Zara

Me contaron que hace poco se despachaba a sus anchas, en una muy complaciente entrevista que le hicieron en un periódico de esos, un esbirro de Zara, por supuesto ejerciendo de sicario de su amo. La cosa era la urgencia de suprimir la autonomía de las Universidades, por el bien de la sociedad y la realización de la Idea de Justicia, colocando tal vez a Amancio Ortega de Rector Universal. Sus eructos atronando el Claustro y los estudiantes adiestrados en el arte, las competencias, de zurcir bragas de punto, un suponer.

No se va a quedar el mago empresario español a la zaga del adelantado Japón, donde no hace mucho sugerían lo urgente de acortar de alguna manera la vida del jubilado, cada vez más añejo cuanto más improductivo, un dispendio para el honrado colectivo nipón. 

¡Jopelines!

Adivino o creo adivinar que el santurrón, el hipócrita que hoy vive su entronización, su dominio casi absoluto sobre todos nosotros, se las estaría prometiendo muy felices con dos nuevos temas que le ofrecen un campo ilimitado para seguir intentando amargarnos la vida, su propósito de siempre: la conciencia de robot, la conciencia de la planta. (Robots y plantas son susceptibles de sufrimiento, ergo sufre tú).

¡¡Pobrecito robot!! ¡¡Pobrecita planta!! ¡Y tú, so cabrón, no lo vayas a desenchufar, no la vayas a pisar!

Bolsonaro (et hoc genus omne)

“El pueblo, que a menudo es vil y cobarde e insensato, nunca se atreven los políticos a criticarlo, nunca lo riñen ni le afean su conducta, sino que invariablemente lo ensalzan, cuando poco suele tener de ensalzable, el de ningún sitio. Es sólo que se ha erigido en intocable y hace las veces de los antiguos monarcas despóticos y absolutistas. Como ellos, posee la prerrogativa de la veleidad impune, no responde de lo que vota ni de a quién elige, de lo que apoya, de lo que calla y otorga o impone y aclama. ¿Qué culpa tuvo del franquismo en España, como del fascismo en Italia o del nazismo en Alemania y Austria, en Hungría y Croacia? ¿Qué culpa del stalinismo en Rusia ni del maoísmo en la China? Ninguna, nunca; siempre resulta ser víctima y jamás es castigado (naturalmente no va a castigarse a sí mismo; de sí mismo se compadece y se apiada). El pueblo no es sino el sucesor de aquellos reyes arbitrarios, volubles, sólo que con millones de cabezas, es decir, descabezado. Cada una de ellas se mira en el espejo con indulgencia y alega con un encogimiento de hombros: ‘Ah, yo no tenía ni idea. A mí me manipularon, me indujeron, me engañaron y me desviaron. Y qué sabía yo, pobre mujer de buena fe, pobre hombre ingenuo’. Sus crímenes están tan repartidos que se desdibujan y se diluyen, y así los autores anónimos están en disposición de cometer los siguientes, en cuanto pasan unos años y nadie se acuerda de los anteriores”

(Javier Marías, Berta Isla, pp. 324-325)

Desvergüenza nacionalista

Todo nacionalista es un ladrón, lo que te roba es tu país, simplemente. Empieza sustituyendo la realidad de tu país por un simbolismo delirante y maligno, el suyo, que exhibe una identidad nacional artificial para acabar implantándola como obligatoria.

Cuando los franquistas nos acosaban para formarnos el “espíritu nacional”, decían, lo que al final lograban, lógicamente, era que vomitáramos cada vez que veíamos sus banderas o escuchábamos sus arengas mitológicas. Pero entonces ya nos la estábamos jugando porque en ese momento se dejaba de ser “español”, o sea, se dejaba de ser lo que ellos habían impuesto como español, esa caricatura aberrante que era la suya. En ese momento quedábamos fuera de la ley y podíamos ser perseguidos por cualquier “buen español”, o sea, por cualquier franquista. 

Este mecanismo, esta trampa, es la misma en todos los nacionalismos, el franquista era solo un nacionalismo triunfante, pero por supuesto también es la trampa de los nacionalismos que aspiran a triunfar porque de momento están “oprimidos”. Es simplemente el mecanismo o el arte de robar, de robarte tu país. El nacionalista tiene el santo cuajo de presentarse a sí mismo y a su familia y a su banda como dueños de tu país.