ZARATUSTRA: MENSAJE FINAL

La canción del noctámbulo:

Los hombres superiores han sanado, los han curado definitivamente la palabra de Zaratustra y el aire que les trae Zaratustra. Están viejos y con el corazón cansado cuando salen a encontrarse con el misterio de la noche, pero se sienten “consolados” y “valientes”, y sobre todo “se sienten admirados en su interior de SENTIRSE BIEN EN LA TIERRA”. Parece que ha venido siendo propio de los hombres superiores el no sentirse bien en la Tierra, ¿o acaso ha sido propio, hasta hoy, de todos los hombres, del hombre? Descubren de repente que merece la pena vivir en la Tierra, y sienten que gracias al día que acaban de vivir junto a Zaratustra están felices de haber vivido una vida completa. Descubren, en fin, que aman la vida. A lo que enseña Zaratustra (a lo que les enseña a los suyos) sería a amar la vida: “¿Era esto la vida? (…) ¡Pues bien! ¡Otra vez!”. Es solo Zaratustra el que nos enseña a decirle a la muerte que, si esto era la vida, entonces ¡que venga otra vez! El pensamiento del eterno retorno de lo mismo no sería otra cosa que la expresión rigurosa del amor a la vida, es decir, aquello que nos sucede filosóficamente cuando el amor a la vida llega a ser amor verdadero. Es decir, cuando se hace incondicional o propiamente dionisíaco (el amor cristiano sería solo amor demediado, a la mitad de la vida). Por eso, porque son conscientes de que le deben su transformación y su sanación, los hombres superiores se lo agradecen a Zaratustra acariciándolo y besándole las manos, unos riendo y otros llorando.

Se hace el silencio porque va a hablar la profunda medianoche, y el hombre debe prestar atención. Parece que la profunda medianoche pregunta quién debe ser señor de la Tierra. Respuesta enigmática: “el que quiera decir: ¡así debéis correr, corrientes grandes y pequeñas!” Parece que esto podría significar que debe ser señor de la Tierra el que dé forma al tiempo con su voluntad, determinando cómo deben correr las horas, las corrientes grandes y pequeñas. “Imprimir en el devenir el carácter del ser es la máxima voluntad de poder”, escribió Nietzsche en otro lugar. Como el individuo soberano surgido por pura casualidad de la mala conciencia y del ideal ascético era en cierto modo el hombre capaz de disponer del futuro, el Superhombre o señor de la Tierra debe ser el capaz de redimir el pasado queriendo la repetición o el círculo, aprobando lo sido. “Los más puros deben ser señores de la Tierra, los más desconocidos, los más fuertes, las almas de medianoche, que son más claras y más profundas que cualquier día”.

¿Cómo se redime el pasado, a los muertos? ¿Cómo se redime el azar? La respuesta no es difícil de comprender, tiene que ver esencialmente con el dolor y el sufrimiento de los hombres, pero, sobre todo, tiene que ver con el placer. El humano rumia en su interior, casi siempre, su propio dolor, el sufrimiento que ha sido su vida. Y es esa rumia lo que le ha dado alma, lo que le ha hecho profundo. Ahora bien, es esencial considerar lo siguiente: el placer es más profundo aún que el sufrimiento. El dolor no se quiere a sí mismo, quiere pasar, quiere hijos y herederos que sientan alegrías y nostalgias. “El dolor dice: ‘¡pasa!’”.

Pero el placer sí que se quiere a sí mismo, es egoísta, no quiere pasar. Y ocurre, por si esto fuera poco, que el placer lo quisiera propiamente todo, es decir, quiere el dolor. Aprobar un instante de placer vivido significa aprobar la totalidad de la existencia, del mundo, porque “todas las cosas están encadenadas, entrelazadas, enamoradas”. Por eso el filósofo que siente placer sabe que al aprobarlo está aprobando y justificando todo el dolor que ha sentido en su vida, pues es condición de su placer e iría entreverado con él inextricablemente. En una palabra, todo placer quiere eternidad, la única posible que es la repetición del instante. “Pues todo placer se quiere a sí mismo, por eso quiere también el sufrimiento”, y por eso su egoísmo riguroso nos instalaría en la perspectiva de todas las perspectivas que es la eternidad.    

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