Al Uno, que le den.
¿Aspirar al Uno?
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Al Uno, que le den.
Al Uno, que le den.
Aquel falangista de nombre Isidro Gijón, empezó su disertación aquella mañana límpida y vigorizante en La Peñota, por el año en que el hombre iba a llegar a la luna, se conoce que él ya estaba allí. «¿QUÉ SIGNIFICA SER FALANGISTA? No seguir una doctrina sino un estilo de vida…José Antonio Primo de Rivera…era de una familia de rango abolengo…»
Aquello iba a marcar mi adolescencia. Porque nunca dejé de preguntarme qué significa ser de rancio abolengo…
Me encantaba la burrata, hasta que dejé de pedirla porque me di cuenta de lo que es, un cruce de burra y rata.
Como no hay nada nuevo bajo el sol, y porque todo en definitiva vuelve, e incluso vuelve a volver, sorprende no poco la incompetencia periodística, o el servilismo de algunos periodistas, cuando nos presentan a esta gente como una opción política más, como cualquier otra, que debe ser por lo tanto respetada porque tiene tanto derecho a hablar y presentarnos su proyecto como cualquier otra. Porque está más claro que el agua que esta gente no son ninguna opción política, si lo fueran se podría discutir o incluso conversar tranquilamente con ellos, y se nos invitaría a debatirla para tomar una decisión en las urnas también respecto a ellos. No son sino una declaración de guerra pura y dura, cuyo mensaje ha venido siendo siempre el mismo: «O haces lo que te decimos que hagas, y siguiendo el orden en el que te lo decimos y piensas como nosotros, o ya te puedes dar por muerto» (porque la muerte de alguien que no obedece se dice de muchas maneras, por ejemplo, la censura del pensamiento y su expresión, para muchas personas, por lo menos, es lo mismo poco más o menos que asesinarlas). O te lo tragas todo o vas a tener que acabar saliendo a la calle si es posible armado. Esta situación tan repugnante y truculenta en la ques esta gente nos coloca es la propia de la toxicidad del mal, que te convierte en malo lo quieras o no.