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Acerca de marrodri57

Catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid Interesado principalmente en Nietzsche y la Filosofía de la Mente (Psicoanálisis, María Zambrano, Wittgenstein, Posthumanismo, Historia del Pensamiento)

Nietzsche y el fin del cristianismo

La posición nietzscheana final respecto del cristianismo es la de la «guerra a muerte» en el Anticristiano. En el Crepúsculo se mantenía aún la idea del enemigo cuya supervivencia es para nosotros necesaria. Pero guerra a muerte significa simplemente desprenderse del cristianismo como enemigo. Es decir, en adelante ser cristiano será simplemente de mal gusto o incomprensible. Ese es el modo de que termine.

LOS PILARISTAS Y LA TRANSICIÓN

Decía muy simpaticonamente Fernando Savater aquello tan célebre de que «contra Franco vivíamos mejor». Pero Heidegger dejó muy claro que vivir-contra implica vivir-con, o no poder vivir sin. Los pilaristas, a pesar de las apariencias, nunca han podido vivir sin Franco. Sánchez Dragó reverenciando a Abascal, y Krahe con sus gracias irreverentes. En todos los casos la clave es edípica.

ESCENAS DOMINICAS: EL FALANGISTA

Uno de los tres mejores servicios al educando del colegio Virgen de Atocha de los Padres Dominicos es tan imposible de negar como los otros dos. Entre sus muros se decían y se hacían, y se dejaban de decir y de hacer, cosas tan extrañas, tan fuera del limitado sentido común del niño y el adolescente, que la curiosidad de los que estudiábamos en sus aulas se llegaba a excitar hasta extremos tales que desarrollaba enérgicamente en casi todos nosotros el pensamiento lógico, en todas sus formas, y aun el más fino atisbo instintivo. Mucho más que con los libros y las clases, dónde va a parar. Por poner un ejemplo, el misterioso caso de los hermanos Gijón. Nadie sabía a ciencia cierta qué hacían allí, cuál era su función en el complejo entramado docente-discente tan bien engrasado que era el centro. Profesores, alumnos, los curas, el conserje que como siempre era guardia civil retirado, los empleados de la limpieza, lo que hacían todos ellos estaba claro (aunque, como es habitual, menos claro en el caso de los curas). Pero ¿y los Gijones? Uno de ellos era persona se puede decir que normal, se le veía achuchado por las cosas de la vida común de aquellos años sesenta, se le veía nervioso yendo de un lado para otro con dos manojos de muchas llaves, uno en cada mano. Yo un día no me pude contener y le pregunté con timidez de qué era profesor. Se puso firmes inmediatamente, e hinchando el pecho bien levantado contestó que ¡profesor inspector! No sabía bien yo qué podía ser eso, pero después de observarle en su despacho, un cuartucho como de zapatero en la planta baja, pero que en lugar de suelas de cuero y diversas piezas de metal punzante y cortante se hallaba repleto de llaves colgadas por las cuatro paredes, aventuré la conclusión de que “profesor inspector” venía a ser algo así como amo de llaves. Además, un día me mandó a su mismo domicilio a pedirle a la mujer unas llaves que se le habían olvidado y le hacían falta. Un piso modesto lleno de niños, algunos arrastrándose a gatas por el pasillo, todos llenos de mocos, y una caca nada reciente en una esquina al lado de un sonajero y cerca de un zapato infantil tirado de perfil. Los hogares españoles en los años sesenta se habían convertido en auténticos criaderos o incubadoras en serie donde se dejaban la piel a diario las mujeres casadas, convertidas en fábricas humanas de la prole destinada a levantar el país.

El otro Gijón, don Isidro, era muy diferente, un tío muy raro, hoy algunos dirían “chungo”. De medio cuerpo para arriba tremendamente musculoso, hiperdesarrollado, se decía que era campeón de España de lucha grecorromana, de medio cuerpo para abajo unas piernas finas rozando lo escuálido, así que el conjunto un cruel contraste. No valían las bromas con don Isidro. Algunas veces llegaba y nos sacaba al gimnasio para luchar contra todos nosotros sucesivamente sobre el tatami. Y no es solo que, claro está, nos retorciera y nos tumbara a todos, sino que nos aplastaba contra el suelo hasta que casi se nos ponía la cara azul y se nos cortaba la respiración. (Con las excepciones del oso Muñoz y de Argimiro Julián, que le dieron mucha guerra, y de mí mismo, que el solo día que me tocó enfrentarme a él me moví tan rápido, impulsado por el pánico, que el gorila aquel no pudo llegar a trincarme por mucho que lo intentó). También solo de vez en cuando llegaba a clase y nos decía que nos pusiéramos a estudiar, pero con la muy seria advertencia de que el delegado apuntaría en la pizarra los nombres de los revoltosos, porque revoltosos siempre los hay, y además las veces que cada uno de los apuntados faltara a la más severa disciplina. Al delegado le decía que un alumno desconocido de todos era su confidente, y como no cumpliera con su misión ya se podía ir preparando para lo peor. Al cabo de una hora regresaba y sacaba a todos los que estaban apuntados en la pizarra en el orden ascendente de su gravedad delictiva. Entonces se ponía delante del desgraciado de turno, encendía un enorme puro y le soplaba el humazo en plena cara. Cada vez que la víctima tosía o cerraba los ojos le propinaba una tremenda bofetada. Pero no era este castigo el que más placer le causaba a don Isidro, sino el de enfrentar a dos de los delincuentes y exigirle por turno a cada uno de ellos que abofeteara al otro. A cada bofetada gritaba entusiasmado “¡más fuerte!”, “¡más fuerte!”, como en loco frenesí, hasta que las dos víctimas se caían por el suelo llorando y con la cara casi del color de la sangre. También ocurría que inopinadamente irrumpía en las duchas después de la sesión de gimnasia con otro profesor, armado con un zapato de dureza considerable y nos corría a zapatazos contra la piel desnuda, todos gritando de dolor y de terror.

Don Isidro era todo un enigma. Pero algo entendí de él el año 69, ese mes de julio en que los norteamericanos llegaron a la luna. Llevaban un tiempo los curas animándonos a pasar una temporada acampados en la sierra, que si los valores del montañero, la naturaleza obra de Dios, el aire puro fuera de la ciudad. Debió ser que a mis padres los liaron con la misma cantinela, pero el caso fue que de repente me encontré en un campamento de la Organización Juvenil Española, con un uniforme de pantalón corto y una gorra de béisbol en la que se podía leer “Iniciación” (¿iniciación a qué?, me preguntaba yo). Vi un mástil con tres banderas, la de Falange, la tradicionalista y en el medio la nacional del águila. También recuerdo haber visto desfilar al son de la música militar a jóvenes con el uniforme de la OJE propiamente dicho. Una mañana nos agruparon a los de la iniciación en una pequeña pradera, y apareció de repente el mismísimo don Isidro Gijón con camisa azul y boina roja, para enseguida subirse a una especie de podio. Al parecer nos iba a arengar (ya sucedía desde el primer día que, al despertarnos, por los altavoces nos daban la consigna del día, una costumbre extrañísima). Empezó relatándonos la vida de José Antonio, de lo que solo he retenido que era “de rancio abolengo”, si bien esto tenía la dificultad de que yo no estaba muy seguro de qué significaba “abolengo”, y además tenía entendido que el sentido de “rancio” era muy peyorativo. Ni mis compañeros ni yo hacíamos el menor caso cuando los mayores que aquí mandaban se ponían trascendentes hablando de su líder amado, fuese José Antonio o Jesucristo. Simplemente nos poníamos a pensar en nuestros asuntos, los que sí nos interesaban. Pero abruptamente el talento de orador de Isidro Gijón nos sacó de nuestro ensimismamiento al adquirir su discurso un tono casi patético:

«Porque ¿qué significa ser falangista? ¡Eso! ¿Qué significa ser falangista? Os voy a decir algo muy importante que sin duda os asombrará: ser falangista no es llevar la camisa azul, ser falangista no es cantar un himno, ser falangista no es desfilar con nuestra bandera. ¡¡Ser falangista es un estilo de vida!! ¡¡Un modo de estar en el mundo!!»

Alcanzó solo hasta aquí el verbo isidril, no dijo más. Pero con eso fue suficiente, porque yo pensé inmediatamente en el estilo de vida de Don Isidro Gijón, tal y como se manifestaba con nosotros en el colegio. Un frío glacial me atravesó todo el cuerpo hasta el corazón y tuve que irme de allí a toda prisa. No quise saber nada más de esa gente. Poco después volvería a las marchas por la montaña, pero esta vez con los scouts católicos y españoles. Para llegar a la conclusión, al final, de que gente normal, lo que se dice normal en el mejor sentido de la palabra, probablemente no la haya en ningún sitio.

ESCENAS DOMINICAS: EL CURA PEDERASTA

De las dos mejores cosas que se podrían decir del colegio Virgen de Atocha, por lo menos en el tiempo transcurrido de 1963 a 1974, una de ellas es que tuvimos que sufrir solo a un cura pederasta (bueno, también había otro, pero este no era cura). Y en once años un cura pederasta es muy poco, y dice mucho a favor de este centro educativo, habida cuenta de la miseria sexual que era general en la época, unida a la tradicional lubricidad de los colectivos religiosos del Catolicismo. Bien es cierto que se trataba de un catolicismo, aquel, que era nacional o mejor nacionalista, un catolicismo muy españolón, y ya se sabe que a la Legión les gustan las mujeres mucho más, incluso, que el mismísimo ron. Abundaban en sus aulas hijos de militares del ejército franquista, así que…Tampoco sé, por otra parte, si los pederastas tienen o no sus gustos particulares, es probable que no a todos les interesen los mismos niños o las mismas niñas.

Mi primer recuerdo del padre Gallego, de la Orden de Predicadores, data de mi temprana niñez en el colegio, verdadera caverna platónica. Un recuerdo enmarcado en inquietantes sesiones de lo que llamaban “catequesis”, que se celebraban en un sórdido salón de actos de construcción creo recordar que de madera. Varios grupos de críos en pantalón corto rodeaban a los catequistas (¿o catecúmenos?). Recuerdo muy bien a uno de ellos, un jovenzuelo (tal como lo veo ahora) al que, mientras hablaba sin parar, le sobresalía hacia fuera y hacia abajo el labio inferior (“belfo”), dejando a los críos divisar en su cara interna una especie de pústula blanquecina. Expulsando salivaciones de color crema a la vez que le resonaba la voz, el catequista o catecúmeno se explayaba sobre lo que sería un pasaje del Viejo Testamento. Solo recuerdo el nombre judeocristiano “Zebedeo”, pronunciado y repetido varias veces, “Zebedeo”, “Zebedeo”, y amenizado por escupitajos tipo spray de color crema dirigidos más o menos a los rostros infantiles. Fue entonces cuando hizo su aparición estelar aquel fraile con la jocunda intención de animarnos, comunicándonos una alegría más de nuestro tiempo que acertara a compensar la formativa severidad de la doctrina sagrada. Interrumpiendo a los catequistas, o catecúmenos, como haciendo un recreo que daba por legítimo, el padre Gallego, alto, delgado, de piel blanca como traslúcida, medio calvo y con gafas de sol en aquella penumbra, comenzó a bailar delante de todos los circunstantes, estupefactos, recogiéndose la blanca sotana por los bordes de abajo, mientras cantaba el aire aquel de Palito Ortega: “La felicidad que sentíamos, y todo gracias al amor”. Más adelante me iba a ser preciso recurrir al amor spinoziano al orden necesario de las cosas, amor más bien místico al orden natural o divino, para poder superar el trauma estético que me infligiera con su intervención el padre Gallego.    

A tus cinco o seis años, tras recogerte en sus brazos amorosos, se ponía a sobarte el padre Gallego por donde a su libido se le antojara. Y su libido era implacable, insaciable, hiperhormonada como estaba por la renuncia de su voto. Recuerdo bien un día al padre Gallego con las manos blandas y sudonas en mi cuello y situado a mi espalda, todo lo largo que era, mientras repetía mi nombre con mucho cariño. Y a la vez, justo en aquel momento, otros tres curas de aquellos, justo a nuestro lado, allí pegados, comentando sus cosas entre sí como si tal cosa, como si estuvieran acostumbrados al espectáculo del terror que se tenía que expresar en la mirada atónita y el silencio gélido del niño acojonado. Luego, con el paso de los años, hice un duro esfuerzo y supe comprender la tragedia del pederasta, presa de esa parafilia que le arrebata su capacidad de decidir. Supe de la dificultad de juzgarle con la debida ecuanimidad (aparte de que, como dice el Papa ese comunista, no es en absoluto lo peor la pedofilia, y hace tantos años las cosas se veían de otro modo). También leí las consecuencias de lo que le hace al niño o la niña el pederasta, que si la personalidad múltiple, que si el trastorno límite de personalidad, que si el suicidio. En fin, como pequeña aportación ya propuse una vez una medida equilibrada, que tendría la ventaja doble de librar al pederasta de la vergüenza pública y a su víctima de años de terapia y fármacos. Bien atado de pies y manos se le dejaría, ¿por qué no?, en una habitación cerrada e insonorizada a la merced del abusado, ya adulto, ya musculoso, ya consciente de todo, y poniendo a su disposición un bate de béisbol a poder ser de esos modernos de aluminio.

En fin, jamás lo contabas a un adulto, de la pura vergüenza. Pero el miedo se te hacía tan patente que a tus compañeros no se lo pudiste ocultar, y al final hablaste, y hablaste. Fue entonces cuando el padre Gallego dejó de aparecer por donde ibas tú, te quedaste sin las elocuentes demostraciones de su cariño. Y todo volvió a la normalidad. Alguna noticia me llegaría después, pero no puedo garantizar su veracidad. Que el sobremanera robusto, a la par que desenvuelto, Argimiro Julián, le propinó un puñetazo y le dejó en el confesionario sangrando por el labio y medio inconsciente. Que al final le pillaron con una de las mujeres de la limpieza y le “desterraron” a un “convento de castigo” en Asturias (con una mujer adulta sí que les castigaban, probablemente porque ellas sí lo contaban a los adultos). Lo que puedo asegurar es que no lo volvimos a ver. Hasta que empezó el Curso de Orientación Universitaria, el primer año que aquel colegio de curas admitió a mujeres como estudiantes. Entonces aparecería ante nosotros un sacerdote arreglado y serio, bien vestido, al que presentaron como el nuevo psicólogo que el centro ponía a disposición de los jóvenes para resolver esos problemas que muchos tienen en esa edad tan difícil. No había perdido el tiempo el padre Gallego en su retiro asturiano, se había hecho psicólogo estudiando a distancia. Y se nos ofrecía para todos esos problemas que ya se sabe tienen los jóvenes.

Me es imposible recordar el nombre de pila del padre Gallego, es probable que nunca llegara a saberlo. Cuando el otro día me acordé de él, volviendo a casa con mi perra, me picó la curiosidad y busqué algún dato en Google. Sale un tal Juan José Gallego, también dominico, que podría coincidir con el que menciono porque nació en 1940. Pero no, porque se ha pasado la vida en Valencia y en Barcelona, y además es especialista en exorcismos, y defiende al colectivo de “los poseídos” porque a su juicio es uno de los colectivos más abandonados que existen. Aunque claro, vaya usted a saber, porque el que sin duda estaba poseído, el pobre, era mi padre Gallego, y cabe la posibilidad de que, como psicólogo fracasado, pues ya se sabe que el diablo se pasa la ciencia por salva sea la parte, acabara practicando exorcismos, sobre todo sobre sí mismo.   

ESCENAS DOMINICAS: EL PADRE OREGUI O.P.

Durante los once años que pasé en aquel lugar, no se sabe si más o menos siniestro que la misma época aquella de la recta final del franquismo en vida de Franco (1963-1974), el colegio Virgen de Atocha de los Padres Dominicos, si hacemos caso de su ideario pedagógico, y a tenor de las excelentes calificaciones que sus profesores me iban dando año tras otro, tuvo que hacer de mí un chico trabajador, que no necesariamente inteligente, y con la cabeza no sobrecargada con las cosas del cristianismo, que si el mes de María, y el infierno, y el sexto mandamiento, y toda la historia aquella de amar a los que te dan por saco. Hoy acabo de recordar, como en una ráfaga, ¡cosas de la memoria en los cerebros que ya envejecen!, una anécdota con el padre Oregui O. P. La verdad es que no soy capaz de recuperar su nombre de pila: solo veo el letrero dorado del confesionario en que se leía, al pasar por delante, nada más que PADRE OREGUI O. P. El caso es que iba yo una mañana muy entretenido con mis pensamientos, como muy a menudo me ocurría, cuando me abordó un compañero más joven con quien prácticamente jamás había cruzado palabra. “Dice el padre Oregui que quiere verte, que vayas, está en la clase de 5ºA”. Me extrañó el recado porque yo tampoco había tenido tratos con aquel cura, un sujeto más bien alto y mal encarado, como si el mundo le debiera algo o le hubiera ofendido en algo muy sensible para él, un sujeto con el rostro asimétrico y mirada torva, de los que no presagian nada bueno. De gente chunga, te lo decía el instinto. En fin, estaba yo muy acostumbrado a obedecer sin hacer reparos, allí nos educaban en eso, en la sumisión. Subí las escaleras y entré en 5º A. Allí estaba él rodeado de muchos muchachos con un aire como de embeleso. Me supe deleitar por un momento con lo evangélico de una escena que se me antojaba edificante y salvífica, una escena que justificaba por sí misma la existencia de la institución dominica, llevando al orden del amor a las almas adolescentes. Fui a presentarme debidamente y, una vez que el fraile me tuvo frente a frente, y bien a tiro, me hizo una pregunta que me pareció inocente o indiferente, y le respondí que sí. Justo entonces, como si le hubiese hincado un hierro candente en el ombligo con mi respuesta afirmativa, me propinó un golpe descomunal con una mano derecha de pelotari medio mongo de aquellos de los frontones euskaldunes. Salí despedido, arrancado del suelo, literalmente volando, para estrellarme de perfil contra la pizarra, y caer como un saco de patatas sobre el suelo. Me costó lo mío recuperarme físicamente de aquello, pero el daño psicológico fue mucho mayor. Había sido un sorbo brutal de injusticia humana, una inmersión inmisericorde en la sustancia trágica de la vida, prueba filosófica radical. El casi todavía niño que era yo no sabía qué delito había expiado con semejante hostiazo de aquel repartehostias profesional, pero mayormente consagradas. No tenía ni idea de qué pecado había cometido contra el padre Oregui aquel, a quien no conocía sino de vista y de nombre, ni contra la comunidad dominica que Dios tenga en su gloria, ni en resumen contra la humanidad considerada como un todo o como el cuerpo místico de Cristo. Después de sufrir semejante humillación de parte de la mala bestia o de la bestia parda, el padre Oregui me despidió displicente, como poseído por el orgullo de haber cumplido con su deber cristiano, una vez más, de hacer justicia en la Tierra (su justicia, porque yo no la podía comprender). Al fin y al cabo, más méritos con vistas a la vida futura en el más allá, que era lo que sin duda más le importaba al elemento aquel. Pues los dominicos no solo se jactaban de ser compasivos sino también de tener «sentido crítico».

Hoy, cincuenta años más tarde, volvía a casa con mi perra, pensando sencillamente que el padre Oregui se había portado conmigo como un grandísimo hijo de puta, con perdón, ya puesto a utilizar un lenguaje trasnochado, juvenil y machista, de hace medio siglo. Y se me apeteció buscarle en Google para ver si podía enterarme de qué había sido de él, pero sobre todo de dónde vivía ahora. Tal vez un número de teléfono, tal vez una dirección electrónica, igual hasta una dirección postal para ir a verle y decirle a la cara la clase de escoria cobarde y abusona que era, que debía seguir siendo. O mejor no, que estas cosas pueden traer complicaciones. Tal vez mejor hablar con alguien necesitado, que por una cantidad nada exagerada se le presente a lo quede de padre Oregui para darle un buen repaso de mi parte…En fin, calma, pasó hace medio siglo, y tenemos que amar a nuestros enemigos porque hemos ido a buenos colegios que nos lo enseñaron, colegios de enemigos nuestros que nos estrellaban la cabeza contra la pizarra.

Pero lo que encontré en Google fue reconfortante, reconciliador, olvidé toda mi inquina. Hay un Centro de Salud Fray Luis Oregui, construido a costa de mucho esfuerzo y mucho trabajo, para ayudar a los necesitados por pura compasión y caridad cristianas. Tiene que ser él el festejado en ese nombre, porque en el proyecto está implicado el Virgen de Atocha. ¡De manera que el padre Oregui habría llegado casi casi a los altares! Fue la hostia que me llevé hostia de santo. La hostia que me tragué sirvió para algo, y eso me quita el dolor de la humillación, que fue la hostia. Sin duda, el santo padre Oregui, ya fallecido, tuvo que arrepentirse de aquel hostiazo que me dio en algún momento de su vida, y ese arrepentimiento suyo, sin duda ninguna, le tuvo que servir para elevar el nivel de su santidad.

«PARA TODO EL MUNDO»

Resulta que ahora nadie duda de que la música clásica tiene que ser «para todo el mundo», igual que la filosofía tiene que ser «para todo el mundo». No cosas de cursis elitistas ni de eruditos que nadie entiende. Pero no hay una sola cosa que sea «para todo el mundo», como no sean los churros y las porras, y ni siquiera. Es imperdonable que en Radio Clásica interrumpan de repente un concierto de Brahms para que escuches una voz aflautada que imita a un niño diciendo gilipolleces sobre la biografía del músico (ese viejo tópico de que para imitar a un niño hay que hacerse el idiota). Es insoportable tener que leer a tontos del culo perorando «de filosofía» en redes sociales, charlas y papelajos de tres al cuarto que leen luego entre ellos. Eso mismo escandalizaba a Wittgenstein, de donde saco la vulgar expresión, y le ponía de verdad violento: «¡Esos tontos del culo que se atreven a meter sus manazas en el pensamiento de los grandes!». Con esto que estoy diciendo, el «elitismo» nada tendría que ver, ni el desprecio al «pueblo». Todo lo contrario, lo estoy respetando: un rapero tiene que pasar de Brahms, forzosamente, porque si no no sería rapero, igual que a un adepto de la secta evangelista forzosamente se le da una higa la Metafísica de Aristóteles, porque si no no sería evangelista. Los que vienen con la murga del todo para todos, no vienen en absoluto animados por un loable espíritu democrático, sino simplemente por el afán de llegar a un público cuanto más amplio mejor. Es decir, son vendedores, promotores, emprendedores, comerciales, lo que quieren es ganar dinero con la excusa de que en realidad están luchando por la supervivencia de la música clásica y de la filosofía. El único modo de justificar la cultura es que de verdad cumpla un servicio social, es decir, que se pueda vender. Por mí lo mejor es que se vayan a la mierda, porque están acabando con ellas.

MATA LA VERDAD

Un lacaniano muy versado en la obra de su maestro me vino a decir un día que la verdad es como una leche tóxica. Cuando gustamos su sabor nos convertimos en adictos y tendemos a apurarla hasta destrozarnos. Pero será una muerte bella y heroica, me parece, y para el caso da igual porque todos vamos a morir, y más vale morir intoxicados de esa manera que por cualquier estupidez.