¡¡Como si hiciera falta demostrar que «Luis el Cabrón» es Bárcenas!!
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Zoido
A ese nuevo ministro Zoido juraría que me lo encontré en la cuarta feria de la emprendeduría en charcutería y casquería, creo que cerca de Socuéllamos, pregonando su mercancía de gallinejas y criadillas surtidas.
Yo pasaba por allí causalmente.
Ser filósofo
Conviene al que desea oficiar de filósofo serio, no tanto una limpieza de cutis cuanto una de psique, su instrumento de trabajo, el filósofo artesano de sí mismo necesita hacer añicos todos sus espejos deformantes, practicar la autodisciplina, ser psicoanalista de sí mismo e incluso visitar buenos psiquiatras de cuando en cuando, si es posible amigos, con todo el inapreciable arsenal de sintéticos equilibrantes del estado de ánimo y destructores en la cuna de demencias incipientes (¡esa alianza culturalmente invencible de filosofía y medicina!).
Eso está claro, a la vista del delirio narcisista de la tecnotrascendencia, en el que están yendo a parar cada vez más iluminados, embeleco tardocapitalista a la altura de los de la Obra.
Freud
«Si quieres la vida prepara la muerte» (adaptando el dicho latino sobre la guerra).
(Si lo que quieres es vivir plenamente cada momento en su preciosa fugacidad, ten en cuenta siempre esa fugacidad de todos y de todo, empezando por la tuya)
Vigor
Virtuoso es el que tiene fuerza.
(Cicerón en Tusculanas: virtus viene de vis, potencia, energía, vigor).
Nos dice Montaigne
Contra Spinoza
Solo el que ha aprendido a morir ha aprendido a ser libre.
En cambio el vulgo, instalado en la estupidez animal, pretende superar el miedo a la muerte simplemente no pensando nunca en ella. (Por lo demás es algo imposible, una impostura ante sí mismo).
Por eso los egipcios hacían traer un esqueleto a sus fiestas y a sus banquetes.
Nos dice Montaigne.
Afán de distinción
Ayer lo contó la locutora de la CNN, la línea 1 del Metro de Santiago de Chile llevaba una hora cortada entre La Moneda y Universidad Católica, o entre ésta y Salvador, no lo recuerdo bien, porque un señor de sesenta años se había tirado al paso del tren. Venciendo el escrúpulo de penetrar con la fantasía en el alma de un individuo, no digamos en la de un suicida, recinto más que sagrado, me atrevo a apostar a que fue un caso de intolerancia a la insignificancia.
Aquí en Santiago, a casi todas las horas del día, te barren literalmente de la calzada cientos y miles de personas de toda condición, la mayoría juveniles y enérgicas, peatones y ciclistas. Son multitudes que se apresuran en todas las direcciones y que te hacen sentir la absoluta indistinción en que todos vivimos, te hacen notar que no eres nadie, que nadie es nadie.
Un suicidio por afán de distinción, tal es mi conjetura, porque si no el hombre se habría tirado al Mapocho. Y no se tiró al Mapocho sino a la vía del Metro de la línea 1.
Lo que no sabía el reciente sexagenario, ingresado en la edad en que la insignificancia se agrava porque se empieza a estar de más, sobre todo en Santiago, lo que el sesentón ignoraba es que la locutora de la CNN, tras participarnos el incidente por la única razón del trastorno colectivo que causó, pasó como si tal cosa a comentar las cosas de la actualidad futbolística santiaguina.
Claridad
Con motivo de tratar el asunto de la confusión a la hora de elegir a qué vamos a dedicar la vida, por ejemplo en lo relativo a nuestra profesión o a la «vocación», le explicaba Wittgenstein a su amigo Drury que la falta de claridad en los conceptos puede acarrearnos muchas veces consecuencias verdaderamente catastróficas para nosotros como individuos o incluso como sociedad cuando tomamos decisiones.
Impostores
Aunque parezca algo así como la lógica de las cosas, simplemente el paso del tiempo nos acaba poniendo a todos en nuestro lugar. O sea, en ningún lugar en absoluto, pero ni mucho menos el lugar que nos habíamos querido figurar como real cuando el delirio del que habíamos partido todos en el comienzo.
Por eso no tiene vuelta de hoja: a medida que nos aproximamos a la conclusión de la vida van cediendo las imposturas hasta esfumarse en la plaza pública.
Aunque muchos, erigiéndose en sucesores o discípulos de los viejos impostores, se dediquen a prolongar en el tiempo la impostura de aquéllos como impostura propia, fingiendo además que el tiempo no se ocupó de destrozarla en su momento.
Pero toda prolongación mimética de la impostura termina doblemente cortada en seco, o al contrario, de modo paulatino. Porque el tiempo siempre sigue pasando, nunca hay «siempre» que valga.
Los más lúcidos son los que más sufren porque saben de la impostura que los constituye, y van notando cómo se va astillando a los ojos de todos. O si no porque son honestos e intentan no caer en ninguna, lo cual es realmente doloroso, tal vez sobrehumano.
Parece que solo se puede vivir pasablemente administrándose periódicamente pequeñas dosis de autoengaño. Pero hay que andarse con ojo, porque el autoengaño a dosis masivas produce un asco invencible, asco de sí mismo o de los demás.
Los animales
No me atrevo a sentar cátedra sobre la abstrusa cuestión metafísica de los derechos de los animales, sobre todo porque hay muchos negocios muy boyantes que se irían al carajo si esa cuestión se resolviera en sentido positivo, y las mafias siempre infunden respeto.
En cualquier caso, me parece que mi perra Pepa es más noble que Esperanza Aguirre, pero con seguridad es mucho menos peligrosa.

