Archivo del Autor: marrodri57

Avatar de Desconocido

Acerca de marrodri57

Catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid "SO VIEL MISSTRAUEN, SO VIEL PHILOSOPHIE"

“Era el colegio, con su aspecto de gran cuartel, un lugar de tortura; era la gran prensa laminadora de cerebros, la que arrancaba los sentimientos levantados de los corazones, la que cogía los hombres jóvenes, ya debilitados por la herencia de una raza enfermiza y triste, y los volvía a la vida convenientemente idiotizados, fanatizados, embrutecidos; los buenos, tímidos, cobardes, torpes; los malos, hipócritas, embusteros, uniendo a la natural maldad, la adquirida perfidia, y todos, buenos y malos, sobrecogidos con la idea aplastante del pecado, que se cernía sobre ellos como una gran mariposa negra”

Pío Baroja (Camino de perfección, XXXVII).

La indiferencia

Nos podría costar la vida entera llegar a comprender que la libertad del otro, esencialmente, no consiste en otra cosa que en su posibilidad, siempre presente, de mirarnos a la cara y decirnos: «mire usted, lo suyo, decididamente, me importa una mierda». La indiferencia del otro, su indiferencia hacia nosotros, que puede llegar a ser cósmica, es la medida misma de la libertad de todos. Pero nosotros esto no lo comprendemos, y buscamos vengarnos del otro que no nos hace caso, incluso matándole. O si no lo matamos entonces nos retorcemos de resentimiento y nos hundimos en la depresión. «Yo soy fulanito de tal, ¡¡pero el mundo no me reconoce!!». Tragicómico. Precisamente la libertad esencial es la capacidad y el derecho que tienen los demás a no reconocernos. Nadie tendría la obligación de reconocerme.

No nos podemos desprender de la infancia en toda nuestra vida y fantaseamos con papá y mamá porque ellos sí que nos hacen caso hasta en las pequeñeces. Fantaseamos o bien con la figura de Dios, que estaría al tanto de todas las tonterías que hacemos y que decimos, porque nos ama y por eso nos tiene que castigar de vez en cuando, cómo no, o bien en la figura delirante, y correspondiente a la de Dios, de la fraternidad humana universal (como si los hombres tuviesen los mismos padres: pero yo no soy hermano de Esperanza Aguirre, por suerte y por desgracia quedo fuera de su herencia, y tampoco la aceptaría como amiga porque no consigo entenderla). Los humanos nos debemos cuidar unos a otros en el estado de necesidad, eso en principio nadie lo dudaría, pero quitando eso hay que digerir de una vez la idea de que a la mayoría de las personas les importamos un huevo.

Pero es que sin duda es mucho mejor así, porque es la condición de nuestra propia libertad el que lo real no se cuide de mí, el que en el peor de los casos pudiera ocurrir que nadie se cuidase de mí, y entonces tuviera que sacarme adelante yo solo con mis propias fuerzas, claro está que solo hasta donde siguiera interesándome. Es insoportable pensar en que un sinvergüenza vaya a venir un día a hacerte caso por pura compasión, y es que entonces, si te dejas, te habría capturado entre sus zarpas definitivamente. Nuestro propio valor, el que nos damos a nosotros mismos y sin el que no podríamos vivir, no puede depender de que los demás nos valoren o no nos valoren (eso y no otra cosa es el estado de esclavitud). Con la importante matización que habría que hacer en el caso del otro «significativo», naturalmente.

La gran belleza

imagesLa película relata una traición consciente al platonismo que suscribe el platonismo. En este bajo mundo, incluso Roma es bajo mundo, todo lo que se puede encontrar, como mucho, es belleza (las dos mujeres, inicial y final, del protagonista, con las que no se acuesta; los tesoros de los palacios romanos, a lo que tiene acceso privilegiado). Pero el tan crítico protagonista aspiraría no a la belleza sin más sino a la gran belleza que le permitiría escribir por fin el gran libro. Claro está que aquí, ¡¡en Roma!!, no la va a encontrar. En la noche de Roma, con los escritores y los pintores de fiesta, te vas a chocar de frente con gordas cocainómanas, pornógrafos heroinómanos, gordos salidos que sudan, enanas astutas, todos ellos bailando «Mueve la colita». Todos al pasar los cincuenta con sus vidas más o menos destrozadas, queriéndose en medio del fracaso de todos, un fracaso que todos conocen. Y por eso bailan y dicen bobadas, porque se quieren y evitan decirse la verdad. Lo importante en el hombre de mundo es el cuidado de la representación. Sobre todo en la máxima representación que sería un funeral. La palabra, el gesto siempre más adecuado, la actuación perfecta. El mundo como representación, teatral, que te permite llorar pero a condición de que sea por dentro. Para subir a la gran belleza está la momia, la santa, la mística, que a sus ciento y pico años sube a cuatro patas unas escaleras interminables (como en el Banquete y el Fedro platónicos el alma enamorada). Accesión erótica de la momia, en el límite de la vida y la muerte, que sin duda alcanza la gran belleza porque la momia viene del silencio («la pobreza se vive pero no se cuenta»). Eso lo llega a reconocer el protagonista cuando se va. Pero con él que no cuenten para subir la escalera y abandonar este mundo de fango y de pequeñas bellezas. Él es de este mundo de aquí abajo, el del teatro de la gente que se quiere, pero sobre todo el mundo del lenguaje, del bla, bla, bla en que se nos va la vida. Sabe el protagonista que su mundo tiene su profundidad debajo del bla, bla, bla, que de vez en cuando se puede atisbar el fondo desde la costra de la estupidez y de la charlatanería. Una tontería y una verborrea que bailan el «Mueve la colita» pero que a algunos les permite atisbar el fondo, lo profundo, lo que sería eterno a su manera, de otra manera. El platonismo tiene razón: la carne se pudre en Roma pero tenemos la oportunidad de ascender místicamente a la gran belleza. A pesar de ello el protagonista, que lo sabe, no quiere dejar de hablar, el magnífico bla, bla, bla, del que quedará en cualquier caso ese fondo que nos deja ver la belleza, pequeña pero viva.

Cultura popular

Cuando yo era muy joven todo lo que escuchaba la gente del pueblo era la copla y el flamenco, y todo lo que veía en la tele, aparte de los toros y el fútbol, películas de vaqueros o el asesinato de Kennedy, un santo.

El problema es que yo era gallego, como toda mi familia. ¿No es esto como estar exiliado, literalmente?

Familia Cristiana

Un cura de los de más rango ha venido a decir hoy que le debemos a la Iglesia Católica nada menos que el haber salvado a la juventud española del «sexo salvaje». ¿Pero quién les había pedido que nos salvaran de eso? Y es que puede ser la enfermedad mental mucho peor que el sexo salvaje, entiendan como lo entiendan ellos ese sexo salvaje, en su imaginación tan calenturienta. ¿Qué sabrán los curas del sexo, mucho menos del «salvaje»? Por cierto, ¿qué será el sexo salvaje? (uno siempre se acaba cansando, el sexo tiene su propia medida, para pocas salvajadas estamos ya en ese terreno).

¡Déjenme vivir como Dios o la Naturaleza me dé a entender! Por favor, no insistan más, hace tiempo que ya no lo soporto: YO NO SOY CRISTIANO. ¿Se enteran? YO NO SOY CRISTIANO. Lo cual no quiere decir necesariamente que sea una mala persona o un perro (conozco a mucha gente de muchísimo cuidado que aseguran que son cristianos). Ya sé que su fe tiene poco sentido si no intentan convertirnos y redimirnos a los que no creemos, pero yo no tengo la culpa de eso.

Y ya que tenemos confianza después de tantos años, les diré que si yo no soy de su fe no es porque haya tantos casos poco ejemplares entre sus filas, ni siquiera porque en los colegios de curas, me consta, algunos de ustedes hayan acosado o incluso abusado sexualmente de niños y adolescentes (eso es verdad que pasa en las mejores familias, sobre todo las que pretenden que la sexualidad no existe si uno no quiere). Tampoco porque fueran ustedes el brazo «espiritual» del franquismo. Sino porque a mí la creencia cristiana me parece absurda, simplemente absurda, por no decir delirante (que no lo llego a decir porque no quiero faltarle al respeto a nadie). Los conceptos de vida y de eternidad no se pueden reunir, toda vida por definición es transitoria, todo lo que hay es transitorio, no hay nada fuera del tiempo. «Vida eterna» en consecuencia no significa nada. Y el concepto de pecado es una verdadera monstruosidad prehistórica, origen de tantas dolencias anímicas puramente imaginarias. Pero que la creencia cristiana haya durado tanto y que por otra parte sean ustedes tantos no me convence de lo contrario, porque ocurre que yo no soy demócrata desde el punto de vista epistemológico (por lo demás, ustedes tampoco).

En segundo lugar, no es sólo que en mi vida su fe no juegue ningún papel es que además tengo la seguridad de que la vida humana es mejor sin ella, más intensa y llena de aventura, menos ilusoria. ¡¡Qué le vamos a hacer!! No somos todos como ustedes, ni tenemos por qué vivir todos de acuerdo con lo que ustedes piensan que es la voluntad de Dios. Por favor, hagan un esfuerzo para comprenderlo de una vez.

Asegura una católica española, madre de 18 hijos, que nadie puede meterse en la cama de un matrimonio. ¡¡Qué ocurrencia!! ¡¡Meterse en la cama de un matrimonio!! ¿Será eso lo del sexo salvaje? ¿Será que no hay un cura metido en la cama de los matrimonios creyentes?

El verdugo

Lo único que diferencia del Ministro Wert al verdugo (el joven) de Berlanga es que al verdugo (el joven) de Berlanga no le gusta su trabajo.

Non serviam

Da toda la impresión de que la gente en general es feliz sólo cuando encuentra a alguien o algo a quien servir incondicionalmente, Dios, la Sociedad, su Yo. Sólo el diablo parece que encontró su felicidad en el no servir a nadie ni a nada. ¿Es posible hoy la vía del diablo? Me parece que sólo a costa de renunciar a la felicidad, hasta tal punto todos somos sirvientes. «Vale quien sirve», y quien no sirve no vale, es decir, está en el infierno.

Pánico dan los Señores, Dios, la Sociedad, el Yo, porque todos ellos nos obligan a matar y a matarnos. A hacerles continuos sacrificios.

Ser desobediente

Ser desobediente, de manera radical, significa no resignarse a nuestro propio concepto, a nuestro nombre propio, rebelarse contra el verbum dei que pesa sobre nuestro destino como palabra de nuestro Señor. Ser desobediente, de manera radical, significa destruir la ilusión de la identidad personal, lanzándonos por la senda de las metamorfosis sin fin (la senda natural).

Ser desobediente, de manera radical, significa haber descubierto que no había nadie a quien hubiéramos podido obedecer.

La religión

Organización institucional pre-científica de la materia psiquiátrica.

Altamente ambigua, nociva y provechosa.

Neurosis religiosa

Que la creencia religiosa, cualquiera de ellas, no deje nunca de ser constitutivamente demencial, lo cual es evidente, no le quitaría nada del valor simbólico que pueda tener en concreto, como senda particular de ese laberinto infernal que es el «alma» humana.