Por qué no soy marxista (del todo)

El estribillo de que la cultura es un arma (todo lo fundamental que se quiera) en la guerra de clases siempre me ha puesto un poco de los nervios. Cierto que los de la clase dominante siempre han sido en este país unos impresentables y unos ignorantes rijosos y macilentos, pero soy del parecer de que la cultura es mucho más que eso, muchísimo más: “quien crea que el problema de la existencia humana tiene una solución política merecería dar clase en una Universidad alemana”. Son los problemas políticos los que piden solución política, no los demás, que los hay, y muchos. Y por otra parte el intelectual de partido no es libre sino que obedece consignas o las emite él mismo, por definición, no se sabe qué será peor. Porque las consignas, también por definición, son lo contrario del pensamiento, a lo que recuerdan más que nada es a los anuncios de los detergentes, que también buscarían movilizar al cliente..
Pero por otra parte, como no se vaya resolviendo el problema político (económico-social) las bases mismas de la cultura a la larga se acabarán pudriendo y toda cultura se hará inviable porque son las personas del pueblo las que tienen tanto que decir. Sin duda que la clase empresarial no sabe qué hacer con la cultura como no sirva para el beneficio privado. Pero tampoco creo en la supeditación de la cultura al beneficio público. Hay que desafiar al beneficio y al interés en general, justo en ese desafío consiste la cultura.
En suma, pienso que la cultura es el fin de la vida humana (¿qué otro si no?, ¿qué otro?, ¿beber cerveza y comer langostinos con los camaradas? No está mal, pero a la larga aburre, como todo, menos la cultura), y entonces habría que calibrar con sumo cuidado qué tipo de estructura económico-social favorece en mayor medida a la cultura o al florecimiento de la humanidad, que sin duda ninguna no es la capitalista. Y entonces luchar por la que la favorece en mayor medida. No se trata de la soberbia del intelectual, o quién sabe, sino de la sensatez del que huye del moralismo de la navaja de degollar.

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