Delirio de grandeza con máscara paradójica

Más que rabino debía ser santo aquel muy venerable anciano de barba blanca hasta el pecho. Introducía al judaísmo en el programa multicultural de las religiones del mundo (monoteísta) del que presume la televisión pública española.
Pero el santo la tomó de repente contra la filosofía: la filosofía es manifestación de la soberbia humana porque surgiría solamente de la mente (humana), mientras que lo nuestro, lo suyo, era la Biblia, que viene «de fuera», y por eso educa en la humildad. Uno pensaba entonces en lo de que no somos nadie.

Buena lección aquella de humildad, la del representante del único pueblo elegido por Dios, ahí es nada.

«No conocerás»: el resto se sigue de ahí.

(La inquina contra la filosofía mostrada en su raíz religiosa, secularizada como hostilidad política al pensamiento crítico)

Amor y odio

Sabemos de sobra hasta qué punto dependemos de las personas que queremos, y eso es algo que nunca les vamos a poder perdonar.

Legionarios romanos

Cuando los legionarios que llevaban más de quince años de servicio ininterrumpido y se caían de viejos iban a llorarle a Germánico para que los protegiera del crudelísimo y cobarde Tiberio, después de la muerte de Augusto, le enseñaban sus piernas y brazos retorcidos por las enfermedades óseas de la vejez; y más de uno, aprovechando que Germánico les dejaba que le besaran las manos, se llevaba un dedo del general a la boca para que se diera cuenta de que ya no tenía ningún diente.
Sin medicina, sin tecnología, sin dentistas, y sin justicia, el mundo humano sí que es, literalmente, un valle de lágrimas, un infierno en el que sería preferible no haber nacido.

Autodestrucción

El primer paso en el camino de la autodestrucción es perder definitivamente la confianza en el prójimo, en todo prójimo. Porque a la misantropía le sigue inevitablemente la pérdida de confianza en uno mismo, cuando no es esta la raíz de aquella, y más allá sólo quedaría el autodesprecio.

Casta Sacerdotal

La verdad es que uno no tiene ni idea de ser un pecador, y por tanto necesitar redención, hasta que un cura o una monja no le informa de ello del modo usual (siempre sutilmente, apuntándolo, como seduciéndote). (Dicen algunos que los psicoanalistas hacen en realidad lo mismo, curarte de la enfermedad que te han inoculado).

Pero llegamos al colmo cuando los teólogos actuales hacen consistir la dignidad del hombre, esencialmente, en esta necesidad de redención. Porque la llaman libertad, nada menos. Ulrich Willers, por ejemplo, lamenta hoy el que llama «delirio de inocencia» del hombre contemporáneo, y es que resulta delirante para él que no podamos ver que el pecado es todo un Faktum, un hecho puro y duro, como que a veces los volcanes entran en erupción. Por cierto que a ese delirio, degradándolo a manía, se refería también María Zambrano.

(Wittgenstein caracterizaba la religiosidad, entre otras cosas, por la conciencia que tiene el que es religioso de que «hay algo que no va bien conmigo». A Wittgenstein le preguntaron una vez: «¿No querrá usted ser perfecto?»–a lo que contestó: «¡Naturalmente!». Wittgenstein de repente se iba a casa de un conocido y le contaba todos sus pecados de un tirón, quedándose más ancho que largo. El conocido, perplejo, no podía por menos que considerar que los tales pecados eran simples bobadas.)

En fin, esa obsesión de la «pureza», el pecado, es a fin de cuentas el negocio de la casta sacerdotal, y se teme por encima de todo el paro.  El pecado, esa gran mariposa negra que revolotea sobre los adolescentes y los convierte en anémicos, segando su inteligencia, como decía Pío Baroja. ¿La religión en la escuela? ¿Propagación del delirio?

Porque además hoy no son solo diez mandamientos, son miles, incluyendo la prohibicion de tirar colillas en la calle (tu hijo te puede sacar entonces «tarjeta roja» y te expulsa de casa).

 

 

El Bien

Dice Savater que «el bien no está tan mal», lo cual a mi modo de ver es muy cierto. Pero tiene el bien sus peligros, me refiero al bien limpio de todo mal, entre otros adormecerse o aburrirse, como probablemente ocurriría en todos los paraísos. En cualquier caso el mal sigue resultando de ayuda en la lucha, particularmente la lucha contra la estupidez (sobre todo la propia). Y es que el bien a palo seco se toca con ella.

Robots

Parece que hay muchos japoneses que cuando su perro-robot «muere» organizan funerales de despedida, y se ponen tristes y solemnes.
Los seres humanos, incluso sin ser japoneses, parece que tendemos a querer a nuestras máquinas (por ejemplo, nos negamos a maltratarlas, a «torturalas», en condiciones experimentales).
Como apuntan los psicólogos, y mucho antes los filósofos, los seres humanos antropomorfizamos todo lo que está vivo o parece estarlo, es decir, lo vemos como si tuviera intenciones. (La diferencia es que los filósofos lo pensaron pero los psicólogos pudieron «demostrarlo» después, así que el avance consiste en demostrar en el sentido objetivo, con números y eso, lo que ya se sabe desde hace tiempo desde el punto de vista del propio caso).
No digamos lo que sucede si el objeto aparenta vida inteligente. ¿Podrá un robot llegar a ser autoconsciente?
(¿Podrá llegar a serlo mi vecino del tercero D? Lo que es yo, por el momento le atribuyo intenciones cuando se va de caza en temporada o vota al PP, por ejemplo la intención de irse a cazar o de votar al PP, cosas que no dejan de estar relacionadas en lo tocante al sadomaso).
Sin duda mi vecino del tercero D tiene un cuerpo como el mío, y a mi me parece que yo soy autoconsciente. Pero nunca se sabe, pasan cosas muy raras.
Claro que nos acusarían de chovinismo, un sesgo que no deja de ser políticamente muy incorrecto. ¡Negarles sus derechos a los robots argumentando que para ser consciente y capaz de sufrimiento hay que tener un cuerpo biológico, valga la redundancia!
De todos modos, a mi vecino del tercero D no he podido entenderlo nunca, a no ser cuando va a comprar cosas de comer y de beber. Como el robot que busca conectarse a la toma de electricidad para cargar sus baterías.

Redes sociales

La inoculación masiva del trastorno mental en las redes sociales viene, por ejemplo, de que cada usuario vería modelado su discurrir mental y su conducta por las recompensas (likes) y castigos (indiferencia o incluso cruel desenganche), proporcionados a cada momento del día por personas variopintas, cada una de su padre y de su madre, algunas de las cuales ya estarían de suyo trastornadas, personas que no guardan entre sí ninguna coherencia de estilo de vida, más allá de la ilusoria pertenencia momentánea a una corriente de opinión cualquiera.

Al final se comporta uno en orden a obtener recompensas y superar el silencio o el desenganche: esclavos de no se sabe bien qué (de alguien que propiamente no existe). Skinner domesticaba pichones. ¿En facebook quién nos domestica? Mucho peor que depender de alguien es depender de una nube que es como la Nada de las moscas.

Síndrome del «me debo a mi público».
Por otro lado, los humanos siempre hemos necesitado que nos den una pauta, un criterio, una medida externa, que nos digan lo que hacemos bien y lo que hacemos mal, que nos aprueben o si no nos den la oportunidad de corregirnos. Por eso decía Nietzsche que el hombre tiene que ser superado.

Monofobia

¿Cómo se llama ese filósofo que se hallaba convencido de la verdad del manifiesto absurdo de que el monoteísmo representa un progreso en relación con el politeísmo? Comte estaba en este punto loco de atar (según  Nietzsche, lo que quería el francés no era sino llevar a sus acólitos de regreso a Roma dando el rodeo de la ciencia).

(No soy en absoluto islamófobo: a mí los tres monoteísmos me la refanfinflan por igual, sin discriminar a ninguno de los tres).

La inevitable sombra de todo monoteísmo es el miedo, que llega a terror, y cuando llega nos hace insuperablemente imbéciles. La monofobia no se le puede reprochar a nadie porque es lo natural, a ver si no. (Por lo demás a nadie se le puede juzgar por sus miedos, que son libres).

Monoteísmos, y el pobre creyente fanatizado: desfilan sus Santas Majestades: a partir del Uno Originario, el Padre, los tres Dioses Únicos, el Dinero, la Clase, la Voluntad General, el Pueblo, la Raza, la Nación, la Razón, la Ciencia, el Hombre, el Progreso, el Mercado, la Tecnología, pero al final siempre todos ellos máscaras del Yo y su esencial mentira narcisista: Los ríos de sangre solo serán contenidos por un pluralismo radical, si nos dejamos ya de contemplaciones con los tiranos sedientos de sangre.

Sin duda, nuestra necesidad de lo uno es muy real, por eso construimos conceptos; pero siempre solo relativa y, como si dijéramos, múltiplemente realizable, sometida al tiempo que todo lo deshace (menos mal, porque de lo contrario nada nacería).

Analfabeto

No solo soy un completo analfabeto en cultura financiera, es que además estoy orgulloso de serlo, y confieso que desprecio olímpicamente a los que, al contrario que yo, son cultos en este tan noble campo.

Porque sabemos sin lugar a duda ninguna que el que va por la vida buscando simplemente acumular dinero es un sádico anal (obtiene una ganancia de placer reteniendo sus propios excrementos). Estreñido voluntario.

Ahora quieren introducir a los niños desde el colegio en el sadismo anal…