Gracias a dios que he tratado muchos años con psicólogos en formación y con psicólogos ya formados, mayormente en las comidas o en las reuniones, y entonces me siento ahora capaz de examinar con calma qué coño me pasa a mí con las monjas. Hasta cuando todas mis conocidas empezaron a hablar de la «sororidad» yo tenía que ir al baño porque se me descangallaba el tránsito: en mi época a las monjas había que llamarlas sor Tal o sor Cual. Y con toda su talla humana e intelectual, ni siquiera Teresa de Jesús me hacia puta gracia. (También es verdad que algo oí en los momentos más gallegos de mi infancia sobre lo jodidamente nefasto que es encontrarse con un grupo de monjas dándote la espalda, no tanto con una solo, o dos, casi igual de chungo que un sombrero encima de la cama, si es la tuya sobre todo). Ver una monja y turbarme hasta sentirme poco firme, infirmus, enfermo, todo es uno y lo mismo, para mí. Y claro, en ese extremo lo de vivir en Toledo o en Santiago o en Roma, puede ser del todo un valle de lágrimas.
También leí como dos veces las obras completas de Freud, y no solo en alemán sino también en castellano y en argentino, para ver si entonces me enteraba. Y me sé de sobra lo del «carretel», que debe ser como el esqueleto de un rollo de hilos o de lanas o algo. Me refiero a ese «niño»infantito» prendido de la pulsión de muerte que se regodea en el sufrimiento de su experiencia de abandono, de «neglecting», traumática donde las haya. Con lo cual no me queda más remedio que hablar de mi madre, y de la primera vez en mi vida que noté que me habían dado gato por liebre, yo tenía cuatro años y casi aún me muero de pena pensando en aquel niño, yo, al que sacan de casa a primera hora, lo llevan a un extraño edificio con una enorme cruz adherida a la fachada frontal y lo dejan allí, hala, con una señora rara y retaca a la que otra dama estrambóticamente vestida, como todas las del lugar, llaman «madre superiora» (!). (Pero no quiero detenerme en la sensación de que todo era rarísimo, que ya me visitaba todos los días a los cuatro años, y que poco a poco se fue transformando en mi afición a la crítica cultural, pero es que hoy todo sigue siendo rarísimo: pasé de Jesucristo y José Antonio a Trump y Jesucristo).
Cuando comprobé, en un acceso de pánico, que la fresca de mi madre se disponía a largarse por el morro, yo no sabía que fuese así, dejándome allí plantado con la madre superiora y otra monja menos fea y retaca que se llamaba Victoria, las pobres, empecé a luchar denodadamente, braceando. La retaca me agarró con una fuerza soprendente, mientras intentaba comunicar a mi madre con unos ojillos de mochuelo que se fuera ya, porque era mucho mejor dejar al infantito solo como una rata con cosas como esta del destete y sus derivados. Recuerdo como si fuese ayer que le propiné una buena dentellada a la jefa del monjerío aquel en el hueco que hay entre el dedo pulgar y el índice, y recuerdo muy muy bien el sabor salado del líquido vermello que brotó como por ensalmo, sea dicho que nunca más volví a morder a ninguna monja. Me arrastraron entre las dos, a duras penas, hasta cruzar una siniestra puerta como de cristal oscuro, y aquí solo sé que me di perfecta cuenta de que tras esa puerta solo había oscuridad y crujir de dientes. Pero todo lo demás se me ha olvidado, ya se sabe por qué y si no se puede suponer.
Mi pareja me había comentado el otro día, antes de que me pusiera yo casi a las puertas de la muerte, que en los vagones del Metro madrileño solo había monjas, monjas atiborrando los trenes de la línea X del Metro, porque había llegado un Papa que hay ahora, que dicen que es buena gente aunque más moderado o astutillo el hombre que el que había antes. ¡Entras en un vagón del Metro y solo hay monjas que proceden a estrujarte!
Bueno, también tuve una experiencia de abandono de las desoladoras una vez que me quedé solo en una lancha repleta de japoneses que me miraban fijamente a la luz de unas antorchas cruzando un negro lago subterráneo cerca de Viena. Aquello fue espantoso, casi peor que lo de mi madre y las monjas, hace falta ser fresca (probablemente porque mi madre tenía otras cosas buenas que compensaban aquella cosa casi imperdonable que me hizo). Pasé momentos de verdadera angustia con los japoneses, y yo no supe lo que era un trauma hasta que muchos años después, en una clase, me puse hablar, no se sabe a cuento de qué, de los japoneses y su cultura de un modo poco o nada caritativo. Un estudiante destacado de la segunda fila, con esa cara de listo del que va a ser profesional de campanillas en lo de las terapias diversas, me supo llevar a la cordura con la pregunta: «Pero Mariano, ¿a ti qué te han hecho los japoneses?». Me frené en seco, me puse meditabundo, pero solo pude contestar que cualquiera sabe.
