Archivo del Autor: marrodri57

Acerca de marrodri57

Catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid Interesado principalmente en Nietzsche y la Filosofía de la Mente (Psicoanálisis, María Zambrano, Wittgenstein, Posthumanismo, Historia del Pensamiento)

PRINZ VOGELFREI

Vernunft? — das ist ein bös Geschäfte:

Vernunft und Zunge stolpern viel!

Das Fliegen gab mir neue Kräfte

Und lehrt’ mich schönere Geschäfte,

Gesang und Scherz und Liederspiel.

¿La razón? — es un mal asunto:

¡La razón y la lengua tropiezan mucho!

El volar me dio nuevas fuerzas

Y me enseñó mejores maneras

Cantar y bromear y tocar canciones

NIETZSCHE

AYUSO Y LA MUERTE: AUTOANÁLISIS

Una conocida mía me muestra su convencimiento de que todo el que se dedica a la Filosofía tiene que haber superado el miedo a la muerte. Hasta se podría decir, según ella, que para poder de verdad enseñar filosofía, un requisito importante sería este, en la tradicional idea del sabio estoico capaz de “digerir piedras”. Pero es evidente que yo, por lo menos, no digiero piedras si están demasiado duras, y lo de la muerte es muy duro. Más o menos manejamos el asunto, pero dentro de ciertos límites, casi como cualquiera que no se dedique a la Filosofía.

Esto vendría a cuento de que me sucede algo que no entiendo por mucho que lo intento. Y es que cada vez que veo a IDA en televisión, o me la recuerdan los periódicos y las redes sociales, inmediatamente me pongo a pensar en la muerte, con la consiguiente incomodidad que va subiendo de tono a veces de modo alarmante. Al principio esto se traducía en la aparición en mi mente de la imagen de Ayuso Legionaria (¡Viva la muerte!, novia de la muerte). Una imagen que se alternaba con la de la Dolorosa tras la pasión de su Hijo, en la versión más barroca y siniestra de la religiosidad tradicional española. Luego, los cuadros de Julio Romero de Torres repletos de mujeres silenciosas que te miran absortas con abanico en las manos, como ansiosas de asistir a velatorios. Y mantillas negras, y peinetas y procesiones de Semana Santa, y toreros entrando a matar…En fin, todo un jolgorio verdaderamente patriótico en el más viejo de los sentidos.

Evidentemente, este síndrome que me aqueja no encuentra explicación suficiente, aunque sí refuerzo, en los datos objetivos de la pandemia en Madrid, sobre todo en lo acontecido en las residencias de ancianos de la comunidad. Ni tampoco en las célebres incoherencias del discurso ayusiano, si bien para mí, particularmente, sigue valiendo la idea aristotélica de que la Inteligencia es la pura vida en su más intensa expresión. Hay que mirar en otra parte.

Lo que me fascina de manera muy azorante es la mirada de la presidenta, su mirada prodigiosa. Hasta el punto de que ha llegado un momento en que ya no puedo centrarme en lo que dice, de eso que me libro, sino en las evoluciones espaciales, no euclidianas, tan chocantes de su mirada. Una mirada turbia e impredecible en sus recorridos, como si se posara una nube blanca, nunca vista, entre sus ojos y los míos.

La clave podría estar en José Antonio Primo de Rivera. ¡Como lo oyen!, y no se crean que deliro. En las fotos del fundador de la Falange creo reconocer la misma mirada, mirada turbia de nube que no se centra en un punto (los ojos del que tiene delante) sino que parece que abarca el horizonte en que ambos están enmarcados. Un antiguo falangista decía no hace mucho que Ayuso cuando joven había estado entregada a la figura de José Antonio con verdadera devoción

Pero ¿por qué he ido a parar a esto? Por algo que me contó un viejo profesor ya fallecido, una vez que hablábamos de Ortega y Gasset en su casa. Yo le había preguntado si Ortega había tenido alguna relación con José Antonio alguna vez, si se habían conocido personalmente, porque en una vieja Historia de la Filosofía publicada en Londres se describía al filósofo madrileño como “joven fascista español”, algo que me había dejado completamente atónito y escandalizado. El viejo profesor me contó entonces la anécdota de que una vez alguien arregló una cena para que José Antonio y Ortega se conocieran y pudieran hablar. Al parecer nada resultó ni trascendió de aquella entrevista gastronómica. Pero más tarde le preguntaron al filósofo qué le había parecido el fundador de la Falange. Y Ortega se limitó a decir algo como lo siguiente: “¡No quiero volver a ver a ese hombre! ¡Lleva la muerte en los ojos!”

«Llevar la muerte en los ojos», esa es la frase perturbadora ¿Cómo es posible llevar la muerte en los ojos? Esta es la clave de mi neurosis ayusil, no me cabe la menor duda. Lo de menos, por supuesto, es saber si la anécdota que me contaron refleja lo en realidad sucedido. Y también pudiera ser que esto lo sepa casi todo el mundo, no lo sé, el caso es que yo no lo sabía.    

COVID EN MADRID

A finales de noviembre de 2020 me sentí enfermo una tarde de sábado, con “síntomas compatibles” con el coronavirus, y la cosa iba a peor. A eso de las 23 h. llamé al teléfono dispuesto al efecto por la Consejería de Sanidad de la CAM. Me contestó una mujer latinoamericana que me hizo rellenar a distancia una especie de formulario con mis datos personales y con mis síntomas del momento. Luego me dijo que me no saliera, que me aislara en mi casa y que esperara a partir del lunes la llamada en la que me dirían lo que tendría que hacer y a dónde ir para realizar la prueba correspondiente. Así lo hice, y hasta hoy, 18 de abril del año siguiente, no me ha llamado nadie. Me busqué la vida yo mismo con una prueba de antígenos que dio negativo. Menos mal.

Hace unas dos semanas, como quiera que me enterase de que a un conocido más joven que yo, o menos viejo que yo, ya le habían vacunado, me decidí a llamar a la Consejería de Sanidad otra vez, no sin cierto escepticismo. Me cogieron el teléfono cinco o seis minutos después de decir ¡UNO! (“vacunaciones”), para decirme simplemente que habían estado intentando localizarme por teléfono el 2 de abril, viernes santo, para citarme para la vacunación, pero que no lo habían conseguido, de modo que la cita no fue confirmada…Pero en mi móvil no había ningún mensaje ni llamada del 2 de abril, y quise entonces asegurarme de que tenían bien grabado mi número, pero la mujer me dijo que ellos no tenían acceso a “la lista” y no podían verificar ni modificar nada. Me tranquilizó asegurándome que me iban a volver a llamar, pero que no se podía saber cuándo. El día 9 de abril seguía yo sin tener noticias del asunto y volví a llamar. Cuando estaba a punto de colgar por la tardanza, cogió el teléfono un hombre para decirme que me habían citado por teléfono ese mismo día para el día siguiente, el 10, a fin de vacunarme en el Palacio de los Deportes (creo recordar que así lo llamábamos antes, aunque no estoy seguro; él no dijo eso sino un extraño nombre que debe ser de alguna empresa de las que se entienden con esta gente). En mi teléfono no había ninguna llamada ni mensaje que se pudiera corresponder con la suya.

Cuando llegué al Palacio de los Deportes al día siguiente a las 13 h. me encontré con que no había casi nadie, según se decía por el miedo a la vacuna. A no ser con un personaje bien trajeado, de ademán patricio, paso calmo y porte solemne de muy señorón, al parecer el mismísimo Consejero de Sanidad en persona, rodeado de una nube de elementos humanos de menor estatura, de índole más zafia, y también de algunas cámaras de televisión y micrófonos. Había por allí cerca un tenderete del PP, con banderolas azules y rojigualdas. En el control de abajo, tras tomarme la temperatura, me localizaron enseguida por el ordenador en el registro o en “la lista”, y me dijeron que pasara y que subiera al primer piso. En el ordenador del primer piso, al lado del puesto de vacunación, la que allí trabajaba no pudo localizar esta vez mi nombre en el registro, y tuvo que llamar al informático que por allí pululaba para preguntarle si no habría habido un fallo en la red o sería cosa del software. El informático estuvo manipulando el chisme y se limitó a musitar con gesto serio: “hay que hacerle todo el registro otra vez, partiendo de cero”. Se nos había unido otra trabajadora con aspecto de voluntaria que expresó sus sospechas acerca de mis intenciones al ir allí a vacunarme sin estar en el registro, pues eso nunca les había pasado. Yo hice que me enfadaba (me puse en plan “¡usted no sabe quién soy yo!”), y la de las sospechas parece que se achantó ante mi reacción, a la que sin duda debía estar acostumbrada en su ambiente. Al final me registraron “a partir de cero”, y al punto acudió muy amable una señora de edad indefinida y el pelo a lo garçon, con el aspecto inequívoco de haber sido o ser monja, y de haber tenido que ver con aquello de la Sección Femenina. Se portó muy bien conmigo al vacunarme, por ejemplo al decir yo: “¡Y ahora a desnudarme!”, ella se echó unas risas de buena gana, y repuso: “¡Hombre, no, que ya no estamos para esas cosas!”, a lo que respondí que yo tampoco. Después de la inyección, aliviado del estrés de todas estas aventuras y de toda la incertidumbre pasada, no pude por menos de exclamar: “¡Qué alegría, ya estoy vacunado!”. Y ella, a guisa de cordial despedida, me dijo: “¡No!, no estás vacunado, te queda la segunda dosis. Eso sí, este es el primer paso”. Me fui de allí contento, pero preocupado: ¡sabe Dios por lo que tendré que pasar para que me pongan la segunda dosis!   

EDUCANDO A FOUCAULT

Esta vez Rafael Narbona defeca sobre Foucault. No quiere entrar, nos dice al principio él, en el tema de la supuesta pederastia, y no es que la llame por su nombre, por la sencilla razón, añade, de que cada uno es libre de organizar su vida sexual como quiera. Como al decir esto no puede estar significando que en esa libre organización de cada uno entrarían niños y niñas, hay que interpretarlo más bien como una hábil estrategia de su parte para no levantar en la mente del hipotético lector las inevitables asociaciones mentales con la Santa, Católica, Apostólica y Romana, fuera de la cual no hay salvación. Pero en lo que sí entra con su energía de siempre es en la censura y corrección inquisitoriales de los graves errores del gran filósofo, en lo esencial reivindicando la «normalización» de lo que no es normal, apelando a su absoluta necesidad. Es de risa. Sermonea a Foucault con la auto-obligada severidad benevolente característica del párroco leído y modernillo. Es cierto que nadie a estas alturas negará que la psiquiatría y la psicología clínica, cuando ejercidas por buenos profesionales, son necesarias, y aun preciosas, si de verdad las necesitamos. Pero me parece a mí que lo que sí normaliza poco es el cristianismo, y aun llega a hacer que empeoren, en el creyente predispuesto, las oscilaciones patológicas del ánimo, sus ups and downs. Sobre todo si han sido en su raíz provocados, en los que eran menores, por el abuso sexual, ciertamente no desconocido en esos contextos educacionales. En eso lo que de verdad ayuda, creo, es el psicoanálisis clásico, o si no la simple y llana venganza.

LA FUERZA MAYOR

«Pues apenas hay deseo de una vida mejor, sobre todo cuando este precede a cualquier otra consideración hacia la existencia, que no sea expresión directa, o apenas velada, de esa incapacidad simplemente para vivir en la que se resume lo esencial del trastorno mental» (Rosset)

LA ALEGRÍA SEGÚN ROSSET

«La alianza entre la alegría y la crueldad es lo único que podría explicar el carácter corrosivo y despiadado de toda alegría profunda, como es el caso del temperamento y humor españoles, al revés de lo que sucede en el caso de la ironía, del sarcasmo, del esperpento, del humor negro, del llamado humor del absurdo o de los meros juegos de palabras, que requieren un vínculo de la tristeza con la crítica moral inherente a la idea de un mejoramiento del mundo».

(Rafael del Hierro exponiéndonos a Rosset)

«EN TIEMPOS DE PANDEMIA»

“En tiempos de pandemia” – como dicen los periodistas, protagonistas absolutos de esos tiempos: les brillan los ojos más que nunca – volvemos a descubrir que es imprescindible atender y cuidar de la “cosa pública”, no solo por civismo sino también porque quedarse aislado es ahora muy peligroso (¿cuándo me llamarán para vacunarme? ¿me llamarán para vacunarme? ¿me dejarán salir de mi cárcel cotidiana?). Pero enseguida volvemos a descubrir lo que ya sabíamos antes de vivir “en tiempos de pandemia”. Que, en general, intervenir en la cosa pública, en la microscópica medida de nuestras posibilidades, no solo no nos sirve de nada, sino que nos perjudica día tras día llevándonos a la mayor de las indignaciones como esclavos de la actualidad sin vida propia. Porque todos los políticos se revelan entonces como lo que son, lo que se dice quedan retratados en su abuso, en su brutalidad, en su estupidez. La cosa pública es la cosa sucia, y mancha mucho, lo exige todo y todo nos lo arrebata.

EL POETA NIETZSCHE, DE MONTOLIU

“(…)

Quien no pueda danzar al par del viento,

Quien haya de ceñirse ligaduras,

Espíritus decrépitos, ancianos prematuros,

El gazmoño, el hipócrita, el farsante,

Huyan de nuestro alegre paraíso.

Arrojemos el polvo del camino

A las narices del enfermo; a golpes

La nidada espantosa de los tristes.

Y disipe en la costa nuestro aliento

El aire infecto que su pecho expira

Y el opaco claror de sus miradas.

Guerra al que enturbie el cielo, al que ennegrezca

El mundo, a todo aquel que arrastre nubes;

Despejemos los ámbitos celestes.

Ruja nuestro furor. Sublime espíritu

De los libres espíritus, contigo

Ruge cual tempestad mi noble dicha.

(…)

(Nietzsche: Fragmentos de AL MISTRAL)

EL ACTOR ESENCIAL

El ideal griego. – ¿Qué admiraban los griegos en Odiseo? Sobre todo, la capacidad de mentir y la capacidad de tomar con astucia represalias terribles; estar a la altura de las circunstancias; parecer más noble que los más nobles cuando hace falta; poder ser lo que uno quiere; perseverancia heroica; disponer de todos los medios a su alcance; tener espíritu– su espíritu es la admiración de los dioses, los dioses sonríen cuando piensan en él– ¡todo esto es el ideal griego! Lo más digno de subrayarse es que aquí la oposición de parecer y ser no se siente en absoluto, y por lo tanto no se imputa moralmente [no hay juicio moral]. ¿Hubo alguna vez actores tan radicales?

Nietzsche, Aurora IV, 306.