Archivos Mensuales: agosto 2014

María Zambrano y Nietzsche

A pesar de la tan probable androginia del pensador alemán (era completo en sí mismo como la naranja platónica de El banquete), yo me imagino a María Zambrano y Nietzsche como a la perfecta pareja, de esas que duran toda la vida precisamente porque se pasen el día discutiendo…

Desde que le introdujera a la lectura de Nietzsche el gran amor de su vida, su primo Manuel Pizarro, cuando ella contaba diecisiete años, no hay duda de que María Zambrano estuvo hasta su muerte perdidamente enamorada de Nietzsche. Lo que por supuesto, y sobre todo en el caso de una filósofa como ella, también conllevaba que intentara mangonearle continuamente, por todos los medios y usando todas las estrategias imaginables (aquí tendría que citar yo una muestra de la filosofía de los Simpson sobre la relación entre ser querido y ser mangoneado, y lo felices que somos casi todos en los dos casos).
Sobre todo, lo haría Zambrano ejerciendo contra él toda su violencia erotizada travestida de misericordia, piedad y compasión.
Para confirmar esto, atendamos a la compañía en que iba a situar a Nietzsche: San Juan de la Cruz, Miguel de Molinos, la Virgen María como guía y amparo de la filosofía, y no en último lugar Santa Lucía mártir. Es decir, lo iba a meter con todos sus amigos, los de ella, haciéndole olvidar a los suyos, los de él.
Para confirmar esto, tengamos nada más en cuenta que ella misma iba a tener la osadía de representarse a Lou Andreas Salomé como habiéndole fallado al filósofo, cuando lo que tenía que haber hecho como mujer la rusa, en su opinión, habría sido introducir un orden femenino en la vida de él, orden del que tanto andaba necesitado el pobre hombre. Pero como a Lou no le dio la gana, desertando así según María de su vocación de mujer, Nietzsche se precipitó en una autotortura ascética que le llevaría a obstinarse en desenmascarar toda mendacidad, por poéticamente que viniera presentada. O si no, peor aun, al absoluto horror del pensamiento del eterno retorno. Como si ya no se pudiera seguir al Nietzsche de la honestidad intelectual después de las catástrofes de crueldad del siglo XX de las que María había sido testigo y víctima. Si Dios ha muerto, mejor que no se sepa.

En fin, llama la atención la ambigüedad del honor que le concede al calificarle sucesivamente de “hombre subterráneo”, “bienaventurado”, “ser de la aurora”, significando todo ello en buena medida su efectiva degradación a místico murciano del siglo octavo, o si no santón cristiano-musulmán, o si no del más lejano oriente. Con todo el bla-bla-bla característico, a la larga insulso, meloso e ininteligible que lo único que hace para nosotros es remedar algo parecido a la exaltación y a la profundidad. Por lo menos la madre y la hermana de Nietzsche parece ser que rezaban por él, para que Dios no le tuviera en cuenta todo el mal que estaba haciendo entre la buena gente de toda la vida.

Porque lo que deseaba María ante todo, con su amor declarado al filósofo, era introducir un orden suyo, de ella, en la vida del loco de Turín, con su también amor de filósofa; lo cual me lleva a pensar en que, seguramente, de haber sabido Nietzsche que la Zambrano venía a verle a Turín, un suponer, le hubiera venido de inmediato a la memoria aquella frase de Napoleón : “La única batalla que se gana huyendo es la batalla contra las mujeres” (Napoleón no necesitaba ser políticamente correcto porque era Napoleón).
O sea, lo que vienen haciendo los solteros de toda la vida, los que siguen sin querer internarse “en el jardín del matrimonio”.

Lo que les une

Lo que une a todas las lenguas, naciones, regiones y pequeñas ciudades autónomas de España es justo eso que tanto admiraba a los viajeros europeos que hasta aquí venían en el XIX: la tolerancia al delirio, el sobrellevar el absurdo de la vida no sólo con estolidez o resignación sino incluso con gusto y amor. Es psicoanalista quien ha comprendido que la vida humana es absolutamente disparatada, dijo Lacan. Pero ocurre que en casi todas las partes del mundo civilizado este hecho se percibe con dolor y se intenta corregir a todo trance, por eso van al psicoanalista. Mientras que en España todos deliran son sumo placer, y si no fíjense ustedes en lo que hacen los que nos mandan, en lo que dicen los empresarios, los tertulianos, los periodistas, todo Dios.
Se llega a ovacionar al más demente de todos, al loco más de remate, igual por haberse dejado durante siglos la conformación de las mentes a la Iglesia Católica, nada menos.
A mí me gustaría proponer con toda humildad, como resulta que he llegado a mi límite y ya casi no puedo tolerar la complacencia en el absurdo de mis compatriotas porque llevo escandalizándome de ella casi sesenta años, que la Macarena sera sustituida en la próxima Semana Santa por una buena procesión de la Diosa Razón, llevando en su regazo al niño Robespierre jugando con una guillotinita como de juguete made in Suiza. A ver si reaccionan todos estos.

Creyente

La persona religiosa tiene que saber cuál es el sentido de aquello en lo que cree, porque de lo contrario no podría saber en qué cree, es decir, no estaría creyendo en nada cuando asegura que cree.

“Y el logos se hizo carne y habitó entre nosotros”, lleno de gracia y verdad. Por ejemplo, el misterio de la encarnación: si no soy capaz de explicar en qué consiste propiamente la encarnación entonces soy en realidad incapaz de creer en la encarnación. No creo en nada cuando digo creer en algo.

Jesuita

Escribía Stendhal que lo característico de una educación jesuita es la capacidad que le confiere al que la tiene de negar con la más absoluta desfachatez e inocencia lo que resultaría evidente a cualquiera.

El pujolazo

Mira todavía hoy Jordi Pujol como si habitase allá en lo más alto, en lo inmarcesible, como habituado desde niño a lo excelso, mira más bien al vacío pero al mismo tiempo a todos a los ojos, con esa mirada suya de gran señor que a tantísimos se les habría antojado siempre carismática, irrebatible. Cuando viví en Cataluña hace ya muchos años, de verdad que me impresionaron las palabras de un joven no se sabía bien si gilipollas o enfermo de la cabeza, que arengaba a sus correligionarios de las juventudes ésas que medran en todos los partidos de Dios lamiéndoles a los que mandan, con la pregunta no retórica de qué tenía que hacer un joven como ellos para llegar a lo máximo en la vida; y lo máximo en la vida era nada menos que “ser como Pujol”, así dicho como suena, y había que entender que lo máximo abrazaba el mundo entero, lo material y lo espiritual.

Hay en la mirada de ese líder eterno destellos de saberlo todo, de convivir con la divinidad, de familiaridad con el Olimpo del dinero y de la ética al mismo tiempo. Lo que había, ¡y aún hay!, en la mirada de Pujol, incluso en la de los Pujol, que se deben haber contagiado por el roce o la educación, o si no será su ralea génica, es justamente el tan singular maridaje de la ética y el dinero. Siempre fue ese su enigma, y a la vez la clave de su poder indiscutible:la mera presencia de Jordi Pujol, su mirada pío-pesetera, sacramentaba la coyunda del dinero y la ética. Hasta el punto de que el único indicador que nos quedaría de lo que significa ser un hijoputa de cuidado, asumido desde la fascinación de la mirada pujolesca, es que serlo es lo mismo que ser pobre. Y no otra cosa.
Y como Jordi Pujol y los Pujoles en general están forrados hasta los tuétanos, entonces sería asimismo indiscutible que son buena gente, burgueses perfectos, no la humanidad hecha hormiga de los votantes sino el ser humano devenido cerdito, hucha. Es eso lo que nos dicen todos los pujoles con sus ojillos de algodón, y lo que muestra su comportamiento. Y deben tener razón, sin duda, pues los valores morales son en cualquier caso relativos a la sociología, y la sociología que dicta el aspecto que asume lo real desde la mirada de Jordi Pujol y los pujoles es que el burgués perfecto representa la cumbre de la perfección humana y la consumación de los tiempos. O sea, tiene dinero para gastarlo a espuertas, o para ahorrarlo indefinidamente hasta su asunción en el cielo. Por eso Jordi Pujol está ahora mismo como si nada, tan tranquilo, cuando todos sabemos lo suyo y lo de su familia, y ellos saben muy bien que todos lo sabemos.
Porque la ética pujolesca desmiente nuestro asco de ignorantes, con su superior sabiduría del que sabe que dinero y bien son lo mismo, sin resto o residuo alguno. A eso se refería Jordi Pujol cuando subrayaba, en su fundación por la promoción de los valores morales en la vida pública, que nunca debía el político olvidar su condición de servidor del bien común. O sea, del dinero común a los pujoles.
Pero nos enseña también la sociología, en este caso la histórica, que en alguno de sus sentidos los usos sociales pretéritos siempre han tenido una función que cumplir. Por ejemplo, en otras épocas siempre le quedaba al fariseo descubierto la salida del suicidio para mantener el honor. Hoy. en cambio, el valor de la vida prevalece sobre el de la honorabilidad, con lo que algunos han caído más bajo que la mafia japonesa.