Archivos Mensuales: marzo 2016

Ser normal

Sentirte de vez en cuando harto de ti mismo, aburrido de ti mismo, hasta sentir asco de ti mismo.
¿Y qué si no?
(Estás casi siempre en tu compañía, casi desde que naciste, son tantos años ya. Imagínate que tú no eres tú sino que eres otro, pero que está aquí siempre presente. Lo mandarías a paseo)

¿Inmortalidad personal? Solo la anhela el aquejado del trastorno narcisista de la personalidad. A no ser que se la vaya a pasar contemplando al otro, que entonces tiene que ser por fuerza el Gran Otro (así sí).

Bravura emprendedora

Iba aquel joven bien parecido sentado en el autobús perorando sin parar de sus profundidades, con un tono de seriedad que imponía lo suyo a la bella jovencita que le escuchaba sin decir palabra, sin duda causándole a ella su arrojo emprendedor el efecto que él esperaba.

“Pues sí, lo único que le pido yo a la vida es ser rico. Más de diez mil al mes, por supuesto, mi Ferrari y mi chalet. Como lo mío es el marketing estratégico estoy pensando en empezar como hizo una amiga de la carrera, irme aunque sea a Madagascar a montar una empresa. Porque es eso, montar una empresa, y a vivir”.

Un perfecto producto de nuestro tiempo, que es el de los majaderos para Aristóteles. Fabricados en serie por la necropolítica neoliberal, como decía la otra. Autolegitimados por la falacia de que gracias a ellos los madagascareños y las magadascareñas dejarán por fin de aburrirse por la playa o la sabana, pasando a las alegrías del euro diario cosiendo botas de deporte diez horas al día.

Moral unánime

Se ha tenido siempre a sí misma toda moral por la única verdadera, la única de personas decentes, considerando a sus alternativas bien como desviaciones bien como inventos del diablo. Ahora se nos dice que cada uno ha de responsabilizarse de su propia salud, y que esto sería un auténtico imperativo moral. En un primer momento hasta nos parece bien, resulta lógico y sobre todo beneficioso. Pero luego cae uno en la cuenta de que en realidad se trata de la única moral que reina indiscutible en nuestros días, la moral del ahorro heredada de los inversores calvinistas.
Así que fumadores, bebedores, obesos en general, el caso es que no se puede negar que cuestan una pasta al erario público, a la sociedad nada menos, y es que les tendremos que acabar sufragando todos los carísimos tratamientos más que otra cosa paliativos de sus futuras enfermedades terminales.
Así que cuando consideramos que el no atracarse de torreznos y ponerse ciego de sobrasada, el abstenerse hasta el día de la muerte de toda suerte de habanos, y el huir del carajillo y el gin-tonic como de la peste, en el fondo hay que tomarlos por imperativos de índole moral, lo que estamos suscribiendo es el único imperativo moral que hoy todos entienden, “no despilfarres, por lo demás haz lo que quieras”.
De templo del espíritu santo a alma de la Caixa. Pero entonces nos invade una cierta tristeza, parecida a esa de llamar al jubilado “unidad de gasto”, la amargura en la que se siempre se ha desarrollado la vida del contable. El cabrón del contable.

Falsedad, impudicia

Lo único que queda, al final, es la honradez para contigo mismo, la  voluntad de no engañarte nunca, a ser posible, no caer en la impostura, en la farsa, en las despreciables autocomplacencias siempre mentirosas por definición.

No hay nada más que valga en este baile universal de máscaras que no ponerte ninguna ante ti mismo, costumbre que es lo más fácil de perder del mundo. Pero cuando la pierdes todo lo has perdido y está perdido todo, desde ese momento nada vale nada porque tú no vales nada, es como si estuvieras muerto o mucho peor porque ni siquiera puedes estar seguro de estar vivo. Simplemente eres un falso, alguien que puede pretender solo de este modo serlo todo.

Lo que menos vale entonces es tu nombre, tu imagen, tu reputación, lo que menos vale es pretender tenerla como si eso fuese algo, tuviera algún sentido, porque los demás se te han vuelto también entonces rotundamente falsos.

Sindiós

Darse perfecta cuenta de que todos tienen razón, absolutamente todos sin excepción (¿también los del Opus?), de que a fin de cuentas no hay ningún mortal que si hace falta no sea capaz de dar cuenta de lo que piensa y dice y hace (por supuesto según grados en la escala de la destreza raciocinante), eso es lo que a uno le llevaría a volverse majara perdido si no tuviera en él algo de lo que Nietzsche llamó “gran salud”, la salud necesaria para “vivirse en otras almas pero siempre desde la experiencia más propia”. Viajarse por las conflictivas mentalidades diferentes; hasta imitarlas, parodiarlas, escarnecerlas, ejerciendo de cínico, “el cinismo, lo más alto sobre la Tierra”.
Porque el único problema humano real, y la madre de todas las guerras, en suma, es el autoengaño, la íntima falsedad que todo lo enturbia.