De la amistad

En su sabiduría sacerdotal, destilada también de los clásicos de la Antigüedad, los curas nos insistían en lo nada aconsejable que resultaba establecer relaciones personales demasiado estrechas. Era aquello de las manzanas podridas que contagiaban su putrefacción a las sanas que se hallaban en el mismo cesto. Se referían al pecado, a la maldad tan contagiosa, sesgando taimadamente al modo judeocristiano aquello que razonaba el insigne Lelio en el tratado ciceroniano De amicitia: que no se puede ser amigo del malo, esto es, del enfermo, del que carecía de firmeza, de virtud, y que si se intentaba este imposible uno se vería envuelto a no mucho tardar en comportamientos deshonrosos, es decir, convertirse en malo.

Hoy la advertencia contra las manzanas podridas discurre por la vertiente psicopática, tan moderna ella. Y es que los trastornos mentales serían tan contagiosos como cualquier virus mortal, y desde luego tan peligrosos como ellos, porque a causa de las relaciones demasiado estrechas uno llega a perder de vista la naturaleza de su propia manía. Pero no hay nada más mortal que dejar de saber quién se es.

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