Archivo de la categoría: Sin categoría

Ser felices

Como ahora los hay que aseveran al parecer seriamente que ser felices sería obligación de todos nosotros, y como indudablemente debe haber en el planeta varios miles de millones de personas que no lo son, o que solo a veces lo son, los que así lo dicen van a tener muchísimo trabajo si logran convencernos, porque todos iríamos a consulta para que nos enseñaran a ser felices, lo que en el fondo supongo que es su pretensión inicial (marketing puro y duro, otro invento).
Claro que si uno lo piensa bien la verdad es que no sería tan difícil saber en qué consiste ser feliz, lo verdaderamente difícil es ser feliz y no ser tonto, sobre todo tonto voluntario.

Por otra parte, lo que se atreven a pretender obligarnos a ser felices tendrían que demostrarnos antes que ellos lo son. Pero eso es imposible por razón de que ellos mismos se construyen a su medida el concepto de felicidad, es decir, construir conceptos es empresa filosófica y ellos son unos filósofos muy malos: solo llevan en la cabeza para esta tarea su subcultura, su época, su clase social y sus intereses profesionales y de grupo (a eso lo llaman «realismo»). Luego se ponen a elaborar escalas de felicidad y tetsts que les pasan a la gente con indicadores de felicidad para poder decretar quién es feliz en grado cinco o en grado ocho (a eso lo llaman «empirismo»). Algo para ponerse a reír y no parar, un delirio de omnipotencia importado de USA.

Nietzsche les hubiera fastidiado el negocio con aquello de que en realidad el ser humano no quiere ser feliz (eso solo le pasa a los ingleses).

Psicóloga Patricia

Una tal psicóloga Patricia Ramírez, en “El País”, tiene el santo cuajo de escribirnos que “tenemos la obligación de ser felices y disfrutar”. Que se lo digan a un parado de 53 años, o a un desahuciado por los médicos o por los acreedores, o a un jubilata griego. Pero no hay que sacar la frase de su contexto, y además puede ser que haya una buena intención de fondo, por lo menos subjetiva. Porque si la frase se saca del contexto, y más con los tiempos que corren, sin duda es para llevar a Patricia a los tribunales por incitación al odio contra ella y su tribu: ¡¡nos hace sentirnos culpables de no ser felices!! (la vieja lógica sacerdotal: es culpa nuestra, porque si no somos felices es que “no hemos cogido las riendas”). Es decir, nos ha faltado valor o nos hemos equivocado, pero sobre todo somos culpables porque si no somos felices teniendo como tenemos hoy a nuestra disposición por dinero los servicios de Patricia y sus huestes no tenemos perdón de Dios (o somos tontos o pobres o las dos cosas).

Con todos mis respetos para la seriedad de la psicología científica, y para la mayoría de sus profesionales, el problema se plantea propiamente con la divulgación o popularización de la psicología, esas psicólogas y psicólogos de la televisión, la prensa y las revistas ilustradas, para no hablar de los consultorios psicológicos on line, tan parecidos a los de la bruja Sandrita. Porque en este terreno, de lo que se trata simplemente es de buscar palabras en boga, chistosas o si no por lo menos chocantes, para darles apariencia de términos técnicos, y usarlas de nuevo para bautizar a lo obvio que todo el mundo sabe desde siempre. En realidad, la buena intención de estos divulgadores de la psicología es como la de los conocidos que te dicen cuando te ven con el gesto torvo, “¡ánimo!”, “hay que alegrarse”, “no le hagas caso que es un cenizo”, “se está aprovechando de ti”, o si no te espetan el consabido refrán de que a vivir que son dos días. Así, se habla de la persona tóxica, y su peligro en contextos laborales, para referirse al hideputa de toda la vida (claro que lo de hideputa no se puede decir porque no está nada bien, y por otra parte alguien se puede dar por aludido); se habla de la persona vírica que se extiende y de todo se apodera, o de la personalidad enredadera o vampírica, y estos términos tan sobriamente científicos no hacen sino referirnos al penoso pesado de siempre al que no contestamos cuando llama por teléfono. En fin, en un rapto de suprema lucidez la psicóloga Patricia nos recomienda que no nos dejemos pisar porque hay que disfrutar de la vida.

En todo esto probablemente influya el hecho de que los psicólogos ya no estudian filosofía y entonces su pensamiento no es de verdad pensamiento sino un revoltijo de recomendaciones pueriles mal envueltas en insufribles topicazos. Ignoro el estatuto científico del tipo taxonómico “vírico caradura” que la doctora Ramírez blande en su columna, pero en fin, a todos nos vienen nombres y caras a la memoria cuando leemos estas dos palabras. Y por eso seguiremos leyendo a la psicóloga Patricia.

Además, insiste Patricia en que tenemos que ser éticos (?), pero a mi modo de ver es mucho más inhumano clasificar a una persona de «vírica caradura» que diagnosticarla de trastorno narcisista, sin contar con que esto último sí tendría algún sentido. ¡Claro! Tampoco se trata de que Patricia vaya a desatar una persecución contra los víricos caraduras, todo lo contrario, su humanidad llega al extremo de que les da cita en la consulta para curarlos, y entonces dejen de amargarnos la vida. Pero las personas estamos, además, para incordiarnos las unas a las otras contándonos nuestras penas y nuestras manías e intentando manipularnos recíprocamente, si no la vida humana sería un cementerio, algo muy aburrido. Y no seríamos felices en el sentido real de la palabra.

Egoísmo

Ser egoísta más que inmoral es imbécil. Y el que adora a su ego resulta un pobre cretino para cualquier mirada penetrante.
(¡La inmortalidad personal!)

Espantoso descubrimiento

Como todo el mundo sabe, hay que decir que ni el pasado ni el futuro son (ya, todavía) reales, solo el presente es real.

Pero si bien lo pensamos, el presente no es nada de nada, es la nada.

¡Así que estamos arreglados!

Aguirre la madrina

Despierta odio la que es «odiosa», simplemente, basta con consultar el diccionario para cobra conciencia semántica del asunto (¿lo acabarán ilegalizando, el diccionario?).

Sabiduría en las paredes de los bares

«No me hace falta usar Google porque mi mujer lo sabe todo».

«Todos tienen que creer en algo,
creo que voy a tomar otra cerveza».

Adeus ás touradas!

Galicia

Decía Cunqueiro que llevan ya muchos siglos intentando por todos los medios cristianizar a los gallegos, pero que está claro que habrían fracasado de la manera más estrepitosa.

Nihilismo

El descubrimiento de que valdría más no existir, no haber existido, que existir en el marco de la interpretación moral de la existencia. Es decir, que la interpretación moral de la existencia no vale nada, o bien, que el mundo carece de justificación moral se mire como se mire.

El moralismo

Tiempos los nuestros de moralismo radical, de suprema mojigatería, que lógicamente siempre vienen a coincidir con los de mayor “depravación”, no siendo el moralismo sin freno otra cosa que el aspecto más megalómano de la propia depravación, o la depravación cuando casi sin darse cuenta pretende asegurarse su imperio definitivamente como imperio absoluto, conquistando para ello esa estéril tranquilidad de conciencia que le sería entonces tan necesaria.

Ayer daba una vuelta yo por un extenso parque no lejos de casa, y al llegar a unos váteres públicos conducido por la necesidad vi que se estaba celebrando una misa allí al lado justo debajo de unos pinos, algo de las hermandades del Rocío vestidas de andaluces o así, materia de antropología cultural de la dura.
El cura con el micrófono entusiasmado en su homilía y yo esperando junto a él pero separados por un muro a que terminara un tipo alto y enjuto para ponerme a orinar yo. «Por ejemplo hoy que han sido las elecciones, las elecciones tan importantes municipales, todos esos grandes problemas sociales ¿por qué son? Pues porque hemos echado a Dios de la vida social, y todos esos graves problemas sociales se solucionarían sin lugar a dudas si tuviéramos la paciencia de aguardar a que Dios obrara, obrara en nosotros y en la vida social». Había iniciado el cura la charla con el Juicio Final y toda la historia de ser bueno o ser malo en esta vida de tal modo que ese fruto lo recogeríamos en la que a todos nos esperaba más allá…

Bueno, esa es nuestra cultura, el moralismo, ser «bueno» o «malo», en eso estaría todo (lo de ser imbécil o estar zumbado no hace al caso con tal de ser buenecito). Y así continúa siendo nuestra cultura, no importa lo muy atea que se pretenda. Está basada en un gran malentendido, porque los imbéciles y los zumbados ocasionan muchas más catástrofes y siembran muchas más desgracias que los malvados propiamente dichos, aunque solo sea porque ante un malvado siempre sabe uno qué hacer, mientras que los locos y los tontos encima dan pena los pobrecitos, con todo el daño que hacen.

Pero la cosa se complica cuando toda la maldad del malvado consiste en afectar que es imbécil o está zumbado, sin serlo o estarlo en realidad sino simplemente porque toda su maldad estriba en confundirte (esa maldad cobarde que se disfraza para que la compasión haga imposible devolver el puñetazo o simplemente pasar de largo).

En suma, el moralismo es una de las más penosas consecuencias de la corrupción, o incluso la continuación de la corrupción por otros medios.