El otro día, al ir a subir al tren me dieron una especie de folletillo bien impreso, aunque con escaso sentido estético, en el que se podía leer que, debido a las obras de mejora que van a durar ni se sabe en las vías procedentes del sur de España (no es toda obra de mejora?), los trenes sufrirán continuos retrasos. No obstante, seguía el papel, la RENFE se compromete a seguir siendo la compañía ferroviaria más puntual «del mundo», dejándolo ahí como si fuera de dominio público. Lo que se nos está prometiendo es que si un tren va a llegar con un retraso de media hora, podemos estar seguros de que será de media hora, y no de una hora. Así que la RENFE va a ser absolutamente puntual en todos sus retrasos, o sea, los anunciará. Es como si un señor de casi 70 años anunciara públicamente que tiene disfunción eréctil pero que, por supuesto, va a seguir siendo el mejor amante del mundo (¡¡como todos ya saben!!).
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RENFE A LA VANGUARDIA
Sigue dando sus frutos el rompedor modelo de negocio de la RENFE, pasmo de propios y guiris. Desde hace mucho tiempo, tal vez incluso inmemorial, el plan de tren-aventura ha venido haciendo de nuestros viajes algo parecido a la montaña rusa, repletos de toda la gama de las emociones humanas, desde el miedo a la cólera y la esperanza, si bien las que predominan son la incertidumbre y el desconcierto. No es estoica la RENFE, pues los estoicos tenían como lema nec metu nec spe, y en esto los ferrocarriles españoles también se acompasan con la reflexión posmoderna sobre los afectos, siempre a la vanguardia. Hay tantísimos ejemplos para ilustrar esto que digo que resulta difícil elegir. Por ello, escojo la anécdota más reciente.
En el viaje en tren de Madrid a Toledo, o viceversa, viaje en teoría breve, y además todo un modelo mundial de puntualidad, según las propias palabras de los de la RENFE, que ahora te las dan por escrito al entrar, le puede pasar a uno cualquier cosa, pero es imposible que no esté todo calculado, sin duda con el asesoramiento de la subcontrata de psicólogos, para soltar el sentido del humor de los viajeros, porque al final lo único que van a poder hacer es morirse de risa, o eso o liarse a hostias. Anuncian el tren en la vía dos, pero cuando vas por la vía dos para subirte, un empleado que casi no se ve y que estaría ocupado en algo que no se puede saber, se dirige a ti como distraído, y con la vocecilla que suele usarse para compartir secretos te susurra: «el de Madrid en realidad es la vía tres», así que allá que te vas. Luego, es un problema tremendo localizar tu vagón, por la sencilla razón de que muchas veces van sin numerar o con números borrosos de trazo ambiguo, que cualquiera sabe. Y es que en ocasiones los vagones van colocados según la serie 1-2-3-4, y en otras al revés: 4-3-2-1. Después del congresillo que invariablemente montan los viajeros por los pasillos del tren, con el fin de tratar de averiguar o intuir cuál es realmente el vagón 3 o el 2…por fin llega el momento de dirigirte a tu plaza. En mi billete de la última vez se me asignaba la 103, y allá que te voy porque soy siempre muy coherente. Pero hete aquí que no tardo en descubrir que esa plaza no existe, lo que encuentro son las plazas 103a, 103b, 103c y 103d. Es importante, pero mucho, que en alguna de las cuatro haya quedado un asiento libre, porque de lo contrario ya me dirás. Todavía no recuperado emocionalmente de tantos impactos, por fin llega el momento de la partida, eso sí, esta vez a su hora. Pero el altavoz se escucha tan mal que los viajeros tiemblan ante la posibilidad real de que el tren no salga para Toledo sino para Marsella, es un decir. Pero esta vez hubo suerte, y se escucha una exclamación de alivio general, profundo, cuando caemos en la cuenta de que, en efecto, esta vez nos llevan a Toledo y no a sabe dios dónde. Luego ocurre otra cosa, a mí por lo general me toca el asiento en sentido contrario a la marcha. Una pasajera me comentó que eso sin duda lo hacen para que el viajero se maree, con lo que el aspecto de aventura emocional de un viaje en la RENFE se hace aún más acusado. Como en la montaña rusa.
Puede que sea una cosa de mala educación, pero cuando en el tren se escuchan las instrucciones y recomendaciones de la compañía relativas al viaje, absolutamente todos se las pasan por el forrón. Como dijo un pasajero el otro día: ¡¡No pretenderán que le hagamos caso a la RENFE!!»
LA HONESTIDAD
Recuerdo aquella coplilla católica que parecía encender el ánimo de los fieles, casi siempre apesadumbrado: «Hoy el señor resucitó y de la muerte nos libró». A propósito de ese recuerdo, me viene otro que trae un eco wittgensteiniano pero también nietzscheano. Y de los dos sale una moraleja: cuando no sabes qué estás diciendo lo mejor es que no lo digas. Así lo exige la honestidad intelectual, la Redlichkeit. Y es que si embarullas y confundes a la gente con tu propia confusión les puedes hacer mucho daño, es la claridad lo que salva vidas humanas.
INCITAR A LA BLASFEMIA
En un largo viaje en uno de sus trenes rápidos, la RENFE nos casca un documental que va muy en serio y no hay modo de evitar, nos impone un documental. Hablan de la Virgen varias personas, y un cura joven, con aspecto de comer demasiado bien, nos insta a que nos preguntemos muy en lo íntimo: qué será lo que quiere la Virgen? Eso pregunto yo, qué coño quiere.
MENTIRAS 2
Todo el mundo habla de la estación del AVE de Toledo, pero nunca ha entrado un AVE en Toledo, y qué más da.
MENTIRAS
El AVE Madrid-Coruña ni es AVE ni te lleva de Madrid a Coruña. Pero no importa, todos están encantados con el AVE Madrid-Coruña. Y eso lo sabían muy bien los que lo anunciaron triunfalmente.
DROCHON (I)
El desgraciado libro de Drochon sobre la gran política de Nietzsche, dejando aparte sus tonterías de gran calibre (tales como sugerir en más de una ocasión que lo que no está escrito en inglés propiamente no existe o está sin explorar aún), ignora absurdamente que para el filósofo alemán será esclavo todo aquel que no pueda disponer de dos tercios del día para el cultivo de sí (actualmente somos todos esclavos), de manera que no hay nada que se pueda considerar ya cultura en el sentido de cultura superior en vez de mero recreo o entretenimiento, es decir, descanso y solaz del esclavo, parque temático.
DROCHON
Hay un modo que no es infalible de anular el pensamiento nietzscheano y hacer como si no fuera con uno, dejándolo como residuo decimonónico que hay que «explicar» académicamente para que no nos estorbe la digestión y poder seguir en la hipocresía que es la esencia de toda política.
Consiste en que a Nietzsche lo lea un tonto, y se le recompense de algún modo por escribir «un libro» después. Porque entonces sale un Nietzsche tonto o muy tonto, con lo que nos sorprende que haya tenido la descomunal influencia que ha tenido. Característico del tonto es aturdirse con montañas de bibliografía secundaria que le ayudan a confundirse totalmente con la primaria. Cuanta más bibliografía domina el tonto más tonterías dice, eso no falla.
NO SON AUTÉNTICOS CREYENTES
No hay nadie, mucho menos de entre los católicos, que sea capaz de comprender siquiera mínimamente las «cosas últimas» en las que creen los católicos. Por eso, es seguro que los católicos no creen en nada; o por mejor decir, simple y llanamente, no son creyentes los católicos, porque es imposible que sepan, en sentido estricto, el supuesto sentido del objeto de su creencia, ya que su creencia carece de objeto de verdad especificable, o sea, carece de sentido. Si no hay modo de entender lo que dices creer, entonces es evidente que no crees.
EL TAXISTA NORMAL
Aquel taxista era inteligente en el sentido de «normal». Y aunque este calificativo se desvanece siempre en el aire por su vaguedad, aquí tiene un sentido concreto: escuchaba la SER en lugar de la diabólica emisora de los curas airados a la que están adictos tantos de sus colegas de profesión. Anidaba en él la característica ironía galaica, esa retranca o sarcasmo de la inteligencia tantas veces ofendida. Todo fue a propósito del infierno de los semáforos en A Coruña de hoy. «No hace falta nada de esto, en absoluto, porque a esta hora nunca hay ningún problema, lo sabe todo el mundo, pero el caso es que a un iluminado del Concello, debe ser de los que llevan las cosas del tráfico, de repente le da por cambiar la secuencia de uno de los semáforos, y entonces se organiza un sindiós del que no es fácil salir. Y todo sin sentido interpretable, todo porque sí», aunque tal vez, me atreví a aventurar yo, porque a todo iluminado se le antoja de vez en cuando dejar su huella en la historia grande o pequeña, que se note que estoy yo aquí, coño, aunque sea que se note con una catástrofe gratuita, dependiente solo de mi albedrío, una catástrofe en la que quedará patente que tengo albedrío, y a mí la gente se me da una higa.
«Hay que matarlos, a los tontos hay que matarlos, no os quepa duda, que no quede vivo ni un gilipollas. Porque se dedican desde la primera hora de sus días a amargarnos la vida a todos, y ello sin ninguna razón apreciable. Hay gente, los tontos, que mucho mejor para todos que no existieran nunca, que no estuvieran en el mundo. Será como haber ahogado al niño Hitler en su cuna, ¡qué beneficio para el conjunto de la Humanidad!» Pero yo apreciaba lagunas en el plan del taxista normal, a pesar de, por supuesto, estar de acuerdo en el fondo con él. Y es que ¿cómo detectamos inequívocamente a los tontos? ¿Cómo distinguirlos con certeza de los que no lo son? ¡A ver si van a pagar justos por pecadores! Por supuesto que este problema mío no lo era para el taxista normal, que ya había reflexionado lo suyo sobre el asunto desde que concibiera su plan de asesinar a los imbéciles por el bien de todos. «¡Bó! ¡Como si no se le notara de sobra al gilipollas que es gilipollas!» Así despachó de un plumazo la objeción, y a fe que no tardé un minuto en comprender que tenía razón. Pero inmediatamente le dejé constancia de una urgencia que me había entrado: «¡Pero hay que identificar inequívocamente al gilipollas del Concello, no nos vayamos a equivocar cargándonos a un inocente en su lugar!» Aquí el taxista normal titubeó tras sonreírse, dando a entender con su gesto que eso no era más que un obstáculo menor. Sin duda había descubierto que el cretino de hoy lo que adora es la publicidad, «¡¡ sí, yo, fui yo y no otro el que montó el Cristo en el tráfico de A Coruña el 28 de julio del 23!!» Y esto publicado en las redes sociales, en pancartas, simbolizado en performances, pintado con rojo en sus camisetas. El taxista avezado sabía perfectamente que no hay tonto que no se acabe delatando, en sus exhibiciones de pretendida inteligencia. Y no se le escapaba al taxista justiciero la verdadera dificultad, como tal insoluble: «En el Concello hay muchos tontos»…
Buena propina para el taxista normal, porque el taxista normal no es otro que el filósofo del taxi, trabajando en una profesión que, más que cualquier otra, le permite a uno practicar la observación psicológica. Y ya se sabe que la Psicología es la reina de las ciencias.
