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INVESTIGAR EN NOCHEBUENA

Cierta deformación profesional, que no enfermedad mental todavía, pienso yo para tranquilizarme, me habría llevado a tragarme la programación de Nochebuena de Televisión Española. Al final, creo que el tremendo, penoso esfuerzo igual ha valido la pena: confirmación más allá de toda duda de una de las tesis fundamentales de Carlo Cipolla, la de que la fracción de gilipollas (el célebre número épsilon de cretinos) se mantiene constante a lo largo del tiempo en cualquier comunidad humana. Quiere decirse, con independencia de régimen político y época, ya sea franquismo, transición o democracia, los años sesenta, setenta o el siglo XXI. Son igual de numerosos los imbéciles, no importa las veces que se haya reformado el sistema educativo. Y a veces, como aquí, apostaríamos a que son exactamente los mismos, o las mismas familias de merluzos manejando el cotarro.

JESÚS DE NIETZSCHE

“67. Jesús de Nazareth amaba a los malos, no a los buenos: el espectáculo de la indignación moral de los buenos hizo que hasta él mismo maldijera. En todas partes en donde se juzgaba, tomaba él partido contra los que juzgan. Quería ser el destructor de la moral.

68. Dijo Jesús al hombre: ‘¡Ama a Dios como yo le amo, como su hijo: qué nos importa la moral a nosotros los Hijos de Dios’. “

(NF-1882, 2 [41])

NIETZSCHE Y LOS JUDÍOS

“Hay que hacerse a la idea de que cuando un pueblo sufre y quiere sufrir de fiebre nerviosa nacional y ambición política—, su espíritu queda cubierto por toda suerte de nubes y perturbaciones, en definitiva, por pequeños ataques de embrutecimiento: por ejemplo, entre los alemanes de hoy, unas veces es la estupidez antifrancesa, otras la antijudía, otras la antipolaca, otras la cristiano-romántica, otras la wagneriana, otras la teutónica, otras la prusiana (…).

Todavía no me he tropezado con ningún alemán que haya simpatizado con los judíos; y por muy incondicional que sea el rechazo del antisemitismo propiamente dicho por parte de todos los hombres prudentes y políticos, lo cierto es que esta prudencia y esta política no se dirigen, pongamos, contra la naturaleza misma del sentimiento, sino solo contra su peligrosa desmesura, particularmente contra la expresión insípida e ignominiosa de este desmedido sentimiento, — no hay que engañarse sobre este punto. Que Alemania tiene en abundancia suficientes judíos, que el estómago alemán, la sangre alemana pasan penurias (…) para acabar siquiera con ese cuanto de ‘judío’ (…). ‘¡No permitir la entrada a nuevos judíos!’ (…)

Pero los judíos son, sin lugar a dudas, la raza más fuerte, más tenaz y más pura que vive ahora en Europa; saben cómo triunfar aun en las peores condiciones (mejor incluso que en condiciones favorables), por medio de determinadas virtudes que hoy gustan de ser tachadas de viciosas, — gracias, sobre todo, a una fe decidida que no necesita avergonzarse frente a las ‘ideas modernas’; ellos cambian, si es que lo hacen, siempre solo a la manera como el Imperio ruso realiza sus conquistas, — como un imperio que tiene tiempo y no es de ayer —: es decir, de acuerdo con el principio ‘¡lo más lento posible!’ Un pensador que cargue sobre su conciencia el futuro de Europa deberá contar, de entre todos los escenarios que se plantee sobre dicho futuro, con los judíos y también con los rusos como aquellos factores más seguros y más probables en el gran juego y lucha de fuerzas. Lo que ahora en Europa se denomina ‘nación’, y que en realidad es más una res facta que nata (incluso a veces se parece, hasta casi confundirse con ella, a una res ficta et picta), es en todo caso algo que está en devenir, joven, fácilmente desplazable, todavía ninguna raza, ni mucho menos algo aere perennius como lo es la raza judía: ¡estas ‘naciones’ deberían guardarse cuidadosamente de toda competencia y hostilidad irascibles! Que los judíos, si quisieran–o si se les obligara a ello, como parecen querer los antisemitas—, podrían tener ahora mismo el predominio, de hecho, literalmente, el dominio sobre Europa, es algo incontestable; que no trabajan ni hacen planes en esa dirección, también. De momento quieren y desean más bien, incluso con cierta importunidad, ser absorbidos y succionados en y por Europa, anhelan por fin ser estables, tolerados, respetados, y fijarle una meta a la vida nómada, al ‘eterno judío’—; y uno debería tener muy en cuenta este tira y afloja (…) e ir a su encuentro: para lo que tal vez sería útil y justo proscribir a los vocingleros antisemitas del país”

Más allá del bien y del mal-251.

No es Nietzsche antisemita

No se dirige su “odio” contra Israel, todo lo contrario. En realidad lo admira porque sería el pueblo de la más intensa voluntad de poder, triunfante en las condiciones más adversas. Y admira la época de los Reyes por encima de todo. Pero cuando llegaron a dominar en él los sacerdotes, se las arreglaron para supeditar toda interpretación del acontecimiento al esquema verdaderamente idiota o simplista de “obediencia o desobediencia a Dios”. O sea que dió comienzo la metafísica del verdugo que iba a hacerse universal con el cristianismo de Pablo. Y aquí sí que comenzaría ese “odio” al sacerdote.

La soledad

En uno de sus apuntes más personales, Wittgenstein nos da razón de la consabida sentencia pascaliana, y es que estar a solas con uno mismo más de dos minutos seguidos sería como encerrarse en una habitación con un tigre. Que venga Freud y lo vea…

PESSOA : LA PATRIA DEL ESCRITOR

“No tengo ningún sentimiento político o social. Sin embargo, en un sentido tengo un alto sentimiento patriótico. Mi patria es la lengua portuguesa. Nada me pesaría que invadiesen o tomasen Portugal si no me incomodaran personalmente. Pero odio con odio verdadero, con el único odio que siento, no a quien escribe mal portugués, no a quien no sabe sintaxis, no a quien escribe con ortografía simplificada, sino la página mal escrita, como persona en sí misma, la sintaxis errada, como gente a quien se golpea, la ortografía sin y griega, como un escupitajo directo que me enoja independientemente de quien lo escupe”

(Livro do desassossego, p. 440. Relógio D’Água Editores 2013).

CONSEJO PATERNO

Me recomendaba mi padre, ante audiencias públicas o en escritos no privados, no tratar de religión ni de política, por lo menos si quería evitar problemas serios con la gente. Ahora caigo en la cuenta de que no se estaba refiriendo con ello solo a una estrategia válida para sobrevivir como escritor en aquellos tiempos de franquismo (y desde luego no solo en ellos). Lo que me estaba comunicando, sin duda, era que religión y política vienen a ser esencialmente lo mismo.

Erasmo y Nietzsche

Con su idea crucial de la ciencia gaya, jovial, alegre, Nietzsche parece haber apuntado al centro mismo del pensamiento de Erasmo de Rotterdam, destrozándolo. Ambos genios parecen trabarse en una lucha de gigantes, porque el de Rotterdam es sin duda lo que se puede llamar el cristiano noble, extremadamente culto e inteligente. La vida del deleite y del placer (¿y qué sería de la vida sin ellos?) es para Erasmo la estulticia pura, del mismo modo que el pene y el coño, a diferencia de las partes serias y decentes del cuerpo humano, solo mueven a risa, siendo como son la fuente de toda vida, incluida la de los filósofos y los prelados con toda su sublime seriedad. Cuanto más tonto, más despreocupado y feliz es uno, a imagen de los niños o los viejos. La sensatez nos llevaría por el contrario al desprecio del mundo, a una insoportable incomodidad en él, que nos deja el vigor extenuado. Comprobamos con esto, una vez más, que el testimonio de todos los sabios que en el mundo han sido, los de la escondida senda, fue siempre el mismo: esta vida no vale nada. Hasta que llegó la gaya ciencia, claro, una radical subversión de los valores milenarios.

EL LIBRO II DE AURORA

AURORA. LIBRO II (Cátedra “Nietzsche” del Ateneo de Madrid, 25 de noviembre de 2020, 19-21 h.) (Réplica a Víctor Conejo).

        El libro Aurora tiene la intención de desmontar nuestros prejuicios morales, de carácter cultural, o sea, la cultura básicamente cristiana, aunque no solo cristiana. Nietzsche emprende desde este momento el trazado de una auténtica psicología moral de la cultura europea, de índole genealógica y, por lo mismo, intensamente crítica, que culminará, en su obra de madurez, en la propuesta de una transvaloración de todos los valores.

Esta psicología nietzscheana, ya desde sus comienzos, se instala en el plano afectivo (instintos, pasiones, afectos) puesto que es ahí donde se generarían las valoraciones, las tasaciones o apreciaciones del valor, solo desde las cuales se diseñan nuestras concepciones de la vida y del mundo, o de las relaciones sociales intra- y extra-psíquicas. La mente afectiva, o el cuerpo nietzscheano, constituye entonces, como esencialmente valorativo o interpretativo, el núcleo vivo de toda moral y de toda cultura históricas. En ese cuerpo se anudan lo psicológico y lo moral, en una consideración psicológico-cultural, crítica, que es la de la genealogía.

El topo que es el filósofo genealógico va horadando el suelo y el subsuelo de nuestra humanidad, hasta llegar a la última capa a la que podemos descender (MBM), que es la constituida por los Triebe, esos impulsos o pulsiones que serían anteriores, incluso, a los meros instintos. Lo primero que hay que especificar, entonces, es la naturaleza de esos impulsos que conforman la raíz última de lo humano (cultural). Son actividades, modos de actuar que se van a entender en este libro segundo desde el modelo más primitivo que es el de la asimilación de alimento. Necesitan los impulsos nutrirse de los sucesos que constantemente tienen lugar a nuestro alrededor. Pero ese comer que es propio de las pulsiones acontece como interpretación, como valoración consistente en el intento de adueñarse del sentido de lo que sucede. Nietzsche descubrirá que, en esa su valoración interpretativa de los sucesos del mundo, lo que de verdad se cumple es que los innumerables y diferentes impulsos ajustan o pretenden ajustar el sentido de eso que sucede en cada caso a las condiciones de su crecimiento de potencia (la unidad de todos los Triebe, se nos dirá más tarde con toda claridad, es justamente la voluntad de poder). El aumento de potencia se experimenta corporalmente, nada más y nada menos, como felicidad. Y al final de este libro segundo, el filósofo reconocerá que lo que va a pretender él, al criticar los valores morales dominantes, no es sino aumentar el poder de la humanidad, es decir, nuestra felicidad.

En segundo lugar (cfr. el crucial 119) va a descubrir Nietzsche que, en su valorarlo, las pulsiones ponen en el acontecimiento muchísimo más de lo que en él en sí mismo hay. Y es que las pulsiones fabulan, inventan, poetizan: son una verdadera dichtende Vernunft (nos acordamos en este punto de la razón poética de Zambrano). De manera que, si alguien, al modo metafísico tradicional que el mismo filósofo impugna y neutraliza con su empresa genealógica, quisiera hablar de una “esencia” de la vida, tendría que decir entonces que la tal es poetización o ficcionalización, la vida como fuerza afirmativa que pone las interpretaciones. La voluntad de poder, en suma, como fuerza cósmica incesante e inconscientemente creativa.

Pero además, ocurre que las pulsiones se relacionan entre sí, se valoran (moralmente) unas a otras. Es lo que sucede sobre todo con el trabajo cultural de las mismas, cuando por ejemplo unas veces se nos enseña a despreciar a una de ellas llamándola “cobardía”, al modo griego, o se nos enseña a ensalzarla denominándola “humildad”, a la manera cristiana (las pulsiones no tienen un estado de naturaleza, sino que nos las enseña el Estado, leeremos en un apunte). De esta interacción pulsional modulada cultural e históricamente surge y se desarrolla la conciencia humana, que es lenguaje. Las diversas culturas históricas proceden a podar las pulsiones como si fueran bonsáis, a unas las hartan de comida y a otras las dejan agonizar de hambre y de sed.

Con los referentes de Schopenhauer y, cómo no, del Cristianismo, se procederá a examinar críticamente en este Libro II el origen de la valoración fundamental en la época del filósofo, y sin duda en la nuestra: es bueno el autosacrificio, la abnegación, en definitiva, es bueno el que se entrega al cuidado del otro y se identifica con su sufrimiento, compasivamente. La compasión como valor fundamental y el yo como lo odioso en sí (Cioran, Zambrano…). A lo largo de su historia tan compleja, el movimiento cristiano habría alternado entre esta valoración, que es la que al final se impuso, o sea, la del amor al prójimo o al vecino, y aquella más primitiva en que solo una cosa es importante: la salvación eterna de uno mismo. Cuando la fe en los dogmas cristianos se debilitó a consecuencia de la ilustración y del consiguiente escepticismo ante todo lo increíble, entonces se desarrolló la valoración de la compasión y del autosacrificio como núcleo de ese movimiento político y cultural. Se trata de una valoración fundamental que habría colonizado todos los ámbitos de nuestra cultura, los seculares incluidos (por ejemplo, ese verdadero catecismo de la humanidad de Auguste Comte). Para todos nosotros, los más revolucionarios incluidos, y ellos aun exagerándolo, el mandato moral indiscutible es el del altruismo y la compasión: “vivir para el otro”.

Pero leemos aquí que la compasión es un término general que más que nada enmascara la realidad de unas pulsiones en ebullición que quieren cosas muy diferentes. Unas veces, esa palabra oculta un sentimiento de superioridad sobre el compadecido; otras, un remedio infalible contra el aburrimiento; en ocasiones, hasta una venganza contra alguien a quien admirábamos; y en el caso del santurrón una puesta en escena absolutamente necesaria para medrar en la política. En cualquier caso, lo cierto es que los compasivos multiplican la miseria humana. Todo el que de verdad siente el dolor del otro quedará destruido por la proliferación inmisericorde de ese dolor en los medios de comunicación actuales. Recordamos entonces a Jung cuando consideraba que el ser humano está capacitado para enterarse solo de lo que ocurre a setenta kilómetros a la redonda. O a una psiquiatra lacaniana contando que a su consulta llegaban los pacientes verdaderamente traumatizados por las noticias de cada día. Por otra parte, en las éticas helenísticas ya se decía que si no te soportas a ti mismo, porque eres feo y odioso, entonces haces muy bien en dedicarte al otro: la compasión como huida. En suma, la compasión debilita y destroza si es genuina, y podríamos concluir, aludiendo a Spinoza, ese predecesor de Nietzsche, que la ayuda a los demás y la solidaridad las exige propiamente la razón concebida como utilidad propia: nada es más útil a un ser humano que otro ser humano. Pero no ese sentimiento de la compasión, que nos puede hundir y que, por otra parte, generalmente humilla al que es compadecido. Porque ¿a quién le gusta que le compadezcan?