EL TIPO ZARATUSTRA: MALICIA Y ARROGANCIA

«En el tipo Zaratustra, por otra parte, se darían la mano con una misma alegría loca la malicia y la arrogancia. Que serían las disposiciones y actitudes psicológicas, o rasgos de carácter, que suelen acompañar al que afirma lo real en su totalidad. Aparte de que, por si esto fuera poco, esta aprobación dionisíaca tendría, ciertamente, mucho que ver con la música, porque la música es máximamente capaz de transmitir ese pathos trágico que es el pathos afirmativo par excellence, en particular esa música maliciosa y arrogante predilecta del filósofo (Bizet, Chopin, Offenbach, incluso Chueca). Y por eso todo el Zaratustra puede ser considerado música[1]. Pero, como bien sabemos, el tema fundamental de la obra cumbre de Nietzsche sería “el pensamiento”[2], es decir, el pensamiento del eterno retorno de lo mismo.  Que quedará en estas páginas inmediatamente caracterizado no de otro modo que como la más alta forma de aprobación que en general puede ser alcanzada. El “pensamiento”, pues, sería la verdadera apoteosis dionisíaca.

Por eso mismo el presupuesto fisiológico de Zaratustra como Dionisos ha de ser la gran salud. Primero porque la aprobación nietzscheana de la vida en su totalidad tiene que empezar a actuar necesariamente como risa, ironía y parodia ante todo lo que se ha tenido por sagrado hasta el momento en la historia de las múltiples culturas planetarias. Estar peligrosamente sanos significa que la gran salud es la agresividad del ataque sin contemplaciones a la estupidez característica del que tiene necesidad de convicciones, o lo que es lo mismo, de servir, de que lo manden, ese sopor característico del espíritu de la pesadez que es el diablo de Zaratustra. Pero sucede que la inmensa mayoría de los hombres tiene necesidad de convicciones, y entonces reaccionarán con violencia. En esta batalla filosófica contra la estulticia habría que recordar la importancia de la risa, porque no solo mata la ira sino sobre todo la risa (Za, pp. 93, 271), y por tanto es lógico que no se vayan a quedar sin atacarnos a su vez los estultos, a nosotros los sarcásticos, en su derecho a la legítima defensa. La burla de todo lo considerado hasta ahora en la Tierra sagrado y divino terminará por llevarnos a lo que Nietzsche llama la gran seriedad, que sería justo cuando «empieza la tragedia» (GC-382, p. 894). Entonces va a ser necesaria por segunda vez la gran salud, para digerir la terrible dureza de lo real que se va a asimilar en su afirmación aprobatoria. Y no digamos en su afirmación hiperbólica que significa el eterno retorno de lo mismo.» 


[1] «Quizá deba contarse todo el Zaratustra bajo el epígrafe de “música”» (EH-Zaratustra-1, p. 833).

[2]  En agosto de 1881, ante la torre piramidal en las inmediaciones del lago de Silvaplana, no lejos de Surlei: «entonces vino a mí ese pensamiento».

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