EL SENTIDO DE LA FILOSOFÍA

No se ha avanzado tanto por causa de los de siempre. El sentido de la Filosofía hoy, la puramente defensiva, en una buena medida, sería muy parecido al que fuera en la época de la Crítica de la razón pura. Es decir, y eso en el idealismo trascendental, blindar “nuestra sagrada religión” contra las arremetidas del “Materialismo” (fenómeno / noúmeno). En la época que vivimos, sobre todo, es el materialismo o fisicismo rematado y entronizado por las neurociencias y las ciencias de la mente en general. Con una singular sinceridad nada común en su terreno, Teresa de Calcuta supo confesarnos un episodio de duda cruel, al plantearse una vez, con toda claridad, lo problemático de la existencia del alma. Porque no se puede creer en lo incomprensible. Y si no hay alma, por supuesto, toda mi fe carecería por completo de sentido, se dijo ella. Pero las actuales ciencias de la mente, si es que algo nos enseñan, es que, en efecto, no hay alma.

Por mucho que la mayoría de los filósofos y filósofas, por la vía supuestamente escéptica ante lo que vuelven a considerar la tan dañina «tiranía» de la ciencia, o si no por el camino moral o estético (puesto que no van a poder jamás los científicos “decir el mal”, ¡qué cosas!), nos vayan a insistir una y otra vez en lo contrario, incansablemente. Desde las grandes místicas altamente neuróticas de María Zambrano, Simone Weil y Edith Stein, hasta pensadores más de andar por casa que han estado también muy de moda en otro terreno en apariencia diferente, muy emparentado con el business filosófico y tecnológico, como David Chalmers y todos los de su chiringuito. Ya se sabe, esos que parecen sugerir, provocando nuestro pasmo, que si es imposible describir con palabras el aroma del café entonces es que el alma existe, y de ahí estaremos solo a un paso de aseverar que entonces Dios existe, y por lo tanto, como decía aquello del Glorioso Tercio, hasta podría ser que la muerte no fuera el final. Honestos filósofos como Varela o Metzinger han tenido que pagar caro su atrevimiento de introducir la meditación más o menos budista en el ámbito de la investigación más o menos científica de la mente/cerebro, puesto que dieron ocasión a la legión de los vendedores de humo religioso a introducir de rondón, una vez más, su huera mercancía.  

Me preguntaba el otro día un viejo amigo, profesor de Filosofía en el País Vasco, qué nos pasa en la Complutense. “Alguna vez algún alumno nuestro ha ido a estudiar allí, algún que otro joven que era ‘rojo’ en el sentido de normal o de natural, y a la vuelta nos ha llegado con la Fenomenología en una mano y estampitas de santos en la otra”. Siempre fue exagerado y guasón este excelente muchacho.

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