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SER CIENTÍFICO

Entendiéndolo como rasgo de carácter, o mejor, como disposición, es «científico» el que se halla presto a reconocer, cuando es oportuno, que se ha equivocado. Muy pocos lo son hoy, si es que hay alguien. Y entre filósofos, y entre periodistas y políticos, y en las redes sociales…

LIBERTAD DE EXPRESIÓN

La difícil o imposible responsabilidad significa (intentar) hablar (en público sobre todo) solo de lo que uno propiamente sabe. En opinión de un colega no muy fino, opiniones hay tantas como culos y algunas nos pueden llevar al matadero. Me entero hoy de que, sin las vacunas, las subvariantes actuales de la ómicron acabarían matando más o menos igual que la gripe española. La libertad de expresión que, según cerebros de la talla de Agamben, protege a los lúcidos antivacunas que fueron por ahí gritando en Viena que la vacunación es lo mismo que el asesinato, ha de ser puesta en cuestión o suspensión. Del virus deberían hablar públicamente los que saben del virus, cosa absolutamente lógica porque saber no es creer.

La libertad de expresión no debe extenderse, así sin más, a los ignorantes ni a los estúpidos en asuntos que afectan a la vida de cientos de millones de personas. Esto dicho en el sentido de que ninguna opinión que se haya demostrado criminal debe gozar de impunidad. Pero hoy casi nadie reconoce, siquiera, haberse equivocado cuando está claro que se ha equivocado. Recuerdo a la muy inteligente Babette Babich encabezando el movimiento internacional contra las mascarillas. Según ella, eran muy nocivas para la salud. No la he escuchado decir nada después sobre el asunto, seguirá tan pancha.

LA VIRGINIDAD

La mística cristiana de la virginidad, tal y como Foucault la documenta y la examina en los santos varones del siglo IV, es quizá el delirio más loco del que he tenido noticia en mi vida. Pura materia psiquiátrica, pero institucionalizada y llevada a la práctica. Lo único de interés que se puede extraer de todo esto es que para estos señores tan enfermitos la sexualidad era el mal en sí.

El PLACER

Aunque habría que considerar las adicciones para matizar esto adecuadamente, me parece cada día más probable que el criterio de la acción correcta no es otro que el placer, y que, por tanto, para citar a Nietzsche, Kant «se volvió idiota» con lo del imperativo categórico. Es la corporalidad bien organizada o no decadente la que nos dice qué es lo correcto, en cambio el decadente elige invariablemente lo que le perjudica. Es el placer del otro y el placer tuyo los que sirven de criterio. Lo cual por supuesto que no excluye el esfuerzo incluso duro; y lo cual nos pone de manifiesto hasta qué punto la vida que vivimos en nuestra época va hacia abajo, es decadente. Porque cuántas cosas hace hoy la gente que vayan realmente acompañadas de placer?

EL CRISTIANISMO

Al leer LAS CONFESIONES DE LA CARNE, a uno le asalta a veces la potente impresión de que el Cristianismo, por lo menos aquel hacia el siglo IV, es por encima de todo una insufrible cursilería. Pero ya sabemos lo que comentó la cristianísima María Zambrano, que la cursilería es la hermana de leche del fascismo. Una descomunal y perniciosa cursilada había sido el platonismo, el simplificado. Gente invertida que por encima de todo no está dispuesta a mancharse viviendo en el mundo. Y según la mejor María, el hombre fascista no es sino la extrema degradación de ese idealismo filosófico tan caro a Occidente.