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«(…) los alemanes, con sus ‘guerras de independencia’, han frustrado el sentido, la maravilla de sentido que en Europa suponía la existencia de Napoleón, — de ahí que tengan sobre la conciencia todo lo que vino, lo que hoy existe, esa enfermedad y sinrazón, la más nociva para la cultura que existe, el nacionalismo, esa névrose nationale de la que Europa está enferma, esa perpetuación de los pequeños Estados en Europa, de la pequeña política: ellos han metido a Europa, su sentido, su razón en un callejón sin salida. — ¿Conoce alguien, a excepción mías, un camino para salir de este callejón?… ¿Una tarea lo bastante grande como para volver a unir a los pueblos? …»
Ecce Homo, «El caso Wagner» 2
«Lutero, esa fatalidad de monje, restauró la Iglesia y, lo que es mil veces peor, el cristianismo, en el momento en que este sucumbía…¡El cristianismo, esa negación de la voluntad de vivir convertida en religión!…Lutero, un monje imposible, que, debido a esa su propia «imposibilidad», atacó a la Iglesia y —por consiguiente— la restauró…Los católicos tendrían motivos para celebrar festividades en honor de Lutero, para componer piezas dramáticas en su honor…¡Lutero — y el «renacimiento moral»! ¡Al diablo toda psicología! —Sin duda, los alemanes son idealistas. — En dos ocasiones ya, cuando, con enorme coraje y autosuperación, se había alcanzado una manera de pensar honesta, sin ambigüedades, totalmente científica, los alemanes han sabido hallar sendas furtivas para regresar al antiguo ideal, conciliaciones entre la verdad y el «ideal», en el fondo fórmulas para tener derecho al rechazo de la ciencia, para tener derecho a la mentira ¡Leibniz y Kant — esos dos obstáculos máximos para la honestidad intelectual de Europa!»
(Ecce Homo, «El caso Wagner» 2)
La canción del noctámbulo:
Los hombres superiores han sanado, los han curado definitivamente la palabra de Zaratustra y el aire que les trae Zaratustra. Están viejos y con el corazón cansado cuando salen a encontrarse con el misterio de la noche, pero se sienten “consolados” y “valientes”, y sobre todo “se sienten admirados en su interior de SENTIRSE BIEN EN LA TIERRA”. Parece que ha venido siendo propio de los hombres superiores el no sentirse bien en la Tierra, ¿o acaso ha sido propio, hasta hoy, de todos los hombres, del hombre? Descubren de repente que merece la pena vivir en la Tierra, y sienten que gracias al día que acaban de vivir junto a Zaratustra están felices de haber vivido una vida completa. Descubren, en fin, que aman la vida. A lo que enseña Zaratustra (a lo que les enseña a los suyos) sería a amar la vida: “¿Era esto la vida? (…) ¡Pues bien! ¡Otra vez!”. Es solo Zaratustra el que nos enseña a decirle a la muerte que, si esto era la vida, entonces ¡que venga otra vez! El pensamiento del eterno retorno de lo mismo no sería otra cosa que la expresión rigurosa del amor a la vida, es decir, aquello que nos sucede filosóficamente cuando el amor a la vida llega a ser amor verdadero. Es decir, cuando se hace incondicional o propiamente dionisíaco (el amor cristiano sería solo amor demediado, a la mitad de la vida). Por eso, porque son conscientes de que le deben su transformación y su sanación, los hombres superiores se lo agradecen a Zaratustra acariciándolo y besándole las manos, unos riendo y otros llorando.
Se hace el silencio porque va a hablar la profunda medianoche, y el hombre debe prestar atención. Parece que la profunda medianoche pregunta quién debe ser señor de la Tierra. Respuesta enigmática: “el que quiera decir: ¡así debéis correr, corrientes grandes y pequeñas!” Parece que esto podría significar que debe ser señor de la Tierra el que dé forma al tiempo con su voluntad, determinando cómo deben correr las horas, las corrientes grandes y pequeñas. “Imprimir en el devenir el carácter del ser es la máxima voluntad de poder”, escribió Nietzsche en otro lugar. Como el individuo soberano surgido por pura casualidad de la mala conciencia y del ideal ascético era en cierto modo el hombre capaz de disponer del futuro, el Superhombre o señor de la Tierra debe ser el capaz de redimir el pasado queriendo la repetición o el círculo, aprobando lo sido. “Los más puros deben ser señores de la Tierra, los más desconocidos, los más fuertes, las almas de medianoche, que son más claras y más profundas que cualquier día”.
¿Cómo se redime el pasado, a los muertos? ¿Cómo se redime el azar? La respuesta no es difícil de comprender, tiene que ver esencialmente con el dolor y el sufrimiento de los hombres, pero, sobre todo, tiene que ver con el placer. El humano rumia en su interior, casi siempre, su propio dolor, el sufrimiento que ha sido su vida. Y es esa rumia lo que le ha dado alma, lo que le ha hecho profundo. Ahora bien, es esencial considerar lo siguiente: el placer es más profundo aún que el sufrimiento. El dolor no se quiere a sí mismo, quiere pasar, quiere hijos y herederos que sientan alegrías y nostalgias. “El dolor dice: ‘¡pasa!’”.
Pero el placer sí que se quiere a sí mismo, es egoísta, no quiere pasar. Y ocurre, por si esto fuera poco, que el placer lo quisiera propiamente todo, es decir, quiere el dolor. Aprobar un instante de placer vivido significa aprobar la totalidad de la existencia, del mundo, porque “todas las cosas están encadenadas, entrelazadas, enamoradas”. Por eso el filósofo que siente placer sabe que al aprobarlo está aprobando y justificando todo el dolor que ha sentido en su vida, pues es condición de su placer e iría entreverado con él inextricablemente. En una palabra, todo placer quiere eternidad, la única posible que es la repetición del instante. “Pues todo placer se quiere a sí mismo, por eso quiere también el sufrimiento”, y por eso su egoísmo riguroso nos instalaría en la perspectiva de todas las perspectivas que es la eternidad.
«No soy un hombre, soy dinamita.– Y, pese a todo, nada hay en mí de fundador de una religión; las religiones son cosas de la plebe, yo tengo necesidad de lavarme las manos después de haber tenido contacto con hombres religiosos…No quiero ‘creyentes’, pienso que soy demasiado malicioso como para creer en mí mismo, nunca le hablo a las masas…tengo un miedo terrible a que algún día se me declare santo (…) No quiero ser ningún santo, preferiría ser un bufón…Quizá yo sea un bufón…Y a pesar de ello, o, más bien, no a pesar de ello–pues no ha habido hasta ahora nada más mentiroso que los santos–por mi boca habla la verdad. –Pero mi verdad es terrible: pues hasta ahora a la mentira se la ha llamado verdad. —Transvaloración de todos los valores: esta es mi fórmula para un acto de supremo autoconocimiento de la humanidad, que en mí se ha hecho carne y genio. Mi suerte quiere que yo deba ser el primer hombre decente, que me sepa en contradicción con la mendacidad de milenios…He sido el primero en descubrir la verdad, al ser quien primeramente ha sentido–que ha olfateado–la mentira como mentira. Mi genio está en mi nariz…Yo contradigo como jamás se ha contradicho y, a pesar de ello, soy la antítesis de un espíritu negador. Soy un alegre mensajero, como no hubo ningún otro (…)»
Ecce Homo, «Por qué soy un destino» I
Pero es evidente que la verdad y la mentira «en sentido extramoral» no pueden quedar al margen de esta práctica de la verdad en que Nietzsche condensa al final todo su pensamiento. Lo que huele a falso muy probablemente es falso también en ese sentido «extramoral».
Tras escuchar la canción de las hijas del desierto se oyen ruido y risas entre los hombres superiores. Zaratustra duda, pero al final lo interpreta como su victoria: los hombres superiores se han curado en su caverna, gracias a su presencia y sus discursos. Ya han olvidado el grito de socorro. Habrían vencido finalmente al espíritu de la pesadez y son convalecientes que han ido aprendiendo a reír: han aprendido la risa de Zaraustra. Pero da la impresión de que a este no se le quita del todo su titubear al respecto, porque si parece que los hombres superiores por fin habrían aprendido a reír es sin embargo probable que la risa que han aprendido no sea exactamente la de Zaratustra, que ante todo consiste en una risa de sí mismo. De todos modos, esta victoria sobre el espíritu de la pesadez, que significa haber aprendido a reír, aunque sea al modo de los viejos (cada cual ríe a su modo), nos está indicando que los hombre superiores, gracias al aire que les ha traído Zaratustra y gracias sobre todo al alimento de sus palabras hacia ellos, ya han dejado de ser los hombres de la gran náusea.
Sin embargo, la falta de seguridad en esta interpretación del propio Zaratustra reaparece ante el silencio repentino que se hace en la cueva: esta se vuelve, en efecto, mortalmente silenciosa. Ya no hay más risas. Es entonces cuando Zaratustra se asoma para descubrir que sus hombres superiores estaban adorando al asno, rezándole como viejas crédulas. ¡Se habían vuelto piadosos de nuevo! Se habían vuelto locos, concluye Zaratustra, y llevado por el dolor de la incomprensión y del asombro se pone a interrogarlos, primero al papa jubilado (que estaría encantado porque al fin habría encontrado algo en la Tierra que todavía se puede adorar); después, al caminante y sombra (que afirma que Dios vive de nuevo porque lo habría vuelto a resucitar su otrora asesino, el más feo de los hombres); luego al viejo mago malvado (que reconoce su estupidez al adorar al burro); y al concienzudo del espíritu (quien le dice que bajo la forma de burro sí que le resulta Dios creíble, pues la lentitud y la estupidez siempre son necesarias a la sabiduría y al espíritu). Pero la clave de todo este episodio se halla en la respuesta que le va a dar a Zaratustra, cuando le interrogue por último a él, el más feo de los hombres, aquel que había matado a Dios para después, es decir, ahora, volverlo a resucitar (se trata entonces del Dios cristiano) en forma de burro. Por lo que le va a contestar a Zaratustra, llegaremos a saber que el más feo de los hombres se ha recuperado, adorando al asno, de todo el daño personal y los padecimientos que le habrían ocasionado a él su asesinato de Dios. Dios ha vuelto a resucitar, lo habría resucitado el más feo de los hombres, y por eso está radiante.
Pero hay que aguzar el oído. Porque lo que aquí se quiere manifestar es que hasta que ha llegado la adoración del asno no se habría matado a Dios realmente. Y es que si se pretende matar a Dios de verdad, desde lo profundo de uno mismo, solo se pueda hacer de una manera: por la risa (y antes no se había hecho así, sino por la ira). Matar por ira conlleva una muerte a medias tan solo, no es manera de matar. Solo por la risa se mata de verdad. Y la adoración del asno resulta ser la parodia festiva que logra matar de verdad a Dios, en una muerte de la que ya no le cabría resurrección. Adorar al asno significa hacer un Dios de aquel que solo sabe decir sí, algo en apariencia muy dionisíaco. Pero el sí del asno es el sí de la pura estupidez: “¡Qué oculta sabiduría es esta, tener orejas largas y decir solo sí y nunca no! ¿Acaso no creó el mundo a su imagen, esto es, tan estúpido como le fue posible?”
Como no podía ser de otra manera, Zaratustra termina tomándose a risa la ocurrencia de los hombres superiores de adorar al asno. Como una chiquillada de quien quiere entrar, siendo niño, en el “reino de los cielos” (pero para el reino de la Tierra que es el de Zaratustra se requieren adultos). De sus palabras se desprende que la adoración y la fiesta del asno ha sido cosa de importancia, una divina travesura que habría acabado con la edad infantil de los hombres que es la edad de los dioses. Solo después de la celebración del asno, ya que es sacrificial, los hombres superiores se habrían vuelto verdaderamente alegres, eliminando por fin al espíritu de la pesadez. Esta vez de verdad. Más que una recaída, la fiesta del burro ha sido la reparación del error más importante, no haber matado como es debido. O sea, riendo.
En el mismo momento en que Zaratustra les deja, a los hombres superiores les vuelve a invadir la tribulación hundiéndose de nuevo en «el mar de la melancolía» (: se produce la recaída, retornan el juego malvado de las nubes errantes, la húmeda melancolía, los cielos nublados, los soles robados, los rugientes vientos de otoño). Porque hay todavía mucha miseria oculta que quiere hablar, mucho atardecer. Queda aún en los corazones mucho aire enrarecido, el aire de Europa, el aire del Norte, del Nihilismo. Zaratustra les había liberado de todo ese cielo oscuro y pesado que se les había llegado a hacer insoportable. Zaratustra con sus duras sentencias, dándoles a mamar alimento viril, con él habían degustado el aire fuerte y claro. Y es que en su presencia volvemos a poder respirar a pleno pulmón, nos olvidamos del ahogo, de la disnea, de todas las angustias: el Zaratustra sería la Biblia del hombre que se ha liberado, y a la vez el libro príncipe de autoayuda para los que son mínimamente imbéciles. Por eso le suplica su sombra que vuelva y que no se vaya.
Pero repentinamente la sombra o el viajero recuerda un episodio de su pasado en el que le rodeó un aire fuerte y claro similar al que aporta Zaratustra. Fue en un pequeño oasis en un desierto, bajo un cielo puro, azul, africano, donde pudo olvidar toda la pesadez del Norte europeo y su clima abominable que hace anhelar el alcohol y el Cristianismo. Se llegó a encontrar la sombra tan ligera en aquel oasis que improvisó una canción dedicada a las muchachas orientales que allí moraban, unas veces bailando y otras sentadas en calma. Verdaderas hijas del desierto, unas muchachas de verdad profundas pero sin pensamientos indescifrables. O sea, sin esa confusión, que ante los tontos a menudo pasa por profundidad, que es tan característica de quienes viven respirando las nieblas del Norte.
Vivir en el desierto no significa para nada vivir en la desolación. En el desierto más terrible y descorazonador podremos abrir nuestro propio oasis, solo hace falta que no llevemos el desierto guardado en nuestro interior. Nuestro pequeño oasis interior (la relación del yo consigo mismo) sería capaz de convertir en un verdadero paraíso el desierto más reseco e inhabitable. Ya sabemos que quien tiene su propio por qué para vivir puede soportar casi cualquier cómo. Perdidas en el inmenso desierto en apariencia invivible bailan en un minúsculo pero maravilloso oasis nada menos que unas muchachas orientales que son sus hijas, las hijas del desierto, recibiendo quizás por primera vez a un europeo que las contempla atónito, no se sabe si medio enamorándose de ellas o simplemente embriagado por la pureza azul del cielo africano tan diferente del europeo del Norte. El europeo vive entonces el momento extático en que se esfuman para él tanto su pasado como su futuro, experimentando el instante absoluto, la única dimensión de la eternidad.
Claro está que la pregunta que le viene inevitablemente a la mente a la sombra de Zaratustra cuando tiene esta experiencia entre las hijas del desierto es para qué hace falta Europa, o qué clase de progreso es el que representa Europa en el mundo. ¿Es un progreso real el de esa parte del mundo que sería la parte que progresa? En esta canción, en este ditirambo, se nos da la respuesta: a la vida más natural, más espontánea necesariamente le llegan también, de cuando en cuando, los sufrimientos y las depresiones, incluso la desesperación. Es la ley de la vida: Dionisos. También a las hijas del desierto que bailan en un oasis-paraíso les tiene que llegar el atardecer y el desánimo por mucho que se vayan a recuperar más adelante. Pues bien, justo para eso estaría Europa en el mundo, porque la cultura europea se ha especializado en fabricar reconstituyentes. “Reconstituyentes” como la moral (cristiana) y como el alcohol, que ya se sabe tienen efectos secundarios devastadores para la vida. Por ejemplo, la sombra o el viajero les va a levantar el ánimo a las hijas del desierto apelando al valor de la dignidad humana, al orgullo moral típico del humano europeo. Porque es el aullido de la virtud el ardiente deseo y la voracidad del europeo. La sombra de Zaratustra solo es capaz de entusiasmar a los deprimidos de esta manera, pues al fin y al cabo es europea y no puede hacer otra cosa. Para ponernos en pie los europeos recurrimos al sermón, no lo sabemos hacer de otro modo.
«Querido amigo, ¡viva la libertad, la alegría y la irresponsabilidad! ¡Vivamos por encima de nosotros mismos para poder vivir con nosotros mismos!
Tu fiel F.N.»
(Últimas palabras de la carta, escrita con su máquina de escribir recién estrenada, que Nietzsche desde Génova le dirige a su amigo del alma Heinrich Köselitz o Peter Gast en Venecia, el día 11 de Marzo de 1882)
«Sin embargo, me doy cuenta de nuevo de que la soledad absoluta para mí no es un capricho, sino la razón misma»
(De la carta de a Franz Overbeck, enviada desde Génova a Basilea, y redactada el 14 de Febrero de 1882)
Daimon. Revista Internacional de Filosofía, nº 76, 2019, pp. 67-77 ISSN: 1130-0507 (papel) y 1989-4651 (electrónico) http://dx.doi.org/10.6018/daimon/273521
Tecnotrascendencia como ilusión narcisista Techno-transcendence as a narcissistic illusion
MARIANO RODRÍGUEZ GONZÁLEZ*
Resumen: Esbozamos en este artículo, para empezar, lo que tal vez habría que denominar una genealogía nietzscheana mínima de nuestra creencia en la inmortalidad personal. A continuación, procuramos interpretar un texto muy relevante de Nick Bostrom, pero solo dirigiéndonos a sus márgenes, a sus lagunas, a lo que quedaría en cierto modo fuera del mismo. Justamente con la intención de mostrar que eso que queda fuera, la cuestión de la inmortalidad, puede ser lo que en último término dé sentido a la totalidad. Para terminar, nos serviremos de dos críticas muy lúcidas de esta desviación del pensamiento posthumanista que podríamos llamar, sin duda, la desviación esencial. Y concluiremos mostrando la necesidad de un posthumanismo que asuma un carácter decididamente crítico. Palabras clave: posthumano, inmortalidad, Nietzsche, Healthspan, crítica.
Abstract: In this paper we get started on sketching what perhaps should be called a minimal Nietzschean genealogy of our belief in personal immortality. Then we will try to interpret a very significant Bostrom’s essay, but just by addressing the reading to its margins, its lagoons so to say, to that which would somehow extend outside it. Precisely with the intention of showing that what is apparently outside, the issue of immortality, could be what ultimately gives meaning to the whole. Finally, we will be helped by two very lucid criticisms of this deviation of posthumanist thought that we might call, no doubt, its crucial deviation. So that we conclude by showing the need for Posthumanism to decidedly assume a critical stance. Keywords: Posthuman, Immortality, Nietzsche, Healthspan, Criticism.
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Orientados en el fondo por ella, aunque intentando estudiar el tema haciendo abstracción de la cuestión de si el pensamiento nietzscheano es o no precursor relevante de la filosofía de lo posthumano— probablemente en ciertas dimensiones sí lo sería, como ha mostrado parte de la obra de S. L. Sorgner1—, damos comienzo a este trabajo haciendo constar la sorpresa que a todo el que se interna en todo este asunto del trans- y del posthumanismo probablemente le provocará comprobar cómo se ha infiltrado en muchos de sus más conspicuos representantes el tan añejo discurso de la inmortalidad personal, a pesar de poderse considerar hoy, a mi juicio, más estrafalario que nunca. Ingenuamente lo podríamos tomar en un principio por una mera excrecencia, un desarrollo marginal, porque en todas las líneas de pensamiento que se van haciendo vigentes, o simplemente se van poniendo de moda, siempre los hay que aprovechan la ocasión para insertar en ellas esta su peculiar obsesión, por lo demás aún tan extendida. Pero, en un segundo momento, la relevancia que han adquirido para el marketing “filosófico” del transhumanismo las reflexiones de ingenieros y científicos tales como el célebre Ray Kurzweil o el quizás más famoso Aubrey de Grey—y digo reflexiones en el sentido corriente, porque el discurso de los ingenieros, con su pretensión de limitarse a relatar hechos y a hacer pronósticos, no me parece que se pueda considerar en sentido estricto un discurso filosófico—, tal vez nos debiera llevar al convencimiento de que la ilusión de la inmortalidad personal no ocuparía en absoluto un lugar secundario o una función accesoria en todo este asunto. Con ello, nuestra decisión es la de situarnos en una posición abiertamente crítica frente a la infiltración de semejante fantasía, por mucho que filósofas tan críticas como R. Braidotti eviten en el fondo hacerlo abiertamente, limitándose a expulsarla a un lugar completamente exterior, marginal, y por lo tanto insignificante. Cuando a nuestro parecer no lo sería en absoluto, por mucho que sea evidente que no todos los pensadores y pensadoras de lo posthumano participan, ni muchísimo menos, de esta desviación personalista a que pretendemos oponernos en este trabajo, sirvan de ejemplo los ya citados Sorgner y Braidotti. Pero, en cualquier caso, si es cierto que se trata de una cierta desviación respecto de la regla, como decimos, lo que sí nos gustaría mantener aquí es que nos hallamos, con ella, ante lo que se puede considerar la desviación esencial, y por eso es nuestra opinión que resultará muy conveniente reforzar el talante crítico del posthumanismo.
1 Lo que sin duda sería mucho más discutible es que se pueda presentar legítimamente a Nietzsche como de alguna manera precursor del transhumanismo, o, para ponerlo con otras palabras, si encajaría en el espíritu de la letra nietzscheana considerar verosímil la posibilidad de ir más allá de lo humano, de superarlo hacia el Übermensch, precisamente por la vía que nos abre la tecnociencia. Sorgner también habría venido defendiendo lo que él mismo denomina un transhumanismo nietzscheano en sentido débil, desde su intervención, que le hizo célebre, en el debate internacional a que dieran lugar sus artículos publicados en el Journal of Evolution and Technology (por ejemplo, “Nietzsche, the Overman, and Transhumanism”, Vol. 20, Issue 1, March 2009, 29-42 págs., o también, “Beyond Humanism: Reflections on Trans- and Posthumanism”, Vol. 21, Issue 2, October 2010, 1-19 págs.). Recientemente ha desarrollado el mismo Sorgner sus puntos de vista sobre este asunto, más elaborada y justificadamente, en su libro Transhumanismus—“die gefährlichste Idee der Welt”!?, Freiburg, Basel und Wien, 2016. Por otra parte, cuando redactamos estas líneas se está a la espera de recibir en las librerías la obra editada por Yunus Tuncel, cofundador del neoyorkino Nietzsche Circle, con el título de Nietzsche and Transhumanism. Precursor or Enemy?, Cambridge Scholars Publishing, 2017, en la que dilucidarán la cuestión algunos de los representantes más destacados de los estudios nietzscheanos en lengua inglesa.
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No podemos dejar de reconocer, por nuestra parte, que esta conclusión sería también algo así como una huella filosófica de determinadas experiencias personales: pienso sobre todo en uno de los congresos internacionales que se organizan periódicamente sobre cuestiones trans- y posthumanistas, porque durante su transcurso me quedé verdaderamente perplejo al comprobar la abrumadora presencia de teólogos, y las numerosas mesas redondas organizadas donde se iba a discutir apasionadamente la cuestión de la inmortalidad, como si se tratara de un objetivo milenario de la humanidad, ahora de consecución inminente. ¡Pero mi perplejidad quedó en muy poco comparada con la de un teólogo polaco cuando advirtió que a mí el tema no me interesaba en absoluto! 1. Inmortalidad personal Ese Nietzsche que, de alguna manera, y sin que vayamos a forzar demasiado el sentido de su pensamiento, podríamos caracterizar de “posthumanista”, reconocerá que es indispensable llegar a la “máquina”, esto es, al cálculo, a la robotización diríamos nosotros hoy, para que el resultado de esta civilización tecnocientífica que va siendo la nuestra cada vez en mayor medida, y probablemente sin que podamos evitarlo, una civilización que sin duda nos convierte a nosotros mismos en máquinas, nos traiga a todos nosotros el sentimiento del más profundo y desolador hastío. Justamente porque después del hastío llegará, cuando menos para algunos, el salto a lo totalmente otro, la liberación. Llegará la liberación, en efecto, para aquellos que sepan encontrar su placer en el sinsentido del mal, o sea, del azar, de lo incierto, lo imprevisto. Esto significa precisamente aquello que el filósofo alemán llamará, resumiéndolo todo, pesimismo de la fuerza. Habremos tenido que domar la suerte2, computándola, sometiéndola a golpe de algoritmo, porque solo después, únicamente así, podremos dar el salto a la alegría de lo real no computable. Esta tecnotrascendencia nietzscheana es la trascendencia inmanente de la vida como voluntad de poder, y la del Übermensch, en lo que a nosotros atañe, trascendencia inmanente del sentido de la Tierra que exige como conditio sine qua non la muerte de todos los dioses, incluidos por supuesto la ciencia como Dios y la tecnología como Dios. Ahora bien, toda la historia de la cultura representa una disminución de ese temor al azar, a lo incierto, a lo imprevisto. Cultura quiere decir, precisamente, aprender a calcular, aprender a pensar causalmente, aprender a prevenir, aprender a creer en la necesidad. Con el crecimiento de la cultura el hombre puede prescindir de esta primitiva forma de sometimiento al mal (llamada religión o moral), de esa «justificación del mal». Ahora le hace la guerra al «mal»– lo elimina. Es posible incluso un estado de sentimiento de seguridad, de creencia en la ley y la calculabilidad en el que éste aparece a la conciencia en forma de hastío,— en el que emerge como una excitación el placer del azar, de lo incierto y de lo imprevisto… Detengámonos un instante en este síntoma de suprema cultura—lo llamo el pesimismo de la fortaleza. 3
2 Tomando la expresión de J. Elster, Domar la suerte, Barcelona, Paidós Ibérica, 1991. 3 NF-1887, 10 [21], FP IV, 304-305 págs. KSA 12, 466-467 págs. (Fragmentos Póstumos 1885-1889, edición española dirigida por D. Sánchez Meca, Madrid, Tecnos, 2006. Friedrich Nietzsche Sämtliche Werke. Kritische
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Es la cultura más elevada la de este pesimismo de la fortaleza, que nada tiene que ver, sino que incluso representa todo lo contrario de la tradicional creencia en la inmortalidad personal, con su remoto origen en las religiones mistéricas de la antigua Grecia por lo que a nuestra historia occidental se refiere. «Pero en todo el mundo, donde hubo cultos secretos se dio también esa creencia en la duración continuada, y ciertamente bajo la perspectiva de la recompensa y el castigo»4, escribe Nietzsche ese mismo año, en un apunte dedicado a Pablo de Tarso, y a la paulina contraposición de la vida verdadera y la vida falsa, en el fondo tan antijudía y anticristiana, en opinión del filósofo, que el apóstol iba a recuperar de lo más sombrío del paganismo. Para la religión homérica, en cambio, una religión abierta o pública, diurna, esta creencia mistérica era la muestra de un desenfreno, un vicio, un desatino, un pecado contra Apolo: “nada en demasía”, es preciso mantenerse dentro de los propios límites. En uno de sus últimos y más sorprendentes fragmentos, Nietzsche concuerda de todo punto con el mandato apolíneo, desde su perspectiva de la transvaloración de todos los valores, cuando declara, tal vez parodiando las célebres palabras de Jesús, que él nos trae la guerra, pero una guerra que hay que entender únicamente como “guerra contra el vicio” o el libertinaje espiritual que encarnaría, según él, el sacerdote cristiano5. En lo que a nosotros concierne en este trabajo, resulta de todo punto impensable o inconcebible, rozando el delirio, a su juicio, la supuesta idea de “este” Pablo o “este” Pedro, existiendo con duración ilimitada, por toda la eternidad. Además, para empezar, ¿quién es Pablo o Pedro? Con su práctica vital, el mismo Jesús, el único cristiano existido, había dejado ya atrás toda la ridiculez de la idea de persona6. Porque la idea de persona resulta, en el fondo, ridícula, podemos decir que igual de ridícula que el trastorno narcisista de la personalidad: el pensamiento de “la salvación de mi alma”, la única cosa necesaria, para el movimiento cristiano de Pablo, es el mismo pensamiento de que el mundo, en su totalidad, gira a mi alrededor, como si no tuviera otra cosa que hacer. Todo lo contrario, lo que nietzscheanamente conviene es ir por encima, o superar, tanto el yo como el tú, es decir, hay que llegar a «sentir cósmicamente»7. Tampoco el judaísmo, ni, para Nietzsche, el único cristiano que ha habido, tendrían nada que ver con esta creencia de la inmortalidad de la persona. Desde el universo griego, ya Epicuro había dirigido buena parte de sus esfuerzos filosóficos a liberar a los ciudadanos del terror que en muchos de ellos ocasionaba semejante idea. Pero el apóstol Pablo organizó el cristianismo político en torno a la esperanza en la resurrección de la carne, con lo que a juicio de Nietzsche entronizó el disparate y la desvergüenza en la cultura occidental subsiguiente. Ahora va a resultar que la verdadera vida es la vida eterna, o sea, justamente lo contrario de la vida, la no-vida.
Studienausgabe in 15 Bänden hgn. von G. Colli und M. Montinari, Berlín / Nueva York, Walter de Gruyter, 1980). 4 NF-1887, 11 [281], FP IV, 437. KSA 13, 108. 5 NF-1888-9, 25[1], “La gran política”, FP IV, 774. KSA 13, 638. 6 NF-1887-8, 11 [354], FP IV, 466. KSA 13, 154. 7 Cf. NF-1881, 11 [7], FP IV, 760. KSA 9, 443.
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