ENTRE LAS HIJAS DEL DESIERTO

En el mismo momento en que Zaratustra les deja, a los hombres superiores les vuelve a invadir la tribulación hundiéndose de nuevo en «el mar de la melancolía» (: se produce la recaída, retornan el juego malvado de las nubes errantes, la húmeda melancolía, los cielos nublados, los soles robados, los rugientes vientos de otoño). Porque hay todavía mucha miseria oculta que quiere hablar, mucho atardecer. Queda aún en los corazones mucho aire enrarecido, el aire de Europa, el aire del Norte, del Nihilismo. Zaratustra les había liberado de todo ese cielo oscuro y pesado que se les había llegado a hacer insoportable. Zaratustra con sus duras sentencias, dándoles a mamar alimento viril, con él habían degustado el aire fuerte y claro. Y es que en su presencia volvemos a poder respirar a pleno pulmón, nos olvidamos del ahogo, de la disnea, de todas las angustias: el Zaratustra sería la Biblia del hombre que se ha liberado, y a la vez el libro príncipe de autoayuda para los que son mínimamente imbéciles. Por eso le suplica su sombra que vuelva y que no se vaya.

Pero repentinamente la sombra o el viajero recuerda un episodio de su pasado en el que le rodeó un aire fuerte y claro similar al que aporta Zaratustra. Fue en un pequeño oasis en un desierto, bajo un cielo puro, azul, africano, donde pudo olvidar toda la pesadez del Norte europeo y su clima abominable que hace anhelar el alcohol y el Cristianismo. Se llegó a encontrar la sombra tan ligera en aquel oasis que improvisó una canción dedicada a las muchachas orientales que allí moraban, unas veces bailando y otras sentadas en calma. Verdaderas hijas del desierto, unas muchachas de verdad profundas pero sin pensamientos indescifrables. O sea, sin esa confusión, que ante los tontos a menudo pasa por profundidad, que es tan característica de quienes viven respirando las nieblas del Norte.

Vivir en el desierto no significa para nada vivir en la desolación. En el desierto más terrible y descorazonador podremos abrir nuestro propio oasis, solo hace falta que no llevemos el desierto guardado en nuestro interior. Nuestro pequeño oasis interior (la relación del yo consigo mismo) sería capaz de convertir en un verdadero paraíso el desierto más reseco e inhabitable. Ya sabemos que quien tiene su propio por qué para vivir puede soportar casi cualquier cómo. Perdidas en el inmenso desierto en apariencia invivible bailan en un minúsculo pero maravilloso oasis nada menos que unas muchachas orientales que son sus hijas, las hijas del desierto, recibiendo quizás por primera vez a un europeo que las contempla atónito, no se sabe si medio enamorándose de ellas o simplemente embriagado por la pureza azul del cielo africano tan diferente del europeo del Norte. El europeo vive entonces el momento extático en que se esfuman para él tanto su pasado como su futuro, experimentando el instante absoluto, la única dimensión de la eternidad.

Claro está que la pregunta que le viene inevitablemente a la mente a la sombra de Zaratustra cuando tiene esta experiencia entre las hijas del desierto es para qué hace falta Europa, o qué clase de progreso es el que representa Europa en el mundo. ¿Es un progreso real el de esa parte del mundo que sería la parte que progresa? En esta canción, en este ditirambo, se nos da la respuesta: a la vida más natural, más espontánea necesariamente le llegan también, de cuando en cuando, los sufrimientos y las depresiones, incluso la desesperación. Es la ley de la vida: Dionisos. También a las hijas del desierto que bailan en un oasis-paraíso les tiene que llegar el atardecer y el desánimo por mucho que se vayan a recuperar más adelante. Pues bien, justo para eso estaría Europa en el mundo, porque la cultura europea se ha especializado en fabricar reconstituyentes. “Reconstituyentes” como la moral (cristiana) y como el alcohol, que ya se sabe tienen efectos secundarios devastadores para la vida. Por ejemplo, la sombra o el viajero les va a levantar el ánimo a las hijas del desierto apelando al valor de la dignidad humana, al orgullo moral típico del humano europeo. Porque es el aullido de la virtud el ardiente deseo y la voracidad del europeo. La sombra de Zaratustra solo es capaz de entusiasmar a los deprimidos de esta manera, pues al fin y al cabo es europea y no puede hacer otra cosa. Para ponernos en pie los europeos recurrimos al sermón, no lo sabemos hacer de otro modo.    

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