Archivos Mensuales: marzo 2014

El idiota

Hablar con un idiota en el sentido de intentar comprenderle exige quieras que no adoptar su perspectiva siquiera sea temporalmente. Lo cual te lleva irremisiblemente a convertirte en un idiota. Y lo peor es que empantanarse en la idiotez resulta muy irritante y muy deprimente porque es lo mismo que sumergirse en la confusión. Nunca acabas de saber bien qué te ocurre, si es efecto de la maldad o de la locura del otro (que a lo peor han destapado y estimulado las tuyas). Ocurre que la idiotez es prácticamente imposible de definir, nunca se sabe con precisión en qué consiste, hay que aprender a notarla. En el fondo, el idiota es inconcebible.

El idiota daría por hecho que su modo de pensar es el de todo el mundo y que lo que quiere él lo quieren todos. Te habla de sí mismo haciéndose una repulsiva propaganda. Fía a la palabra lo que no puede ser dicho. Se da a sí mismo en público lo que querría que los otros le dieran. Y su óptica es sumamente potente porque resulta tan simple que es casi imposible luchar con ella. Lo único, mirar a otro lado y seguir adelante.

Por eso es tan peligroso hablar con todo el mundo.

En el Metro

Iba allí sentada en el vagón la buena señora aún no anciana pero cerca, iba completamente ausente. Barajaba con una mano más que nerviosa frenética unas estampitas de colores referidas a milagros de santos, al parecer, mientras que con la mano que le quedaba libre, muy habilidosa, pasaba las cuentas inverosímiles de un rosario rosa con un crucifijo tirando a fosforescente. Intenté mirarle a los ojos para poder darme cuenta de su situación, de qué estaba pensando y cuál era la vida que en ellos latía. Pero su mirada era hermética como un muro de cemento y lo único que llamaba la atención en su rostro era el incesante bisbiseo de sus labios devotos. Lejos del Metro, fuera de la gente, en diálogo con el Dios Uno y Trino.

La crisis no deja de hacer estragos devastadores.