La pelu

Como me colgaba ya el flequillo hasta literalmente las narices, consecuencia no solo de mi hallarme como siempre demasiado ocupado sino también y sobre todo de un desaguisado estético del pasado reciente infligido a mi persona en el mismo establecimiento, en el día de ayer me encaminé de mala gana a la pelu. Pero al abrir la puerta y meter la cabeza para atisbar el panorama de su interior, advertí la presencia adusta de cuatro o cinco damas que frisaban o rebasaban los setenta y cinco, las cuatro de gesto torvo y mirada severa, como dispuestas a juzgar a todo el que allí entrara por sus pecados, reales e imaginarios. Así que decidí irme y lo dejé para hoy. Y hoy sí que tuve suerte, no había nadie, las dos profesionales de la tijera pasaban las horas del calor absorbiendo, como si los necesitaran para seguir con vida, los mensajes publicitarios del televisor al que daban directamente las sillas destinadas a los clientes en fase de espera.

Inmediatamente se dispuso a laborar alegre en mi decadente cabellera mi peluquera habitual, precisamente la dueña del negocio, que era la de más edad, pero también, y por lo mismo, la de más sólida experiencia de la vida y no pocos conocimientos bien fundamentados, cosas que bien se notaban al compararla con la tendencia a recaer en el vacío mental de su compañera. Y en seguida empezó la conversación sustancial, ella fue directa al grano, habiendo pasado pronto por encima de los debidos lamentos por el calor infernal que los dos por supuesto emitimos a dúo. Era el tema sustancial lo de la Pantoja, que al parecer, se me informó con rigor y exhaustivamente, aguantaba en un programa de televisión de los más canallas, en el que se la humillaba y escarnecía día sí día también para diversión del televidente. La Pantoja lo hacía, se me relató, en el colmo de la bajeza, porque por lo visto ganaba unos 80.000 del ala cada semana que resistía allí en pruebas y disgustos ya impropios de su respetable edad. En seguida quise matizar yo, llevado de mi natural bonhomía, que se había venido rumoreando insistentemente en torno al jugoso asunto de que la folclórica se hallaba con el agua al cuello en los campos económico y patrimonial, de modo que no solo era preciso disculpar su conducta sino sobre todo saberla comprender, lo que en definitiva viene a ser lo mismo. Y es que cuando uno se juega tantísimo hará casi de todo para evitar hundirse. En la repisa debajo del espejo pude contemplar entonces la fuente primaria de toda esa sabiduría peluqueril, un ejemplar del Hola, reluciente y con pinta de recién comprado.

En fin, al poco tiempo de llegar abandoné el lugar despidiéndome efusivamente de mi peluquera, porque por poco dinero gracias a ella llevaba un corte de pelo que no estaba mal, y por si esto fuera poco me marchaba de allí instruido.

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