A veces, hoy mismo, casi me llego a convencer de que hay pensamientos que nos ensucian y acaban estragándonos el estómago, como si dijésemos: justo aquellos que se dirigen a un contenido sucio o disparatado o imbécil.
Y que entonces lo más higiénico es la dura disciplina del que controla el asunto de sus pensamientos, disciplina que estaría al alcance de algunos, por mucho que nos pueda parecer increíble.
Cuando la agresión nos llega de fuera es cierto que devolver el golpe alivia porque parece que nos reinstala en el equilibrio temporalmente perdido. «¡Ninguna agresión sin respuesta!» puede pasar con facilidad por el lema de la salud mental misma
Pero en ocasiones estamos en un nivel superior cuando nos hacemos indiferentes a la agresión, por ejemplo comprendiéndola de modo que la tornemos a nuestros ojos mucho menos agresiva de lo que parecía. Un nivel en el que no habría llegado tanta porquería ni estruendo de un combate sin verdadera importancia.
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Somos imbéciles
El ministro del gobierno de España, Jorge Fernández Díaz, está que se muere de gusto, que se le hace el culo pesicola, cada vez que habla de la jerarquía de la Iglesia Católica (fuera de la cual no hay salvación). El obispo Cañizares por ejemplo es puro, sabio, misericordioso, lleno de carismas, ungido, santo, y si le oímos decir todas las cosas sucias y bobas que le oímos decir es culpa nuestra, es que le entendemos mal, es que no sabemos nada, es que somos imbéciles.
Llevan tanto tiempo tomándonos por imbéciles que al final va a resultar que de verdad lo somos.
Presidente
Si lo que cuentan del padre del presidente del gobierno de España es verdad, entonces todo está permitido (como ocurre con lo de la «muerte de Dios»).
171 Cumpleaños de Nietzsche
L’Ombra di Venezia
«Prólogo
Cuando siendo más joven hice la prueba de releer antiguos escritos míos que había olvidado, me asustó un rasgo común de todos ellos: hablan el lenguaje del fanatismo. En casi todos los lugares en que se habla de quienes piensan de manera distinta, llaman la atención ese modo sangriento de renegar y ese entusiasmo en la maldad que son los signos del fanatismo,–signos odiosos, a causa de los cuales no habría soportado leer hasta el final esos escritos si hubiese conocido un poco menos al autor. El fanatismo arruina el carácter, el gusto y en definitiva también la salud; y quien quiera restablecer los tres de manera radical, tiene que estar dispuesto a pasar por una cura larga y aburrida.
Tras haber dicho tanto de mí mismo, y no precisamente lo más edificante–como la costumbre del prólogo no aconseja pero sí permite–puedo esperar al menos haber logrado con ello que mis pensamientos más recientes, que en el presente libro doy a conocer, se lean no sin precaución»
FP II, 1880, 3 [1]
Nietzsche tras curarse del fanatismo, pero advirtiéndonos de la posibilidad de que la curación no haya sido completa. Lo contrario del fanático es el escéptico, claro está.
Anarco
«Nietzsche era un anarquista, y todos los verdaderos anarquistas eran aristócratas»
(Emma Goldman, Living my life)
La dignidad humana
«En el fenómeno del participar espontáneo en las manifestaciones vitales sensibles de alegría, felicidad, dolor, angustia, tristeza, afectación en la forma de alegría o en la de dolor compartidos, la suposición de una raíz común del ser-hombre, y de un ethos común de la humanidad, gana una evidencia generalmente accesible y vinculante: ‘la dignidad del hombre hay que entenderla entonces como el valor que yo le doy al otro yo incondicionalmente, porque es un hombre'» (Vogel citando a Pieper).
(A la dignidad humana a través del cuerpo expresivo, o la carne).
Francisco
El hecho de que ahora sea Papa, por lo que parece, una persona normal, y que sin duda sea de todo punto extraordinario que el Papa sea una persona normal, en absoluto viene a significar que lo del otro mundo haya dejado de ser increíble.
Razón
Razonar, en todos los sentidos, no significa sino ajusticiar o ajustar las cuentas.
Juventud
Para mantenerse joven y con el cerebro elástico lo mejor es deconstruir sin tregua la educación que a uno le han dado.
Compasión no es amor
Los hay que llegan a decirle a alguien cualquiera «te quiero» cuando en realidad lo que le están diciendo es «¡qué pena me das!, majete».
Y para dar con la clave que da cuenta de esta chocante confusión lingüístico-sentimental, que es sin duda un trastorno, en vez de sumergirse en supuestas sinuosidades de la infancia psicoanalítica del hablante (papá y mamá y yo, o el infancito como rotulan algunos), la honestidad intelectual alternativa viene a exigir que nos remitamos a su educación católica, es decir, el mandato del amor a los desgraciaditos de la vida. (En el bien entendido de que esta posición de desagraciadito, a veces solo temporal, la puede ocupar cualquiera de nosotros).
Cuando se nos abre o se nos muestra un desgraciado, automáticamente «se le ama», simplemente porque según esa aberrante educación sentimental se le tiene que amar. Paralelamente, entonces, al que es afortunado o se le envidia o se le odia o casi siempre las dos cosas. Pura demencia asimismo, pero por supuesto no necesariamente edípica.
Lo sano en este terreno resultaría decididamente antipático, hasta el punto de que te pueden abofetear. Cuando se te abre el desgraciado, por supuesto muchas veces estratégicamente, se trataría de responderle: «Hay que venir llorado de casa», o incluso: «¡No me cuentes tu vida que es muy triste!». Como decía el refrán, que cada palo aguante su vela.
(Aunque nos puede llevar a ayudarle efectivamente, a menudo la compasión es una falta de respeto para el compadecido, una intromisión en su intimidad, y lo peor es que duplicaría el sufrimiento humano. ¿No es humillar a alguien hasta el extremo decirle sinceramente que te da pena?).
