Hambre

Con esa su tan característica genialidad omnívora, a Fodor le ocurre lo mismo que a Lacan. Su lectura nos lo promete todo, nos promete nada menos que resolver el enigma del hombre lo que es lo mismo que decir el enigma del mundo, y además resolverlo aquí y ahora, encima de tu mesa con sus libros abiertos frenéticamente subrayados. Su lectura nos despierta entonces un hambre espantosa. Y no paramos hasta descubrir indignados y confusos que no nos dan, ni muchísimo menos, lo que nos habían prometido, algo así como el pan de Dios, la ambrosía. Nos dejan los dos igual de hambrientos que antes, pero además completamente agotados y confundidos, mareados por la tortura de haberles leído con tanta atención.

Dos seductores para el amor a la sabiduría, y el doloroso chasco de no llegar a ella en absoluto conducidos por ellos.

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