Malentender

Para comprenderlos, ajustamos los sucesos a nuestras categorías individuales-sociales, lo que quiere decir que los vemos y los vivimos con la estructura que les sobreimponen nuestros intereses individuales-sociales. Es lo natural, sin duda, aunque de vez en cuando lleguemos a sospechar que habría una perspectiva compensadora o más justa que consigue mediar entre los intereses conflictivos de las personas y los grupos a los que pertenecen.
Otra cosa es la exageración paranoica de este proceso cognitivo que podemos considerar natural. Me refiero a cuando nos posee una idea fija, una obsesión, que nos fuerza como un mecanismo ciego a apartar la mirada de todos los aspectos de lo real que no se compadecen o abiertamente contradicen el contenido de nuestra obsesión identitaria, y a concentrar la atención exclusiva y patológicamente en aquellas zonas de la batalla social que dan la impresión de reforzarla. De este modo se llega pronto al delirio, a lo peor a la machacona insistencia en una ridícula misión justiciera o salvadora. Algo así como un quijotismo absurdo que nos hace vivir de forma intensa y única entre damiselas violadas, niños acosados por pederastas, trabajadores salvajemente explotados, policías asesinos, terroristas dementes, saqueadores de lo público, traficantes de armas y de personas. Es evidente que todas estas cosas existen y hay que luchar contra ellas con toda la fuerza que tengamos.
Pero en lo real hay muchos más aspectos completamente diferentes, tenemos la belleza, tenemos la juventud y la inteligencia, tenemos a la gente más excelente, pero la enfermedad de la atención a la que me refiero nos puede llevar a ignorar esto día tras día, con el consiguiente profundo fastidio de vivir que sin duda llena de odio y afán de venganza. Nos puede llevar al fanatismo puro y duro, un fanatismo que nos hace “comprender” un poema de Valente, por ejemplo, en los términos de un ajuste de cuentas justiciero.
Claro que de esta paranoia del redentor, tan común hoy, muchas personas pueden extraer nada menos que la justificación de su existencia y el consiguiente apaciguamiento de su envidia. Pero esa pretendida superación del nihilismo que conseguirían con ello se pagará inevitablemente con la absoluta incapacidad de entender lo que ocurre. Viendo por ejemplo en Freud, en Almodóvar…, simplemente, el reforzamiento intolerable de la opresión patriarcal, y esto no me lo invento. Viendo en Freud y en Almodóvar solo esto, y nada más, absolutamente nada más. Es lo que decía Nietzsche de los lisiados al revés, gente que son solo un ojo, un oído, un estómago, y nada más. En nuestro caso, los paranoicos de la redención serían solo la mirada acusadora del que disfruta de su amargura.

Como no puede ser de otra manera, el que se halla parasitado por una idea fija estructura los sucesos de manera máximamente coherente, o al menos eso podría parecer al que le escucha perorar o lee sus majaderías. Pero toda coherencia subida de tono es por definición delirante, porque lo real no es en absoluto coherente, y por mucho que intentemos darle coherencia y racionalidad, tarea sin duda imprescindible, tarde o temprano sucede siempre que la red de la coherencia en la que lo hemos envuelto se rompe por varias partes. Por eso mismo el paranoico no puede comprender de verdad nada de nada, ciego como vive a todos los dobles sentidos, las ironías, las bromas y las risas, sobre todo al imponente silencio de lo real. Por cierto que interpreta toda risa como culpable y merecedora de castigo.

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