Humillación del profesor

Parece ser que, por si fuera poco todo lo que les hacen, ahora les van a exigir a los maestros y profesores de España que antes del próximo mes de Febrero demuestren no tener historial de agresores sexuales.

En relación con este asunto, sólo quería preguntar dos cosas:

1ª Se referirán ustedes únicamente a los centros docentes de la Iglesia, ¿no? ¿O le van a pedir también ese certificado a José Antonio Marina, es un decir?

2ª En el caso de que la exigencia sea universal, y aplicable a los centros públicos, ¿en nuestro país es compatible el ejercicio de la docencia con un historial, por ejemplo, de sexo con las cabras? (Que conste que no lo digo por mí, sino por un conocido, profesor durante más de 20 años, al que ahora tienen ustedes algo preocupado)

La filosofía

Muy pocos saben hoy qué significa o qué es de verdad filosofar. Las facultades y los departamentos de filosofía cada vez andan más repletos y penetrados de toda la consabida caterva de pedagogos-psicólogos-sociólogos-politólogos-científicos-historiadores-teóricos de las artes. Pero filósofos (as), lo que se dice filósofos, casi nadie sabe ya qué es eso. Por eso a los pocos filósofos de verdad que quedarían les van echando de todas partes, de la educación, de la psicología, de la política, por supuesto de las ciencias naturales, y en breve de los estudios históricos y estéticos. Es natural, todo el mundo es tan sabio y avanzado que habría superado «el canon», y en definitiva lo que se demanda son emprendedores, no comprendedores (Savater).
Pero la solución final, la estocada definitiva, es que las facultades y departamentos de filosofía sean invadidos por el caballo de Troya de toda esa consabida caterva «interdisciplinar» (qué bien suena el adjetivo) que hace pasar su característica confusión inevitable por reflexión filosófica. (Y lo más letal, sin duda, es la así llamada sociología de la filosofía, eso es el final de toda filosofía: ya sabemos, Eugenio Trías salió del Opus, así que pon tú mismo el ergo…). Hay en todo ello un innegable resentimiento, porque en el filosofar genuino se olía la grandeza (por ejemplo en Eugenio Trías), y por supuesto la mediocridad eso no lo puede tolerar, de modo que argumentará venenosamente al infinito (argumentos hay muchos, con sus réplicas y contra-réplicas).

Me pregunto si el pedagogo no debería ir a enseñar pedagogía, el científico en general cada uno a enseñar su especialidad. Conviene que dejen de hacer pasar la divulgación de sus ciencias respectivas por filosofía (las Humanidades llenas de Punsetes). Siendo un buen físico para qué las ganas de convertirse en «filósofo» de la ciencia. Igual el problema son los pedagogos-psicólogos-físicos-artistas…mediocres, porque no cabe duda de que su salida es hacer «filosofía de…», algo espectacularmente «interdisciplinar» pero no por ello, en absoluto, filosófico. Pero ¿por qué querrán que les llamen «filósofos» si no saben qué significa la palabra? ¿Les parece algo así como ser generales o emperadores?

Es preferible alguien del Opus, si es de verdad filósofo, que un «filósofo» de… que no lo es (Aristóteles y Tomás de Aquino se tiran por el suelo de la risa leyendo a Skinner). Sin duda el filosofar es asunto democrático, pero no asunto de nuestras «democracias» académicas.

Desolación

A todos nos atraviesa, todos pataleamos en lo real, lo imaginario, lo simbólico, faltaría más. Pero de la belleza no queda nada, habrá sido un sueño, todo es hoy jodidamente feo, cualquier pasado es menos feo, y de ahí nuestro monumental vacío, de todo lo nuestro ha huido la belleza: lo peor de los robots que nos dominarán, y que ya somos nosotros mismos, es que son feos, y cuando intentan la belleza lo único que les sale es la cursilada asesina.

(Imágenes danzando antes de dormir, pesadilla, los hermanos Wert, De Guindos, Rajoy, Báñez, monstruos al poder).

Pero los más feos son nuestros guapos, los más feos de todos los Narcisos, y quien no entienda esto es el más feo de todos, y el más tonto y el más canalla.
Mirar hacia otro lado.

Los pesados

Cuando consigues quitarte de encima a un pesado es como si llegara la primavera. La vida rebrota, todo vuelve a nacer, eres mucho más joven, pesas mucho menos, sin duda has ganado en ligereza. Pero lo malo de quitarte de encima a un pesado es que nunca podrás estar seguro de que no retorne el día menos pensado y te hunda otra vez en el invierno.

Aunque es de importancia vital, cuesta trabajo seguir la regla de oro, esta vez en relación con los pesados, esa que enunciara Maquiavelo: ser no-bueno cuando haga falta.

Alquimistas

No existe una condición o una naturaleza como esa que pretende la ideología del canalla simplón (el simplismo constitutivo del canalla sale ganando mucho alivio con ello). Y es que no hay, no existen «los fracasados» en ningún lado. Por la sencilla razón de que mientras uno siga vivo todo fracaso sería reciclable en éxito.
Convertimos la mierda en oro, eso lo hacemos siempre, la especie humana es experta en esa tarea.
Y no es solo que en cada fracaso duerma un éxito preparado para despertar, es que incluso, si lo pensamos bien, habría que decir que todo fracaso tiene un aspecto en el que es un éxito.

Segovia viva Segovia

Justo en la medida en que el nacionalismo catalán significa una reacción en contra del nacionalismo español, pero sólo en esa medida, es el nacionalismo catalán comprensible y entonces justificable, igual que los otros nacionalismos reactivos. Pero al mismo tiempo, como ocurre que el nacionalismo español es ridículo e insoportable (pero nos recordaba Rafael Sánchez Ferlosio que odiar los toros y a la Virgen del Pilar no significa odiar a España), el catalán que dependería en el fondo de él también es ridículo e insoportable.

Se puede distinguir entre ser nacionalista y ser patriota, estipulando que solo el primero llevaría el narcisismo a su dimensión colectiva, y por eso solo el primero resulta absurdo, penoso y peligroso. (Lo mejor del mundo es ser de Aquí, el sentido de la vida es luchar por los de Aquí, y da la casualidad de que yo soy de Aquí; pero como decía Brassens todos los idiotas son de algún sitio). La Virgen del Pilar y la de Montserrat son el fruto del mismo delirio narcisista,porque les ocurre que ninguna de las dos quieren ser «francesa», de otro sitio. Y por supuesto que la exaltación nacionalista tiene mucho que ver con la del fanatismo religioso.

El alma en cierto modo todas las cosas

A veces, hoy mismo, casi me llego a convencer de que hay pensamientos que nos ensucian y acaban estragándonos el estómago, como si dijésemos: justo aquellos que se dirigen a un contenido sucio o disparatado o imbécil.
Y que entonces lo más higiénico es la dura disciplina del que controla el asunto de sus pensamientos, disciplina que estaría al alcance de algunos, por mucho que nos pueda parecer increíble.
Cuando la agresión nos llega de fuera es cierto que devolver el golpe alivia porque parece que nos reinstala en el equilibrio temporalmente perdido. «¡Ninguna agresión sin respuesta!» puede pasar con facilidad por el lema de la salud mental misma
Pero en ocasiones estamos en un nivel superior cuando nos hacemos indiferentes a la agresión, por ejemplo comprendiéndola de modo que la tornemos a nuestros ojos mucho menos agresiva de lo que parecía. Un nivel en el que no habría llegado tanta porquería ni estruendo de un combate sin verdadera importancia.

Somos imbéciles

El ministro del gobierno de España, Jorge Fernández Díaz, está que se muere de gusto, que se le hace el culo pesicola, cada vez que habla de la jerarquía de la Iglesia Católica (fuera de la cual no hay salvación). El obispo Cañizares por ejemplo es puro, sabio, misericordioso, lleno de carismas, ungido, santo, y si le oímos decir todas las cosas sucias y bobas que le oímos decir es culpa nuestra, es que le entendemos mal, es que no sabemos nada, es que somos imbéciles.

Llevan tanto tiempo tomándonos por imbéciles que al final va a resultar que de verdad lo somos.

Presidente

Si lo que cuentan del padre del presidente del gobierno de España es verdad, entonces todo está permitido (como ocurre con lo de la «muerte de Dios»).

171 Cumpleaños de Nietzsche

L’Ombra di Venezia

«Prólogo

Cuando siendo más joven hice la prueba de releer antiguos escritos míos que había olvidado, me asustó un rasgo común de todos ellos: hablan el lenguaje del fanatismo. En casi todos los lugares en que se habla de quienes piensan de manera distinta, llaman la atención ese modo sangriento de renegar y ese entusiasmo en la maldad que son los signos del fanatismo,–signos odiosos, a causa de los cuales no habría soportado leer hasta el final esos escritos si hubiese conocido un poco menos al autor. El fanatismo arruina el carácter, el gusto y en definitiva también la salud; y quien quiera restablecer los tres de manera radical, tiene que estar dispuesto a pasar por una cura larga y aburrida.
Tras haber dicho tanto de mí mismo, y no precisamente lo más edificante–como la costumbre del prólogo no aconseja pero sí permite–puedo esperar al menos haber logrado con ello que mis pensamientos más recientes, que en el presente libro doy a conocer, se lean no sin precaución»

FP II, 1880, 3 [1]

Nietzsche tras curarse del fanatismo, pero advirtiéndonos de la posibilidad de que la curación no haya sido completa. Lo contrario del fanático es el escéptico, claro está.