Archivos Mensuales: septiembre 2015

Telemadrid

Alguien dijo que lo de Franco no fue una dictadura sino una dictablanda. Se debía referir, en el fondo, a que si hubo, y hay, un nazi alemán, y un fascista italiano, lo que hubo, y hay, en nuestra tierra, es un fachita de mierda. O sea, que los alemanes y los italianos tuvieron el fondo paganazo imperturbable, mientras que los de aquí iban por el imperio hacia Dios, y el catolicismo les frenaba, en el sentido de hacerlos más fariseos y mentirosos. También se oye hoy que en España no hay extrema derecha, algo extremadamente sorprendente y si no que pongan Telemadrid tal día como hoy 14 de Septiembre de 2015 a eso de las doce y media de la mañana. Era el tema de los indigentes que afean y empuercan la plaza madrileña de Tirso de Molina (tan bonita como la había dejado el grandioso Gallardón, de Madrid a (su) cielo). Porque en la plaza madrileña de Tirso de Molina los indigentes venga a mearse, a cagarse, a emborracharse, a pincharse, a espantar el turismo. Y en los países más prósperos de nuestro entorno, como Noruega, como Suecia, ¡como Hungría! (mete el cuchillo aquí el fachita de mierda), a los indigentes se les echa, se les expulsa, se les pone una multa por estar, por ser, por ocupar un espacio y un tiempo. En Telemadrid se nos viene a decir sin decirlo (es el puro silogismo del cobarde fascista de fondo cristiano) que a los indigentes hay que matarlos (de hambre, de gas) porque son gentuza, chusma, canalla que impide el progreso. Se asimila todo esto al discurso neoliberal, el indigente es malo para la marca España. No se trata tanto de que no sean de nuestra gloriosa estirpe, aquella que fecundó el nuevo mundo, esa que pobló Tordesillas, sino de que ocasionan grave perjuicio económico.
Ya se sabe que el fachita de mierda está obsesionado con el indigente hasta el punto de quemarlo vivo. Sin duda porque sabe que es su doble, que él se ve en el indigente, que entre el indigente y él no hay ni la separación del filo de una cuchilla de afeitar. El fachita de mierda no habría hecho nada en su puñetera vida para merecer no ser un indigente, y por eso le odia, y por eso no le puede ver, y por eso quiere exterminarlo. Ahora, con lo de los refugiados sirios, toda esta gente europea, esta chusma, va a resucitar con el máximo esplendor. Y tenemos que estar preparados, tenemos que planear algo para salvar a nuestros indigentes de ser quemados vivos. Porque tal y como va el mundo y la vida, indigentes lo podemos ser todos, no nos quepa la menor duda.

(Por cierto que mientras nos cabreaban con todo esto, en la parte de abajo de la pantalla se nos avisaba que, de haber hoy unas elecciones, ganaría la Aguirre. ¡Ah! Pero ¿se puede votar a las muertas?)

Comentario a una rauda y memorable viñeta de “El Roto”

De repente la derecha europea se vuelve buenecita, sacan lo de los derechos humanos, confirman su identidad de demócratas y de cristianos, o de nacional-católicos opusdeístas. Ya se sabe que su proeza es desmentir al Evangelio desde dentro del Evangelio, es decir, hacer viable la definitiva reconciliación del Dinero con Dios, como si Jesús, al expulsar a los mercaderes del templo, lo que habría estado implicando, en realidad, no fuese sino que a la Bolsa no se va a rezar sino a especular seriamente, como Dios manda. Cuanto más atroz sea este capitalismo más necesidad tiene del Papa Francisco, de alguien exactamente como él. Sin los éxtasis de la caridad cristiana el capitalismo sería de todo punto insoportable para los seres humanos y tarde o temprano reventaría por sí solo.
Ahora los derechones, y sus bien pagados bien-pensantes, nos quieren mover a otra de sus mendaces conciliaciones de siempre, la del altruismo compasivo con lo que uno de ellos ayer llamó “egoísmo inteligente”. (Ya se sabe que Rajoy como es más tonto de lo normal resulta mucho más claro: por supuesto que somos solidarios, pero no vamos a serlo a cambio de nada). Los sirios van a conseguir que sean sostenibles nuestras pensiones, representan una interesante inyección de capital humano y de recursos de todo tipo, aseguró el caritativo experto de turno.
Así que de nuevo se dibuja ante las insaciables y voraces fauces del empresariado cristianísimo el paraíso terrenal de Díaz Ferrán, ruicesmateos y los demás de su calaña: plusvalías suculentas, pistonudas, porque esta vez los desgraciados del mundo se hallan en el colmo, y van a tener que elegir entre ser despanzurrados en un bombardeo o que les chupen la sangre a ellos y sus hijos por cinco euros al día.
(Por otra parte nos han cerrado todas las salidas del miedo, porque en UK acaban de derrotar la iniciativa del suicidio asistido en nombre de la sacralidad de la vida, o sea, que tu vida no es tuya, pertenece a un Dios de esos, casualmente el suyo, y por eso se convierte tan a menudo en una muerte en vida).

Entenderlo todo

Me da la impresión de que quien piensa que lo puede entender todo es simplemente un iluso (o un idiota o nos quiere vender algo).
Claro que, como al fin y al cabo hay una experiencia interior que sería la experiencia del entender (sin entrar en el complejísimo asunto de que tal experiencia sea o no definitiva del entender mismo) tenemos que reconocer la posibilidad de alucinaciones consistentes en figurarse comprender cosas cuando en realidad no se comprende nada. Por eso el imbécil es tan disculpable aunque dañino (y por eso es tan fácil para cualquiera caer en la imbecilidad).

Y otra posibilidad más inquietante todavía es la de que en realidad no haya nada que comprender, ningún mensaje en absoluto, porque entonces toda experiencia de comprensión sería alucinación extrema o por partida doble.

Bla, bla

Es muy importante, y ello como guía de conducta en la vida, atender y atenerse sólo a lo que podamos entender, o bien a lo que se pueda entender, contando con que por supuesto nunca tendremos esa diferencia en absoluto clara. Atenerse a lo que podamos entender, por mucho que haya que aplicarle una buena dosis de esfuerzo, si el caso lo merece, o si creemos que lo merece.
No fingir nunca que entendemos cuando de verdad no entendemos, porque de lo contrario nos acabaremos perdiendo, a lo peor irremisiblemente, o en la miseria pura y dura, o en esa forma inicial de toda miseria que es la palabrería del autoengaño.