Mi moral

No cejar en la lucha contra la estupidez, la idiotez y la imbecilidad propias. Cosa que por supuesto implica luchar también contra las ajenas, lo que desde luego te metería de lleno en la cuestión política. Luchar contra las tres, a pesar de que se sospeche con toda razón que una cierta dosis de cada una de ellas sería indisociable de la vida humana, sin duda porque de alguna manera misteriosa le resulta necesaria, incluso como condición de posibilidad. Esta lucha a brazo partido, y que no tiene fin, resulta difícil porque exige estar siempre alerta, y es por tanto agotadora, en el fondo nos preguntamos si no estaría condenada al fracaso. Por ejemplo, de vez en cuando hay que distraerse, entretenerse, recrearse, pero hay que saber hacerlo, porque, como uno no sea un sabio consumado, semejante necesidad de diversión nos llevará a entregarnos en mayor o menor medida a la estupidez, la idiotez y la imbecilidad. Y la mayoría de nosotros no nos podemos pasar sin hacer el imbécil al menos un par de veces al año.

De forma que todo esto vendría a parar en que el imperativo es degradarse lo menos posible, lo mínimo indispensable.

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