Siempre me asombró la mala leche profunda con que reacciona el «buenista» al empleo de este feo calificativo peyorativo, con lo que se le ve el plumero meridianamente. El problema del buenista no es que nos resulten desagradables los bobalicones que viven de serlo, el problema del buenista es que se reserva el derecho de juzgar moralmente a todo bicho viviente, habiéndose declarado de entrada esencialmente bueno a sí mismo, como la gestora del PSOE, que ni apuñala por la espalda ni nada. Por eso, quien no es buenista como él, y por eso no escribe en «El País», simplemente es malo, es muy malo, y sin duda vota a Trump o cosas incluso peores.
Ser buenista no es exactamente ser gilipollas sino más bien hacérselo, tener una profesión que da para todo. Se vive de la moralina, en la literatura o en la política o en el trato cotidiano. Es una profesión sin duda muy rentable, la de representar que se quiere a todos los desgraciados del mundo, hacer como si te preocupara todo muchísimo, apuntándote a la última ridiculez de la eterna moda moralista, como reivindicar el uso de tacones para síndromes de Down salidos del armario. Cuando en realidad seguro que te la bufa el asunto. Los profesores de ética convencen hoy a todos sus alumnos mostrando lo útil que es en la vida ser una buena persona. Mejor dicho, lo que vale para todo es parecer una buena persona, serlo de verdad es lo de menos.
De los cuatro pederastas que conocí a lo largo de mi vida, todos eran buenistas, puro amor al niño rebosaban los cuatro y por supuesto se dolían enormemente de todas las desgracias de la humanidad en general.
Parece que Lindo anhela salvar al mundo. A mí me parece que querer «salvar al mundo» está bien si eres hijo de Dios, si no es materia psiquiátrica o de simples listillos.
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Puta envidia
«Desmontando la utopía escandinava»…lo que habría que desmontar de una vez es la envidia, motor del mundo muchísimo más que el amor. (No digamos por aquí).
Patria
La única patria es el idioma, como compruebas en Chile o en México.
Día del Padre
Asqueado por el ridículo y asfixiante moralismo que nos llueve continuamente encima, como orina de macho cabrío. Lo digo después de leer en Facebook unas encendidas alabanzas a la educación nipona, pues parece centrada desde la infancia más tierna en la fabricación de buenas personas, ciudadanos cabales y decentes, gente de principios. ¡¡Qué bonito!! Digo yo que será para prepararlos a tratar con las máquinas hasta fundirse con ellas, que es lo que probablemente vayan a hacer las criaturas el resto de sus días, una vez desterrados de su horizonte asiático las Humanidades y el pensamiento no empresarial. Recuerdo, justo ahora, algo que dijo un antiguo camarada de gamberradas juveniles: el que va por ahí con la moralina en la boca todo el santo día, da la casualidad de que es siempre el más cabrón de todos.
Preferiría ser noruego, la verdad, los más felices del planeta por varios años consecutivos, por lo menos desde que la cosa se mide según un baremo que parece serio. Los noruegos, esos sí que no se suicidan cuando están de vacaciones más de cinco días, sin que tengan que ir a machacarse el cuerpo quince horas diarias viendo ruinas etruscas. Es más, cualquier diseño político diferente del noruego debería ser rotundamente calificado de aberración fuera de la realidad. Noruega como modelo y meta, lo demás son bobadas y perder el tiempo.
Día del padre, religiones del padre y religiones de la madre. El Cristianismo, en realidad religión del hijo, el hombre como hijo, que decía la muy católica María Zambrano. Habían empezado mucho tiempo atrás los cultos dionisíacos adorando en el falo simbólico los misterios de la sexualidad, que son al fin y al cabo los de la vida indestructible. Luego vino la Edad Media, la vida eterna del don de la persona, bien implementado en los mecanismos del DNA, como luego se iba a ver en las clínicas del Opus. El verbo se hizo carne, en definitiva. Ese es el poder del Cristianismo, la familia, padre, madre, hijo/a, los tres sagrados en tanto rociados del espíritu santo. ¿Quién no ve a su hijo o hija como sagrados, como lo sagrado o lo propiamente irrebasable, indisponible?
Por eso el tal Cañizares se recelaba el otro día un holocausto de cristianos, porque la Familia, su Sagrada Familia, se hallaría amenazada, entre otras cosas, por los de la comunidad LGTBI, con ellos peligraría el nacimiento, el parto, el torrente sin fin de la vida esta vez personal, porque el Hijo no nació de la carne, sino que graciosamente bajó a la carne. Quien quiera meterle un dedo en el ojo a Cañizares que cuestione la Familia y todo el familiarismo. Para Cañizares no es posible que el verbo descienda a la carne salida del aquelarre químico de la probeta o incluso del útero mecánico.
Las religiones son atavismos de la sangre, pero en un mundo en el que ya no hay misterios la sangre no nos merece ningún respeto reverencial. Hasta el padrino más truculento se llenaría de recogimiento cuando piensa en “la mia mamma!”, pero eso son cosas de cuando la mafia se vuelve buena. A la devoción a la madre la vienen a complementar, lógicamente, la pederastia, la prostitución, las drogas, el asesinato. Sangre y suelo, toda procesión nacionalista, heredera del fervor religioso, nacionalista del tipo que sea, incorpora curas en primera fila, no puede ser de otra manera. El amor a nosotros mismos requiere el desprecio de los de fuera, o su conversión.
La humildad
Está la humildad del gato escaldado («el gusano que ha sido pisado tiende a enroscarse: principio de la humildad»). La humildad tantas veces va del brazo de la más absoluta hipocresía («el humilde lo que quiere es ser exaltado»). Pero sobre todo, la humildad se compadece muy mal con la salud floreciente («en mi casa solo entran el amor y el orgullo», afirmaba contundente un personaje de la película Moonlight que en verdad rebosaba salud)
Mi moral
No cejar en la lucha contra la estupidez, la idiotez y la imbecilidad propias. Cosa que por supuesto implica luchar también contra las ajenas, lo que desde luego te metería de lleno en la cuestión política. Luchar contra las tres, a pesar de que se sospeche con toda razón que una cierta dosis de cada una de ellas sería indisociable de la vida humana, sin duda porque de alguna manera misteriosa le resulta necesaria, incluso como condición de posibilidad. Esta lucha a brazo partido, y que no tiene fin, resulta difícil porque exige estar siempre alerta, y es por tanto agotadora, en el fondo nos preguntamos si no estaría condenada al fracaso. Por ejemplo, de vez en cuando hay que distraerse, entretenerse, recrearse, pero hay que saber hacerlo, porque, como uno no sea un sabio consumado, semejante necesidad de diversión nos llevará a entregarnos en mayor o menor medida a la estupidez, la idiotez y la imbecilidad. Y la mayoría de nosotros no nos podemos pasar sin hacer el imbécil al menos un par de veces al año.
De forma que todo esto vendría a parar en que el imperativo es degradarse lo menos posible, lo mínimo indispensable.
Safranski sobre Nietzsche
«El vitalismo de Nietzsche arranca la ‘vida’ de la camisa de fuerza del determinismo de finales del siglo XIX y le devuelve su libertad peculiar. Se trata de la libertad del artista frente a su obra. ‘Quiero ser el poeta de mi vida’, había anunciado Nietzsche (…) No existe la verdad en sentido objetivo. Verdad es el tipo de ilusión que se muestra útil para la vida. Ahí está el pragmatismo de Nietzsche, que, a diferencia del anglosajón, se refiere a un concepto dionisíaco de la vida. En el pragmatismo americano la ‘vida’ es un asunto del sentido común, mientras que Nietzsche es extremista incluso como filósofo de la vida. Detesta la ordinariez anglosajona, lo mismo que el dogma darwinista de la ‘adaptación’ y la ‘selección’ en el proceso de la vida. Para él estos fenómenos son proyecciones de una moral utilitarista, la cual cree que también en la naturaleza la adaptación es premiada con una buena carrera»
(La buena carrera del anglosajón Trump el ordinario)
La liberación
Lo de “la absoluta irresponsabilidad de cualquiera” habría que tomárselo en serio como posibilidad muy real, porque a fin de cuentas cada uno es como es y el que es, y esto poco arreglo tiene. Posibilidad que implica dejar de acusar a nadie, dejar de hacer responsable a nadie por lo mal que lo pasamos a veces. Pero si esto es por un lado verdaderamente liberador, por el otro no sé si podremos soportar una vida en la que nuestra inevitable mala leche no supiera encontrar un blanco o una excusa concretos para irse descargando de vez en cuando. El malestar es inevitable porque al vivir también nos estamos muriendo, y entonces la vida tiene indiscutiblemente un fondo de horror digno de ser lamentado, pero justamente por eso es pueril y absurdo seguir haciendo culpables a los demás de nuestro malestar, o para el caso a nosotros mismos. Cosa diferente es que no podamos dejar de tener enemigos, como mínimo es fácil tenerlos. Pero contra ellos simplemente valdría la nada patética lucha táctica.
Y también, ¿qué iban a hacer entonces los que se entretienen organizando continuas cazas de brujas, so pretexto de su amor al hombre encarnado en sublimes valores morales que exigen ejecuciones periódicas? ¿Los que nos engañan para que tomemos su venganza personal y su aburrimiento por actividad intelectual de la especie fina, justiciera y comprometida?
Lo tomas o lo dejas
Las depresiones no hay que tomárselas demasiado en serio. Simplemente son errores de juicio del cuerpo (es el cuerpo el que se imagina que en el hoyo-útero va a reposar confortablemente sin que le sigan bombardeando los estímulos de dentro y de fuera). Pero nada más lejos de la realidad: lo único que de verdad soluciona definitivamente el problema es caer en la cuenta de que no hay solución, la solución no existe, ni existirá jamás.
IA
El hecho de que los robots hagan tantísimas cosas mejor que nosotros los humanos demuestra cuántas cosas hacemos los humanos sin tener que pensarlas en absoluto
