La única salida que te deja la cultura católica para no morirte de aburrimiento cogido en sus garras sería cometer pecados, cuanto más gordos mejor…para luego irte a confesarlos transido de la emoción arrebatadora del arrepentimiento.
Aburridas
En el lenguaje corriente funcionando adecuadamente no se plantea jamás problema filosófico alguno.
(Tal vez por eso las personas corrientes son tan aburridas)
La muerte
Lo que algún solemne patético ha llamado «el doloroso enigma de la muerte» en realidad no tendría nada de doloroso porque no hay en la muerte enigma alguno
¡Encima!
El franquista, encima, te aburre mortalmente, dan ganas de echarse al monte.
El idiota
Hablar con un idiota en el sentido de intentar comprenderle exige quieras que no adoptar su perspectiva siquiera sea temporalmente. Lo cual te lleva irremisiblemente a convertirte en un idiota. Y lo peor es que empantanarse en la idiotez resulta muy irritante y muy deprimente porque es lo mismo que sumergirse en la confusión. Nunca acabas de saber bien qué te ocurre, si es efecto de la maldad o de la locura del otro (que a lo peor han destapado y estimulado las tuyas). Ocurre que la idiotez es prácticamente imposible de definir, nunca se sabe con precisión en qué consiste, hay que aprender a notarla. En el fondo, el idiota es inconcebible.
El idiota daría por hecho que su modo de pensar es el de todo el mundo y que lo que quiere él lo quieren todos. Te habla de sí mismo haciéndose una repulsiva propaganda. Fía a la palabra lo que no puede ser dicho. Se da a sí mismo en público lo que querría que los otros le dieran. Y su óptica es sumamente potente porque resulta tan simple que es casi imposible luchar con ella. Lo único, mirar a otro lado y seguir adelante.
Por eso es tan peligroso hablar con todo el mundo.
A la cola
Fui a la cola la otra noche a preguntarle al Cristo de Medinaceli para cuándo el Apocalipsis
Capellán
El cura de la Facultad parece que me quiere un montón, todo coherencia él.
En el Metro
Iba allí sentada en el vagón la buena señora aún no anciana pero cerca, iba completamente ausente. Barajaba con una mano más que nerviosa frenética unas estampitas de colores referidas a milagros de santos, al parecer, mientras que con la mano que le quedaba libre, muy habilidosa, pasaba las cuentas inverosímiles de un rosario rosa con un crucifijo tirando a fosforescente. Intenté mirarle a los ojos para poder darme cuenta de su situación, de qué estaba pensando y cuál era la vida que en ellos latía. Pero su mirada era hermética como un muro de cemento y lo único que llamaba la atención en su rostro era el incesante bisbiseo de sus labios devotos. Lejos del Metro, fuera de la gente, en diálogo con el Dios Uno y Trino.
La crisis no deja de hacer estragos devastadores.
Negar la evidencia
En un Instituto de enseñanza media.
Un alumno llega desde atrás y le propina a otro, que está de pie al lado del armario y los percheros, una tremenda patada en los riñones. El agredido sale despedido contra el armario y del golpe se le caen encima todos los abrigos.
«¿Por qué ha hecho usted esa barbaridad de agredir a un compañero?»
«Yo no le he hecho nada, se ha caído contra el armario el solo».
«Haga el favor de dejar de usar el móvil mientras estamos en clase». «Yo no estoy usando el móvil», dice la interpelada, usando el móvil.
«Por favor, les he dicho que no coman en clase». «Yo no estoy comiendo nada», asegura el estudiante con la boca llena de pan y chorizo.
Todo esto es llevar la política a la calle, negar cualquier evidencia, toda evidencia. Es la consecuencia de lo que están haciendo los que gobiernan en España. Ya no habría ninguna diferencia entre verdad y mentira, todo es verdad, todo es mentira. Nietzsche dijo pensando Ulises que la máxima fuerza vital se daba en aquel «que tiene muchas vueltas». Pero Ulises se arriesgaba a que lo cogieran en un renuncio porque hasta ahora el que mentía y engañaba se arriesgaba a que lo pillaran, y entonces tenía que aguantar las consecuencias incluso con su vida. Pero ahora los más repugnantes embusteros ocupan los cargos de mayor responsabilidad.
Viviendo en la mentira sistemática lo primero que ocurre es que hablar o conversar ya no tiene ningún sentido. No sirve ya de nada. Es más, hablar con el que niega la evidencia equivale a degradar la palabra y a ensuciarla. ¿Qué se puede hacer con el que niega la evidencia, visto que es imposible hablar con él? Porque lo normal es que él mismo se excluyera con esa actitud de toda comunidad humana.
