CENANDO CON ZARATUSTRA

1. A la plebe, que es mezcolanza, la constituye su creencia de que no hay hombres superiores, pues únicamente esta creencia justifica la mezcolanza: “todos somos iguales”, “nadie es más que nadie”. Pero el hoy pertenece a la plebe: plebe arriba, plebe abajo, no se trata de ninguna jerarquía social. Por eso es un error craso que los hombres superiores vayan al “mercado”, porque allí perderán el tiempo. De Zaratustra tienen que aprender a decir: «¡qué me importan el mercado y la plebe y el ruido de la plebe y las grandes orejas de la plebe!». Lo que hace a los hombres iguales, lo que hace de ellos solo hombres, es su referencia universal a la misma unidad de medida: el Dios igualador, el Padre de todos. Porque es solo ante Dios que todos podemos ser iguales. “Pero ahora ese Dios ha muerto”. Y nosotros nos negamos a que la plebe ocupe su lugar vacío, convirtiéndose así en la nueva unidad de medida, la nueva referencia universal. O sea, nos negamos a ser plebe. Solo desde que Dios “yace en el sepulcro” habrían resucitado los hombres superiores (y por lo tanto solo desde ahora podemos querer que viva el superhombre).

2. A los hombres superiores los constituye el gran desprecio, su desprecio del hombre. Solo por este gran desprecio se puede ir más allá del hombre para amar al superhombre (“los grandes despreciadores son los grandes veneradores”). Los hombres superiores no se habrían resignado a las pequeñas virtudes, como los pequeños, en todo caso estarían desesperados, lo que es mucho mejor para la gran esperanza en el futuro del hombre. Mientras que lo único que preocuparía a la plebe es conservarse, y de la manera más confortable posible, los hombres superiores hoy no saben vivir porque en absoluto les interesa esta conservación del hombre, por lo que no son dueños del hoy sino que en su mayoría se malogran.

3. Por eso han de tener valor los hombres superiores, para mirar al abismo con ojos de águila, el abismo está allí donde ya no se contempla ningún Dios. Este valor, esta fuerza tan necesaria, nos la daría lo que la plebe ha venido considerando el mal. Y es que lo peor del hombre es necesario, necesario para lo mejor del superhombre. Eso es lo que enseña Zaratustra cuando dice: “Yo me alegro del gran pecado”. La virtud más rara y valiosa es la honestidad, y esta virtud ordena que no queramos nada por encima de nuestra capacidad. Porque si no nos convertimos en comediantes, y entonces parecerá que no hay nada de verdad grande. La virtud de la honestidad es inasequible a la plebe, por eso no es una virtud de nuestro tiempo.

4. Los doctos son estériles, se limitan a diseccionar. Ser incapaz de mentir no es lo mismo que amar la verdad. Los hombres superiores son los creadores, y por eso los doctos los tienen que odiar necesariamente. Es cierto que nunca tienen fiebre los doctos, pero la falta de fiebre no significa conocimiento. Los hombres superiores son los creadores, de manera que su egoísmo es la virtud propia de las embarazadas: todo lo que hacen lo hacen por su fruto, aún no visto por nadie, no lo hacen por su prójimo. Todo su amor es para su futuro hijo. Las virtudes de la plebe, en el caso del creador, serían vicios.

5. Para asumir que sus fracasos serían solo tiradas desafortunadas de dados, los hombres superiores deben aprender a reírse, sobre todo de sí mismos. Al malogrado le anima la compañía de tantas cosas que han salido bien en su vida, de tantas cosas perfectas como hay en el mundo. Es de importancia crucial entender bien cuál ha sido hasta ahora el mayor pecado sobre la Tierra, el mayor pecado contra la Tierra: el de quien se atrevió a decir: “¡ay de los que ríen aquí!” (Lucas, 6, 25). Aquel predicador de la plebe odiaba a los que ríen, nos insultó a nosotros los que reímos prometiéndonos llanto y rechinar de dientes. Jesús no amaba lo suficiente la vida: este es el único, el verdadero reproche que le hace Zaratustra. Pero todas las cosas buenas ríen, y para darse cuenta de esto, para afirmar esto, es preciso ser el Anticristiano por excelencia. Cambia Zaratustra la corona de espinas por la corona de rosas del que ama la vida terrena como la única que hay. Ceñirse la corona de rosas es lo mismo que santificar la risa. De esto solo habría sido capaz un verdadero Anticristo: «Zaratustra el que dice la verdad, Zaratustra el que ríe la verdad». En estas dos frases se contiene el mensaje esencial de todo el libro. Hay que reír la verdad: «¡Olvidad, pues, el desánimo atribulado y toda la tristeza plebeya! ¡Oh, qué tristes me parecen hoy incluso los payasos de la plebe! ¡Pero el hoy es de la plebe!» La tormenta de la risa barrerá a todos los “pesimistas y quisquillosos”. Solo la risa mata, mata con amor, el amor de la Tierra.

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