «gran salud», la salud necesaria para «vivirse en otras almas pero siempre desde la experiencia más propia». Viajarse por las conflictivas mentalidades diferentes; hasta imitarlas, parodiarlas, escarnecerlas, ejerciendo de cínico, «el cinismo, lo más alto sobre la Tierra».
Porque el único problema humano real, y la madre de todas las guerras, en suma, es el autoengaño, la íntima falsedad que todo lo enturbia.

Libertad contra Jorge Fernández Díaz

«Por país, el universo,
por ley, tu voluntad
y sobre todo esa cosa embriagadora,
la libertad»
(De la Carmen de Bizet)

La batalla de Madrid

Bajaban las centurias al asalto del Ayuntamiento de Madrid, con el crucifijo calado, su aspecto fiero incrementado también por el chirriar de las sillitas de ruedas. Pero el golpe final de la batalla iba a ser de resultado incierto, pues no obstante su pundonor, hombría de bien, reciedumbre y voluntad de destino en lo universal, entre aquellos paramilitares que acertaban a oler su definitiva decadencia, como fuesen de avanzada edad casi todos ellos, menudeaban las dolencias degenerativas del sistema nervioso, unos Alzheimer, otros Parkinson, los más bobería congénita de la raza. Tampoco fue de gran apoyo a la hora de la verdad la columna de la tribu neoliberal que les seguían a marchas forzadas, sus herederos naturales, gente mucho más joven por lo general y adinerada, pero gente floja al fin y al cabo, debilitada por la vida muelle de la corrupción y los excesos tanto gastronómicos cuanto sexuales, personas hechas a no intervenir en batalla alguna dando la cara sino alquilando mercenarios o asesinos a sueldo. Al ocultarse el sol se reúnen con todos ellos los legados de Carmena que habían salido a su encuentro en la plaza de Cibeles, con el fin sólito de pedir perdón por herir la sensibilidad de las personas, en aquel siglo uno de los mayores delitos imaginables, habiendo hasta tal extremo arreciado la moralina.

La libertad que se nos fue

Tiempos felices aquellos en que Carmen Maura, en una película de Almodóvar, se ponía nostálgica mientras declamaba. «¡Esa Iglesia, esa Iglesia…! ¡La de pajas que me habré hecho en esa Iglesia!»

Resolución

Hasta que no muera de verdad Franco no volveré a interesarme por la política española.

(Este no es un país como cualquier otro).

Oportunidad

Me entero de que en unas oposiciones a profesor recién convocadas hay reserva de plazas para discapacitados intelectuales. (Se exceptúan, eso sí, los profesores de alemán).

Lo único que se me ocurre es que no esperan que haya puertas giratorias para tanto político ahora en funciones.