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Acerca de marrodri57

Catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid Interesado principalmente en Nietzsche y la Filosofía de la Mente (Psicoanálisis, María Zambrano, Wittgenstein, Posthumanismo, Historia del Pensamiento)

COVID EN MADRID

A finales de noviembre de 2020 me sentí enfermo una tarde de sábado, con “síntomas compatibles” con el coronavirus, y la cosa iba a peor. A eso de las 23 h. llamé al teléfono dispuesto al efecto por la Consejería de Sanidad de la CAM. Me contestó una mujer latinoamericana que me hizo rellenar a distancia una especie de formulario con mis datos personales y con mis síntomas del momento. Luego me dijo que me no saliera, que me aislara en mi casa y que esperara a partir del lunes la llamada en la que me dirían lo que tendría que hacer y a dónde ir para realizar la prueba correspondiente. Así lo hice, y hasta hoy, 18 de abril del año siguiente, no me ha llamado nadie. Me busqué la vida yo mismo con una prueba de antígenos que dio negativo. Menos mal.

Hace unas dos semanas, como quiera que me enterase de que a un conocido más joven que yo, o menos viejo que yo, ya le habían vacunado, me decidí a llamar a la Consejería de Sanidad otra vez, no sin cierto escepticismo. Me cogieron el teléfono cinco o seis minutos después de decir ¡UNO! (“vacunaciones”), para decirme simplemente que habían estado intentando localizarme por teléfono el 2 de abril, viernes santo, para citarme para la vacunación, pero que no lo habían conseguido, de modo que la cita no fue confirmada…Pero en mi móvil no había ningún mensaje ni llamada del 2 de abril, y quise entonces asegurarme de que tenían bien grabado mi número, pero la mujer me dijo que ellos no tenían acceso a “la lista” y no podían verificar ni modificar nada. Me tranquilizó asegurándome que me iban a volver a llamar, pero que no se podía saber cuándo. El día 9 de abril seguía yo sin tener noticias del asunto y volví a llamar. Cuando estaba a punto de colgar por la tardanza, cogió el teléfono un hombre para decirme que me habían citado por teléfono ese mismo día para el día siguiente, el 10, a fin de vacunarme en el Palacio de los Deportes (creo recordar que así lo llamábamos antes, aunque no estoy seguro; él no dijo eso sino un extraño nombre que debe ser de alguna empresa de las que se entienden con esta gente). En mi teléfono no había ninguna llamada ni mensaje que se pudiera corresponder con la suya.

Cuando llegué al Palacio de los Deportes al día siguiente a las 13 h. me encontré con que no había casi nadie, según se decía por el miedo a la vacuna. A no ser con un personaje bien trajeado, de ademán patricio, paso calmo y porte solemne de muy señorón, al parecer el mismísimo Consejero de Sanidad en persona, rodeado de una nube de elementos humanos de menor estatura, de índole más zafia, y también de algunas cámaras de televisión y micrófonos. Había por allí cerca un tenderete del PP, con banderolas azules y rojigualdas. En el control de abajo, tras tomarme la temperatura, me localizaron enseguida por el ordenador en el registro o en “la lista”, y me dijeron que pasara y que subiera al primer piso. En el ordenador del primer piso, al lado del puesto de vacunación, la que allí trabajaba no pudo localizar esta vez mi nombre en el registro, y tuvo que llamar al informático que por allí pululaba para preguntarle si no habría habido un fallo en la red o sería cosa del software. El informático estuvo manipulando el chisme y se limitó a musitar con gesto serio: “hay que hacerle todo el registro otra vez, partiendo de cero”. Se nos había unido otra trabajadora con aspecto de voluntaria que expresó sus sospechas acerca de mis intenciones al ir allí a vacunarme sin estar en el registro, pues eso nunca les había pasado. Yo hice que me enfadaba (me puse en plan “¡usted no sabe quién soy yo!”), y la de las sospechas parece que se achantó ante mi reacción, a la que sin duda debía estar acostumbrada en su ambiente. Al final me registraron “a partir de cero”, y al punto acudió muy amable una señora de edad indefinida y el pelo a lo garçon, con el aspecto inequívoco de haber sido o ser monja, y de haber tenido que ver con aquello de la Sección Femenina. Se portó muy bien conmigo al vacunarme, por ejemplo al decir yo: “¡Y ahora a desnudarme!”, ella se echó unas risas de buena gana, y repuso: “¡Hombre, no, que ya no estamos para esas cosas!”, a lo que respondí que yo tampoco. Después de la inyección, aliviado del estrés de todas estas aventuras y de toda la incertidumbre pasada, no pude por menos de exclamar: “¡Qué alegría, ya estoy vacunado!”. Y ella, a guisa de cordial despedida, me dijo: “¡No!, no estás vacunado, te queda la segunda dosis. Eso sí, este es el primer paso”. Me fui de allí contento, pero preocupado: ¡sabe Dios por lo que tendré que pasar para que me pongan la segunda dosis!   

EDUCANDO A FOUCAULT

Esta vez Rafael Narbona defeca sobre Foucault. No quiere entrar, nos dice al principio él, en el tema de la supuesta pederastia, y no es que la llame por su nombre, por la sencilla razón, añade, de que cada uno es libre de organizar su vida sexual como quiera. Como al decir esto no puede estar significando que en esa libre organización de cada uno entrarían niños y niñas, hay que interpretarlo más bien como una hábil estrategia de su parte para no levantar en la mente del hipotético lector las inevitables asociaciones mentales con la Santa, Católica, Apostólica y Romana, fuera de la cual no hay salvación. Pero en lo que sí entra con su energía de siempre es en la censura y corrección inquisitoriales de los graves errores del gran filósofo, en lo esencial reivindicando la “normalización” de lo que no es normal, apelando a su absoluta necesidad. Es de risa. Sermonea a Foucault con la auto-obligada severidad benevolente característica del párroco leído y modernillo. Es cierto que nadie a estas alturas negará que la psiquiatría y la psicología clínica, cuando ejercidas por buenos profesionales, son necesarias, y aun preciosas, si de verdad las necesitamos. Pero me parece a mí que lo que sí normaliza poco es el cristianismo, y aun llega a hacer que empeoren, en el creyente predispuesto, las oscilaciones patológicas del ánimo, sus ups and downs. Sobre todo si han sido en su raíz provocados, en los que eran menores, por el abuso sexual, ciertamente no desconocido en esos contextos educacionales. En eso lo que de verdad ayuda, creo, es el psicoanálisis clásico, o si no la simple y llana venganza.

LA FUERZA MAYOR

“Pues apenas hay deseo de una vida mejor, sobre todo cuando este precede a cualquier otra consideración hacia la existencia, que no sea expresión directa, o apenas velada, de esa incapacidad simplemente para vivir en la que se resume lo esencial del trastorno mental” (Rosset)

LA ALEGRÍA SEGÚN ROSSET

“La alianza entre la alegría y la crueldad es lo único que podría explicar el carácter corrosivo y despiadado de toda alegría profunda, como es el caso del temperamento y humor españoles, al revés de lo que sucede en el caso de la ironía, del sarcasmo, del esperpento, del humor negro, del llamado humor del absurdo o de los meros juegos de palabras, que requieren un vínculo de la tristeza con la crítica moral inherente a la idea de un mejoramiento del mundo”.

(Rafael del Hierro exponiéndonos a Rosset)

“EN TIEMPOS DE PANDEMIA”

“En tiempos de pandemia” – como dicen los periodistas, protagonistas absolutos de esos tiempos: les brillan los ojos más que nunca – volvemos a descubrir que es imprescindible atender y cuidar de la “cosa pública”, no solo por civismo sino también porque quedarse aislado es ahora muy peligroso (¿cuándo me llamarán para vacunarme? ¿me llamarán para vacunarme? ¿me dejarán salir de mi cárcel cotidiana?). Pero enseguida volvemos a descubrir lo que ya sabíamos antes de vivir “en tiempos de pandemia”. Que, en general, intervenir en la cosa pública, en la microscópica medida de nuestras posibilidades, no solo no nos sirve de nada, sino que nos perjudica día tras día llevándonos a la mayor de las indignaciones como esclavos de la actualidad sin vida propia. Porque todos los políticos se revelan entonces como lo que son, lo que se dice quedan retratados en su abuso, en su brutalidad, en su estupidez. La cosa pública es la cosa sucia, y mancha mucho, lo exige todo y todo nos lo arrebata.

EL POETA NIETZSCHE, DE MONTOLIU

“(…)

Quien no pueda danzar al par del viento,

Quien haya de ceñirse ligaduras,

Espíritus decrépitos, ancianos prematuros,

El gazmoño, el hipócrita, el farsante,

Huyan de nuestro alegre paraíso.

Arrojemos el polvo del camino

A las narices del enfermo; a golpes

La nidada espantosa de los tristes.

Y disipe en la costa nuestro aliento

El aire infecto que su pecho expira

Y el opaco claror de sus miradas.

Guerra al que enturbie el cielo, al que ennegrezca

El mundo, a todo aquel que arrastre nubes;

Despejemos los ámbitos celestes.

Ruja nuestro furor. Sublime espíritu

De los libres espíritus, contigo

Ruge cual tempestad mi noble dicha.

(…)

(Nietzsche: Fragmentos de AL MISTRAL)

EL ACTOR ESENCIAL

El ideal griego. – ¿Qué admiraban los griegos en Odiseo? Sobre todo, la capacidad de mentir y la capacidad de tomar con astucia represalias terribles; estar a la altura de las circunstancias; parecer más noble que los más nobles cuando hace falta; poder ser lo que uno quiere; perseverancia heroica; disponer de todos los medios a su alcance; tener espíritu– su espíritu es la admiración de los dioses, los dioses sonríen cuando piensan en él– ¡todo esto es el ideal griego! Lo más digno de subrayarse es que aquí la oposición de parecer y ser no se siente en absoluto, y por lo tanto no se imputa moralmente [no hay juicio moral]. ¿Hubo alguna vez actores tan radicales?

Nietzsche, Aurora IV, 306.

NO HAY “YO”

“One of the most exciting recent research fields in neuroscience and experimental psychology is mind-wandering – the study of spontaneous or task-unrelated thoughts. Its results have radical implications for politics, education and morality. If we consider the empirical findings, we arrive at a surprising result of profound philosophical significance: cognitive control is the exception, while its absence is the rule. Much of the time we like to describe some foundational ‘self’ as the initiator or cause of our actions, but this is a pervasive myth. In fact, we only resemble something like this for about a third of our conscious lifetime. We don’t exactly know when and how children first learn to do it, and it’s plausible that many of us gradually lose it towards the end of our lives. As far as our inner life is concerned, the science of mind-wandering implies that we’re only rarely autonomous persons”

(Thomas Metzinger, 2018)

MUERTE EN MADRID

El pasado 5 de Diciembre, sábado, a eso de las 23:30 de la noche, me iba sintiendo cada vez peor, con los denominados “síntomas compatibles con la COVID-19”. Siguiendo lo que creía el protocolo para el caso, llamé al número dispuesto al efecto por la Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid. Una mujer joven de cálido acento latinoamericano me requirió una buena cantidad de datos, tanto personales como relativos a mis malestares orgánicos de aquel momento, supongo bien que para rellenar no sé qué informe modelo estándar. Terminó preguntándome si tenía dificultades para respirar, y como por fortuna no las tenía, la cosa se quedó en la tajante instrucción de que no saliera de mi casa, que permaneciera a ser posible bien recluido en una habitación, y meditando en la responsabilidad infinita del posible contagiador a lo peor asintomático. Hasta que me llamaran de la Sanidad madrileña, me comunicó, para decirme dónde y cuándo iban a hacerme el test de antígenos tan necesario como por ello obligatorio. Pero ya que mi instinto me estaba avisando, como suele hacer siempre que me van a dar gato por liebre, pregunté antes de colgar cuándo preveía ella que me tocaría la prueba, a lo que me contestó que no era posible decirlo en aquel momento con certeza, pero que yo, como ciudadano madrileño, podía estar tranquilo porque sería tan pronto como fuera posible. Puedo decir que hoy, a las 15:36 h. del día 3 de Enero del año siguiente a esta conversación que menciono, todavía estoy esperando la llamada preceptiva de la Comunidad Autónoma de Madrid para citarme para la prueba de marras. Y si no me he enfadado es porque muchos me han contado que con todos hacen lo mismo, de manera que no se trata de nada personal, menos mal. Contratan por cuatro euros a gente con necesidad para contestar toda la noche al teléfono rellenando datos que luego nadie va a consultar para nada.

Aquí en Madrid ya se sabe que ante la pandemia cada uno ha de salvarse a sí mismo, buscándose la vida como pueda o como Dios le dé a entender. Porque no es una Autonomía para viejos, sin duda, ahí está lo ocurrido en las residencias cuando no permitían llevarlos al hospital estando en las últimas. Muchas muertes aquellas, que no tendrán consecuencias penales, dicen algunos que por causa de tantos jueces del Opus y/o franquistas, en cualquier caso de la misma banda de los que aquí mandan, aunque no sé si creérmelo. Por ejemplo yo, a mis sesenta y tres años, como no tengo más remedio que ir a trabajar en el transporte público, me habría hecho ya casi del todo a la odisea cotidiana de ir sorteando en el Metro a los que van cantando sin mascarilla y a pleno pulmón para sacarse unos céntimos, y a los que de repente te tosen encima sin asomo de consideración, o a los que comen su bocata con la boca de par en par al lado de tu cara. He sido todo un héroe de la paciencia, igual que lo era Ulises, soportando las averías de los trenes que te dejan tirado media hora en un túnel entre dos estaciones, con el vapor caliente de la respiración animal de tanta gente que se aplasta contra tu propia respiración animal. No sé si pude fiarme al final de aquel consejero de la Comunidad que cargaba airado contra los indeseables que sugieren que el Metro de Madrid no es absolutamente seguro contra el contagio del corona. Cuando sí que lo es, según él, y absolutamente, si se guarda la debida distancia, con la mascarilla bien calada, y ese gel hidroalcohólico salvador que, oiga, lo regalan, pusieron hasta doscientos expendedores en toda la red, para que luego digan, y hasta vinieron los medios aquel día. Ahora que, en cuanto a la orden de guardar la distancia de seguridad en el Metro de Madrid, que venga Dios, o Groucho Marx, y lo vean.

Ya se sabe cómo funciona, cuando no queda otra, lo de la solidaridad entre los que estamos tan achuchados, mi mujer me presentó a su médico y el buen hombre supo hacerme un hueco en enfermería para que me practicaran lo de los antígenos, apuntándome en una casilla que tienen destinada a los “transeúntes”, lo que me hizo mucha gracia. Antes lo había intentado en un hospital privado muy moderno donde anuncian cosas de milagrosería estética de rostro y caracteres sexuales secundarios, pero no hubo manera porque allí ni te cogen nunca el teléfono ni te contestan emails. En fin, al final, como di negativo me puse muy contento, y por si eso fuera poco ahora estoy unos días de vacaciones, descansando, apartado del trago del transporte público madrileño. Aunque dicen de él nuestras autoridades lo mismo que dicen de las aulas para la docencia, que se está más seguro en el vagón atestado, o dando clase a niños innúmeros seis horas al día, que en la calle paseando al aire libre, y me imagino que con esto que dicen no nos quieren hacer pasar por tontos.

Pero la verdad es que sí estoy preocupado con lo de las vacunas que vienen. Porque parece que hay que esperar a que le llamen a uno. Y no te dicen quién te tiene que llamar ni cuándo. Así que cuando veas que la CAM nunca te llama no vas a saber a quién preguntar ni a quien quejarte. Entre medias igual te mueres, está claro, sobre todo con lo de la variante británica. Yo estoy seguro de que a mí por lo menos de la CAM jamás de los jamases me llamarán. Va a ser raro que te llamen de la CAM para vacunarte porque todos sabemos que para que aquí se haga algo tiene que haber beneficio de por medio, el legítimo lucro de sus teóricos, bien monetario bien electoral. Si la vacuna se tendrá que poner gratis entonces no les va a interesar a estos un comino, porque no solo no van a ganar sino que encima tendrán que poner dinero para transporte o distribución. Así que nada, cada vez me queda más claro que la única solución es rezar e ir a misa, como bien nos aconsejaba la misma presidenta madrileña. Que Dios la tenga en su gloria.