UMWERTUNG

La nula lucidez constitutiva de nuestro tiempo, la estulticia del que se siente a gusto sólo en el rebaño, nunca podrá ver que si hay algo que sea bueno no es sino porque hay mal, y que si algo es bello es porque hay fealdad, y si algo sublime porque hay estupidez y vileza. De manera que, si pretendiéramos eliminar completamente a los malvados, los ontológicamente feos y los tontos, nos lo cargaríamos todo, nos hundiremos en la nada absoluta, destruimos la vida humana en su raíz. (Se trata del miope y fatal prejuicio cristiano, evidentemente, por mucho San Agustín que se esgrima con su problema del mal, y por mucho que nos impresione la potencia colosal de Leibniz). La única opción que nos queda a nosotros es sortear el horror como mejor podamos, y acertar a manejarlo, superar mal que bien el asco, incluso jugar con él, porque todo moralismo, fanático como es, mata más que fumar.

Como dijera el sabio castizo, si prescindimos de la parte maldita, entonces “apaga y vámonos”, de eso no hay la menor duda. Ahora bien, la parte maldita como tal, sin penitencia, sin redención. Dependemos del mal para ser buenos, pero del mal como tal, sin la delirante pretensión de que sólo será admitido en el recinto de lo respetable si se transforma en bien, si se purifica.

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