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Os resentidos

Dice el mediocre del que no lo es: pobre hombre, ya me daba cuenta yo desde el principio que en el fondo es un psicótico (¡¡le falta la falta!!); y a mí no me falta la falta, luego lo tengo todo (¡¡tengo la falta!!); luego estoy completo, pleno, gozo de salud.

Cultura y sujeto

Así que parece que para poder creer como verdaderos creyentes (como es preciso para ser psicoanalista) en el célebre «complejo de Edipo», lo primero que haría falta es haber sido conformado básicamente por la sensibilidad de la mitología judeo-cristiana (leer a Sófocles pero en la sinagoga o en la sacristía, leerlo desde la Biblia).
Es cierto que Freud se dio perfecta cuenta de ello, pero lo dijo al revés, no como Deleuze, y por eso la gran diferencia.

Los cristianos

Sin duda que hay mucho de bueno que decir de ellos, aparte de que en buena medida nuestra sangre cultural es inevitablemente cristiana, pero lo que me resulta chocante es que los cristianos vienen aún hoy hasta los que no lo somos, o lo hemos dejado de ser, con la absoluta seguridad de que todo aquel que no sea de la misma creencia que ellos, la creencia cristiana, propiamente hablando ¡¡estaría muerto!!. (Por eso es tan importante para ellos que los cristianos nos evangelicen).

El insulto

Tengo observado que por lo menos yo insulto siempre a la manera puramente reactiva (tal vez sería pensable otro tipo de insulto, el estratégico).

Pondré dos ejemplos. Ayer los periódicos de la derechona andaban ufanos dándole vueltas al «escándalo» de que un miembro del actual gobierno griego viviera bien (en concreto: tenía para comer, una casa confortable, incluso piano, ¡una mujer guapa!). No pude evitar enviar el siguiente comentario: «Cotillas de mierda, siempre estáis igual, franquistas». Inmediatamente, aparte de 5 ó 6 ataques venenosos contra mi persona de franquistas literales, me respondió una buena persona, toda madre, admonestándome amorosamente en el sentido de: «deja tu opinión, Mariano, pero no insultes». (¿Cuál es la diferencia?)

Hoy leo en «El País» que a Felipe González no le parece nada bien eso de que en las listas electorales de los partidos no puedan ir imputados porque sería tanto como legitimar que esas listas las confeccionaran los jueces». Inmediatamente se lo conté  a un amigo con la introducción siguiente: «Ha dicho el cabrón de Felipe González…»

En un primer momento me arrepentí considerando lo insensato de mi irritación, y que ya no tengo edad para ir por ahí insultando a la gente (la típica resolución patética: «¡nunca más volveré a insultar a nadie, ocurra lo que ocurra!»). Pero, bien pensado, mis insultos son reactivos, meras devoluciones de una violencia que se me ha infligido. Los necios, los resentidos, los locos, hacen mucho daño, y de algún modo hay que defenderse para no acabar ingresando en sus filas a consecuencia de sus insultos. Sobre todo, tanto los periódicos de la derechona como Felipe González nos habían insultado de la peor manera posible: habían insultado a nuestra inteligencia.

Otra cosa es aprender a insultar con elegancia, arte, finura, pero eso solo iría contra quien lo merece

Mateo 5, 22 (Breve prédica sabatina)

«Pero yo os digo que todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio; el que le dijere ‘raca’ será reo ante el Sanedrín y el que le dijere ‘loco’ será reo de la gehenna del fuego».

Así que lo natural en nosotros es pecado, es el pecado la mismísima naturaleza humana, como mirar a alguna mujer deseándola, u odiar a nuestros enemigos, o amar solo a nuestros amigos. Y «el perfecto» sería entonces el que ha exterminado en sí mismo sus inclinaciones naturales.

Pero aparte de esto, mandar al infierno al que llame «loco» a alguien, por ejemplo a un loco evidente, podría parecer una astuta medida de autodefensa del propio loco, o el puro resentimiento del loco: me vengaré del que diga la verdad acerca de mí mismo, arrojándole al fuego de palabra, al menos mientras no le pueda quemar de obra.

(Algunos locos pretenden dar miedo a los que les rodean, así tienen incluso la posibilidad de acceder al poder). Y no lo tienen difícil porque en el fondo todos tememos a la locura.

(Por otra parte, hay también locos que fascinan a los que no lo están del todo, como si su desvarío pasara por una sabiduría superior, y por tanto de gran autoridad, tal vez por eso les votan y hasta ganan elecciones).

Cosa diferente, relativamente cuerda, sería que el «Reino de los Cielos» significara un estado del corazón (aquí en la Tierra). Porque entonces no cabe duda de que lo primero que tiene que procurar el que desee vivir tranquilamente, replegado en los éxtasis de su pura intimidad, es no desear a ninguna mujer o solamente a una, y no irritarse jamás con nadie. Manso, casto, pobre: así tiene que ser el que ha decidido entrar en ese Reino del ánimo. Y esto es una sabiduría de la vida, un cuidado de sí, tan legítimo y respetable como cualquier otro.
Pero entonces no tendría que amenazar a quien no fuera «hermano» suyo, so pena de contradicción. El manso no se puede tolerar que amenace con el infierno (ni siquiera con el infierno del corazón) a quien no es manso como él.

Sopa de Sectas

Todo entreverado por el opus como argamasa,
bandoleros de cristo con cisma por pederastia,
entonces cielinos,
caprinos,
neocatecumenales (ni se sabe),
kikos (como aperitivo),
Comunión y liberación (quinta asamblea),
todos mandan en Madrid,
atenazan la educación
(fábrica de replicantes que sonríen cuando apuñalan),
el problema es el asco,
el desprecio,
que no es humano como lo es el odio.
Un problema del cuerpo, el vómito (servir a dioses diferentes).

El mal

Por supuesto que «el mal» es simplemente la impotencia, y «malo» todo lo que reduce la potencia.
(Y entonces «el bien» es la lucha).

Imitatio Christi

La célebre «imitación de Cristo» se ha vuelto hoy un ideal de vida muy comprometido, puesto que, aparte de cosas tan inverosímiles como no resistir al mal, implicaría necesariamente exigir o demandar de los otros que le quieran a uno, incluso «más de lo que quieren a sus propios padres o a hijos», o como mínimo pensar que ser querido es algo que uno merece o que los otros le deben.
Lo cual, dicho suavemente, significa ignorar o violentar la gramática de «querer», y dicho con rotundidad puede parecer poco cuerdo.

Exorcismo

Los demonios que el exorcista expulsa de tu cuerpo los había metido allí él antes.
(Causan la psicosis que luego pretenden curar).

Violencia en el Metro de Madrid

El otro día tuve que hacer un trayecto más bien largo en Metro, menos mal que pude sentarme nada más entrar.
Iniciado el viaje, de repente, desde el vagón de la izquierda, comenzaron a oírse gritos estentóreos muy desagradables. Al cabo de un rato me di cuenta de que, extrañamente, no se trataba esta vez de nadie pidiendo para comer sino de algo muy distinto, que entonces despertó mi curiosidad. Pero en seguida pude ver, porque avanzaba hacia el lugar en el que me encontraba yo, a una mujer de raza negra con un pelazo enorme como cardado y de mucho más de metro ochenta, muy corpulenta y aparatosa.
Que Dios no tenía culpa de nada, ni del hambre que se estaba pasando, ni de las horribles enfermedades que nos azotaban, ni de la crisis catastrófica que a todos nos alcanzaba, ¡ni tampoco del terremoto de Ossa de Montiel!
Sino que éramos nosotros los humanos los culpables, nuestros pecados nefandos absolutamente intolerables. Y España sí que estaba cristianizada, pero no evangelizada. Venía el fin del mundo, todos los detalles estaban señalados en el libro sagrado. ¡Jahvé Señor de los Ejércitos! ¡Sólo Jesús de Nazaret podía salvarnos!. Y lo que teníamos que hacer era arrepentirnos, todavía estábamos a tiempo antes de que viniera Cristo, porque esta vez sí que era inminente su llegada, lo que daba mucha impresión porque llevábamos más de dos mil años esperándolo en vano. Si no nos arrepentíamos ipso facto la gigantesca negra nos anunciaba a gritos destemplados que nos retorceríamos en el infierno con el crepitar de las llamas para toda la eternidad. Lo decía en un frenesí, en un acceso de emoción incontenible como si en el fondo se alegrara infinito de ir ella a poder contemplarnos desde la gloria a nosotros ardiendo en el infierno. Salpicaba sus horribles amenazas con latigazos del libro del Apocalipsis, como es natural.
Pude ver que entre los pasajeros se empezaba a instalar una pesada atmósfera de manicomio. En los gestos de profundo malestar de los que me rodeaban sentados y de pie se podía observar el gran esfuerzo que hacían para no responder a la violencia inaudita de la negra con naturales medidas de autodefensa, meramente verbal o incluso de la no verbal. Pero sin duda les disuadía el tamaño asimismo desmesurado de los otros dos personajes masculinos de la misma raza que nos iban repartiendo, mientras su compañera seguía gritando como ajena a todo, unas estampitas con una gran cruz negra de tinta brillante que se asemejaban a los recordatorios de tan mal agüero que algunos deudos reparten en el entierro de sus seres queridos. Sí, se había instalado una atmósfera de manicomio entre los que no se decidían a bajarse en una parada cualquiera aunque no fuese la suya (y es que aquel espectáculo de terror duraba ya demasiado). Incluso yo mismo, de natural equilibrado, mantenía el control a muy duras penas y en determinado momento estuve a punto de arrancarme a cantar a grandes voces, delante de la negra que ahora tenía enfrente, «que se mueran los feos, que se mueran los feos, que no quede ninguno, ninguno de feos». Como empecé a temerme lo peor, quizás la atrocidad de una cascada de blasfemias iba a provocar una trifulca sangrienta con víctimas físicas, me tapé los oídos con toda la presión de que fui capaz, pero en vano porque seguía oyendo a la mujer vociferando que íbamos todos a morir en pecado. Al final no pude hacer otra cosa que levantarme muy nervioso dispuesto a largarme a toda prisa y recorrer todos los coches que hiciera falta hasta que dejase de oír aquello. Pero cuando hice ademán de salir casi corriendo, la negra se me puso delante y me gritó, como si no reparara especialmente en mí por mi evidente falta de importancia ante la magnitud de su tarea redentora: «¡Todavía estás vivo! ¡Todavía estás vivo! ¡Arrepiéntete!»
Mientras conseguía zafarme de su colosal presencia no dejé de pensar en lo mucho que me arrepiento de no haberme sacado el carné de conducir hace muchos años, a su debido tiempo.